Capítulo 1 - Tal como eran #2
Los terratenientes feudales de Nyíregyháza, ubicada en el extremo septentrional de la Gran Llanura húngara, a unos doscientos cuarenta kilómetros de Budapest, no permitieron a los judíos asentarse dentro de los límites de la ciudad hasta 1840.
Entre 1850 y 1941, la población judía pasó de sesenta a 4.
993 personas, un poco por debajo del diez por ciento del total de habitantes.
Era una región con una agricultura fértil y famosa por sus árboles frutales, pero sufrió los estragos de la Primera Guerra Mundial. Nyíregyháza permaneció bajo ocupación rumana durante diez meses en la posterior guerra con Hungría, que se extendió de noviembre de 1918 a agosto de 1919.
La comunidad judía ortodoxa era autosuficiente y se benefició, al menos en un principio, de una frágil actitud de tolerancia.
En los años treinta, cuando los comerciantes se unieron a la emergente clase media, contribuyó a la pujanza económica de la región, aunque los lazos culturales y políticos eran vagos y desconcertantes.
Mordechai Eldar nació el 29 de octubre de 1929 en el seno de una de las ochenta y cuatro familias judías que vivían en Câmpulung la Tisa.
El pueblo se hallaba en la orilla izquierda del Tisza, en la frontera entre Transilvania y Ucrania, unos quince kilómetros al noroeste de la ciudad más grande de la región, Sighet.
Solo dos de esas familias eran judías seculares y una, la de los Klein, dirigía la fábrica local.
El padre, Moses, había servido en el ejército austro-húngaro en la Primera Guerra Mundial y durante la contienda había comido tan solo pan y patatas para seguir siendo kósher.
Al volver, se casó con Tova, una chica de la localidad que tenía solo dieciséis años y medio; su primera hija, nacida menos de un año después, sobreviviría al Holocausto y acabaría viviendo en Israel.
Tova, diez años menor que su marido, acabó dando a luz a seis hijos.
Todos adoraban su carácter cariñoso y también las tortitas amarillas y negras que preparaba en la Pascua judía.
Aunque Mordechai no era especialmente religioso, sus hermanos y él disfrutaban del ritual semanal de abrazarla y besarla después del encendido ceremonial de las velas.
A comienzos de los años treinta, cuando las primeras señales de antisemitismo organizado se hicieron evidentes, las oraciones se volvieron más intensas, y el llanto de su madre, más amargo.
Sin embargo, Câmpulung la Tisa era en general un relativo remanso de paz.
A diferencia de la mayoría de los pueblos de la zona, aproximadamente la mitad de la comunidad judía vivía con desahogo.
Moses, que tenía una tienda de frutas y verduras, formaba parte de la clase mercantil.
Como otros dueños de negocios similares, llevaba lo que se consideraba una vida acomodada.
Otros judíos eran terratenientes acaudalados; varias familias (los Mermelstein, los Hilman y los Banu) arrendaban un gran aserradero que daba empleo a miembros de la comunidad ortodoxa.
En el sabbat , Mordechai estudiaba obedientemente la Torá bajo la supervisión de su padre, aunque habría preferido estar fuera jugando al fútbol.
Era feliz en las calles de la localidad, bordeadas de árboles; le encantaba el fragante olor a madera de las flores de los avellanos y recolectaba avellanas para llevarlas a la mesa de la familia.
La zona había sido un epicentro del nacionalismo húngaro en el siglo XIV ; los monumentos a los soldados locales que habían caído en la guerra de independencia húngara entre 1848 y 1849 se conservaban y cuidaban con amor, como símbolos de identidad nacional.
Tras el crudo invierno de 1850, se permitió a los judíos asentarse en la zona.
Mendel Zelig Festinger, un pionero originario de Galitiza, la región que en la actualidad se extiende por el sudeste de Polonia y el oeste de Ucrania, compró terrenos que luego vendió a otros judíos.
Esto construyó los cimientos de una comunidad floreciente que acudía a una sinagoga de madera para los servicios religiosos.
Cerca del asentamiento original se estableció un cementerio, lo que llevó a la creación de la Chevra Kadisha, una hermandad funeraria formada por personas anónimas muy respetadas por su devoción que preparaban a los muertos para ser enterrados, algo que consideraban un elevado honor.
Esta sociedad tuvo un papel preminente cuando, en 1928, la comunidad lloró la muerte de su anciano shochet, un matarife tradicional de ganado y aves de corral que había servido a los cabezas de familia durante décadas.
Aunque se trataba quizá de un trabajo truculento, era enormemente respetado por la destreza necesaria y por su significado cultural.
