Capítulo 2 - La gran traición #2
Su padre lo despertaba cada mañana y le daba el desayuno antes de ir a la escuela.
En invierno, cuando la nieve se acumulaba y las temperaturas eran gélidas, le daba al niño un trago de aguardiente.
A su muerte, cuando Yaakov tenía nueve años y medio, la familia quedó destrozada y se vio abocada a la pobreza.
Su madre alquiló la habitación que en su día había compartido con su marido, mientras que la familia vivía en la otra habitación y la cocina.
Era una mujer dedicada a sus hijos y echó mano de sus contactos en la comunidad Satmar de la ciudad de Szatmámémeti, rebautizada Satu Mare cuando pasó a control rumano, para encontrar a un profesor que continuara con su educación religiosa sin cobrar nada a cambio.
Yaakov, al que apodaban Yankei, dormía en casa de su abuelo, a pesar de no tener el permiso para hacerlo.
Sin embargo, el viejo no podía permitirse darle de comer.
Una vez más, la comunidad arrimó el hombro y, durante la semana, el niño comía en una casa distinta cada noche.
Por lo general, la cena consistía en pan y jamón.
Esta situación de rebeldía funcionó sin problemas hasta una mañana en que Yaakov no se despertó a tiempo.
La policía llamó a la puerta de su abuelo a las ocho, pidió la documentación del niño y se lo llevó a la cárcel local, donde el jefe de policía golpeó a Yaakov antes de arrojarlo a una celda común con borrachos y delincuentes de poca monta.
Lo dejó allí todo el día antes de subirlo a un tren con destino a Szilágysomlyó entre funestas advertencias si cometía más transgresiones.
Yaakov tenía solo doce años, pero esa era la edad a partir de la cual se consideraba que los chicos podían comenzar la instrucción militar.
La devoción de su madre, así como su resolución para que se convirtiera en un ciudadano honrado e íntegro, dejaron una huella duradera en el muchacho.
Su afable tutor lo ayudó a navegar su bar mitzvá ese otoño, cuando su devoción «le caló hasta los huesos».
Recordó las palabras de su difunto padre: «Si lo deseas, Dios seguirá ayudándote.
El deseo debe nacer en lo más hondo de tu corazón y de tu verdad.
Deberías saber el que el propósito de tu vida es entregarte a una vocación superior».
A medida que se acercaba 1943, la gente vivía cada vez más atemorizada.
La escuela religiosa de Yaakov fue clausurada.
Numerosas leyes llevaron al cierre de negocios, con la consiguiente amenaza de indigencia para muchos.
Los judíos húngaros no lograban reconciliar su difícil situación con la apreciación externa de que las tornas habían cambiado en la guerra.
El liderazgo nacional era deficiente. El almirante Horthy era seguidor de Hitler, pero, de manera paradójica, el extremismo del nazismo lo horrorizaba.
Se había opuesto con éxito a lo que el Führer denominaba el «reasentamiento» de judíos húngaros en abril de 1943 señalando que «no es posible exterminar o matar a palos a los judíos».
Sin embargo, Horthy sabía que no estaba haciendo más que posponer lo inevitable.
Dio la aprobación tácita para que su último primer ministro, Miklós Kállay, tratara de negociar con los Aliados occidentales a través del diplomático László Veress, que el 9 de septiembre de 1943 firmó un acuerdo de rendición secreto y no autorizado.
Los agentes secretos británicos y estadounidenses se implicaron y, a instancia de la Dirección de Operaciones Especiales británica, creada con el objetivo concreto de propagar los actos de subversión y sabotaje en territorio controlado por el enemigo, Horthy accedió incluso a instalar en secreto un equipo de comunicación por radio en su castillo de Buda.
Sin embargo, los nazis conocían muy bien los métodos de espionaje.
Aunque por definición su trabajo era de carácter opaco, la opinión generalizada es que Wilhelm Hoetd, un miembro austríaco de las SS que servía en el Sicherheitsdienst, el servicio de seguridad, informó a Hitler de la tentativa de traición húngara.
A comienzos de 1944, Hoettl era el director en funciones del servicio secreto y de contraespionaje en Europa central y suroriental.
Como era habitual para alguien con ese cargo, tenía muy pocos escrúpulos morales, si es que los tenía.
Al año siguiente, cuando la derrota alemana estaba ya asegurada, empezó a vender pasaportes falsos a oficiales de las SS y sus familias a cambio de oro ilegítimo.
Mientras estaba basado en Budapest, se ofreció a los oficiales estadounidenses de Suiza.
En mayo de 1945 se rindió ante ellos en Austria y en los juicios por crímenes de guerra de Núremberg testificó contra los oficiales nazis antes de entrar a trabajar en los servicios de contrainteligencia estadounidenses.
