Capítulo 37 #2
—Este sitio… —Pegu é un respingo. Alec miraba hacia la torre—. Es precioso. Aunque para variar no tengo ni la más remota idea de lo que es, pero…
—Alec —le corté, y se volvió hacia mí. Tenía los labios apretados en una finísima línea—. No has venido aquí a que te d é una lección de historia egipcia.
No era una pregunta. Pareció dudar y comenzó a dibujar formas en la arena con el pie hasta que se armó de valor y echó los hombros hacia atrás.
—No, Farza. No he venido a eso.
Mi instinto me impelía a reducir la distancia entre ambos, a lanzarme a sus brazos, a tomar su rostro en mis manos y a besarlo hasta que me quemaran los labios.
Pero no lo hice.
—No pretendo que me perdones ni busco excusarme. Lo he hecho todo mal, como de costumbre, pero… —Se pasó una mano por el cabello, despeinándoselo—. Esta vez no voy a huir. Al menos esta vez no.
Tomé aire. Un hormigueo me recorrió el estómago, y me pareció que hasta el viento aguzaba el oído.
—Te quiero, Farza —dijo al fin—. Te quiero con locura, como hacía tiempo que no quería a nadie.
—Bajó la vista y esboz ó una sonrisa amarga—.
Cuando descubrí que habías desaparecido y Ambrose me confesó lo que había hecho…
Dios mío, perdí la cabeza. La decepción, la impotencia, el miedo…
Creí que me volverí a loco. No sé cómo logré mantener la suficiente sangre fría para arrastrar al desgraciado de mi hijo a una comisaría de policía para buscar ayuda.
No fue fácil; Ambrose era conocido en la comunidad británica de Egipto y, aunque fuera otro hombre blanco quien lo acusaba, los policías eran reticentes a acusar a un extranjero.
Tuve la suerte de que Kamal pasaba por allí y ató cabos, pero…
Cada minuto que pasaba era un minuto en el que podía haberte perdido.
—Alec…
Levantó una mano, deteniéndome. No me había dado cuenta, pero me había acercado dos pasos, con el vestido beduino aferrado en un puño.
—No, déjame acabar. —Le temblaba la voz, pero aun as í, continuó—.
Hace semanas que sé que estoy enamorado de ti, Farza, pero he sido un imbécil.
Un necio y un majadero. Me aterraba… Sabía que tendrías que casarte con Ambrose.
Ni siquiera pensé en luchar por ti, en arriesgarme.
Lo di por perdido desde el principio. —Sus palabras me golpearon como una bofetada y luché por reprimir las lágrimas.
Lo había sospechado, aun as í, oírlo de su boca dolía más de lo que podía aguantar—.
Pero no tiene que ser así. No quiero que sea así.
Si lo nuestro no funciona, que no sea porque no lo he intentado.
—Se acercó a mí , acortando la distancia entre ambos en dos zancadas, y me tomó de las manos antes de que pudiera reaccionar.
Su calidez me era tan familiar y reconfortante que ahogué un gemido—.
Te quiero, Farza, y quiero estar contigo.
Cuando te encontré en las piscinas de sal y creí que te había perdido…
Si me das otra oportunidad, no volveré a abandonarte jamás.
Me quedé callada durante unos segundos. Tení a la mente tan aturullada que era incapaz de encadenar frases coherentes. «Me quiere», pensé. «Ha dicho que me quiere».
Pero cuando por fin encontré las fuerzas para responder, fue el peso que llevaba sobre mis hombros el que habló.
—Las cosas no son tan fáciles, Alec. —Lo vi palidecer.
No era la respuesta que se esperaba, pero era la que debía darle.
Tragu é saliva. Las manos me temblaban—.
Lo que yo quiera o esté dispuesta a hacer es irrelevante.
Mis deseos jamás han importado. ¿No lo entiendes?
Si no me caso con Ambrose, tendré que hacerlo con otra persona, y esa elección no está en mis manos.
Nunca lo ha estado. No soy la dueña de mi destino.
