Milagro en Auschwitz Capítulo 3 - Viajes al infierno #2
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Capítulo 3 - Viajes al infierno #2

Años después, el destino que había corrido la madre desesperada con el bebé sumido en llanto se aclaró un poco. Un prisionero polaco que trabajaba vaciando los trenes cogió al niño en la rampa. La madre se puso a gritar y luchó por recuperarlo, pero el prisionero la apartó a empujones.

—Idiota —le espetó al tiempo que la empujaba hacia la cola de la derecha, compuesta por aquellos a los que se consideraba aptos para trabajar—. ¿Es que no quieres vivir?

Nadie sabe qué fue del bebé. Cuenta la leyenda de Auschwitz que la madre, cuyo nombre no está registrado, sobrevivió a la guerra, volvió a casarse y construyó una nueva familia en Estados Unidos.

Por rocambolesco que parezca, el calvario que sufrió al bajar del tren no fue excepcional bajo ningún concepto.

El Museo de Auschwitz grabó el siguiente testimonio sombrío de otra mujer anónima, una judía húngara:

Cuando el vagón de carga se detuvo, un prisionero polaco se me acercó y me preguntó si mis hijos tenían abuela.

Yo le contesté que mi madre estaba allí conmigo y el polaco me sugirió que lo más prudente era que se los entregara a ella.

Pero entonces mi hijo se puso a llorar y me suplicó que no lo dejara, así que me apeé del vagón de carga con los niños.

Por el camino le expliqué a mi hija que, cuando le preguntaran su edad, debía decir que tenía dos años.

En aquel momento pensaba que ni siquiera los alemanes separarían a una niña de dos años de su madre.

Llorando un poco, mi hija me dijo que ella tenía tres años y que no debería pedirle algo así porque mentir no estaba bien.

Tardamos un rato en encontrarnos ante el doctor Mengele.

De pronto noté que tiraban de mí con brusquedad.

Era ese polaco, que me apartó de mis hijos y me empujó hacia el grupo de la derecha, donde estaban las personas consideradas sanas y aptas para trabajar.

El hombre quería ayudarme, pero ¿qué podía haber peor para una madre que el hecho de que la separasen de sus hijos?

Dugo Leitner no tardaría en enfrentarse a aquella inquietante realidad cuando llegó a Auschwitz-Birkenau tras un viaje de dos días desde Nyíregyháza.

El mundo de fantasía que le había permitido soportar las restricciones de la adolescencia, por no hablar de la edad adulta, estaba a punto de volar por los aires.

Al subir al tren de mercancías la mañana del martes de la cuarta semana de mayo, se puso a hablar de lo bien que se lo había pasado en el gueto porque allí no había clases y podía jugar, más o menos, con treinta amigos de su escuela.

Su frivolidad provocó miradas de perplejidad y desaprobación, que enseguida se transformaron en pura ira.

—Billetes, por favor —anunció al centenar de almas apretujadas en aquel vagón con una única ventana cubierta con alambre de púas, en el que flotaba el olor de sus ocupantes originales: ovejas de camino al matadero en Polonia.

Sin embargo, la sonrisa se le congeló en el rostro al ver que su broma infantil no le hacía gracia a nadie y su público amenazaba con violencia. Varios hombres le dedicaron miradas asesinas e hicieron ademán de golpearle.

—¿Qué esperáis del chico? —gritó Meir Leitner, su padre, por encima de sus cabezas—. ¿Qué sabe él del lugar al que vamos?

Aunque sus palabras restablecieron una especie de orden, el incidente ensombreció el ambiente todavía más y alimentó el desaliento.

Dugo se abrió camino bajo el brazo de su padre y hundió la cabeza en su axila.

Su hermano Shmuel hizo lo mismo en el otro lado.

Toda la familia se acurrucó junta para darse consuelo.

Golda Leitner acunó a sus hijas, Rachel, Ethely Esther, mientras Nathan, el primo de Dugo, se tumbaba entre sus padres.

No había aire, comida ni esperanza. Golda se regañaba a sí misma por haber creído el rumor de que los iban a llevar al este para trabajar en el campo.

—¿Por qué escapar? —les preguntaba a los que proponían una huida en el camino a la estación desde el gueto—. Como mucho trabajaremos y la familia permanecerá unida.

Se había negado a temer lo peor, incluso cuando los gendarmes le dijeron que los paquetes que había preparado para el viaje no le harían falta.

—No se preocupe por nada. Los paquetes llegarán después.

Otra mentira flagrante, sin consecuencia alguna para los opresores.

A la mañana siguiente, se llevaron a los ancianos y los enfermos en carros tirados por caballos.

A continuación, guardias de las SS acompañados de perros escoltaron a los deportados hasta Harangod, una de las tres zonas de espera anteriormente desiertas.

Eichmann había dado órdenes de que no permitieran bajo ningún concepto que el tren llegara tarde.

— Komm schon, komm schon! [«¡Vamos, vamos!»] —gritaban los guardias.

