Prólogo - Muerte anunciada #3
Creía que se había preparado mentalmente para el inevitable giro a la izquierda que los llevaría a lo largo de la alambrada electrificada perimetral de cuatro metros de altura, antes de bajar por el camino que se abría entre los campos y llegar al horno crematorio, donde la chimenea cuadrada y despiadada escupía su contenido incesante: carne humada calcinada.
Sin embargo, por un instante miró hacia fuera, a la derecha de la verja, y fantaseó con la salvación.
Por ahí se llegaba al campo original de Auschwitz, adonde enviaban a los grupos de prisioneros a realizar trabajos forzados.
¿Y si las SS habían cambiado de parecer y tenían un agujero que rellenar o un trabajo que hacer, por inmundo o degradante que fuera?
Tal vez, solo tal vez, giraran a la derecha y se libraran de la muerte…
La columna giró a la izquierda.
Max Steinmetz escuchó el alboroto y miró a través de una rendija de la pared de madera de su refugio en las dependencias del Sonderkommando .
Cuando la columna hubo pasado, salió de su escondite y deambuló aturdido por el campo antes de encontrarse con otro chico que había logrado mantenerse a salvo.
Max sobrevivió a la guerra. Lo trasladaron de Auschwitz-Birkenau a Dachau y luego a los subcampos de Kaufering y Landsberg, donde lo obligaron a construir carreteras y trabajar en una fábrica de aviones Messerschmitt.
Su hermano Henry, su eterno compañero, murió en cambio de inanición en Landsberg el 4 de febrero de 1945.
Max también estaba esquelético: apenas pesaba treinta y cinco kilos cuando, diez días antes de la liberación, lo hicieron marchar hasta los Alpes tiroleses para cavar trincheras de fortificación.
A pesar de estar enfermo y de sufrir alucinaciones, logró escapar y se encomendó a la benevolencia de la esposa de un oficial de las SS, que lo llevó a una granja confiscada, le dio de comer y le proporcionó su primer baño en tres años.
Liberado por los soldados estadounidenses el 2 de mayo, pasó cuatro años en un campo de desplazados antes de obtener un visado para vivir en Estados Unidos.
Trabajó en la cocina del barco para pagar su viaje transatlántico y luego encontró un empleo de peón en Nueva York, en el que le pagaban veinticuatro centavos a la hora.
En 1955 se mudó a Birmingham, en Alabama, donde trabajó vendiendo zapatos.
Tuvo tres hijos y seis nietos y falleció a los noventa y seis años, «en paz, tras una breve enfermedad», el 4 de marzo de 2021.
Tardó cincuenta años en decidirse a contar su historia, pero jamás olvidó la lacerante visión de los chicos obligados a marchar hacia su destino. Así fue como relató este momento para la posteridad:
Miré afuera para ver qué pasaba y vi ante mis ojos una imagen aterradora y espantosa.
Escoltados por numerosos guardias, los desdichados chicos avanzaban a pie.
En esta ocasión, los malhechores no se molestaron en usar un camión; llevaron a los chicos a su muerte como si fueran ovejas dirigiéndose al matadero.
Que Dios vengue su muerte. La vida era dura y amarga como el ajenjo.
Incluso alguien tan curtido ante la depravación y la muerte como Dayan Leib Langfuss, miembro del Sonder komm ando , se vio hondamente impresionado por la imagen de los chicos convertidos en jirones de humanidad empapados.
La destacada historiadora israelí Esther Farbstein descubrió el diario de Langfuss, en el que este dejó constancia de sus sentimientos:
Los chicos judíos vestían uniformes a rayas largos, finos y desgarrados e iban calzados con zapatos o zuecos de madera. Los niños eran preciosos, bien formados, y parecían brillar en sus harapos. Sus voces suaves y puras se volvían amargas y profundas de un momento a otro.
Los estridentes gritos empezaron a resonar en la distancia; el desesperado gemido dejó a todo el mundo anonadado y sobrecogido.
Con una sonrisa de satisfacción, sin rastro de clemencia y con orgullo triunfal, los hombres de las SS metieron a los niños en el búnker con empujones apresurados hasta que tuvieron la situación controlada.
Su felicidad era indescriptible. ¿Es que ninguno de ellos tenía hijos?
Obligaron a los chicos a entrar en la sala donde debían desnudarse, ubicada a nivel del suelo a la derecha de la entrada del crematorio n.
° 5 y que parecía una casa de baños. Les ordenaron que colgaran su ropa en unos clavos que había en la pared; cada uno tenía un número consecutivo, que los guardias insistieron en que memorizaran para poder encontrarlos al salir de la ducha.