Quien lo sustituyó como matarife del pueblo fue Chaim Hillel, uno de los numerosos y consumados eruditos religiosos de la zona, quien fundó una pequeña universidad rabínica en su casa, pero no logró sobrevivir al Holocausto.
Los grupos de estudio fueron muy populares en todo Câmpulung la Tisa y uno de sus profesores, Reb Itzik, tenía reputación de ser un hombre acaudalado que había atravesado dificultades económicas.
Moses Eldar vivía consumido por su fe. Contrató a un profesor particular de la Torá y leía de continuo capítulos de los Salmos, además de devorar otros tratados religiosos sentado en un banco delante de su casa, después de las plegarias y la cena.
Cuando llegó el momento, puso en práctica sus valores fundamentales.
Acogió a una familia local que había perdido su sostén económico cuando Miklós Horthy, un exalmirante de la marina austrohúngara que ejercía de regente de Hungría, entregó a sus hijos a Hitler mediante una concesión para que los utilizara como trabajadores forzados.
Aunque Moses no era un hombre implicado en política, su creciente inquietud reflejaba el dilema moral de la época, dado que contribuía a proveer de fruta y verduras al mercado alemán.
Alejados de los desesperados retos morales de la época, resulta difícil juzgar el hecho de que un pequeño grupo de sionistas de Alemania llegara a un acuerdo con los nazis en agosto de 1933.
El llamado acuerdo de Ha’avara permitía a los judíos alemanes ricos emigrar a Palestina a cambio de adquirir bienes alemanes y de comprometerse a presionar a la comunidad judía mundial para poner fin al boicot que acompañó el ascenso de Hitler al poder.
Moses había escuchado los rumores y era consciente del peligro al que se enfrentaba su comunidad, sobre todo después de los sucesos de mayo de 1938, cuando las recién elegidas autoridades húngaras introdujeron nuevas leyes, enmarcadas por una definición legal de «judío» basada en supuestos criterios raciales y religiosos.
A los judíos se les negó el acceso a profesiones como la medicina, la edición, la actuación y la administración pública, además de restringirse sus derechos democráticos.
En un ejemplo irónico de las consecuencias no deseadas de este nuevo marco legal, el primer ministro húngaro de extrema derecha, Béla Imrédy, se vio obligado a dimitir en febrero de 1939 porque fue incapaz de refutar las alegaciones de que su abuelo era judío, difundidas por sus rivales políticos.
Imrédy acabó fundando el Partido de Renovación Húngara, encarnizadamente antisemita.
Los nazis fracasaron en su intento de restituirlo como primer ministro en 1944 y, cuando dos años después lo declararon culpable de crímenes de guerra y colaboracionismo, acabó fusilado en el patio de una cárcel en Budapest. Mordechai apenas tenía diez años cuando estalló la guerra, pero su padre se dio cuenta de que el chico tenía que madurar con rapidez.
Compartió con él los relatos de las crecientes penurias mundiales; a Mordechai le impresionó en especial el calvario de los 937 pasajeros del transatlántico alemán St Louis, que había zarpado de Hamburgo en dirección a La Habana en mayo de 1939.
Las autoridades cubanas aceptaron a treinta pasajeros, pero revocaron los permisos de desembarco concedidos al resto de los refugiados judíos.
Las autoridades estadounidenses y canadienses también los rechazaron.
En última instancia, Gran Bretaña aceptó a 288 pasajeros; Bélgica, a 214; Francia ofreció asilo temporal a 244, y los Países Bajos acogieron a 181.
Al final, 254 refugiados acabaron atrapados en la Europa continental y murieron en el Holocausto.
Al comienzo de la guerra, Nyíregyháza recibió un aluvión de refugiados polacos.
A pesar de que los recursos disponibles eran relativamente escasos, un comité comunitario formado por residentes judíos coordinó los planes para asegurar su bienestar.
Su conciencia social se amplió con un programa similar diseñado para ayudar a niños refugiados procedentes de Eslovaquia.
Cualquier atisbo de optimismo respecto a la intención de las autoridades húngaras de velar por los suyos se esfumó con rapidez.
Los judíos fueron víctimas de agresiones, extorsión y robos.
Los grupos sionistas padecieron acoso y se obligó a un número cada vez mayor de lo que se denominó «personas poco fiables políticamente» a unirse al Munkaszolgálat, el servicio de trabajos forzados.
El clima de miedo se acentuó en verano de 1941 cuando las autoridades publicaron de manera repentina un decreto de deportación aplicable a los judíos de ascendencia polaca y rusa en la región.
Se organizaron vagones de mercancías y se elaboraron planes para entregar los prisioneros a los alemanes.
Nadie entendió jamás por qué el decreto se anuló de improviso.