Capítulo 35
Farzaneh
«Yo soy la esposa y la hermana del rey Osiris».
Mi primera experiencia con la muerte había sido la de mi abuelo.
Su cadáver recibi ó todos los ritos: el último baño, la mortaja, el cortejo fúnebre hasta el cementerio. Mis padres no me dejaron estar presente en ninguno. Me dijeron que era demasiado pequeña y no se molestaron en darme más explicaciones.
En cambio, mi abuela me tomó de la mano y me llevó al estudio.
Observé con curiosidad los papeles y los libros que mi abuelo ya nunca leería, que permanecer ían mudos hasta que otro se hiciera con ellos.
Mi abuela me sentó en su regazo, en la alfombra central, y abrió un tomo enorme.
Recuerdo las páginas, de un papel satinado, llenas de palabras e ilustraciones tan vívidas que pensé que saltarían del libro y comenzarían a danzar a nuestro alrededor.
No parecía triste cuando comenzó a narrar. Es m ás, sus ojos brillaban con una chispa que jamás le había visto cuando él vivía.
—Escucha atentamente, azizam. —Tenía una voz melodiosa, grave y marcada por años de soledad—. Esta es la historia de una mujer que se enfrentó a la muerte y vivió para contarlo.
Como a tantas antes de mí, la historia de Sherezade me fascinó. Me prendé de aquella heroína, que a través de las historias remodeló su pasado, su presente y su futuro. Qué era Sherezade sino una historiadora, a su modo. Si ella había sido valiente, yo también pod ía serlo.
Ahora, sin embargo, el valor se me escapaba por la herida de la pierna.
Después de todo por lo que ya había pasado creía saber lo que era el dolor. Me equivocaba.
Boqueé, pero no logré tomar aire. La lengua me sabía áspera y metálica y todo me dol ía. Tragué polvo y tosí, pero el movimiento solo me arrancó otro gemido de agonía.
—Esto se acaba aquí, persa mentirosa —repitió el ifrit, tirándome del pelo—. No habrá tesoro, pero no nos iremos de aqu í con las manos vacías. Tu cabeza será nuestro premio.
Por una vez, envidié a mis abuelos en su mausoleo de Teherán. Al menos ellos tuvieron la suerte de morir en su cama, en calma y rodeados de su familia.
—Alégrate —me siseó al oído. Moví los labios, pero no emit í sonido alguno—. ¿No estás contenta de acabar en el mismo sitio que tu amado ejército? ¿Eh? Tómatelo como un favor. El último de todos.
Dejé caer los brazos a los lados. No tenía fuerzas. No podí a más.
No luché ni me resistí cuando me arrastró hasta la piscina de sal más cercana.
Fue curioso. Lo único que pensé al verla fue lo bonita que me parecía.
Como un espejo en medio de la llanura, con sus bordes blancos, llenos de pequeñas pelotas resplandecientes de sal, y el agua de un verde brillante, tan transparente que incluso se ve ían las sombras de las nubes reflejadas al fondo.
Supuse que, si había de morir, este era un lugar tan bueno como cualquier otro.
—Disfruta de tu tesoro.
De un golpe, me metió la cabeza en el agua. Y se desató el infierno.
Morir asfixiado debe de ser una de las peores formas de irse.
Todo se desdibujó. Borrones, formas acuosas pasaban delante de mí, y cuando abrí la boca, solo entró agua.
Me arañé el cuello, pataleé por puro instinto.
Cuanto m ás me movía, más me dolía el pecho.
Una presión terrible, como si me hubieran lanzado encima una roca, comenzó a aprisionarme.
Traté de chillar, pero solo conseguí tragar más agua.
El ifrit me mantení a sumergida, indiferente a mis pataleos.
Noté cómo se me cerraba la garganta. Los pulmones me ardían, pero el resto de mi cuerpo empezó a aligerarse.
El frío del agua me acarició la mejilla con suavidad y por un instante creí que eran Amelia o mi abuela, que venían del m ás allá para llevarme con ellas.
Me pareció oír la fuente del patio de la casa y las risas de los hijos de los vecinos.
Cerré los ojos y dejé de patalear. Los párpados me pesaban demasiado. Estaba tan cansada… Mi pecho se sacudió en una última intentona de tomar aire, pero fue inú til. Ya no sentía nada, tan solo una calma absoluta. Dejé de pensar y me abandoné al frío arrullo del agua.
Y entonces alguien me agarró del vestido y me sacó del agua.
El recuerdo de lo que pasó después era fragmentado y confuso.
La oscuridad que me envolví a desapareció y abrí los ojos a una luminosidad tan brutal que todo mi cuerpo convulsionó.
Noté una presión en el pecho, golpes tan intensos que podrían haberme roto las costillas, pero esta vez no era la falta de aire.
No veía, no oía nada má s que una tremenda algarabía a mi alrededor, y los golpes.
Me incorporé y me di la vuelta para vomitar.
Boqueé como un pez mientras el agua salía de mi boca, de mi garganta y de mis pulmones. Escupí mientras trataba de respirar, de recordar cómo se hacía. Los brazos me temblaban tanto que no pude sostenerme.
—¡Farza! ¡Farza, joder, mírame!
Una voz familiar. La conoc ía. ¿Quién…?
De pronto las manos que me agarraban desaparecieron y gemí. No, no quería quedarme sola. Por favor…
A lo lejos oí jadeos y golpes, una maldición en egipcio, y el ruido de más pisadas y voces extra ñas. No lograba enfocar los ojos y tan solo vislumbré sombras y figuras desdibujadas que pasaban a mi lado.
—¡Señor Carmichael! ¡Señor Carmichael, conténgase!
—¡Hijo de puta! —gritaba la voz familiar, una que me llenaba de calor y me hacía sentir un cosquilleo en el pecho—. ¡Como le vuelvas a poner un dedo encima te mato, desgraciado!
Intenté incorporarme, pero no fue f ácil. Me sostuve con las palmas de las manos sobre la arena, muy despacio, e intenté girar el cuerpo hacia el alboroto, pero los brazos me fallaron y me derrumbé.
Esta vez no me di contra el suelo.
Conocía bien el calor que me rodeaba. Los brazos que me sostuvieron justo antes del impacto. Sin pensarlo, me acurruqué en ellos. No sabía si era producto de mi imaginación; si mi mente moribunda había conjurado lo que m ás quería ver en ese momento, pero no me importaba.
Oí mi nombre en la lejanía, como si me hablaran a través de un velo, y alcé el rostro.
Sonreí.
—Has venido —musité con la voz rota, acariciando su rostro con las yemas de los dedos—. Has venido a por mí.
Y cuando Alec se ech ó a llorar y me acunó en sus brazos, supe que era real. Estaba a salvo.