Capítulo 36
Alis t ai r
«Yo honro a quienes se defienden con justicia».
—¡Farza! ¡Farza!
Solo oía mi voz y el latido de mi corazón desbocado en los oídos. El mundo a mi alrededor hab ía dejado de importar; no eran más que sombras, contornos y sonidos inconexos.
Me agaché sobre la arena, sosteniendo a Farza en mis brazos. Parecía tan frágil, tan ligera… Estaba empapada y el agua me caló la camisa, pero me dio igual. Qué más daba mi ropa, qué más daba el polvo y el barro que se arremolinaban a mis pies.
—Has venido… —susurr ó, con una sonrisa tan débil que me hizo añicos el alma—. Has venido…
—Farza —sollocé, y ella volvió a cerrar los ojos. El corazón me dio un vuelco—. Farza, por favor, mírame, no te vayas, mírame…
Tenía los labios azules y el rostro ceniciento.
Una lí nea roja le recorría los labios y tenía el pelo y el rostro surcado de sangre y heridas, igual que las manos, en carne viva.
La tela de su pantalón estaba rasgada y chamuscada; reconocía una herida de bala cuando la veía.
Por suerte, el disparo tan solo la había rozado, aunque era una herida aparatosa para la que necesitaría atención médica.
El torniquete que le hab íamos practicado se había teñido ya de un oscuro color carmesí.
El pulso se me aceleró y una ira incontrolable me atenazó el pecho. Los mataría. Mataría a todos y cada uno de aquellos que se habían atrevido a ponerle un dedo encima. Haría que se arrepintieran de haber nacido.
—Farza…
Le apart é un mechón de pelo del rostro. Reprimí una mueca de dolor. Me había despellejado los nudillos y, si no me hubieran detenido, aquel hombre habría acabado con algo mucho más serio que un rostro amoratado. Pero ella me necesitaba más que yo a mi furia. Inspiré profundamente.
Respiraba. Estaba viva. La envolví en mis brazos, como si fuera de cristal. Me aterraba hacerle dañ o, no quería ni imaginar lo que habría sufrido hasta llegar aquí, el miedo, el dolor.
Estaba viva. De momento, con eso bastaría.
Susurró algo más, pero no llegué a oírlo, y se acurrucó en mi pecho.
Me dejé caer sobre la arena y le besé la coronilla.
Pensaba que la había perdido. Cuando Ambrose me confesó el trato que había hecho con los saqueadores, el alma se me cayó a los pies.
Jamás me había sentido tan desesperado como en el momento en el que creí que había perdido a Farzaneh.
Incluso cuando comenzamos la carrera a contrarreloj por el desierto y cuando avistamos Siwa, creía que no volvería a verla con vida.
Qué necio había sido. Tener que llegar a este punto para darme cuenta de lo mucho que la quería.
La besé de nuevo y enterré los dedos en su cabello. Su aroma me reconfortaba, y el ritmo pausado de su respiración, su aliento contra mi cuello… Dios mío, gracias. Gracias.
Mis latidos se ralentizaron, regresando a su cadencia habitual, y por fin me fijé en lo que ocurría a mi alrededor.
El ifrit, como lo habíamos apodado hasta ahora, había perdido todo su aire de leyenda.
Apresado por dos hombres con fez y uniforme de corte occidental, se revolcaba por el barro que rodeaba la piscina de sal, aullando exabruptos en árabe.
Otros tres policías, armados con bayonetas, le apuntaban con el ceño fruncido y cara de circunstancias.
Una mano se posó en mi hombro.
—¿Señor Carmichael?
Me volví. Un hombre menudo, de barba poblada, bigote negro y cejas adustas me observaba con preocupación. Iba vestido de traje y chaqueta, poco apropiado para la ocasión, y el polvo del desierto ya había transformado la tela oscura en una de color lechoso. Un fez rojizo tocaba su cabeza.
Me relajé y solté un suspiro que no sabía que hab ía estado reteniendo.
—Señor Kamal.
—¿Se encuentra usted bien?
No supe contestar. Había tenido la suerte de encontrarme con él en El Cairo por casualidad.
Si no hubiera estado en la comisaría a la que había arrastrado a Ambrose, totalmente fuera de mí, y si no fuera porque Petrie ya había denunciado el ataque a su museo hacía dí as, quizás nadie me hubiera creído.
Había tratado de mantener cierta sangre fría durante todo el viaje, pero al pobre Kamal debí de parecerle un desequilibrado al saltar del coche como un animal salvaje y abalanzarme sobre aquel desgraciado.
Me miré los puños, todavía sanguinolentos, y luego a la joven que descansaba en mis brazos.
—Sí —dije al fin—. Creo que sí .
Mi interlocutor asintió y me hizo una señal con la cabeza hacia donde los policías esposaban al embozado.
—¿Es ese el desgraciado que ha estado robándonos a espuertas?
—Eso parece. Uno de ellos, al menos —respondí, y por fin Farza abrió los ojos de nuevo.
—¿Qué está…? —susurró . Tenía la voz ronca, pero parecía que estaba recuperando las fuerzas. Trató de incorporarse—. ¿Qué está pasando?
El tumulto atrajo su atención y se llevó las manos a la boca para ahogar un grito.
—¿Ese es…? ¿Qu é le ha pasado en la cara?