A pesar de sus maquinaciones, se convirtió en un respetable director de escuela, historiador y escritor en Austria hasta su muerte en 1999 a los ochenta y cuatro años.
Advertido y prevenido, el 16 de marzo de 1944 Hitler convocó a Horthy a su cuartel general, en el Schloss Klessheim de Austria, con el pretexto de aportar tropas a la ofensiva balcánica.
Sabía tan bien como todo el mundo que el ejército húngaro apenas merecía ese nombre, pero quería ganar tiempo.
Horthy protestó, alegando que su nación ya había pagado un precio muy alto en vidas: «Los hombres que nos quedan apenas tienen brazos con los que luchar.
No podemos ofrecerle ni uno más. Hasta aquí.
Estamos haciendo todo lo posible para protegernos de la amenaza bolchevique y no podemos prescindir de un solo hombre para los Balcanes».
Hitler alargó las negociaciones, en esencia inútiles, durante dos días mientras las tropas de tierra alemanas lanzaban la operación Margarethe: la invasión rápida de Hungría sin derramamiento de sangre.
El 19 de marzo la nación fue ocupada y su población de ochocientos veinticinco mil judíos, la mayor de Europa, quedó expuesta a un nuevo peligro letal.
A Horthy le permitieron conservar su cargo como una figura decorativa e inútil, pero Kállay fue destituido como primer ministro y reemplazado por el general Dome Sztojay, un fanático partidario de los nazis.
Horthy creía ingenuamente que, como soldado que debía lealtad ante todo a su país, Sztojay haría todo lo posible por resistirse a las peticiones más descabelladas de los alemanes.
Se equivocaba de cabo a rabo. Sztojay legalizó el fascista Partido de la Cruz Flechada, encarceló a los rivales políticos y prohibió los sindicatos.
Ordenó a lo que quedaba del ejército húngaro que contribuyera al esfuerzo bélico alemán y jugó un papel fundamental en la preparación de las deportaciones de los judíos húngaros.
Edmund Veesenmayer, que tras su destacado papel en la aniquilación de judíos en Croacia y Serbia fue ascendido a plenipotenciario del Reich en Hungría, tenía el apoyo de Hitler para rechazar la petición de Horthy de destituir a Sztojay.
Cuando este dejó su puesto como primer ministro en agosto de 1944, los judíos húngaros ya estaban condenados.
Sztojay huyó ante el avance del Ejército Rojo, pero las tropas estadounidenses lo capturaron y lo extraditaron a Hungría en octubre de 1945.
Tras someterse a juicio por parte de un tribunal popular en Budapest, lo declararon culpable de crímenes de guerra y contra el pueblo de Hungría y lo fusilaron en 1946.
El supervisor del transporte masivo de judíos húngaros a Auschwitz-Birkenau fue el Obersturmbannführer de las SS Adolf Eichmann, que trabajaba desde el hotel Majestic de Budapest. Enseguida convocó a los líderes comunitarios judíos y les prometió que, a cambio delo que denominó «trabajo ligero» y «concesiones menores», los judíos que obedecieran no tenían nada que temer.
Una vez asegurado el apoyo total por parte de las autoridades húngaras, su plan inicial preveía cuatro trenes al día, cada uno con cuarenta y cinco vagones de ganado.
Según los cálculos de su equipo, con ellos transportarían a doce mil judíos al día a partir de mediados de mayo de 1944.
La cifra acabó quedándose corta: en su punto álgido, a los campos de exterminio llegaban a diario entre diez y dieciocho trenes con hasta ochenta vagones para ganado.
Fueron necesarios un total de 147 trenes para deportar a cuatrocientos treinta y cuatro mil judíos, al ochenta por ciento de los cuales mataron en cuestión de horas.
La operación recibió el nombre de Aktion Höss en honor a Rudolf Höss, el primer comandante de Auschwitz, que regresó al campo el 8 de mayo para supervisar el proceso de exterminio.
Su primera disposición fue la renovación del búnker 2, la antigua granja usada como cámara de gas, y la creación de fosas en las que quemar los cuerpos.
Las tuercas se apretaron con una precisión escalofriante.
A finales de marzo se publicaron más de cien edictos, que se implementaron días después.
A partir del 5 de abril se obligó a los judíos a llevar estrellas amarillas y dos días después se les prohibió viajar y poseer radios.
Las nuevas regulaciones económicas impedían a los judíos retirar efectivo de sus cuentas bancadas y además debían registrar todas sus posesiones.
Asimismo, se confiscaron más tiendas y negocios.
A mediados de abril, el plan de Eichmann para crear una red de unos ciento ochenta guetos y campos de tránsito en fábricas en desuso o secciones cerradas de calles estaba listo para entrar en funcionamiento.
El momento de su implementación, durante la celebración de la Pascua judía, muy restringida pero observada con devoción, resultó deliberadamente insultante.