Capítulo 2 - La gran traición #4
Los judíos más acaudalados se concentraban en los dos guetos de las adoberías: Sajovits, al sur de Munkacs, y Kallus, al norte.
Al llegar, les ordenaron que se desnudaran y los sometieron a invasivos registros corporales para encontrar objetos de valor ocultos.
Abusaron de ellos de manera rutinaria y los torturaron con crueldad.
Los únicos que se salvaron fueron varias decenas de judíos héroes de guerra de la Primera Guerra Mundial.
El tiempo que había pasado Moses Eldar en el frente hacía casi treinta años no le bastó para librarse de los latigazos, las patadas y los puñetazos mientras lo sacaban de su casa al grito de « Heraus, schnell verfluchte Juden!
» . [«¡Fuera, rápido, malditos judíos!»].
A su hijo Mordechai le habían encomendado la responsabilidad de cuidar de su abuela Miriam y la protegió.
La familia había tomado la precaución de coser dinero y pequeñas joyas en forros de chaquetas y plantillas de zapatos.
Consciente del destino que los aguardaba, Moses creía que podría usar el dinero y las joyas para sobornar a los guardias, una idea que en última instancia no sobrevivió al caos de la rampa del tren en Auschwitz-Birkenau.
Después de reunirlos en el patio de la escuela de Câmpulung la Tisa en la que estudiaba Mordechai, a los Eldar los llevaron al gueto de la ciudad de Sighet.
Estaba dividido en dos partes: un vecindario de cuatro calles en el centro de Sighet en el que se alojaban once mil judíos y una barriada más pequeña, Ober Yarash, en la que los desahuciados vivían en callejones oscuros y húmedos.
Allí fue donde acabaron los El dar junto con otros tres mil judíos.
Las condiciones de vida eran atroces. No había baños y les habían impedido llevar consigo sus enseres de cocina.
El capitán de policía local, el coronel Sarvari, usaba a los cincuenta policías traídos de la cercana ciudad de Miskolc para robar a sus prisioneros cualquier objeto de valor.
Mordechai jamás olvidó la angustia de su padre cuando un grupo de jóvenes fascistas se abalanzó sobre él en Sighet.
Le dieron una paliza y lo molieron a patadas antes de quemarle la barba, un valioso símbolo de su fe.
Para sus perseguidores, era un burdo deporte sangriento; para los Eldar, la confirmación de que las fuerzas del mal habían consumido su vida.
Yaakov Yosef Weiss echaba muchísimo de menos a su padre, antes incluso de que metieran a su familia en el gueto local, pero su madre entendía a la perfección qué era lo que los había engullido.
Era ciudadana polaca y en 1942 había escapado por los pelos de los transportes a los campos.
Un sábado por la mañana la policía irrumpió en su casa y le dijo a toda la familia que se preparara para marcharse.
Por suerte, la madre de Yaakov, el objetivo de la redada, se hallaba en Budapest buscando documentos nuevos, cosa que consiguió.
Un empresario local amigo de la familia convenció a las autoridades de que dejaran quedarse a los niños y, aunque nunca se confirmó, todo el mundo en la zona dio por hecho que había pagado un cuantioso soborno para salvarles la vida.
Como no podía ser de otra manera, aquello había dejado una huella imborrable en su madre, que mantuvo el contacto con sus conocidos polacos durante sus viajes semanales de negocios a la capital húngara.
Incluso en vida de su marido, había dado la bienvenida a refugiados de su país natal.
Yaakov recordaba conversaciones en susurros, a pesar de no entender el contexto.
Al convertirse en el hombre de la casa y tras someterse al rito de paso tradicional, su bar mitzvá, su madre decidió que Yaakov ya había desarrollado la fortaleza de carácter necesaria para aceptar la verdad. Tenían los días contados y sabía que podía confiarle su secreto más preciado.
—Tengo algo que contarte —le dijo en voz baja una tarde mientras lo hacía sentarse en una de las sillas de la cocina.
Le reveló que un granjero no judío, al que conocía por trabajo, se había ofrecido a acoger y esconder a la familia para evitar los transportes. Después de una angustiosa reflexión, ella había rechazado su oferta. Hablaba con voz firme y mirada fija.
—Ahora ya eres lo bastante mayor para ser dueño de tu destino. Si quieres ir a la granja, tienes mi bendición. No hace falta que te justifiques a ojos de Dios. Vive tu vida como un judío.
Yaakov se quedó atónito ante la fortaleza de su madre y el solaz que le proporcionaba su fe.
Se dio cuenta de que ella sabía lo que les iba a pasar y que aquel era el acto definitivo de altruismo por su parte.
Sin embargo, Yaakov era incapaz de separarse de ella o de sus hermanos.
Aceptaría el destino que Dios le tuviera reservado.
El momento irreversible llegó la mañana del 23 de mayo de 1944, después de pasar cinco semanas en el gueto, cuando obligaron a la familia a marchar hasta la estación de tren. Les dijeron que los trasladaban a un campo de trabajo, pero todos sabían que no era cierto.