Capítulo 33
Farzaneh
«Yo soy la madre del rey Horus».
Cuenta la leyenda que el macedonio Alejandro, apodado el Magno, viaj ó hasta Siwa tras liberar Egipto del yugo persa. Azuzado por la llamada divina, el rey, junto a una buena parte de su ejército, cruzó las mismas arenas que siglos atrás devoraron a los hombres de Cambises.
Esa vez, sin embargo, los dioses fueron clementes.
Cuando llegó ante el oráculo de Amón, se postró ante el sumo sacerdote del dios, pero este le indicó que se levantara.
« No te arrodilles, hijo de Zeus, pues el imperio del mundo ha sido reservado para ti».
El Alejandro que volvió a la capital que había fundado a las orillas del Mediterráneo era un hombre diferente, tocado por Amón.
Su destino, tan glorioso como fugaz, estaba marcado.
Siempre había leído con un sano grado de escepticismo las historias griegas sobre el oráculo de Siwa, pero ahora que lo ten ía frente a mí, podía entender que cualquiera se dejase llevar por el misticismo.
Había algo mágico en la forma en que el desierto rodeaba aquel núcleo de vida, en que una ciudad había surgido en el medio más hostil para el hombre, y no solo eso: había florecido.
El corazón se me encogió al pensar que estaba hollando la misma tierra que Cambises buscó tantos siglos atrás. «¡Estoy aquí!», me hubiera gustado gritarle. «¡Estoy aquí, mí rame!».
El ifrit no me dio tiempo a disfrutar de la belleza del oasis. De un empujón, me obligó a bajar del carro. Trastabillé y acabé en el suelo, entre una nube de polvo. Me retorcí de dolor, pero uno de sus hombres me tomó del brazo, me levantó de un empellón y me arrastró tras él.
En algún momento del viaje, probablemente antes de llegar a Siwa, me habían liberado los pies, pero era un pobre consuelo.
Tenía los tobillos en carne viva y las piernas tan entumecidas que apenas me sostenían.
El ifrit lideró la marcha, y sus hombres me obligaron a seguirlo.
Apreté los dientes. No les daría la satisfacció n de verme humillada.
Las calles de Siwa eran un laberinto fantástico.
El ladrillo parecía de un blanco casi perlado bajo la luz del sol, y no había tregua: una casa sucedía a otra, una escalinata se escondía tras una esquina, casas, pasillos, azoteas…
Era incapaz de orientarme. Pasamos junto a grupos de niños, embozados en telas negras, que nos miraron curiosos, y varios nos siguieron durante un rato, hasta que se aburrieron o los secuaces del ifrit los ahuyentaron.
Las pocas mujeres que me vieron, ataviadas con chadores claros, apartaron la vista y se encerraron en sus casas.
Me pregunté qué verían: ¿una mujer camino de su ejecución? ¿Un caso perdido? Ni siquiera yo tenía muchas esperanzas depositadas en mi futuro. Poner un pie delante del otro y seguir el ritmo de mis captores ya era esfuerzo suficiente.
El sudor comenzó a resbalarme por las sienes y gotear hasta el suelo y tuve que detenerme a respirar. Me ahogaba. Los pulmones me quemaban.
—¡Vamos! —chilló el ifrit, tomándome él mismo del brazo.
Se dirigió hacia una escalinata acodada, enyesada con un color blanco sucio, que subí a hasta lo que parecía un minarete, pero pasó de largo por la puerta de la mezquita y me arrastró hasta una escalera estrecha, minúscula, excavada en la ladera.
—Ni una sola tontería, ¿me oyes? —dijo levantando una mano con gesto amenazante, y sin esperar a que respondiera, me empujó para que fuera delante.
Fue un milagro que no me despeñara. Me aferré a la roca viva con ambas manos todo lo que pude; las cuerdas no me permit ían mucho movimiento, y si me echaba demasiado hacia el lado, corría el peligro de caer al vacío.
La escalera rodeaba el risco, el punto más alto de todo Siwa, pero no era el momento de maravillarme ante el paisaje.
Me detuve a tomar aire. Subir cada escalón sin tropezar era un esfuerzo hercúleo.
—¡Vamos!
Si alguien me daba el más mínimo empujón, rodarí a farallón abajo.
Tragué saliva y continué. Los escalones eran angostos y desiguales.
Los pies me temblaban y cuanto más lenta iba, más notaba la ira de mis captores.
Pisé un escalón y parte de la roca se desprendió, rodando hacia abajo, y el corazón se me puso en la garganta.
—¡Vamos, joder!
Cuando llegué al último escalón y vi la cima del monte, quise llorar. El ifrit me empujó y caí de rodillas, aguantando los sollozos. Podría haber besado la roca polvorienta; el corazón todavía me latía con tanta fuerza que parecí a querer escaparse del pecho.
Entonces alcé la vista y no pude contener más las lágrimas.
Los egipcios habían considerado Siwa un regalo de Amón, y no había duda de por qué.
Los bosques y los lagos del oasis se extendían hasta el horizonte, perdiéndose donde no alcanzaba la vista.
Dispersos entre ellos, decenas de lagos de aguas cristalinas reflejaban el sol y brillaban como si estuvieran hechos de millones de diamantes que se bamboleaban suavemente con el viento.
Las casas de adobe salpicaban el paisaje, demostrando que la vida es capaz de abrirse paso incluso en las circunstancias m ás adversas.
