Capítulo 2 - La gran traición
La gran traición
Meir Leitner no vio su hogar ni a su familia durante más de un año, pero en su ausencia vio demasiado.
Destacado en el frente oriental, la muerte y la depravación masivas de las que fue testigo lo fueron minando.
Su le religiosa sobrevivió, pero su fe en la humanidad lo abandonó.
Se veía asaltado por imágenes terribles y malos presentimientos.
Era un pecado sin arrepentimiento, cometido a la luz del día.
Para un hombre con los valores morales de Meir Leitner, el hecho de encontrarse en el bando equivocado de la guerra debido a sus raíces húngaras le provocaba un hondo malestar.
Otros hombres con la conciencia atormentada, como el primer ministro Pál Teleki durante su segundo mandato, eran incapaces de mirarse al espejo.
Igual que el padre de Mordechai, Moses Eldar, Teleki había luchado en primera línea en la Primera Guerra Mundial.
Su primer mandato como primer ministro abarcó el periodo febril de 1920 y 1921, tras el cual abandonó la política durante seis años para dedicarse a la investigación académica y a dar clases de Geografía en varias universidades de Budapest. También se convirtió en el jefe de los Scouts de Hungría antes de verse atraído de nuevo a la recién establecida cámara alta del Parlamento.
Hasta 1938 no fue elegido para la Cámara de Representantes como miembro del partido gobernante, el Partido de Unidad Nacional.
Cuando Béla Imrédy dimitió por su supuesta ascendencia judía, el regente Miklós Horthy convenció a Teleki para ser primer ministro de nuevo.
Tras jurar el cargo el 16 de febrero de 1939, se comprometió a recuperar los territorios perdidos después de la Primera Guerra Mundial, cambió el nombre de su partido por el de Vida Húngara y endureció las leyes antijudías hasta el punto de que el doctor Bela Fabian, un miembro prominente de la comunidad judía de Budapest, advirtió a su pueblo de que estaban «condenados a una muerte lenta, pero segura».
La primera definición legal de «judío» se incluyó en las leyes de Núremberg de 1935, en concreto en la Ley de Ciudadanía del Reich y sus decretos suplementarios.
En ella se señalaba a todo aquel que tuviera tres o más abuelos judíos; a los que solo tenían dos se los consideraba mestizos, a menos que practicaran el judaísmo o estuvieran casados con un judío.
Teleki siguió este ejemplo en la llamada Segunda Ley Judía de 1939, en la que se declaraba judíos a los individuos con entre dos y cuatro abuelos de origen judío.
Ello sentó las bases para los edictos posteriores, que prohibían las relaciones sexuales con no judíos e impedían a los judíos poseer tierras.
Las empresas privadas debían cumplir cupos estrictos. Dado que solo un doce por ciento de sus empleados podían ser judíos, más de un cuarto de millón de personas perdió su trabajo de la noche a la mañana. La mayoría perdió también su derecho al voto.
Aun así, cuando Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, Teleki se negó a aliarse con los nazis e impidió el acceso de las tropas de la Wehrmacht a las rutas de suministros.
Su Administración dio asilo a refugiados y soldados polacos, entre ellos muchos judíos.
Sin embargo, en 1940 cometió un error fatídico al aceptar la ayuda alemana para recuperar Transilvania septentrional.
En las fotografías de la época, en las que se ve a un hombre con aspecto cansado, bigote, ojos hundidos y frente amplia y llena de arrugas, se vislumbra la presión a la que estaba sometido por parte de los cada vez más estridentes defensores de los nazis dentro de su propio partido, así como de los virulentos militantes del fascista Partido de la Cruz Flechada.
Teleki acabó firmando más de cincuenta decretos antijudíos, sin que sus enemigos políticos le dieran un respiro.
En diciembre de 1940, firmó el Tratado de Amistad Eterna con Yugoslavia.
Cuando un golpe de Estado derrocó a ese Gobierno pronazi el 27 de marzo de 1941, Hitler exigió la ayuda húngara para restaurar su poder.
Al mismo tiempo, los británicos advirtieron a Hungría de que le declararían la guerra si accedía a contribuir a la invasión nazi.
En una situación totalmente comprometida y con la sensación de tener una deuda de honor con los yugoslavos, Teleki se pegó un tiro el 3 de abril. Su nota de suicidio decía:
Hemos incumplido nuestra palabra por cobardía. La nación lo siente y hemos echado a perder su honor. Nos hemos aliado con canallas. Nos convertiremos en profanadores de tumbas, una nación de basura. Yo no lo impedí. Soy culpable.
La gran traición había comenzado. A Teleki lo sucedió el maleable László Bárdossy, que al ver la ocasión de reclamar las tierras perdidas en el Tratado de Trianón arrojó a Yugoslavia a los lobos permitiendo a los nazis invadirla a través de territorio húngaro.
Enseguida aprobó la participación del ejército húngaro con el pretexto de que, después de la creación del Estado títere de Croacia, Yugoslavia había dejado de existir a todos los efectos.
