Capítulo 32
Farzaneh
«Yo soy la que descubrió a los hombres el grano».
El tiempo dejó de tener sentido.
Abrí los ojos y volví a cerrarlos. Me moría de sed, notaba los labios secos y cuarteados. El más mí nimo movimiento era una tortura: las cuerdas se me clavaban en las muñecas, que ya estaban en carne viva, y los músculos se me habían agarrotado de estar tanto tiempo en la misma postura.
No sabía qué día ni cuánto tiempo había pasado desde que me secuestraron en El Cairo. ¿Habrí a notado alguien mi ausencia? ¿Sería un nombre más, una extranjera perdida, una cifra anotada en un registro?
Perdía y recuperaba el conocimiento, pero el paisaje no cambiaba. El carro corría veloz sobre las dunas, dando saltos y tirones que me hacían gemir de dolor.
Pedí agua a mis captores, sombra, algo que me aliviara, pero nadie me dedicó siquiera una mirada pasajera. ¿Eran los mismos hombres que hab ía visto la primera vez? Quizá. Era difícil saberlo. Me costaba enfocar los ojos.
Amelia me contó que a ella también la secuestraron una vez.
Curiosamente, no en Egipto o en Oriente, sino en el corazón de la Europa civilizada: las Dolomitas, Italia.
Lucy Renshaw, una de sus compañeras de fatigas, la había acompañado en su expedició n por esa región ignota de los Alpes, aunque ella recordaba el incidente con bastante menos cariño que Amelia.
Al parecer, poco después de pasar el monte Pelmo, en una estrecha garganta del valle, unos pastores las habían rodeado y habían ahuyentado a sus guías.
Ufanos, le anunciaron a Amelia que pedirían por ella un cuantioso rescate a su marito ricco.
Varias horas después, descompuestos ante las carcajadas de Amelia y sus intentos de explicarles que no necesitaba ning ún marito ricco, que ella era su propio marito ricco, la dejaron ir, no sin antes suplicarle que por favor nunca volviera por allí.
Sonreí e hice una mueca de dolor. La boca se me llenó del sabor metálico de la sangre.
Amelia habría sabido cómo salir de esta. Amelia habría tenido a alguien que se preocupara por ella, que la echara de menos. Yo estaba sola, una vez m ás.
Me removí, tratando de cambiar de postura. Las cuerdas me rasgaron la piel de un áspero tirón, pero el dolor fue una novedad bienvenida. Así podía distraerme por un instante del terror que me atenazaba.
Tenía mucho miedo. Todas las decisiones que había tomado en mi vida me habían llevado hasta ahí; pero no me arrepent ía. Eso jamás. Tampoco quería sufrir más. Ni morir sola y olvidada en el desierto.
La primera vez que sentí un pavor así de visceral fue cuando mi abuela me habló del ejército de Cambises. Cincuenta mil hombres partieron al desierto y nunca regresaron. Debí a de tener unos diez años y me eché a llorar.
—¿Por qué lloras, azizam? —me preguntó, rodeándome con los brazos. Enormes lagrimones rodaban por mis mejillas.
—¿Y si están ahí todavía, abuela? —solloc é—. ¿Y si nadie se ha acordado de ellos?
Jamás pude olvidarlos. Desaparecieron sin más, y se convirtieron en una leyenda.
Un rumor que corrió de boca en boca durante generaciones.
¿Qué fue de ellos? ¿Murieron de sed y de calor en el desierto pensando en las familias a las que nunca volverían a ver?
Cincuenta mil cuerpos, cincuenta mil cadá veres devorados por el desierto. Una tumba sin fronteras ni marcas.
Hasta que encontré la tablilla que lo cambió todo.
Escondida en el estudio de mi abuelo que limpiamos a fondo antes de escapar de Teherán cuando mi padre se puso en el punto de mira del gobierno debido a sus críticas.
Logré llevármela por los pelos, puesto que nadie se dio cuenta de que la colé en mi equipaje, y tardé a ños en entender lo importante que era.
Un documento único que nadie se había molestado en traducir y que cogía polvo en una colección privada.
No puedo decir que no le guardara rencor a mi abuelo por haber privado al mundo de aquella maravilla durante tanto tiempo.
Por supuesto, Ambrose hizo lo que quiso con mis apuntes y el borrador de mi artículo.
«El tesoro perdido de Cambises», lo tituló.
«Una tablilla perdida, con la carta de uno de los generales aquem énidas, demuestra que los soldados del ejército persa no solo sobrevivieron al desierto, sino que dieron con un gran tesoro».
Qué atrevida es la ignorancia. Ambrose jamás lo había entendido.
No supo leer aquella carta de un soldado a su familia; una sencilla tabla de arcilla que había sobrevivido el calor sofocante del Sáhara y la distancia hasta Babilonia, con una simple despedida: «No me lloré is.
Los dioses nos han sonreído. Hemos encontrado el tesoro más maravilloso de todos».
Uno de los hombres farfulló algo, aunque con el traqueteo del carro no lo entendí bien, y acto seguido alguien dejó caer un odre entero de agua sobre mi rostro.
El choque del líquido fresco contra mi maltrecha piel fue tan brutal que al principio no supe reaccionar. Luego, mi cuerpo actuó por puro instinto y lamí hasta el suelo con fruició n, tratando de no desperdiciar ni una sola gota.
No era consciente de haber sudado tanto, de necesitar con tanta ansia esa agua, ese frescor. Me ahogaba, ardía, me deshacía…
—¡Eh, tú!
Uno de los encapuchados me asió del cuello del vestido y tiró de mí hacia arriba. Aullé de dolor, pero no me dio tiempo a lamentarme má s. Me alzó como a una marioneta y me empujó hacia la parte delantera del carro, donde el ifrit aguardaba sentado junto al cochero.
—¡Animal! —espeté, y el ifrit me cruzó la cara.
Escupí sangre al suelo. Todo me dolía tanto que ya ni siquiera notaba el ardor de la mejilla. El ifrit me observó durante unos instantes. Esperaba que me derrumbase, que llorase o suplicase. No le iba a dar esa satisfacción. No querí a morir, pero tampoco me rebajaría. Persia jamás se arrodillaría.
Tardé en darme cuenta de que el carro se había detenido. El cielo ya no era azul; la tierra se había vuelto roja y se reflejaba en el firmamento, que había adquirido un suave color rosado.
Olía fresco, a humedad y a sal.
—Hemos llegado —sentenció .
No necesité girarme para verlo. El desierto se abrió, como el mar Rojo ante Moisés, y de él surgió un estallido de vida.
Las palmeras se abrían paso entre la arena, las casas de adobe blanco trepaban por las laderas del monte de Shali, y, al fondo, el agua.
Una explanada verde, exuberante y lujuriosa, de un color esmeralda tan profundo que rivalizaba con la propia piedra.
Los ojos se me humedecieron.
Por fin estaba en Siwa.