Milagro en Auschwitz Capítulo 1 - Tal como eran
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Capítulo 1 - Tal como eran

Tal como eran

Los chicos vivieron y murieron en el crisol de la historia.

En una región sometida a cambios constantes debido a los prejuicios, el oportunismo político, la ambición militar y el fervor nacionalista, sus ciudades y pueblos natales fueron gobernados por una sucesión de naciones y regímenes.

Tradiciones culturales atesoradas y desarrolladas a lo largo de cientos de años se erosionaron y destruyeron en cuestión de meses.

Las disparidades económicas definían una comunidad cada vez más empobrecida, que recurrió a vender asientos en la sinagoga y el mikavot , los baños rituales, para recaudar fondos.

En los años treinta empezaron a cobrar importancia organizaciones voluntarias, tanto religiosas como laicas, que proporcionaban atención médica y contribuían a contrarrestar la hambruna generalizada.

La élite de Budapest menospreciaba Munkacs, lo consideraba un lugar atrasado e insignificante.

Sus desafiantes palabras cayeron en saco roto: las autoridades siguieron negando a los judíos de manera rutinaria buenos puestos en la Administración pública e imponiéndoles elevados impuestos.

La situación de la familia Schwimmer era mejor que la de la mayoría.

El padre de Chaim era dueño de una próspera tienda de telas, cuya principal proveedora era su hija mayor, que hacía visitas semanales a sus contactos en las fábricas textiles de Budapest para conseguir los mejores paños y los últimos diseños.

La competencia era acérrima y la familia se enfrentaba a menudo a ladronzuelos que huían con la mercancía tras fingir estudiar la tela a la luz del sol.

El padre, que se regía por estrictos valores morales, aborrecía aquella deshonestidad.

Era un hombre que se negaba a mentir e insistía en que su mujer, Yachet, la madre de Chaim, se abstuviera de utilizar las tretas habituales en otros comercios, como incrementar el margen de beneficios tensando de manera sutil la tela mientras la preparaba para la venta.

En su casa se observaba escrupulosamente el sabbat , que Yachet marcaba encendiendo velas.

Ella también era devota; su nombre, derivado de Jochebed, la madre de Moisés, era poco habitual y se relacionaba con la oración y la pureza espiritual.

Ese día preparaba platos de pescado y cholent , un sabroso estofado de carne, patatas y judías que se cocinaba a fuego lento.

En el sabbat , todas las tiendas de la zona cerraban.

Al comienzo del día las calles estaban tranquilas, pero, cuando los servicios religiosos terminaban, cobraban vida con las procesiones tradicionales del día sagrado.

En una escena con raíces ancestrales, los hombres llevaban streimels , gorros jasídicos de pelo de animal, y se cubrían los hombros con tallesim , chales de oración.

Las mujeres se ataviaban con sus mejores vestidos y los niños, recién lavados, llevaban sus mejores galas.

Era un día para cantar, bailar y contar historias.

A Chaim le fascinaban los relatos de su padre sobre Dovid Hamelech, el niño pastor que se convirtió en el segundo rey de Israel tras matar con una piedra y una honda a Goliat, el gigante filisteo.

Era el héroe de acción al que todos los niños adoraban, el guerrero que conquistó Jerusalén.

En el marco de un mundo que se encaminaba hacia otro conflicto mundial, las enseñanzas que se podían extraer de su carácter eran de lo más relevante.

Los hijos de los Schwimmer se educaron con el Tehilim, los Salmos, el primer libro de la sección de la Biblia hebrea denominada Escritos.

Este contiene ciento cincuenta poemas atribuidos al rey David, así como cánticos de alabanza al Todopoderoso y reflexiones sobre las adversidades y las esperanzas personales y colectivas.

El rey David, también conocido como Dovid, es una destacada figura histórica que ha acabado simbolizando la resiliencia y la convicción moral judías.

El padre de Chaim usaba la historia de su defensa y su deseo de justicia para una viuda desamparada en la corte bíblica de Shaul Hamelech para enseñar a sus hijos la importancia de asumir responsabilidades en nombre de otros y de luchar por la verdad.

Creía en el estudio riguroso y en la lectura asidua.

El mayor batei midrash local, un aula de estudio tradicional, contenía alrededor de seis mil libros, además de periódicos en yidis en los que se informaba sobre la política local y los últimos acontecimientos en el Mandato británico de Palestina.

Los artículos sobre la persecución que marcó el ascenso al poder de los nazis en Alemania cobraron una relevancia inquietante.

A Hershel Herskovic, primo de Chaim y tercero de once hermanos, lo llevaron a la sinagoga en cuanto aprendió a andar.

Su padre, dueño de un molino de harina que funcionaba con agua y se hallaba a unos ocho kilómetros de Munkacs, regresaba a casa cada dos noches.

Las noches de viernes eran veladas largas y lánguidas; Hershel describía la atmósfera como «íntima, lo que nos procuraba dicha».