Esta vez no pude aguantar. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas y él hizo ademán de secármelas, pero lo detuve.
—Claro que te quiero, pero ¿sabes qué? Quiero más cosas.
Quiero estudiar. Quiero ser arqueóloga. Quiero publicar con mi nombre y excavar en Egipto y decidir cómo vestir, qué comer y con quién relacionarme.
Quiero vivir mi vida a mi manera, no como otros me la dicten.
Este viaje… —Me enjugu é las mejillas con la manga de la túnica—.
Este viaje me ha dado a probar un pedacito de todo lo que siempre he ansiado, y no quiero vivir de otra manera.
No voy a ser una buena esposa, ni decente, ni respetable, ni nada de eso.
No quiero. No me interesa. —Clavé los ojos en su rostro, retándolo.
Si quería luchar, si quería decidir, tendría que hacerlo ahora—. Dime, Alec, ¿tú qué vida quieres?
Nos miramos en silencio. El corazón me retumbaba en el pecho. Los segundos se alargaban hasta la eternidad. No me había soltado las manos y, pese a todo, yo tampoco quería que lo hiciera.
—Antes ha venido Kamal a hablar conmigo —solté de golpe con la mirada fija en mis pies.
Alec arqueó una ceja, confundido con el cambio de tema.
—¿Kamal? Sí, la policí a me dijo que ha ido a visitarte varias veces. Creo que le caes bastante bien. ¿Ha habido algún problema con él?
Apreté los labios.
—No es solo que le caiga bien, Alec. —Tomé aire. Lo necesitaba—. Me ha ofrecido trabajar con él, en el Museo Egipcio de El Cairo.
Alec tardó unos segundos en analizar mis palabras. Su rostro cambió de la confusi ón inicial a la alegría y luego a algo muy distinto. Yo tenía el corazón en un puño porque incluso horas después de la conversación con el egiptólogo, no sabía có mo sentirme.
—Pero eso es… —Alec hizo un amago de sonrisa y me apretó las manos—. ¡Eso es fantástico, Farza! Cuéntamelo todo.
—No sé si… Sí, claro que es fantástico, pero…
—Sacudí la cabeza y le solté las manos—.
Mariette y los franceses tienen a todo el Departamento comiendo de la palma de su mano, pero Kamal est á organizando una pequeña cohorte de egiptólogos árabes, y al leer mi trabajo…
Me dijo que estaba muy impresionado. —Me costaba contener las lágrimas.
Era la primera vez que alguien reconocía la valía de mi investigación y que me decía que aquello a lo que le hab ía dedicado tantos años, merecía la pena—.
Que le encantaría contar conmigo entre los miembros de su equipo.
Alec sonreía, pero sus labios temblaban. Maldita sea, lo conocía ya demasiado bien.
—Me tendría que quedar aquí a vivir —continué—, pero podr ía trabajar en el Museo e incluso en las excavaciones, con Kamal. Me ha dicho que mientras colabore en su proyecto, no tiene problema en que continúe mi propia investigación. Es…
—Farza… —me interrumpió Alec, acercándose a mí con los brazos abiertos—. ¿Por qué no pareces contenta?
Fue como un jarro de agua fría, pero ello no lo hací a menos cierto. Tragué saliva con dificultad. Era la decisión más fácil a la que me había enfrentado en mi vida y, de alguna forma, también la más difícil.
—Porque yo me quedaré aqu í y tú… —Hipé.
El pecho me dolía demasiado—. Y tú te irás, y mi vida entera se quedará aquí y ojalá pudiera decirte que estaría dispuesta a dejarlo todo por ti, pero no es as í y nunca será así.
No sé cómo… —Los ojos se me llenaron de lágrimas; ya no podía contener más los sentimientos que llevaban torturándome toda la tarde—.
Quiero esto más que a nada, Alec, pero tambi én te quiero a ti y no sé qué hacer.
Alec suspiró y se sentó sobre uno de los sillares de adobe del templo, frente a mí.