El episodio supuso un trascendental retraso de cinco semanas en la invasión alemana de la Unión Soviética, la operación Barbarroja, hasta el 22 de junio.
El húmedo verano y el crudo y precoz invierno ruso de ese año tuvieron consecuencias calamitosas.
Los oficiales húngaros correspondieron a la agresión nazi enviando a Ucrania unidades de trabajadores forzados.
Los trataron con gran brutalidad, obligándolos a cavar tumbas en el suelo cada vez más helado y a recorrer campos de minas para abrir camino a las tropas regulares.
Varias unidades fueron aniquiladas; solo el veinte por ciento de los trabajadores forzados regresó a Hungría.
Meir Leitner se vio atrapado por la movilización del segundo ejército de Hungría, formado por ciento noventa mil soldados apoyados por diecisiete mil trabajadores forzados. Carecía de apoyo aéreo, ropa adecuada, armamento y munición.
Cuando los rusos atacaron desde la dirección de Stalingrado el 12 de enero de 1943, superaban en número a los húngaros por casi tres a uno.
Asimismo, los rusos poseían cinco veces más artillería, lo cual subrayaba la disparidad de la potencia de fuego, y apenas tardaron dos días en lograr una victoria aplastante sobre los húngaros, que tardaron dos meses en retirarse.
En última instancia, la campaña se cobró la vida de ciento cincuenta mil húngaros, ya fuera en combate o en campos de prisioneros de guerra soviéticos.
Horthy obligó a Gustav Jany, el comandante húngaro, a pedir disculpas por calificar a sus tropas de cobardes, pero su debilidad había quedado de manifiesto.
Decidido a tomarse su tiempo antes de vengarse, Hitler culpó a sus aliados húngaros de la ruinosa derrota del Eje tras la rendición del sexto ejército alemán en Stalingrado el 2 de febrero de 1943.
A pesar de su juventud, Mordechai Eider percibió en la actitud de los adultos con los que vivía la sorpresa, vergüenza e ira de la nación ante el coste humano de la derrota.
Le habían arrebatado la inocencia de la infancia y en su mente empezaron a aparecer dudas.
Si Dios existía, razonaba, no era un Dios compasivo.
En una comunidad tan cohesionada como la de Munkacs, era inevitable que Chaim Schwimmer conociera, aunque fuera solo de vista, a algunos de los jóvenes que habían perdido la vida de manera cruel e innecesaria en el frente oriental. Celebró lo que consideraba una intervención divina decisiva.
Su valoración infantil de la guerra reflejaba una fe más firme que la de Mordechai.
«En Stalingrado —reflexionaba—, Dios empezó a luchar contra Hitler.
No necesitaba armas, balas ni tanques; se limitó a traer a la Tierra el invierno más crudo de todos, con temperaturas de cuarenta bajo cero.
Fue por su voluntad por la que miles y miles de soldados alemanes murieron congelados».
A pesar de las crecientes privaciones del verano de 1943, la religión seguía siendo una parte intrínseca de la vida de Yaakov Yosef Weiss.
Vivía en Szilágysomlyó, una de las ciudades de Transilvania septentrional incluida en el acuerdo al que Teleki había llegado con los nazis.
En 1944, cuando los rumanos recuperaron el control de la localidad, esta recibió el nombre de Ş imleu Silvaniei.
Yaakov era el único hijo varón de su familia; su hermano mayor había muerto antes de que él naciera.
Tenía tres hermanas menores vivas después de que otra muriera de difteria en 1940.
Le gustaba el aire libre y los paseos junto al río Crasna, donde buscaba atisbos de fauna local, aunque eran sus estudios religiosos, comenzados a los seis años, los que marcaban el ritmo de su vida.
Su rabino, que daba caramelos a los niños obedientes y les hacía versiones especiales de los petos y delantales que llevaba el sumo sacerdote, subió a bordo del mismo vagón de ganado que la familia Weiss con destino a Auschwitz en 1944.
Un profesor particular, Shlomo Heimlech, organizaba un grupo de estudio en el patio trasero.
Todas las semanas, en el sabbat , Yaakov se sometía a un examen de sus conocimientos de las escrituras por parte de su padre.
Este era un miembro devoto de la secta Satmar, una dinastía jasídica ultraconservadora que rechazaba la cultura moderna, y se indignó cuando un farmacéutico local abrió en sabbat , algo que se consideraba melacha , trabajo prohibido.
Los padres de Yaakov eran conocidos por ser balei chesed , personas que llevaban a cabo buenas acciones.
Celebraban a menudo cenas a las que invitaban hasta a diez vecinos o amigos y que siempre estaban bien surtidas gracias al trabajo de su padre como matarife ritual de la comunidad.
A Yaakov le fascinaban las instrucciones de su padre para retirar la grasa, los riñones y la telilla del hígado y le impresionaba el espíritu generoso de su madre.
La fe de ambos era más práctica que retórica.