A pesar de las nubes políticas cada vez más oscuras, los veranos eran largos y agradables.

Los niños se bañaban y jugaban en el río Latorica, un amplio afluente del Danubio con tranquilos meandros.

Recogían manzanas, legal e ilegalmente, algo que encajaba a la perfección en la personalidad rebelde y bulliciosa de Hershel.

El riesgo de irrumpir en el jardín de un vecino para robar avellanas de su árbol le procuraba un deleite infantil.

Los residentes empezaron a estar al acecho, pero Hershel era tan ágil y astuto que escapaba saltando por encima de la cerca que limitaba la propiedad.

No es de extrañar que se criara como un alma libre y desarrollara una antipatía por el statu quo .

Todo ello se manifestaría en Auschwitz-Birkenau, donde Hershel era uno de los pocos chicos a los que Josef Mengele no le infundía terror.

Su temerario rechazo a dejarse intimidar por la reputación de asesino del médico de las SS lo llevó a apostarse un pedazo de pan con otro prisionero, Mordechai Rimer, a que Hershel no se atrevería a quejarse a Mengele de que un kapo polaco había robado comida a los prisioneros para entregársela a sus compatriotas.

Cuando Hershel lo hizo y protestó en un alemán rudimentario, Mengele percibió su tensión.

— Vas zagen zie? [«¿De qué tienes miedo?»] —preguntó, aunque saltaba a la vista que el tema no le interesaba.

Prometió indagar en el asunto, con educación pero con tal falta de convicción que, con el tiempo, Hershel recordó esa instancia como el momento en el que se dio cuenta de que todos iban a morir.

Su preocupación más inmediata, sin embargo, era la certeza de que el kapo se vengaría con violencia; al fin y al cabo, lo había visto matar a un prisionero a patadas en un arrebato de locura.

A Hershel no le daba miedo morir y su razonamiento era que toda felicidad que experimentara hasta ese momento inevitable tendría que proceder de su interior.

De manera sorprendente, el polaco mantuvo las distancias con él.

Daba la sensación de que el miedo que le tenía a Mengele superaba su enfado hacia el chico que había intentado delatarlo.

Dugo Leitner, uno de los cinco hijos de una familia jasídica de Nyíregyháza, en el noreste de Hungría, era también un espíritu libre.

Era un chico inteligente, con una mente inquisitiva, al que le fastidiaban las tradiciones de su chader , la escuela elemental judía en la que los niños estudiaban en hebreo a partir de los cinco años.

Los alumnos leían en voz alta la Torá y otros libros, como la Mishná y el Talmud, y debían aprender párrafos enteros de memoria.

A Dugo le costaba concentrarse, una carencia que solía desembocar en un azote con el bastón del profesor.

—¿Por qué tengo que ir cada día? —se quejaba a su madre.

—Bueno, Dugo, es lo mismo que comer cada día. Eso también lo tienes que hacer, ¿no?

La lógica de la respuesta era inapelable, pero no evitó que el niño se metiera en problemas.

Cuando tenía nueve años, un día en que les habían pedido que estudiaran una serie de debates rabínicos, él se quedó distraído pensando en las comidas que preparaba su madre.

Un profesor, que se acercó con sigilo por su espalda, lo escuchó hablar en murmullos de la vez en que Dugo la había visto moler pimientos secos para hacer pimentón, una de sus especias preferidas, y se abalanzó sobre él con la intención de castigarlo con unos azotes.

Aunque Dugo tenía los ojos cerrados, el sonido del repentino movimiento lo alertó.

Fue lo bastante ágil como para esquivar al profesor y se puso a correr alrededor de los bancos de madera de la clase de la planta baja.

Los otros cuarenta niños, agradecidos por la tregua en sus obligaciones académicas y que sentían un temor similar a las palizas, se quedaron fascinados por la persecución, que el profesor interrumpió tras tomar la precaución de cerrar la puerta con llave, bloqueando así la principal ruta de escape de Dugo.

—David —gritó—. Aquellos que no aprenden acabarán en el infierno.

Nadie, y mucho menos el profesor, contaba con la respuesta del niño: un repentino salto por la ventana.

La distancia hasta el suelo era de cinco metros, pero Dugo era lo bastante ágil como para no sufrir ninguna herida significativa, más allá de unos rasguños en las rodillas, así que echó a correr hacia el calor y la seguridad de su hogar.

Era un niño descarado, capaz de utilizar sus encantos cuando era necesario; desarmó a sus descontentos padres con una sonrisa y rebajó la tensión ofreciéndose a hacer las tareas de la casa.

Era feliz estudiando en casa; su madre, Meir, que pregonaba las virtudes de la caridad, reconocía que aquel diablillo impulsivo tenía un gran corazón, algo que se manifestaba en la forma en la que se dirigía a aquellos menos afortunados que él.