—Yo le he pasado —repliqué, con más dureza de la que me hubiera gustado. Farza se volvió hacia mí, boquiabierta—. Y le hubieran pasado más cosas si no llegan a pararme.
— Sayedah Khatibi, está consciente —intervino mi acompa ñante antes de que Farza pudiera replicar.
Se acuclilló ante nosotros; no parecía incómodo por la forma en la que yo la abrazaba y que demostraba que éramos algo más que simples conocidos, ni por el estado de su ropa de etiqueta a merced del desierto.
Me gustaba este hombre—. Sé que no es el momento más apropiado, pero no querría dejar pasar la oportunidad.
Creo que no nos han presentado. Soy Ahmed Kamal, funcionario del Departamento de Antigü edades.
Farza abrió y cerró la boca varias veces antes de optar por ofrecerle una mano temblorosa. Kamal la tomó con una sonrisa amable en los labios.
—Vengo en representación del Departamento y del señor Mariette. Me gustaría decir que también del jedivato, pero eso podrá confirmarlo con más autoridad que yo el se ñor Carmichael. Me temo que le debemos una disculpa.
—¿A mí? —croó Farza y rompió a toser.
—Si se hubieran hecho las pesquisas apropiadas a su debido tiempo —continuó el egiptólogo con paciencia cuando ella recuperó el aliento—, habríamos descubierto mucho antes que Ambrose Carmichael estaba llevando a cabo actividades ilí citas a espaldas del Departamento.
Y quizá le habríamos ahorrado a usted este mal trago.
—Bonito eufemismo —protesté yo, pero Farza me chistó.
—Es un placer, said Kamal. —Tenía la voz ronca y todavía temblaba. Instintivamente, la abracé más—. Se lo agradezco mucho.
—No hay de qu é. —Kamal se puso en pie apoyándose en sus rodillas—.
Ahora lo mejor será que descanse y se recupere.
Nosotros nos encargamos de todo. Pero en cuanto se recupere, sayedah Khatibi —el egipcio se inclinó ante Farza con respeto—, me encantaría charlar con usted.
He leído los artículos que firmaba su prometido.
No todos los días conoce uno a una erudita de tanto talento.
Con una ú ltima sonrisa y un saludo levantándose el fez, Kamal se dirigió hacia los policías y el ifrit, que seguía ladrando, encolerizado, mientras lo arrastraban hacia el coche.
Farza suspiró y se apoyó contra mí. Descansé la barbilla sobre su cabeza.
—De todas las formas en que esto podía acabar —dijo tras unos instantes de silencio—, esta no me la hubiera imaginado jamá s.
—Ya sabíamos que la policía no movería un dedo si no era con un empujoncito —repuse, y la joven me miró.
Cada vez que clavaba aquellos ojos de obsidiana en mí, me derretía—.
Pero dile al Departamento de Antigüedades que alguien les está robando y les faltará tiempo para correr sobre las dunas.
No hay mejor perro sabueso que un francé s encabronado.
Farza soltó una carcajada, que sonó más nerviosa que alegre, y pronto se apagó de nuevo. Hubiera jurado que todavía temblaba.
—¿Qué haces aquí, Alec?
Tragué saliva. Con toda la conmoción, hab ía olvidado, o quizás no había querido recordar, cómo terminó nuestra conversación la última vez que nos vimos.
—Tenía que venir. No podía permitir que…
—¿De repente tienes conciencia? Qué novedad.
Sus palabras fueron un bofet ón más fuerte que cualquiera que me hubiera dado con la mano. Me mordí el labio, al fin y al cabo tenía razón. La había abandonado, había sido un cobarde. Tenía todo el derecho del mundo a estar resentida.
—Lo siento —dije al fin—. Sé que lo he hecho todo mal y que no puedo deshacer el daño.
—No, no puedes —replic ó. No me miraba, pero el hecho de que no me hubiera apartado ni pedido que la soltara me daba un ápice de esperanza—. Pensaba que… que no vendrías. Que te habrías marchado ya a Estados Unidos. —La voz le temblaba y se me hizo un nudo en la garganta—. Que no te importaba.
—Farza, me importas más que nada —insistí, y por fin se volvió hacia mí—. Cometí un error irreparable, pero quiero tratar de enmendarlo. Pensaba que hacía lo correcto, pero Josie me ayud ó a darme cuenta de que no podía dejarte ir. De que te…
La voz se me atascó en la garganta. ¿Era justo para ella que yo la cargara con mis sentimientos después de lo que le había hecho? Farza me miraba con una mezcla de miedo y esperanza que me rompió el corazón.
—Siento haber tardado tanto en darme cuenta —musité—. Pero en cuanto descubrí lo que Ambrose hab ía hecho, supe que iría al fin del mundo si fuera necesario para salvarte. Solo espero que algún día puedas perdonarme.
Los ojos de Farza seguían clavados en los míos. Durante unos segundos, solo se oyó el alboroto de los policías y el suave susurro del viento contra las piscinas de sal, que parecían ulular .
Lentamente, Farza asintió.
—Gracias —dijo, y por fin pude respirar—. Pero creo que ahora necesito estar sola. Tengo mucho en lo que pensar.
No negaré que el corazón se me resquebrajó al escucharla, pero no podía hacer otra cosa que aceptarlo y darle espacio. La había ayudado, pero eso no me daba derecho a nada. Aunque la mera idea de separarme de ella me quemara las manos, me obligué a asentir.
—Por supuesto. El tiempo que necesites.