Así, cruzado de piernas, con el flequillo algo despeinado y los primeros botones de la camisa desabrochados, era la viva imagen del dandi inglés.
Reprimí las ganas de alargar las manos y hundirlas en su cabello, de abrazarme a él y no soltarlo nunca.
—Yo lo veo muy claro.
Solté algo a medio camino entre una risa y un hipo.
—¿Muy claro?
—Este es el trabajo de tu vida y la oferta de Kamal es inmejorable.
Vivirás en Egipto, donde te vas a mover como pez en el agua; trabajarás en un campo del que eres experta y, sobre todo, en el que te tratarán como tal, y encima podrás emanciparte.
No necesitarás a ningún Ambrose al que encadenarte.
Me sequé las lágrimas y me acerqué a él, insegura. ¿A dónde querría ir a parar?
—No me cabe duda de que en poco más de seis meses ya estarás má s que asentada aquí —siguió—, y para entonces mi albacea estadounidense me ha jurado y perjurado que podremos encontrar a alguien que sepa llevar el negocio en Boston y en Chicago.
—Lo miré, boquiabierta, y Alec me devolvió una sonrisa—.
Me ha costado organizarlo todo a tanta distancia, por eso me he demorado tanto en El Cairo.
—Pensaba que…
—¿No te dije que no volvería a dejarte? —Me apretó las manos—. Pero lo más importante es que eso me dará tiempo de mentalizarme sobre el maldito calor que hace en este país del demonio y los estragos que causará en mi pelo.
La garganta se me secó y por un instante creí que las piernas me fallarían. Me agarré con más fuerza aún a mi muleta. ¿Me estaba proponiendo…?
—Además —a ñadió, con una sonrisa—, después de esta aventura, vivir todo el año en Estados Unidos sería aburridísimo. País de bárbaros, que no saben usar el comino ni montar en camello.
—¿Estás hablando en serio? —interrumpí— . ¿Vendrías… aquí?
—No inmediatamente, no puedo. Y tampoco quiero convertirme en tus grilletes, Farza.
Tienes derecho a saborear tu libertad después de lo que te ha costado conseguirla.
Es más, quiero que lo hagas. Que puedas…
—Las palabras parecían costarle un esfuerzo sobrehumano—.
Que puedas elegir. Pero si dentro de seis meses todavía me eliges a mí… Ahí estaré.
Esta vez no intenté contenerme. Las lágrimas rodaban por mis mejillas a raudales, pero ahora no eran de tristeza ni de ansiedad, sino de una felicidad como no había sentido jamás.
—Te quiero, Alec —sollocé, tapándome el rostro con las manos.
Los labios me sab ían a sal y, de pronto, noté un tirón en las muñecas.
Alcé la vista para encontrarme los ojos azules de Alec, brillantes y húmedos—.
Te quiero como nunca he querido a nadie y te elegiré siempre, ahora, dentro de seis meses o seis años, en esta vida y en la siguiente.
Alec me agarró de la cintura, me atrajo hacia sí y se inclinó para besarme.
Fue un contacto suave, aterciopelado, y me supo más dulce que la miel.
Porque esto era amor, era amistad y era confianza, y solo por haber encontrado alguien con quien compartir todo eso, ya era la mujer más dichosa del mundo.
—Eso espero, vida mía —susurró Alec contra mi boca, besándome de nuevo mientras yo me aferraba a su cuello—. Porque yo también te quiero, te adoro y te elegiré todas las veces que hagan falta.
Alcé el rostro hacia él. Enmarcado contra el cielo nocturno y las estrellas, su cabello rubio parecía brillar como si fuera oro líquido. Me pareció la visión más hermosa del universo.
—Hasta entonces… —añadió, esbozando una sonrisa picaresca—. Espero que tengas paciencia para las preguntas de este viejo, porque créeme, tengo muchas, y absolutamente todas son de lo más est úpidas.
Solo el desierto y las estrellas nos observaban, y desde arriba, encaramados a la bóveda celeste, los astros aplaudieron, y yo me eché a reír.