Mil millas Nilo abajo Capítulo 37
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Capítulo 37

Farzaneh

«Yo venzo al Destino. El Destino me obedece. Salve, Egipto, al que yo nutro».

Me estiré y ahogué una mueca de dolor.

Era un milagro que siguiese viva. Todo me dolía, hasta la punta de las pestañas, y me resultaba imposible saber cuánto venía de las heridas y cuánto de puro cansancio.

El médico me habí a vendado las muñecas, la pierna y el resto de rasguños que tenía por todo el cuerpo.

Por suerte, el golpe que me di en la cabeza había sido solo una contusión leve, nada de lo que preocuparse tras unos días de reposo.

Intuí que eso era lo que me recomendaba, puesto que hablaba en una mezcla de egipcio y siwi.

Me limité a asentir y a confiar en mi sentido comú n.

De cualquier forma, hasta que me sintiera con la confianza suficiente, caminaría con la ayuda de un bastón. Considerando lo cerca que había estado de la muerte, me daba con un canto en los dientes.

Miré a través de la ventana al cielo estrellado de Siwa.

Había anochecido y ni una sola nube cubría el firmamento.

Las estrellas brillaban con fuerza, salpicando el cielo de un resplandor etéreo.

Nunca había visto tantas. Pese a todo lo que me había ocurrido aquí, aún me parecía hermoso.

Tenía ganas de poder andar de nuevo, de salir del hospital y moverme libremente sin que el Servicio de Antigüedades me siguiese como un sabueso a su presa, pero preveía que eso tardaría en ocurrir.

No me querían perder de vista hasta que el asunto de Ambrose y del ifrit estuviera bien atado, y aunque ya habí a descansado todo lo que puede hacerlo un ser humano sin volverse loco, me habían recomendado amable y enfáticamente que no dejara el hospital.

Supuse que mi familia tendría algo que ver.

Al enterarse de todo a través de la policía en Alejandría, a mi tío casi le dio un infarto y puso el grito en el cielo.

Por suerte, dudaba que quisiera cruzarse el desierto para venir hasta Siwa a reprenderme; pero el regreso a Alejandría no iba a ser agradable.

Y solo de pensar lo que me esperaba en Londres con mi padre me daba escalofríos.

Esta vez, al menos, no estaba sola. Ahmad Kamal habí a venido a visitarme unas cuantas veces para interesarse por mi salud y ejercer de intérprete entre el médico y yo.

Debía de intuir que me moría de ganas de salir de allí.

Llevaba una semana en aquel edificio y me subía por las paredes.

El primer día, me puso al corriente sobre los últimos acontecimientos: Ambrose había pasado a disposición judicial y las cosas no pintaban nada bien para él.

El ifrit no había tardado ni medio segundo en señalarlo tanto como el instigador de mi secuestro, como contrabandista avezado.

Además, el consulado británico también había tomado cartas en el asunto.

Lo m ás probable, según me explicó Kamal en un tono confidencial, era que además perdiera su cátedra en Londres.

Los siguientes, hablamos de jeroglíficos, de Champollion, de Cambises, de mi investigación, de su carrera en El Cairo.

Cada vez que se despedía, ten ía que aguantarme las ganas de pedirle que se quedara.

Nunca había hablado con otro académico de igual a igual; era una sensación embriagadora a la que me podría acostumbrar fácilmente.

El día anterior, en su última visita antes de regresar a la capital, apareció serio y circunspecto.

— Sayedah Khatibi —me dijo al fin, tras sentarse en una silla frente a mí y juntar las manos solo por las yemas de los dedos—, tengo una propuesta que hacerle.

Sus palabras todavía resonaban en mi cabeza y ni siquiera la belleza de Siwa lograba distraerme.

Dudaba que aún necesitara reposo, pero en cualquier caso no lo iba a conseguir encerrada en una habitación.

La sangre me bullía en las venas tras mi conversación con Kamal.

Bastante confinamiento había tenido ya a manos del ifrit, que, seg ún me había explicado mi nuevo amigo, era el cabecilla de una red de expolio arqueológico que se extendía desde Alejandría hasta Nubia, y que tenía una relación estrecha con más de un arqueólogo extranjero.

Gracias a mi intervención, un n úmero desorbitado de reliquias volverían a manos del Departamento. Por eso, Kamal…

Sacudí la cabeza. Si me quedaba quieta, a solas con mis pensamientos, me volvería loca.

Tomé el bastón y salí a la calle. Me recibió un viento fresco, algo húmedo, que soplaba desde el lago. Tení a una vaga idea de hacia dónde dirigirme, así que, renqueante, me puse en marcha.

Tampoco me iba a engañar. Si tenía tantas ganas de salir de aquella estancia también era porque, cuanto más tiempo pasara sin ver a Alec, en más trocitos se partiría mi corazó n.

Yo misma le había dicho que necesitaba tiempo para pensar, pero hacía una semana que me encontraba en Siwa y no había venido a verme ni una sola vez.

