Milagro en Auschwitz
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Prólogo - Muerte anunciada
Prólogo - Muerte anunciada
Prólogo
Muerte anunciada
Unos ochocientos chicos húngaros estaban hacinados en aquel barracón de madera vacío, que medía treinta y cinco por diez metros.
Habían retirado las literas después de un brote de escarlatina que había enviado a sus anteriores ocupantes a la cámara de gas y los chicos estaban embargados por una mezcla de terror puro y fascinación morbosa.
Llevaban casi dos días sin comer. Muchos lloraban o rezaban con una intensidad desesperada; otros parecían anonadados.
En aquel lugar de esclavitud impuesta por los métodos más brutales, todo en Mengele, desde su actitud altiva hasta su gabardina negra, sus inmaculados guantes blancos y sus lustrosas botas, estaba diseñado para intimidar e impresionar.
Su presencia proyectaba una sombra siniestra sobre la habitación.
A David Dugo Leitner, un chico de catorce años originario de Nyíregyháza, en el noreste de Hungría, le parecía un hombre apuesto e «impecable», con el aura de una estrella de cine.
Yisroel Abelesz, otro muchacho de catorce años oriundo de Kapuvar, un pueblecito húngaro famoso por sus aguas termales, estaba igual de fascinado por la elegancia de su uniforme y su actitud arrogante.
Wolf Greenwald, que estaba a punto de cumplir dieciséis años, lo observó mandar a un subordinado que hiciera un recuento y recordó el momento en el que había bajado dando traspiés de un vagón de ganado en la estación, antes de que un oficial le ordenara que se fijara en los dedos de Mengele.
Estos se movían desde los nudillos hasta la punta con un movimiento rápido y despectivo.
A los condenados se los dirigía hacia la izquierda, mientras que a los que se consideraba aptos para realizar trabajos forzados antes de enviarlos a reunirse con su Creador se los empujaba hacia la derecha.
Era un ritual hipnótico, teatral, deshumanizador y mortal.
Con el respaldo pseudocientífico del Instituto de A tropología, Genética y Eugenesia Kaiser Wilhelm de Berlín, Mengele aprovechaba estas selecciones para buscar materia prima para su investigación sobre la pureza racial.
El Bloque 11, el primero a la izquierda tras entrar al campo, se había utilizado hasta hacía poco como enfermería, pero en su origen había sido su laboratorio.
En la segunda mitad de 1944 se introdujo un nuevo sistema de numeración.
A los gemelos, las niñas de dos a dieciséis años y los niños de siete y ocho los llevaban al Bloque 1, mientras que sus madres permanecían en el 22.
A los chicos mayores, los hombres adultos, los discapacitados y los enanos los encerraban en el Bloque 15.
En un primer momento, a los gemelos, los enanos y otros prisioneros con trastornos de salud hereditarios o específicos de una etnia se les hacía un reconocimiento médico y se los fotografiaba.
Se les tomaban las huellas dactilares de manos y pies y se realizaban moldes de yeso de sus bocas, dientes y mandíbulas.
A continuación se los mataba mediante una inyección de fenol en el corazón para a continuación proceder a la autopsia y el examen de sus órganos internos.
Mengele administraba personalmente inyecciones letales de fenol, nafta, cloroformo o aire.
En aquel momento, el Bloque 11 se usaba como celda de detención para los chicos a los que estaban a punto de llevar al crematorio.
Para el infame médico, que había regresado del frente ruso con la Cruz de Hierro y el rango de Hauptsturmfürer de las SS, los chicos representaban un medio para conseguir un fin: cumplir con el cupo mínimo de cinco mil muertes al día.
Eran meras cifras en un registro, los remanentes de los entre tres y cuatro mil chicos judíos húngaros a los que habían transportado a Auschwitz-Birkenau entre el 19 de mayo y el 9 de julio de ese año.
El campo, en el que había más de cien mil trabajadores forzados, estaba lleno a rebosar.
Así describía Chaim Schwimmer el ambiente:
Cada vez que veíamos a un alemán, nos embargaba el terror.
No te puedes hacer una idea del miedo con el que vivíamos.
Eramos conscientes de que solo quedaban unos cuantos chicos, porque ya habían quemado al resto.
Por entonces, estábamos todos en el Bloque 23.
Cuando nos llamaron para recontarnos, sabíamos la devastación que se avecinaba.
La selección era espantosa. Mengele seleccionaba filas enteras.
Apenas miraba a nadie mientras decía: «Venga, venga, venga».
Cuando seleccionó a mi fila para ir al crematorio, la oscuridad cayó sobre mis ojos, impidiéndome ver nada.
Tuve que agarrarme a otro chico para no caer al suelo.
Sabía que iba a morir y que ya no tenía la más mínima posibilidad de sobrevivir.
Tardé unos diez minutos en calmarme y luego nos llevaron al bloque de detención.