Metieron prisa a Meir y Golda Leitner cuando se pararon un momento en una esquina, al pasar por delante de su casa, justo antes de que la columna girara en un ángulo de noventa grados.

Se quedaron boquiabiertos al ver a sus antiguos vecinos, que llenaban las aceras, esperando a aprovecharse de su desgracia en cuanto los perdieran de vista.

Dugo calculó que su tren tenía treinta vagones de mercancías, aunque lo más seguro era que tuviera más.

El jueves por la tarde el convoy se quedó parado durante lo que pareció una eternidad delante de la zona de clasificación de O ś wi ę cim/Auschwitz.

El atasco era surrealista: el campo corría el peligro de quedar paralizado debido al volumen de recién llegados.

Al final, un equipo ferroviario dividió el tren en dos.

Los vagones se desplazaron manualmente hasta la rampa de Birkenau después de desengancharlos de la locomotora, que permaneció al otro lado de la alambrada de espino.

El equipo de operarios externo se apeó delante de la verja de entrada, donde lo sustituyó un grupo que prisioneros que terminó la tarea.

Cuando el caos del desembarco remitió, otro equipo de prisioneros ocupó el tren y llevó a cabo el equivalente a una fumigación espiritual, diseñada para borrar cualquier rastro de su cargamento humano.

Consistía en limpiar o tachar las inscripciones escritas a lo largo del camino por los pasajeros condenados, que incluían nombres, fechas, iniciales, mensajes finales y breves pasajes bíblicos.

Como solución de urgencia, se cubrían con esmalte.

La muerte estaba por todas partes. Mientras el tren que llevaba a los Leitner esperaba en la periferia del campo, varios pasajeros echaron un vistazo a través de las ranuras de la pared del vagón y vieron las llamas que escupían las chimeneas de los dos crematorios.

Los pasajeros más mayores se quedaron desconcertados y uno se preguntó si la ropa de la lavandería había ardido.

Ni siquiera alguien tan habituado a la fuerza destructiva de la guerra como Meir Leitner podía prever lo que estaba a punto de ocurrirle a su familia.

La velocidad a la que se produjo su destrucción fue pasmosa, horripilante.

A los pocos segundos de su llegada, los guardias los disgregaron mientras les daban órdenes a gritos, en alemán y de vez en cuando en húngaro, ya que se había reclutado a trescientos alemanes étnicos procedentes de Hungría.

Los guardias apenas se tomaron la molestia de hacer las preguntas formales acerca de la edad y el estado de salud; en su lugar, arrojaron a un lado a los ancianos, los frágiles y los que estaban claramente enfermos junto con las madres y sus hijos.

Al ver la escena que se desarrollaba ante sus ojos y después de que los prisioneros las animaran a cuidar de sí mismas en la rampa, las madres empezaron a deshacerse de sus bebés, presas del pánico.

La tía de Dugo, que tenía unos treinta años pero conservaba una fuerza razonable, entregó a su hijo de seis años a Golda Leitner para que cuidara de él.

La tía sobrevivió, pero aquel acto instintivo de generosidad selló el destino de Golda, a la que se llevaron junto con sus tres hijas y el niño en un abrir y cerrar de ojos.

No tuvieron tiempo ni de despedirse. No los registraron y lo más seguro es que ya estuvieran muertos cuando Dugo, su hermano y su padre pasaron por el humillante ritual de ser objeto de burlas y golpes mientras los desnudaban y los dejaban en zapatos.

Las precauciones para evitar la propagación de enfermedades se limitaron a una breve ducha controlada desde el exterior, cuya agua pasaba de manera arbitraria de estar helada a arder.

Todo se llevaba a cabo con prisas. El grupo de prisioneros a los que apenas se podía considerar barberos tenía cupos que cumplir, supervisado por guardias que anotaban las cifras de recién llegados en libros de cuentas.

Era un proceso brutal en el que se suprimía todo el pelo del cuerpo, sin importar el género, y luego se guardaba de manera grotesca en sacos que se enviaban a Alemania.

A Meir Leitner le hicieron un corte en el estómago cuyo dolor le resultaba insoportable.

A continuación recogieron sus uniformes a rayas de prisioneros, que en el caso de Dugo consistía en unos pantalones cortos, otros con tres cuartos de pernera y una camisa con dos botones.

Llevaban setenta y dos horas sin comer cuando se completaron las formalidades burocráticas, después de que les tatuaran su número en el brazo.

Meir abrazó con fuerza a sus hijos, intentado conservar la dignidad a pesar del dolor de la herida de su abdomen.

—Queridos chicos —les dijo en tono afable pero firme—, parece ser que acabamos de llegar al infierno. Debéis hacer todo lo que sea necesario para sobrevivir, volver a casa y emigrar a la tierra de Israel. Contadle al mundo entero lo que los nazis han hecho a nuestro pueblo.

Era casi como si supiera que le quedaba poco tiempo con ellos.