Capítulo 1 - Tal como eran #3
Unos dieciocho mil judíos desafortunados fueron expulsados, a menudo en grupos familiares y, en algunos casos, como parte de comunidades enteras.
Muchos fueron incapaces de proporcionar pruebas documentales de su ciudadanía húngara.
Al llegar a Korosmezo, cerca de la frontera con Polonia previa a la guerra, los bajaron del tren y los entregaron a los nazis.
A continuación, se vieron obligados a recorrer dieciséis kilómetros a pie hasta Kamenets-Podolsk, una ciudad del oeste de Ucrania ocupada por las fuerzas alemanas durante la invasión de la Unión Soviética en junio de 1941.
Fue allí donde, entre el 26 y el 28 de agosto, se les ordenó desnudarse antes de ser asesinados por los Einsatzgruppen, escuadrones de la muerte paramilitares y móviles, y tropas de las SS comandadas por el general Friedrich Jeckeln.
Aquello supuso un antes y un después. Aunque los nazis habían matado a siete mil judíos entre finales de junio y comienzos de julio en Bia ł ystok, la quema de la Gran Sinagoga, el 27 de junio, con unos 800 judíos en su interior, fue la mayor matanza organizada hasta el momento en nombre de la Solución Final.
El macabro rompecabezas del Holocausto se completó el 3 de septiembre cuando prisioneros soviéticos y polacos se convirtieron en las primeras víctimas de una campaña organizada de gaseamientos en el Bloque 11 del campo original de Auschwitz.
Los barracones del ejército polaco que lo componían se habían transformado en un complejo carcelario para prisioneros políticos, apatizados, torturados y ejecutados por motivos triviales por los delincuentes alemanes indultados que ejercían de guardias.
La construcción de Auschwitz-Birkenau, el principal campo de exterminio al que llevaron a los chicos húngaros en 1944, comenzó al mes siguiente.
Diez mil prisioneros de guerra soviéticos, utilizados como trabajadores forzados, vivían en los bloques vallados del campo original antes de que los obligaran a marchar a pie cada día hasta la zona de construcción, en el pueblo de Brzezinka.
A principios de aquel año, se había expulsado a sus habitantes y se habían derruido sus casas.
Junto a la obra quedaban dos granjas, que se adaptaron como cámaras de gas provisionales, conocidas como búnkeres 1 y 2, y entraron en funcionamiento a comienzos de 1942.
El nombre de Auschwitz no tardaría en convertirse en sinónimo del plan de exterminio en masa.
El padre de Wolf Greenwald, Menachem Gershon Greenwald, un judío asquenazí y destacado estudioso religioso, era el único matarife ritual de ganado y aves de corral de su pueblo natal, Hajduhadhaz.
La madre de Wolf, Zisei, era la mayor de diez hermanos y tenía ocho hijos.
Wolf era el primogénito, después de que dos hermanos murieran de pequeños.
Era un niño aplicado al que enviaron a estudiar fuera para honrar las tradiciones establecidas por su padre.
La suya era otra comunidad muy unida y arraigada; el asentamiento original se había fundado en 1312.
El pueblo de Hajduhadhaz pasó a ser considerado oficialmente una ciudad antes de recuperar la consideración de pueblo en 1935, cuando empezaron a recortar las libertades establecidas tiempo atrás, igual que en otras comunidades de la región.
En 1941, los residentes se vieron sacudidos por el trauma de ver a sesenta jóvenes de la localidad obligados a unirse al ejército húngaro para realizar trabajos forzados.
Con posterioridad, los enviaron como parte del frente oriental a Ucrania, donde la mayoría murió.
Por esas fechas, durante el festival de Yom Tov, fue cuando la reputación de Auschwitz adquirió una autenticidad aterradora. Menachem Greenwald corrió el considerable riesgo de dar refugio a dos extrabajadores forzados que habían huido del campo.
Wolf se fijó en la valentía con la que llevaban las cicatrices de sus palizas. Uno apenas podía caminar, pero tenía que desplazarse de un sitio a otro por miedo a que volvieran a capturarlo, lo que resultaría en una muerte segura.
Menachem echó mano de su fe para racionalizar el peligro que afrontaba; les dijo a los hombres que no tenía miedo porque, al ayudarlos, no hacía sino seguir los principios del Hajnasat Orjim.
Este pasaje del Talmud refuerza la doctrina de que el acto de dar es la mayor expresión de espiritualidad.
A Menachem lo estremecieron las vividas informaciones de ambos hombres sobre los horrores de Auschwitz, pero aseguró a los fugitivos que no hacía más que seguir el ejemplo de Abraham, que emulaba a Dios dando cobijo a huéspedes en su hogar.
Entretanto, en Câmpulung la Tisa los acontecimientos empezaban a inquietar hasta a los creyentes más devotos.
El reclutamiento obligatorio de hombres húngaros en batallones de trabajos forzados se intensificó.
Mal alimentados y con escasa ropa, se veían sometidos a la crueldad y el maltrato graves por sus compatriotas, los policías y los soldados que los custodiaban.
A estos sádicos, que salían de las filas del fascista e implacablemente antisemita Partido de la Cruz Flechada, se les hacía sentir que podían cometer sus crímenes con total impunidad, por despreciables que fueran.
Aunque en un principio se asignó a los trabajadores forzados húngaros a agotadores proyectos de construcción en Hungría, la amenaza sobre ellos aumentó de manera exponencial cuando empezaron a mandarlos a canteras.
Allí, en un perturbador eco de lo que acabaría ocurriendo en ciertos campos de concentración más avanzada la guerra, los asesinaban arrojándolos a la muerte desde precipicios hechos por la mano del hombre.
No es de extrañar, pues, que, a medida que aumentaba el número de unidades de esclavos a las que enviaban al frente oriental, los padres temieran por sus hijos y por ellos mismos.
Un sábado de principio del verano de 1942, Meir Leitner, el padre de Dugo, vio cómo sus miedos se hacían realidad en plena noche.
La policía militar apenas le dio tiempo a despedirse:
—Te vienes con nosotros.