Capítulo 2 - La gran traición #3
A diferencia de otros de los chicos en Nyíregyháza, Dugo Leitner carecía de la madurez necesaria para apreciar la gravedad de la situación.
La evasión de los guardias alemanes y sus cómplices húngaros, que tuvo lugar mientras recogía de manera subrepticia matzah para su familia, el pan ácimo usado en la comida de Pascua, le pareció un juego, una gran aventura.
A los judíos de las localidades cercanas ya los habían llevado a un gueto recién creado en dos fábricas de ladrillos ubicadas en los extremos oriental y septentrional de Nyíregyháza.
A pesar de los problemas económicos de la familia, Meir Leitner ayudaba a pasarles comida de contrabando.
Con el tiempo, acabó arrepintiéndose de haber rechazado la propuesta de sus vecinos no judíos de esconder a sus hijas Rachel y Esther.
Golda, la madre de Dugo, había tomado la precaución de ocultar su mejor vajilla de Pascua en el jardín trasero, pero no estaba preparada para el calvario que la esperaba cuando seis gendarmes locales irrumpieron en la casa y le exigieron que les entregara todos los objetos de valor de la familia.
—¿Que deje la plata y el oro sobre la mesa? —dijo con desdén— ¿Qué dinero y qué oro? Mientras mi esposo estuvo en Ucrania, no teníamos ingresos y apenas vendíamos nada en nuestra tienda. Nuestras copas consagradas de Pascua son de vidrio, no de plata. No tenemos nada que daros.
Uno de los policías señaló su alianza.
—Quítatela o te cortaré el dedo.
Golda gritó, lo que alarmó a Dugo, su hermano Samuel y sus hermanas, pero Meir, consciente del peligro que representaban aquellos matones armados con autorización oficial, puso calma.
—Golda —dijo con delicadeza—. No te disgustes. No me divorciaré de ti…
Los Leitner cargaron sus escasas pertenencias permitidas, paquetes que contenían comida, dos mudas de ropa para cada miembro de la familia, mantas y una cama plegable, en un carro de caballos que los llevó a un gueto en el centro de Nyíregyháza.
Durante las siguientes seis semanas vivieron allí con desconocidos, con quince personas por habitación, sin comida ni salubridad adecuadas.
Al cabo de tres días, hubo un predecible brote de tifus en una de las secciones del gueto.
Las condiciones se deterioraron con rapidez, aunque al menos tenían un techo bajo el que cobijarse.
En otras ciudades, los judíos se veían obligados a vivir al aire libre, sin lugar donde guarecerse.
A pesar de que esa primavera no fue especialmente cruda, por la noche hacía frío y las reservas de agua eran escasas.
La atención médica era inexistente y los policías corruptos extorsionaban a los internos con impunidad.
A Wolf Greenwald y su familia, junto con los habitantes de otras ocho pequeñas comunidades, los enviaron de Hajuduhadhaz a un gueto en la adobería Serly, en Nyíregyháza.
Allí despojaron a trece mil judíos de los escasos objetos de valor que les quedaban y dejaron que se buscaran la vida como pudieran antes de su deportación.
Chaim Schwimmer y su primo Hershel Herskovic se desplazaron con sus familias a un gueto de la calle Latorica, una zona tradicionalmente judía de Munkacs a poca distancia de su casa.
Unos trescientos jóvenes recibieron la orden de construir un muro a su alrededor con las vallas de madera que en su día habían rodeado las casas locales.
Habían vivido en un clima de terror desde el 20 de marzo de 1944, cuando los soldados alemanes ocuparon la ciudad.
Estos robaban dinero y posesiones a las familias y obligaban a los judíos practicantes, a quienes identificaban por su barba y sus tirabuzones, a entrar en la sinagoga, donde les ordenaban cantar mientras pisoteaban los rollos sagrados de la Torá.
Todo aquel que se negaba o trataba de huir recibía un disparo.
El padre de Chaim había logrado llevar a hurtadillas a un cambista ilegal un alijo de monedas de plata, ocultas en la bodega desde hacía diez años.
Ambos hombres sabían que no le quedaba más remedio que aceptar una fracción de su verdadero valor.
Utilizó el dinero para comprar lotes de comida, que su mujer preparó para la familia extensa.
Estaban sentados a la mesa para cenar cuando Mordechai escuchó un ruido en el jardín y, aterrorizado, se dio cuenta de que las SS habían llegado.
Los desahucios eran un espectáculo grotesco.
Aunque algunos fingían indiferencia o incluso lloraban al ver cómo trataban a los judíos, muchos de sus antiguos vecinos bordeaban las calles para regodearse en su humillación.
Se ordenó a los judíos que cerraran sus casas con llave y que la depositaran en un sobre, en el que habían escrito su antigua dirección y la nueva del gueto.
Estos sobres se entregaron a gendarmes corruptos y, al cabo de veinticuatro horas, la mayoría de las casas estaban saqueadas y no quedaba nada en ellas.
Hershel Herskovic tenía la sensación de que a su familia, incluidos sus abuelos, los habían tratado como animales y los habían apaleado como bestias de carga. Le daba miedo salir a pasear por Munkacs por temor a que lo asaltaron o a que los soldados alemanes y sus colaboradores lo agredieran.
Un manto de desaliento cayó sobre ellos, aunque el chico hallaba consuelo en la filosofía que su padre había compartido con él en una época mejor.
Le había enseñado a creer que la felicidad debía ser independiente de las circunstancias, porque cuando uno sucumbía a los acontecimientos estaba condenado a la tristeza eterna.
Por irónico que fuera, su padre estaba tremenda y extrañamente callado, como si se hubiera resignado a su suerte, mientras que de manera extraordinaria era Hershel quien mostraba más resiliencia.
El tema de la vida y la muerte era un asunto inabarcable para que alguien de su edad lo entendiera, pero Hershel lo afrontaba con una actitud fatalista.
El primer sabbat en el gueto de Munkacs, los soldados húngaros, apostados en cada esquina del lugar, apresaron a todos los que salían a rezar y se los llevaron a destrozar las sinagogas locales.
Eichmann llegó a finales de mes para supervisar los progresos.
Su plan se había completado en tan solo dos días.
Este consistía en permitir a los Judenrat , los comités judíos formados por antiguos líderes de la comunidad, conservar el control nominal de la administración.
Los siete miembros del Judenrat de Munkacs vivían con sus familias en un barrio especial del gueto, pero ni siquiera su colaboración logró salvarlos: se contaron entre los últimos en ser transportados a Auschwitz-Birkenau.