Desde el monte Shali se veían plumas de humo, hogares ajenos a lo que ocurría en el punto más alto de Siwa, y se oían voces, risas, conversaciones.
Hemos encontrado el tesoro más maravilloso de todos.
—Mujeres —gruñó el ifrit, y me levantó agarrándome por la nuca.
Me quejé y patale é, pero no tenía fuerza alguna. Me sentía como una muñeca de trapo, y esa impotencia me asustó aún más.
—Señálanos el tesoro —me espetó al oí do, haciendo un movimiento con la cabeza hacia el oasis—. Dinos dónde está.
Me revolví, intentando soltarme, y el ifrit murmuró algo entre dientes antes de enviarme al suelo de un puñetazo.
Escupí sangre y traté de ponerme en pie, pero todo me daba vueltas. El sol era demasiado brillante y un pitido me atravesaba los oídos. El ifrit me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo.
—Responde, perra.
—No me podéis hacer nada. —La adrenalina me volvía audaz, quizá demasiado—. Me necesitáis viva para encontrar lo que buscáis y devolverme a El Cairo.
—¿Viva? —Una sonrisa siniestra se dibujó en el rostro del ifrit y un escalofr ío me recorrió la espalda—. No, persita, no. Ese no es el trato que hemos hecho con tu prometido.
Las manos me temblaban. Ni siquiera notaba ya el dolor.
—Qué… —Tragué saliva—. ¿Qué trato es ese?
—Él nos entregaba a la única persona que de verdad sabe dónde está el tesoro de Cambises y una cantidad nada desdeñable de libras esterlinas, y nosotros… —Me acarició la barbilla con el índice, lentamente, saboreando el momento—. Nosotros nos libraríamos de ti.
La bilis me subió por la garganta y tuve que reprimir las ganas de vomitar.
No saldría viva de allí. Ese había sido el plan desde el principio.
Su vida a cambio de la mí a. Con los apuntes que le quedaban, Ambrose podría vivir tranquilamente el resto de sus días, con una cátedra y una leyenda, sin la única persona que conocía toda la verdad.
La única que podría desenmascararlo como el farsante que era.
Sabía que Ambrose no me quería, que no me veí a como un ser humano digno de respeto ni a su altura. Pero que ni siquiera hubiera dudado en venderme y sellar mi destino de esa forma… El estómago se me retorció por la decepción.
Quizá el ifrit leyó la angustia en mis ojos porque me dio otro tirón para traerme de vuelta a la realidad.
Me costó enfocar la vista. Si este era el final, era un tanto pobre: sucia, desastrada, cubierta de polvo y de sangre, con un vestido de noche rasgado y polvoriento.
Desde luego, no era la apariencia que mi madre hubiera deseado para los últimos momentos de una hija suya.
—¿Y bien?
—Si voy a morir de todas formas —dije lentamente—, ¿por qué habría de hablar?
—Tú verás —replicó—, pero está en tu mano elegir cómo te vas. Podemos hacerlo rápido e indoloro… o asegurarnos de que te arrepientas de no haber colaborado cuando tuviste la oportunidad.
Mientras hablaba, sacó de entre sus ropas un cuchillo corto y curvo, cuya hoja brilló al sol. No tenía dudas sobre su creatividad y destreza con aquella arma.
Suspiré. Hiciera lo que hiciera, no podía ganar.
—¿Queréis el tesoro de Cambises? —El aire se tensó y el silencio se hizo casi tangible. Las manos del ifrit se congelaron en torno a mi brazo—. Aquí lo tenéis.
Alcé los brazos hacia el oasis. Mis captores intercambiaron miradas llenas de confusi ón y el ifrit me sacudió.
—¿Qué quieres decir?
—Que la miel no está hecha para la boca del cerdo —espeté—.
Este es el tesoro: el regalo de Amón, el oasis y su belleza, la vida que encontraron aquí los soldados.
Estuvieron al borde de la muerte en el desierto, solo para sobrevivir y hallar esto.
El tesoro es todo lo que nos rodea, ifrit, pero no espero que lo entiendas.
Me miró con los ojos desencajados. Incluso tras las telas que embozaban su rostro, pude sentir su conmoci ón.
—¿Cómo? —balbuceó—. ¿Me estás diciendo que no hay tesoro? ¿Que no hay oro ni plata?
—Mala suerte.
De golpe, todos prorrumpieron en protestas a la vez. Se señalaban unos a otros con dedos acusadores y arengas en un egipcio tan rápido que no pude seguirlos, pero una cosa estaba clara: no estaban contentos. El ifrit trató de poner orden, pero las voces de sus secuaces se elevaron sobre la suya.
Sonreí con una retorcida satisfacción. Desde luego, no era ideal arriesgarse a un conflicto abierto con los gobiernos egipcio, británico e iraní por un peñón con buenas vistas. Para mí era mucho más, pero algo me decía que aquellos hombres no se contentarían con nada menos que sangre fresca.
—¡Tú! —El ifrit me agarr ó del cuello y me levantó en volandas. Grité y pataleé, lo tomé de la muñeca, pero tenía una fuerza descomunal. Sus ojos ardían como dos brasas y por un momento pareció un verdadero demonio salido del infierno—. ¡Perra inmunda! ¡Nos has engañado!
—Yo no… —jadeé— os he prometido nada… Vosotros mismos… os habéis sentido defraudados…
—¡Argh! —chilló, y me envió al suelo con un puñetazo.
Solo que esta vez no había suelo.
Perdí pie y lo siguiente que pensé es que iba a morir despeñada.