Milagro en Auschwitz Prólogo - Muerte anunciada #2
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Prólogo - Muerte anunciada #2

Mengele supervisó al menos setenta y cuatro de esas selecciones y dejó una huella indeleble en los prisioneros.

Así pues, no es de extrañar que su salida del barracón esa tarde provocara una respuesta frenética.

El terror que los chicos habían reprimido en su presencia se desató y los gemidos aumentaron en volumen e intensidad.

En medio del torbellino de emociones, varios chicos buscaron solaz en los rituales de su religión.

Con lágrimas en los ojos recitaron la vidui , una oración de confesión que rezan los moribundos.

Se trata de una forma de rendición de cuentas espiritual antes de que el alma se reúna de nuevo con Dios.

Era la más honda aceptación de que la vida o la muerte de un individuo estaba en manos de Dios.

Otros chicos empezaron a dar vueltas dentro del barracón como si ejecutaran la hakafot , la tradicional danza circular.

«Todos sabíamos que nos matarían y hablamos del cercano reencuentro con nuestros padres y madres —recordó Chaim Schwimmer—.

Yo me puse a rezar, angustiado. Mis lágrimas habrían llenado cinco vasos».

Chaim rememoró las palabras de su padre que había escuchado por primera vez al comienzo de la guerra, cuando tenía diez años: «Cree en el Señor y el mal jamás te alcanzará».

A pesar de su desesperación, Chaim se contaba entre los que no estaban dispuestos a aceptar con sumisión su destino.

Junto con su primo, Hershel Herskovic, y el hermano menor de este, Yisroel Taub, se unió a un grupo que planeaba huir a través de un conducto de aire.

Sruli Salmanovitch, un chico de Transilvania, se ofreció para ser el primero en trepar por un montante central y consiguió abrir el respiradero y salir al tejado.

Varios chicos se le sumaron y, tras saltar desde seis metros de altura, corrieron hacia las sombras en esa noche oscura con nubes bajas y arrastradas por el viento.

Hershel y Chaim los siguieron, pero las tropas de una caseta de vigilancia cercana dieron la voz de alarma y no tardaron en capturarlos de nuevo.

Aquello tuvo consecuencias inesperadas para los nazis, pues, mientras las tropas se dirigían apresuradamente al Bloque 11 para poner orden, otro grupo de chicos pasó corriendo por su lado y escapó por la puerta d^ atrás.

Entre estos oportunistas se hallaban Dugo Leitner, Nachum Hoch y Mordechai Eldar, un ingenioso chico que había sobrevivido a las selecciones de Rosh Hashaná y Yom Kipur huyendo por la ventana y escondiéndose en las letrinas.

Tres guardias se abalanzaron enseguida sobre Leitner mientras este intentaba meterse debajo del barracón de madera.

«Me agarraron entre los tres, como si fueran tenazas —recordaría después—.

Eran corpulentos y fuertes, mientras que yo era solo un chico que hacía mucho tiempo que no comía.

Enloquecí. Nos dieron caza como si fuéramos ratas».

Con las primeras luces del día descubrieron a Hoch, un chico de una familia judía ortodoxa de Borsa, en Transilvania, así como a Eldar, y los llevaron a empujones de vuelta al barracón que servía de bloque de detención.

En aquel ambiente febril, provocado por la revuelta del Sonderkommando que había acabado con la destrucción de crematorios dos días antes, podrían haberlos ejecutado sumariamente sin parpadear.

Yisroel Taub y Yisroel Abelesz fueron de los pocos que continuaron fugados hasta que el peligro hubo pasado.

Max Steinmetz, un chico de diecisiete años oriundo también de Transilvania, se sentía «atenazado por el horror y muerto de miedo» en presencia de Mengele, a quien describió como «un hombre malvado que nunca estaba satisfecho con la sangre de los sagrados judíos que derramaba cada día».

Tenía grabada en la memoria la espantosa imagen de su primer encuentro con Mengele en Auschwitz, tras un viaje de noventa horas en un vagón para ganado durante el cual había muerto la mitad de los que viajaban en él.

El médico blandía una vara de cuero de dos metros de largo y esbozaba una sonrisa mientras los guardias de las SS impedían a Max despedirse de sus padres, Ilona y Louis, y de su hermana, Esther, a los que enviaron de inmediato a la cámara de gas.

Max era ágil y alto para su edad: medía un poco más de metro ochenta.

Arriesgó la vida al huir al barracón en el que dormía el Sonderkommando , la legión de condenados que se encargaba de los peores trabajos en los hornos crematorios.

Por lo general, los guardas no registraban ese barracón, así que Max trepó a una litera y se cubrió con una manta mientras los guardias estaban distraídos con un kapo ucraniano que perseguía a un pobre desgraciado que había robado una patata de la cocina.

