Mil millas Nilo abajo Capítulo 34
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Capítulo 34

Farzaneh

«Yo soy la señora de la guerra».

Cuando mi cabeza chocó contra la primera piedra, el mundo entero se dio la vuelta sobre sí mismo y un pitido ensordecedor me atravesó los o ídos.

Rodé por la ladera hasta que una roca detuvo en seco mi caída y abrí la boca para tomar aire.

La arena se me metió en los ojos, en la boca, en los pulmones, pero vivía.

No sabía cómo, pero estaba viva. Jadeé, y un grito sobre mi cabeza me alert ó.

Alcé la vista; varios metros más arriba, mis captores me señalaban y gritaban.

—¡No! —Oí claramente desde lo alto del Shali—. ¡Está viva! ¡Id por ella! ¡Que no escape !

Bajé los ojos y quise llorar. Aún estaba a demasiados metros del suelo y me dolía como si me hubieran azotado, pero tenía que ponerme en marcha. Era cuestión de vida o muerte.

Me deslicé por las laderas del Shali, agarrándome como pude a los farallones y a las raíces, mientras el ifrit y sus hombres regresaban a todo correr por la estrecha escalera por la que habíamos subido.

Eso los retrasar ía un poco, pero no mucho.

Me mordí los labios. Más rápido, tenía que ir más rápido.

La ladera acababa en un desnivel de un par de metros. Podía ver la calle, pero estaba demasiado lejos. ¿Y si caía mal y no pod ía moverme? ¿Y si…?

—¡Cogedla, maldita sea! —aulló el ifrit y supe que era entonces o nunca. Cerré los ojos y salté.

Aterricé bocabajo en la calle, con un gemido de dolor. Los oídos me pitaban. Las piernas no me respondían. Hiperventilé, el aire se me escapaba, pero no podía permitirme el lujo de esperar.

Empec é a arrastrarme como pude, quería huir; pero mi cuerpo no parecía mío, no me respondía. El sol me deslumbró y me cubrí los ojos. Tenía las palmas de las manos ensangrentadas, pero debía continuar. Jadeando, sacudí las muñecas y comencé a trabajar en las cuerdas para liberarme.

El corazón se me desbocó. La sangre me goteaba por los antebrazos y trozos de piel y carne se quedaron pegados a las correas, pero al fin logré que la cuerda cediera y recuperé mi libertad.

Agité los dedos y reprimí una mueca. Me quedarían cicatrices mucho peores que las de Ambrose. Si sobreviv ía, esa sería la última de mis preocupaciones.

Un disparo al aire me sacó de mis pensamientos y, con un esfuerzo sobrehumano, logré ponerme de pie. La adrenalina me impelió a correr sin mirar atrás. Si me cogían, era mujer muerta.

Me tropecé con mis propios pies y me volví a levantar. A mi espalda oía voces masculinas, iracundas y urgentes. Aceleré lo que pude. Estaba agotada. Cada zancada era un esfuerzo indescriptible. Mi cuerpo no aguantaría mucho más, pero tenía que avanzar. Huir y esconderme.

Corrí sin saber a dónde me dirigía. No conocía Siwa y nadie me conoc ía a mí; no podía esperar ayuda. De golpe, por la calle de enfrente apareció uno de los embozados.

—¡Allí! —gritó—. ¡La he encontrado!

—¡Joder! —mascullé, y tomé la calle de al lado.

Sorteé gente. Había hombres, campesinos y niños.

Pero no los suficientes como para esconderme entre ellos.

Me choqué contra alguien y no me detuve a disculparme.

Giré una esquina con tanta fuerza que me tuve que agarrar a la pared para no irme al suelo.

Seguí avanzando todo lo rápido que mis maltrechas piernas me permitían.

—¡Ah í está!

Una mano salió de la nada y me agarró del vestido. Grité y me zafé, con tan mala suerte que tropecé con un campesino que volvía de sus campos, azada en mano.

—¡Eh! ¿Qu é ocurre aquí?

—No huyas, persita. —El embozado se acercó a mí. Miré a ambos lados. No tenía escapatoria. Por el otro extremo del callejón, cerrándome el paso, apareció otro de mis captores—. No te resistas o será peor.

El hombre se abalanzó sobre mí y en un acto instintivo, cogí la azada y se la clavé. El hueso cedió con un chasquido húmedo, y el metal se hundió hasta el fondo, traspasando las sienes, el cráneo y uno de los ojos.

Antes de que pudiera gritar, el embozado se desplomó sobre el suelo como un mu ñeco de trapo y no se volvió a mover.

—¡Selim! —aulló su compañero, y corrió hacia el cuerpo inerte.

Jadeé. Las manos me temblaban y la vista se me desenfocó. La azada seguía hincada en su cabeza, de la que goteaba sangre entremezclada con trozos de una masa blanquecina. El olor era fortísimo, a metal y a excrementos. La bilis me quemó la garganta.

—¡Hija de puta!

El segundo embozado se volvi ó hacia mí y supe que tenía que actuar. Era él o yo.

No se esperaba que reaccionara tan rápido o que fuera capaz de desencajar la azada con tanta soltura; alguien que nunca se ha enfrentado a la muerte no sabe de lo que es capaz hasta que eso ocurre. Vi en sus ojos la sorpresa antes de que la azada se le clavara en el cuello y segara su vida.

La sangre manó a borbotones y se llevó las manos a la herida, arañándola como si as í pudiera cerrarla. Me miró una última vez y abrió la boca para decir algo, pero tan solo salió un gorjeo entre sangre oscura y densa, y ya no volvió a hablar.

Había matado a dos personas. Era una asesina.

