Milagro en Auschwitz Capítulo 3 - Viajes al infierno
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Capítulo 3 - Viajes al infierno

Viajes al infierno

A la madre de un bebé de dieciocho meses ya no le quedaba leche para amamantarlo.

Era joven, tenía hambre y estaba desesperada.

Era imposible evadirse de los gritos desgarradores de su hijo, puesto que estaban atrapados, junto con otros setenta deportados, en un vagón de ganado con una pequeña ventanilla rectangular con barrotes, desde la que se veía a cámara lenta un mundo que se encogía con rapidez.

El bebé pasó con cuidado de unas manos a otras, pero, en esas circunstancias claustrofóbicas y con aquel calor, fue imposible calmarlo.

Apenas había agua suficiente para mojarle los labios y mantener a raya la deshidratación.

La familia Weiss compartía la angustia de la madre por su incapacidad para amamantar; ellos también se habían visto sometidos a una dieta rayana en la inanición en el gueto.

El vagón había recibido cinco hogazas redondas de pan para subsistir durante el viaje a Auschwitz-Birkenau, que duró cuatro tortuosos días y cuatro interminables noches.

Yaakov Yosef Weiss, al que le costaba dormir tanto como a los demás, se comió su pequeña rebanada en pequeñas cantidades, de un mordisco cada vez.

Su madre tenía solo treinta y tantos años, pero parecía mucho mayor.

Su rostro estaba pálido y chupado. Las privaciones y el deber la habían dejado exhausta.

Aun así, su espíritu conservaba la fuerza y su persona irradiaba una sensación de autoridad.

Al encontrar la ocasión, cuando el tren se detuvo ante un letrero que indicaba que se acercaban a la frontera polaca, obedeció a su instinto más profundo, que la llevaba a preocuparse por los demás antes que por sí misma.

Se abrió camino hasta la ventanilla con barrotes y llamó a una anciana que caminaba junto a las vías.

La madre de Yaakov había logrado conservar un poco de dinero a salvo de los carroñeros y ahora era el momento de usarlo.

Mientras agitaba varios billetes sucios por la ventanilla, suplicó que les diera pan en un dialecto que Yaakov no comprendió, pero que debía reflejar su origen polaco.

En esas circunstancias, muchos oportunistas se limitaban a coger el dinero y echar a correr.

A la madre de Yaakov no le quedaba otro remedio que confiar en la anciana, así que arrojó los billetes entre los barrotes.

Mientras el tren permanecía parado, la mujer regresó e introdujo pedazos de pan seco y rancio por la ventana.

Desesperados, los deportados se abalanzaron sobre ellos y Yaakov solo pudo hacerse con un mendrugo minúsculo.

Hacía mucho que otro tipo de leche, la de la bondad humana, se había secado.

Los gendarmes húngaros aprovecharon su última oportunidad de aprovecharse de la vulnerabilidad de sus víctimas cuando el tren, en el que viajaban veinticuatro amigos de la escuela de Yaakov en Szilágysomlyó, llegó a Caseiu, una localidad de Transilvania que cumplía las funciones de punto de entrega a los guardas alemanes.

Los gendarmes abrieron la puerta de madera del vagón, apuntaron con sus armas a los pasajeros desorientados y asustados, y les exigieron que entregaran sus objetos de valor.

Al fijarse en los pendientes de una anciana, le ordenaron que se los quitara y, cuando esta se negó, se limitaron a arrancárselos de los lóbulos.

Indiferentes a sus gritos y a los de sus aterrorizados compañeros, le clavaron las bayonetas en el estómago antes de quitarle la alianza del dedo.

Aquellos actos de barbarie reflejaban la deshumanización de los indefensos y se repetían en otros puntos de entrega, como Kosice, donde los trenes procedentes de los guetos de Nyíregyháza y Munkacs se detenían para que un nuevo grupo de captores cumpliera con las formalidades.

Reliquias familiares y objetos de recuerdo se robaban con un salvajismo que a menudo resultaba en derramamiento de sangre.

Los ladrones de Koisce mentían de manera despreciable.

Los deportados, desesperados por averiguar su destino, suplicaban información a los guardias húngaros.

Los matones se divertían inventándose que los enviaban a un lugar llamado Hayaburyda a realizar trabajos agrícolas.

Yaakov se sentía orgulloso de la dignidad de su madre, pero lo entristecía lo dura que era su vida.

Llevaba una máscara de viuda resiliente que solo se le cayó con la llegada del tren a Auschwitz.

Sus tres hijas estaban tendidas a su alrededor en el vagón y, como si hubiera entendido y aceptado la inevitabilidad de su destino, ella decidió compartir con su hijo una última lección de vida.

—Yankei —dijo en voz baja momentos antes de la aglomeración letal del desembarco—.

