Capítulo 3 - Viajes al infierno #3
Wolf Greenwald y su familia también se hallaban en aquel tren procedente de Nyíregyháza.
Habían pasado cuatro semanas en un gueto secundario de la zona, creado para los habitantes de los pueblos de los alrededores.
Dado que les habían impedido llevarse provisiones de sus casas y no les habían dado tiempo para esconder las reliquias familiares, disponían de poca comida y casi nada de agua.
A pesar de los esfuerzos de los médicos y las enfermeras judíos, no pudieron evitar la propagación de una epidemia mortal de tifus de manchas blancas al sumar otros once mil detenidos hacinados en 123 casas.
Las autoridades se mostraron indiferentes ante la gravedad de la situación e ignoraron con empeño los avisos del judenrat , el consejo judío local.
El alcalde de Nyíregyháza, Pál Nyíregyházy, tremendamente ambicioso y rabioso antisemita, permitió en cambio al Hauptsturmführer de las SS Siegfried Seidle, al comisario Zoltan Horváth y a una brigada de refuerzo formada por un centenar de colaboracionistas judíos hacer lo que les pareciese.
Una unidad de tortura dirigida por József Trencsényi robó dinero y posesiones y asesinó a varios judíos acaudalados, así como al líder de la comunidad ortodoxa local, mientras estos esperaban a que los deportaran.
Otros se suicidaron en el gueto. Incluso aquellos a los que se les hacía creer que no debían someterse a las deportaciones, como los judíos que se convertían a otra fe o se casaban con no judíos, fueron engañados.
El 6 de junio, dos semanas después del fin oficial del programa de transporte de la zona, un grupo de ciento sesenta judíos fue traicionado y enviado a un campo de exterminio sin saber cuál era su destino.
La familia Greenwald ya había recorrido cuarenta kilómetros desde su pueblo natal.
En un calvario pensado para completar el proceso de desmoralización, los hicieron caminar otros ocho kilómetros, a través de una plaza en la que una banda tocaba música marcial y por áridos campos, hasta llegar a la zona de reunión.
Las penosas condiciones eran generalizadas en todos los vagones de ganado.
Apenas había comida ni agua y muy poco espacio para sentarse o ponerse en cuclillas.
Las personas debilitadas por las privaciones del gueto tenían el rostro demacrado e impávido, como paralizado por la situación.
Las primeras murieron mientras el tren recorría lentamente las montañas en una línea de una sola vía.
El convoy se detenía a menudo en estaciones insignificantes y se desviaba con frecuencia hacia un apartadero para dar preferencia a otros servicios oficiales.
Aquello no hacía más que prolongar el sufrimiento, de modo que, cuando el tren se sumó a la cola delante del área de clasificación en Auschwitz, el viaje había durado cuatro veces más de lo normal.
El desorden anárquico del desembarco nubló la mente de Wolf, que se percató vagamente de que a su padre lo empujaban hacia la derecha.
—Descansaré en paz esté donde esté —dijo, y luego le dio una instrucción que Wolf obedeció sin rechistar—: Ve con mamá y cuida de los niños.
Poco se imaginaba cualquiera de los dos que aquello equivalía a una sentencia de muerte.
Se hallaban cerca del principio de la cola que avanzaba arrastrando los pies hacia Josef Mengele, encargado de dirigir el tráfico humano con estudiada arrogancia.
Wolf pasó tambaleándose junto a él y se dirigió hacia la izquierda, pero el sonido estridente de un silbato lo detuvo en seco.
Uno de los miembros de las SS que trabajaban como ayudantes del doctor, casi con toda certeza un funcionario médico, lo señaló y le ordenó que volviera sobre sus pasos.
Aunque se trataba tan solo de unos veinte metros, a Wolf se le hizo más largo debido a su vulnerabilidad.
A pesar de su terror, el chico reunió el valor necesario para dirigirse al soldado en alemán:
— Willst du mich? [«¿Me quiere a mí?»] —preguntó. La acritud de la respuesta contrastó con su generosidad, porque le salvó la vida:
— Komm da rüber, du verdammter hund! [«¡Ven aquí, maldito perro!»] —le indicó el ayudante.
No sería la última vez durante su estancia en Auchwitzen la que Wolf tuviera que dar gracias a su aspecto.
Como no podía ser de otra manera, estaba delgado, pero era evidente que el hombre de las SS se había fijado en que su cuerpo era fibroso, algo que lo habilitaba para el trabajo duro.
Para cuando recuperó la compostura y se apresuró a dirigirse hacia el final de la columna de la derecha, su madre y sus hermanos se habían esfumado.
Como tantos otros, no tuvo ocasión de despedirse de su madre.
Durante las últimas horas de su viaje, esta se había sumido en una familiar niebla de depresión.
Su mirada de preocupación se había grabado a fuego en la mente de Wolf, que sentía su dolor, pero no tenía suficiente experiencia vital para comprender en toda su amplitud la desesperación de un progenitor incapaz de proteger a sus vástagos.
Acababan de dar las seis cuando logró alcanzar a su padre al tiempo que los encauzaban hacia la zona de las duchas.
Aunque se alegró de verlo y el abrazo que se dieron fue sentido, hubo entre ellos una fugaz reticencia, casi como si se sintieran avergonzados por la magnitud de los acontecimientos.
Al menos, el brutal proceso de rapado y las bruscas convenciones del proceso de desvestido les impidieron pensar demasiado en ello.
Dado que las agujas con las que los tatuaban se usaban sin descanso hasta que se rompían, también debían preocuparse por la posibilidad de una infección.
Era de lo más habitual que los prisioneros acabaran con dolorosas úlceras.
Poco después, padre e hijo se vieron separados y Wolf se unió a los demás chicos en el barracón de aislamiento del campo A.
Cualquier persona a la que le detectaban una enfermedad, por lo general paperas o escarlatina, acababa de inmediato en la cámara de gas.
Los que se hallaban en un buen estado de salud realizaban tímidos intentos de familiarizarse con su nuevo entorno.
La novedad de descubrir que los chicos provenían de todos los rincones de su país, salvo una minoría de refugiados originaria de Polonia y Eslovaquia, se apagó enseguida.
Gracias a la información proporcionada por los que habían llegado antes al campo, enseguida tomaron conciencia del carácter predatorio de una subclase igual de denostada.
Debido a la escasez de uniformes para prisioneros, aquellos asignados al campo E, el campo para gitanos, tenían que llevar la ropa con la que habían llegado o coger las prendas que les habían quitado a los muertos.
Valoraban de una manera especial los zapatos que llevaban los nuevos prisioneros y no se lo pensaban dos veces antes de robar a los incautos.
Llevaban una equis roja pintada en la espalda de la chaqueta, las gorras y los sombreros.
Todos debían llevar dos tiras de lona blanca, cosidas una en la costura exterior de la pernera derecha del pantalón y otra sobre la pechera izquierda de la camisa.
En la lona había tres símbolos: un triángulo, una letra y un número.
El color del triángulo reflejaba la categoría del prisionero.
El de los romaníes y los sintis, calificados por los nazis como «antisociales», era negro.
Los prisioneros del campo gitano tenían una zeta delante de su número de registro.
Ello deriva de la traducción literal del término «gitano» al alemán, Zigeuner .
Los judíos estaban en el escalón más bajo del orden social.
Nadie conservaba su nombre. A los chicos se les negaba el lujo de la individualidad, el consuelo de su familia y el vínculo de una cultura común.
La historia y la herencia no significaban nada.
Allí, en el infierno, las llamas lo consumirían todo.