Ya ilahi. Que Alá me perdonara y me acogiera en su gloria, era una asesina.

Noté las mejillas h úmedas y me di cuenta de que estaba llorando.

Me levanté, temblando, y abandoné la azada y los dos cadáveres ante la mirada horrorizada del campesino, que lo había presenciado todo.

Apenas habían pasado un par de minutos, pero mi vida nunca sería igual.

Eché a andar a toda la velocidad que pude. Cada paso y cada voz que oía me poní an en alerta. No sabía si me seguían, pero no me detuve a mirar atrás.

Salí de la ciudad sin detenerme a tomar aliento.

Los pulmones me iban a estallar, pero me negaba a escuchar las súplicas de mi cuerpo.

Tenía que huir de ahí, de aquellos dos hombres, de las dos vidas que había truncado, del crimen que hab ía cometido.

Las lágrimas no dejaban de correr. Tenía el vestido empapado con una mezcla de llanto, sudor y sangre.

Las casas de adobe dieron paso al bosque; de cerca, el verdor era todavía más denso y agobiante.

Las palmeras crecían unas junto a otras, sin dejar apenas espacio entre sus troncos.

Tropecé con una raíz y extendí las manos justo a tiempo para no caer de bruces.

Aullé de dolor. Sentía que ya no me quedaba piel, que el siguiente golpe llegaría al hueso.

Me apoyé contra el tronco de una palmera y sollocé. Hipé, agarrándome el estómago, pero no pude respirar. El aire se negaba a entrar en mis pulmones. Todo el cuerpo me quemaba, cada movimiento era un suplicio.

A mi alrededor, el canto de las chicharras era el único sonido que acompañaba al ulular del viento.

Me habí a alejado lo suficiente del poblado y no había una sola alma en kilómetros a la redonda.

Me deslicé hasta el suelo, ignorando la corteza del árbol que se me clavaba en la espalda. No podía más.

Pensé en mis padres y sus fiestas en Londres.

Jamás entenderí an lo que era el dolor o el miedo.

Incluso en Teherán, habían vivido en la cumbre de la escala social.

Si no salía de esta, ¿me echarían de menos?

¿Se preguntarían qué habían hecho mal o enterrarí an mi nombre lo más profundo que pudieran para que mi desgracia no manchara el buen nombre de nuestra familia?

Pensé en Ambrose, en su regreso triunfal; en Amelia y en lo mucho que la echaba de menos, y pensé en Alec.

Sobre todo, en Alec.

Al final, había sido un espejismo. Él era un hombre maduro, con una vida y unas expectativas.

Yo era la prometida de su hijo. Estábamos abocados al fracaso desde el principio.

Pedirle que luchara por mí había sido una chiquillada.

No habí a nada por lo que luchar. El mundo no funcionaba así.

Cada uno volvería a su vida: él, a los negocios; y yo, a la casa y al yugo de mis padres y mi marido. Ambos lo sabíamos.

Y sin embargo, me había enamorado perdidamente.

Apreté los puños y traté de enjugarme las lá grimas, pero solo me ensucié más el rostro.

Haría tantas cosas de manera distinta… Ojalá pudiera despedirme de él.

Decirle que, pese a todo, no me arrepentía.

Nunca lo haría. Que me había dado los recuerdos más hermosos de mi vida y que me habí a hecho sentir cosas increíbles.

Daría lo que me quedaba de vida por volver atrás en el tiempo y que nuestra última conversación no fuera una pelea.

La brisa sacudió las copas de las palmeras. Una rama se rompió con un chasquido.

—Ya te tengo.

La mano del ifrit se cerró en torno a mi brazo y solté un chillido de puro pavor. No lo hab ía oído llegar, no sabía de dónde había salido. Me levantó como si no pesara nada. Forcejeamos. Arañé, mordí, pataleé.

Quizá no esperaba que todav ía me quedaran fuerzas y aproveché aquel segundo de sorpresa para asestarle una patada y salir corriendo.

Esta vez sí sentí el frío aliento de la muerte en la nuca. Corrí como nunca había corrido, hasta que la boca me supo a sangre y las piernas me temblaron, y entonces me forcé a continuar.

Crucé la última línea de árboles y el paisaje se transformó. Ahogué un gemido.

Por un instante, pensé que había llegado de nuevo al desierto, pero enseguida me di cuenta de que no era así. El suelo era blanco, perlado, pulido. Parecía nieve a la luz del sol. Allá donde mirara, solo veía una alfombra inmaculada y, dispersos por la llanura, reflejos de aguamarina.

Los jadeos del ifrit se acercaron peligrosamente a mi espalda y no lo dudé.

Me precipité hacia las piscinas de sal, esquivando los agujeros en los que me hundiría hasta ahogarme con un solo paso en falso.

Mis pies levantaron una polvareda blanca que hacía difícil ver el camino. Tosí, pero no me detuve.

No sabía a dónde iba, pero sí que no podía parar.

Eché la vista por encima del hombro y, para mi sorpresa, la figura negra del ifrit, un punto monocromo incongruente con el paisaje, se había quedado rezagada. El corazón me dio un vuelco. Quizá todavía podía salvarme. Podía esconderme, darle esquinazo y aguantar hasta…

Un disparo rasgó el aire.

Un dolor lacerante explotó en mi pierna y caí de bruces al suelo.

El latido de mi corazón, bombeando sangre en mis oídos, lo ensordeció todo: mis gritos, la agonía de mi pierna, la sangre que teñía las rocas blancas, los pasos del ifrit acercándose a mí .

El cañón de la pistola todavía humeaba cuando se puso en cuclillas y me cogió del pelo.

—Esto se acaba aquí.