Aunque Yaakov Yosef Weiss todavía no había cumplido catorce años, la muerte de su padre cuando él tenía nueve lo había hecho madurar antes de tiempo.
Con una fuerza física impropia para alguien tan joven, era un chico considerado y observador, con las ideas muy claras.
Incluso en aquellas circunstancias, los demás reconocían en él la indefinible naturaleza de un líder nato.
Había sido uno de los primeros en darse cuenta del destino que les esperaba y, como era propio de él, había tomado la iniciativa cuando Mengele ordenó a su Schreiber , su secretario, que tramitara la tarjeta de identificación del campo de cada prisionero antes de encerrarlos en el Bloque 11.
— Ich bin Weiss —dijo al acercarse a la mesa con el tono más desafiante que fue capaz de adoptar.
Se quedó mirando al funcionario y no pudo creer lo que veían sus ojos. En la tarjeta había estampada someramente una única palabra en alemán, « Gestorben », y Weiss se encogió al reconocerla. Conocía los fundamentos del alemán porque el yidis deriva de él.
Significaba «muerto».
Al igual que los demás chicos agrupados en el Bloque 11, Weiss era un fantasma viviente.
Prestó especial atención al recuento al tiempo que escudriñaba el libro alargado y fino en el que constaban los detalles del cargamento humano de cada bloque.
Una vez hechos los cálculos, el funcionario cogió un bolígrafo y trazó una línea en la página en la que se detallaba los barracones de los chicos.
En la burocracia del asesinato en masa, sus ocupantes habían dejado de existir.
«Todo ha terminado —pensó Weiss—. Nos han tachado de la lista de los vivos».
Para recalcarlo, les negaron incluso lo más básico: pan y agua. La fecha de su ejecución se fijó para el día siguiente, el martes 10 de octubre de 1944.
Sus muertes serían una obscenidad cotidiana enmascarada por la escala y las prioridades estratégicas de la Segunda Guerra Mundial, que se libraba en diversos niveles.
El primer ministro británico, Winston Churchill, aterrizó en Moscú ese mismo día, el 10 de octubre, para mantener conversaciones con Joseph Stalin sobre el futuro de Europa.
Ese día también las tropas canadienses lanzaron una ofensiva sobre Flandes, en dos de cuyas playas desembarcaron para establecer un segundo frente contra los alemanes.
Asustados por el avance de los Aliados y por su propia y progresiva falta de control civil tras una huelga de treinta mil trabajadores del ferrocarril en septiembre destinada a impedir el desplazamiento de las tropas alemanas, los ocupantes nazis de Ámsterdam cortaron la electricidad.
En Auschwitz, los días se medían en lo que los prisioneros denominaban sombríamente el «calendario de Goebbels», en referencia a Joseph Goebbels, el jefe de propaganda nazi.
En un intento de quebrantar su espíritu y subrayar el desdén de los nazis hacia un vínculo cultural y religioso construido a lo largo de generaciones, las exterminaciones en masa más numerosas y simbólicas se llevaban a cabo, de manera intencionada, en los días relevantes y festivos del calendario judío.
Alrededor de mil doscientos chicos húngaros fueron enviados a la cámara de gas en Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, y una cifra similar murió en una matanza diez días después, en Yom Kippur, el Día de la Expiación.
Ese año el Simjat Torá, dedicado tradicionalmente al júbilo, la renovación y la resiliencia, cayó el 10 de octubre.
Es un momento que señala el final de un ciclo anual de lecturas de la Torá, una combinación de los cinco primeros libros de la Biblia hebrea, y que se celebra bailando en círculos y con una revitalización colectiva de la fe.
Los chicos procedían de hogares religiosos y, para seguir el calendario judío, dependían de la información que difundían sus compañeros creyentes mediante el boca a boca.
Algunos intercambiaban preciados pedazos de pan por devocionarios robados, que luego escondían en los barracones o incluso cosían en las costuras de su uniforme a rayas.
Aquellos devocionarios se los habían adquirido a los prisioneros que clasificaban las pertenencias desechadas al desembarcar o bien en las salas para desnudarse, que llevaban a la trampa mortal de la zona de duchas comunitarias, donde las puertas se cerraban y las cápsulas de Zyklon B se dejaban caer por lo general desde el techo.
Al contacto con el aire, el gas de cianuro de hidrógeno se liberaba y asfixiaba a los ocupantes.
Los chicos vivían sometidos a las limitaciones cotidianas de su propia mortalidad.
En Auschwitz, el tiempo significaba poco, pero también lo significaba todo porque sabían que tenían las horas contadas.
La realidad se había redefinido en el momento en el que los habían separado de sus abuelos, padres y hermanos en medio del trágico caos de la rampa del tren, antes de verlos fundirse con la multitud a la que llevaban hacia la zona de exterminio.