Avigdor Neumann, un chico de trece años originario de Nagysz ő l ő s, actualmente al oeste de Ucrania, también se aprovechó del caos.

A diferencia de Dugo, logró esconderse con éxito debajo y entre edificios hasta el recuento de la mañana, momento en el cual pudo infiltrarse en un grupo de unos doscientos chicos húngaros en el Bloque 13.

Fue al unirse a ellos cuando se enteró de que a sus nuevos compañeros los habían seleccionado para una segunda oleada de ejecuciones esa misma tarde. Estaba atrapado.

Había sido una noche larga y terrible. Chaim Schwimmer lloró hasta sumirse en un sueño intermitente, pero a las ocho ya estaba llorando de nuevo al tiempo que rezaba en voz muy alta y apasionada, como si la crueldad de su destino lo consumiera.

No estaba solo; a Yaakov Yosef Weiss le costaba encontrar palabras para describir la desolación de la escena.

A pesar de su juventud, Yaakov exhibía un inmenso autocontrol y era muy consciente de los dramas humanos que se desarrollaban a su alrededor.

Educado con un marcado sentido del deber, de la moralidad y el pragmatismo, acabó desafiando al puñado de prisioneros adultos del Bloque 11, cuya única preocupación era afeitarse antes de que los mandaran a la cámara de gas.

Para alguien tan aplomado y devoto como Yaakov, resultaba inaudito que aquella fuera su prioridad.

—¿Estáis locos? —exclamó—. Os van a gasear; ¿para qué queréis afeitaros? Habéis perdido la cabeza. Además, no tenemos dónde hacerlo. Recitad el vidui , quedad en paz. Antes de morir, admitid al menos que morís como verdaderos judíos.

Era consciente de que sus palabras lo habían dejado al descubierto.

La mejor explicación que era capaz de dar a su prematura madurez se ejemplificaba con el término hebreo tzoris, que traducido literalmente significa «adversidad», «dificultades» y «aflicción», y hace referencia al carácter educativo del esfuerzo y la preocupación.

Yaakov había sido moldeado por las disciplinas de su infancia y por los principios fundacionales de su religión.

La motivación de sus actos respondía a un principio superior: servir a la voluntad de Dios «desde lo más hondo del corazón».

Sacaba su fortaleza de las verdades que le habían enseñado y trabajaba concienzudamente en sus middot : sus rasgos de carácter, sus valores y sus virtudes.

Se sentía afortunado por el hecho de que, a diferencia de las dos ejecuciones en masa previas de chicos húngaros, no los hubieran despertado en plena noche y los hubieran llevado a la muerte en una flota de camiones.

Aunque el trayecto hasta el horno crematorio era corto, en esos casos los nazis tomaban la precaución de operar al abrigo de la oscuridad.

Esa mañana un ambiente extraño se adueñó del Bloque 11.

Varios de los chicos se encerraron en sí mismos y se apoyaron en las paredes para rezar en silencio en lugar de sucumbir en voz alta a la desesperación.

Otros empezaron a recitar versos religiosos que les resultaban familiares a todos, como el que le pedía a Dios que «purifique nuestros corazones para adorarte en la verdad».

Era como si la resignación hubiera alimentado una rebeldía renovada.

Aquella actitud fue puesta a prueba hasta el extremo cuando los guardias llegaron con lo que pretendía ser un gesto reconfortante: una última comida consistente en patatas.

Los chicos, que llevaban más de cuarenta y ocho horas sin comer, estaban famélicos, pero arrojaron las patatas al suelo para mostrar su desdén hacia sus captores.

Una vez los nazis se hubieron marchado, fue cuando se abalanzaron sobre la comida.

Todos aguardaban el momento en que los llamaran, que finalmente llegó al mediodía, cuando los hombres de las SS irrumpieron en el barracón gritando: « Raus, raus », una orden amplificada por el uso indiscriminado de látigos y varas.

Antes de que sacaran a los chicos en manada y los colocaran entre dos filas de unos treinta hombres de las SS armados y acompañados de sus perros, hubo tiempo para un último acto de rebeldía.

Sabedores de que nunca regresarían, los chicos se deshicieron con rapidez de todo aquello que pudiera resultar útil a los que quedaban atrás.

En el callejón que había entre los barracones, tiraron al suelo cucharas, tenedores y pequeños cuchillos, artículos de valor incalculable para los prisioneros supervivientes.

«¿De qué me iban a servir esas cosas en la cámara de gas? », racionalizaba Yaakov Yosef Weiss.

La lluvia era torrencial, y el ruido, infernal, pero Yaakov se sorprendió al descubrir que no había aba donado por completo la esperanza.

Mientras los chicos se detenían durante varios minutos delante de la verja principal al tiempo que los guardias los intimidaban para que la columna adoptara algún tipo de orden para marchar, se dio cuenta de que se hallaban ante otro momento decisivo.