Quizás, después de todo, consideraba que su papel aquí había acabado.

Me había salvado porque se sentía responsable de que su hijo hubiera intentado matarme, claro, pero eso no significaba nada.

Refrescaba, ahora que el sol se habí a escondido, y el oasis olía a sal. Pasé por delante de una mezquita, en cuyas puertas se agolpaban los rezagados que elevaban sus últimos rezos antes de retirarse a sus casas, y seguí la carretera que se internaba en el bosque hacia el este.

Lo peor de todo era esa migaja de esperanza que me dio la última vez hablamos.

Decía que yo le importaba, pero en El Cairo me había dejado claro que lo nuestro no podía ser.

¿Era una ilusa por aferrarme a la ilusió n de que las cosas pudieran ser diferentes?

Quizá ahora que Ambrose estaba fuera de escena, conseguiríamos ser amigos.

Si él quería. Si yo lo soportaba. Me conformaría con su amistad, no quería perderlo para siempre.

Pero él volvería a Estados Unidos y yo… Veinticuatro horas antes no me quedaba otra opción que regresar a Londres, al yugo de mi padre.

Soltera de nuevo, ¿qué otra cosa podía hacer? Pero ahora, sin embargo…

Atravesé filas y filas de palmeras, cuyas hojas se mecían con la brisa.

Está claro que si no tienes que correr para salvar la vida es mucho m ás fácil admirar la belleza del bosque.

El suelo era irregular y tuve que cuidarme de no enredar los pies en ninguna raíz o de tropezar con una roca, pero era fascinante estar en medio del desierto, a días del Nilo y de cualquier urbe egipcia y que la vida hubiera encontrado una forma de florecer.

Había estudiado la cultura material del oasis.

Los textos egipcios y cuneiformes. Me sabía la teoría, y sospechaba desde hacía mucho que el ejército «perdido » lo había estado solo hasta que los beduinos los hallaron.

Cincuenta mil personas no desaparecían así como así.

Era una explicación fría, lógica: habían acabado en Siwa porque era el asentamiento m ás próximo en el que cobijarse.

Sin embargo, nunca había comprendido por qué habían elegido quedarse.

Hasta ahora.

Por supuesto que el oasis era el tesoro del ejército. Y su hermosura sobrepasaba con mucho cualquier joya o piedra preciosa.

El camino serpenteaba entre las palmeras, y dejé atrás un par de casas de las que salían volutas de humo, sonriendo ante las voces que se oían en el interior.

Las estrellas me proporcionaban toda la luz que necesitaba para llegar a mi objetivo.

Cuando por fin apareci ó ante mí, me recorrió un escalofrío.

El tiempo había dejado su impronta, y ningún sumo sacerdote vestido con una rica túnica y diadema de oro salió a recibirme; fue el silencio el que me dio la bienvenida, pero el orá culo de Amón no necesitaba nada más para demostrar que era un lugar sagrado.

Ni siquiera el viento parecía atreverse a ulular.

Los muros de adobe, semiderruidos, rodeaban una torre que sobresalía incluso entre las palmeras.

Paseé por el complejo, acariciando con la yema de los dedos los corredores.

Aquí había venido Alejandro Magno en busca de consejo.

Aquí había querido llegar Cambises. Aquí había reinado Amón, dios de dioses, en su trono enterrado en la arena.

Llegué a una plazoleta interior y me detuve.

Quizá fuera el sanctasanctórum del oráculo; no lo sabía.

El techo había cedido hacía siglos y alcé la vista hacia las estrellas.

Aunque solo fuera en ese instante, era fácil fingir que el resto del mundo no existía; que fuera de Siwa, el cielo nocturno y el desierto se extendían hasta el infinito.

Oí un ruido a mi espalda y me volví.

El corazón me dio un vuelco.

Alec me observaba, con el rostro contrito y una sonrisa nerviosa en los labios. El silencio se volvió denso entre ambos. Ninguno nos movimos.

—Perdóname —dijo al fin, pasándose una mano por el rostro. Se hab ía quedado entre los dos pilares que señalaban la entrada a la plaza—. No quería asustarte.

Sacudí la cabeza.

—No me has asustado. Supongo que ya estoy curada de espantos. Es solo que… no te esperaba.

—Quería hablar contigo —comenzó a decir, pero las palabras se le atropellaban en la lengua—.

Tuve que irme a El Cairo estos días por temas…

profesionales, y acabo de regresar. He ido a tu habitación, pero no estabas, y un policía me dijo que te hab ía visto salir, y cuando te he encontrado no he sabido cómo pararte y al final he pensado que sería mejor seguirte y…

—Suspiró y se rascó la barba—. Dicho así no suena demasiado bien.

Solté una risilla, Alec abrió la boca para volver a decir algo, pero la cerró enseguida. De nuevo, el silencio nos rodeó, denso y pegajoso. Me abracé para entrar en calor; comenzaba a notar el frío nocturno. Me habían prestado una túnica beduina, negra, muy sencilla, pero comodísima.