Era tan evidente que se trataba de un ardid que, desdeñosos, los chicos se negaron a desnudarse hasta que las tropas de las SS entraron y empezaron a disparar al techo.
Entonces los chicos arrojaron su ropa en el centro de la sala y esperaron durante varias horas, desnudos, a que los llevaran a la cámara de gas que había al otro lado del pasillo.
Mientras aguardaban, un miembro del Sonderkommando , un judío polaco menudo que de alguna manera había conseguido sobrevivir durante cuatro años, se les acercó.
—Cantad, compañeros, cantad —murmuró—. No dejéis que vean el miedo que tenéis.
Algunos estaban tan petrificados que eran incapaces de hablar, pero un grupito de chicos empezó a bailar en círculos y a cantar las canciones que había aprendido en la sinagoga.
Un buen número de voces entonó de forma ininterrumpida: «El Maestro del Universo está con nosotros.
Bailemos con él». Aquello enfureció tato al Obersturmführer Johann Schwarzhuber, el oficial de las SS encargado de supervisar todo el programa de gaseamiento, que amenazó con llevarlos a una cámara de tortura donde afrontarían una muerte aún más lenta.
Aunque a todas luces se trataba de una amenaza vacía, en aquellos terribles momentos cada uno de los chicos estaba haciendo las paces con su destino.
Yaakov Yosef Weiss se hallaba junto a alguien a quien apenas conocía, pero empezó a hablarle de las historias que le contaba su padre en las que Dios salvaba a los judíos en el último momento.
—Todavía queda esperanza —le dijo—. Él nos puede ayudar, nos puede salvar.
Su compañero, un chico mayor que él, de unos dieciséis años, lo miró con acritud.
—¿No te das cuenta de dónde estás? —le dijo.
Yaakov mantuvo la calma, aunque se apartó de él.
—Sé que voy a morir, pero Dios hace lo que quiere. Estoy en sus manos.
En Auschwitz, Mordechai Eldar había perdido su fe y se negó a rezar a un Dios que lo había abandonado.
En su lugar, se sumió en un llanto salvaje y se puso a hablar con su madre muerta.
Eso significaba más para él que cualquier oración.
En su mente, vio el rostro dulce de su madre y la segunda vez que se le apareció las lágrimas le rodaron por las mejillas.
—Pronto estaremos juntos —exclamó.
Mordechai se sintió avergonzado al ver que sus compañeros lo miraban, pero había llegado a un punto en el que ya se había rendido. Le daba más miedo que lo siguieran golpeando que su muerte inminente, así que abrió la puerta de la cámara de gas y se asomó a la oscuridad.
Incluso en ese momento, se vieron obligados a someterse a una última formalidad.
Cada uno de los chicos debía hacer un saludo militar en la entrada de la cámara, en la que se adentraron en filas de cinco.
Yaakob Yosef Weiss se abrió paso para asegurarse de estar en la primera fila.
Pensó en el rabino que predicaba: «Que no vea la muerte de mi amigo», una referencia a un principio establecido durante la persecución de los judíos por parte de los romanos.
Quería morir con la conciencia limpia y su fe intacta.
Hershel Herskovic entró en la cámara con su primo Chaim Schwimmer.
Experimentó un extraño subidón de adrenalina y, haciendo acopio de una fuerza repentina, continuó recitando a gritos el decreto talmúdico: «Aunque tengas la afilada espada de la muerte sobre tu garganta, no desesperes pensando que no habrá misericordia. Nunca pierdas la esperanza».
Fuera, se llevaban a cabo las bien ensayadas rutinas relacionadas con la ejecución.
Según Charles Bendel, un doctor rumano encargado de proporcionar atención médica al personal de la zona de exterminio, las latas cilíndricas de Zyklon B, de unos cincuenta centímetros de alto y treinta de diámetro, llegaron en un camión con el engañoso símbolo de la Cruz Roja cinco minutos después de que los chicos entraran en la sala en la que debían desnudarse.
Una lata bastaba para matar, en un periodo de entre tres y cinco minutos, a unos ochocientos chicos en la cámara de gas, que media seis metros por tres y tan solo tenía un metro y medio de altura.
A diferencia de otros crematorios más viejos, en los que las cápsulas azul grisáceo se introducían a través de conductos en el techo, aquí el veneno se soltaba a través de pequeñas ventanas abiertas en la pared.
Era solo un día más en la vida de Josef Mengele, quien supervisaba los programas de exterminación de los crematorios n.
° 4 y 5. Pronto podría lavarse las manos respecto a los chicos.
La preparación había finalizado y las pesadas puertas de la cámara de gas empezaron a cerrarse, bloqueando el último atisbo de luz.
La oscuridad eterna estaba a punto de caer.