Recuerda que en esta vida lo más importante es cumplir con los mitzovs [actos que reflejan empatía y bondad] y el yiddishkeit [estilo de vida judío].

Aprender lo que está bien no sirve de nada si no lo pones en práctica.

Fueron las últimas palabras que le dedicó. Era viernes por la mañana y caía una leve llovizna. Antes casi de darse cuenta, abrieron la puerta del vagón, del que escapó un aire fétido sustituido de inmediato por un estrépito infernal.

— Raus, raus, raus! [«¡Fuera, fuera, fuera!»] —gritaron unas voces con brusquedad, y comenzó la desbandada.

Los que se hallaban más cerca de la puerta fueron sacados a tirones o bien cayeron al suelo.

Los muertos no tenían dignidad; sus cuerpos constituían obstáculos en una carrera macabra.

Yaakov se apeó con su madre y sus hermanas, pero las perdió de vista de inmediato.

A él lo empujaron hacia la derecha y se vio engullido por una marea de humanidad a la que encauzaban hacia las cámaras de gas.

No había coordinación alguna, solo pánico e impotencia. Los gritos de los niños separados de sus madres y de las madres separadas de sus hijos te perforaban el cráneo. Aunque en ese momento Yaakov no lo sabía, si se salvó fue gracias a que era inusualmente alto para sus trece años.

Él se limitó a obedecer órdenes como parte del naufragio de una tragedia en movimiento.

No tardó mucho en darse cuenta de que el aspecto agotado de su madre había sellado su destino.

Podría haber trabajado, pero se la veía exhausta y débil.

Yaakov lloró la pérdida de su compasión y de sus sabios consejos.

En ese momento de separación, experimentó el dolor de la soledad del huérfano.

Su mente se sumió en el caos; curiosamente, se acordó de Zalman Leib, el matarife tradicional que había alquilado la antigua habitación de sus padres.

Su última conversación había sido apresurada, pero parecía tener un extraño significado.

Se había producido mientras los echaban de la casa familiar, después de apresurarse a llenar la única mochila que les permitían llevar al gueto.

Leib insistió en que debían hacer una bracha, una bendición, con el propósito de santificar el nombre de Dios.

—En realidad, Yankei —dijo—, deberíamos recitar el hallel [oración judía para las ocasiones felices].

El chico no daba crédito.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de feliz esta ocasión?

La respuesta se coló en su cerebro mientras descendía la rampa de llegada en Auschwitz-Birkenau:

—Nos van a asesinar mientras alabamos a Dios. Esa es una ocasión feliz.

Yaakov se había acostumbrado al desprecio de aquellos que no podían o no querían entender la hondura de su fe religiosa.

En los días y las semanas posteriores, se permitió creer que si se había salvado era porque el Todopoderoso tenía una misión para él.

La aceptación de que su vida estaba fuera de su control sería una fuente de consuelo.

Aquellos a los que llevaron a su muerte directamente desde el tren procedente de Transilvania se libraron al menos del horror que habían experimentado los primeros judíos húngaros en llegar a Auschwitz casi un mes antes, el 2 de mayo.

De los tres mil ochocientos deportados de Topolya, cerca de Vojvodina, y del campo de Kistarcsa, en las afueras de Budapest, solo se perdonó la vida a 486 hombres y 616 mujeres para usarlos como trabajadores esclavos.

Al resto los llevaron a la llamada Casita Blanca, la antigua granja conocida formalmente como «búnker 2», donde enseguida quedó claro que Auschwitz-Birkenau no estaba preparado para recibir tal cantidad de víctimas.

La cámara de gas era demasiado pequeña para meter dentro a todos los condenados a la vez.

En consecuencia, los guardias de las SS los separaron en dos grupos.

Al primero lo hicieron desnudarse y lo introdujeron de manera apresurada en la cámara, mientras que los desafortunados del segundo grupo se vieron obligados a esperar su tumo justo al lado, detrás de una valla improvisada o en la sala para desnudarse, desde donde podían oír con nitidez los gritos de los que los precedían.

Solo uno de los cuatro crematorios estaba operativo, de modo que los cuerpos se apilaban en montones cada vez más altos.

Semejante nivel de incompetencia desembocó en la sustitución de Arthur Liebenhenschel, el comandante de la guarnición de las SS, por Rudolf Höss.

El comandante de Birkenau, Friedrich Hartjenstein, fue reemplazado por el exasistente de Höss, Josef Kramer, que hasta entonces había dirigido el único campo de concentración nazi en suelo francés: Natzweiler-Struthof, en el macizo de los Vosgos.

Kramer sería conocido como la Bestia de Belsen, donde su crueldad era legendaria.

El ejército británico acabó por detenerlo y, tras ser condenado por crímenes de guerra relacionados con la muerte de miles de prisioneros, el verdugo británico Albert Pierrepoint lo ahorcó en la cárcel de Hamelín, en Alemania.