Capítulo 31 #2
—Pensé que habías dejado la bebida. —Mi exmujer sonaba preocupada—. Al menos a ese nivel. Hacía añ os que no cogías una cogorza. ¿Qué ha pasado?
Solté una risilla amarga. ¿Qué no había pasado? Me apoyé sobre el aparato, tratando de esconderme de miradas indiscretas.
—Ambrose está bien, ¿vale? Lo encontramos algo maltrecho, pero ya se ha recuperado como un campeón, las autoridades están al tanto de lo sucedido y en nada zarparemos de vuelta a Londres. Fin de la historia.
—Alec. —La voz de Josie me cortó, tajante—. No me ocultes cosas. Nos conocemos, y no estás bien. ¿Qué ha pasado?
Rebusqué en mi mente una excusa a toda prisa. ¿Qué podía contarle para que lo dejara correr? Quizá llamarla había sido un error. No estaba listo para hablar de Farza, de lo que habíamos tenido y de cómo lo había echado todo a perder.
Mis dedos juguetearon mec ánicamente con el borde de mi chaqueta y, de repente, algo crujió bajo ellos.
Bajé la vista, sorprendido, y saqué del bolsillo un papel arrugado.
Le di la vuelta un par de veces. Estaba doblado por la mitad y me costó abrirlo con una sola mano.
Era grueso y granuloso. No recordaba haberlo guardado. Le di la vuelta.
Era un retrato.
Fue un milagro que no dejara caer el auricular.
Farza me sonreía desde el papel, sentada ante una mesa baja repleta de comida.
Tenía el pelo revuelto, que traba de escapar de debajo de la shayla, y los ojos le brillaban.
A su lado había un hombre que se parecía a m í, pero no podía ser yo.
Imposible. Ese hombre parecía feliz. Estaba relajado, sentado con las piernas cruzadas y una sonrisa de oreja a oreja.
Incluso a través del trazo descuidado del carboncillo, se notaba que era una sonrisa genuina.
Casi podía oler la comida que nos sirvieron aquella noche en Mit Rahina. La pasión de Farza cuando me habló de Amelia. Mis preguntas estúpidas, sus explicaciones pacientes. Esos momentos en los que los dos simplemente estuvimos ahí, juntos, sin presiones ni expectativas.
Una gota cayó sobre el dibujo, emborronándolo ligeramente, y me di cuenta de que estaba llorando.
—¿Alec? —Josie pronunció mi nombre con urgencia—. Alec, ¿estás ahí? ¿Estás bien?
—La he jodido, Josie. —La voz se me quebró. El papel temblaba entre mis dedos—. La he jodido pero bien.
—No… —El tono de mi exmujer se dulcific ó al instante, y habría dado lo que fuera por tenerla a mi lado—. Ay, Dios mío, Alec, ¿qué has hecho?
—Es lo mismo que pasó con Jacob, una y otra vez. No sé… No consigo… No sé por qué soy así.
—Cari ño…
—He conocido a alguien. —Me di cuenta entonces de que siempre había sido ella. Desde nuestro primer encuentro en el barco a Alejandría—. Es… es fantástica, Josie. Te gustaría. Es inteligente, amable, generosa, valiente… Pero no… Es imposible.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
Mi exmujer no dio su brazo a torcer.
—¿Por qué es imposible? Divorciarnos era imposible, o eso nos dijeron, y míranos. Encontrar a alguien que me amara como yo quería era imposible, según mis padres, y encontré a Sophia. ¿A qué le tienes tanto miedo, Alec?
Volví a mirar el dibujo. Daría lo que fuera por volver a ese instante. La echaba de menos, su conversación, sus observaciones, su risa.
—¿Te has enamorado de ella?
Ahogué un sollozo.
—Sí.
—¿Y ella? ¿Está ella enamorada de ti?
—Sí. Eso creo. Joder, Josie…
—¡Pues ve a por ella, so cretino! Botarate, que eres un botarate. —Incluso a través de las lágrimas, los exabruptos de Josie siempre me sacaban una sonrisa. No conocía a nadie tan vulgar ni tan imaginativa como ella—. Haz el favor de dejar de sabotearte y date una oportunidad de ser feliz.
—Se va a casar con Ambrose —confesé al fin—. Es su prometida.
Al otro lado de la l ínea se hizo el silencio. Cerré los ojos, esperando la condena que estaba por venir. Enamorado de la prometida de mi hijo. Había tocado fondo.
—¿De verdad? —Josie sonaba… curiosa. Intrigada. Pero no ultrajada, como yo me imaginaba—. No me jodas.
—No sé cómo ha pasado. —Intenté excusarme. El corazón me latía a toda m áquina—. No lo busqué, Josie, te lo juro. Ocurrió antes de que pudiera darme cuenta.
—No, si al final me arrebatarás el título de miembro más escandaloso de esta familia —replicó ella, y me pareció notar en su voz una nota de diversión.
—¿No está s…? —Me dolía la cabeza. Jamás lograría adivinar por dónde iba a salir mi exmujer—. ¿No estás enfadada?
—¿Enfadada? ¿Por qué iba a estarlo? Te has enamorado de tu futura nuera, cosas que pasan.
Me juego el cuello a que estará mucho mejor contigo que con el zascandil de nuestro hijo.
¿Y quién soy yo para darte lecciones? Me divorcié de mi marido para venirme a vivir la vida con mi amante a nuestra mansión familiar.
Que hablen. Lo importante es que seas feliz, Alec. No te pongas la zancadilla a ti mismo.
Las empleadas de la recepción me miraban con mal disimulada curiosidad.
No todos los días se veía a un hombre adulto llorando como un niño al telé fono.
Pero fui incapaz de controlarme. Desearía ser como Josie, haber tenido el arrojo de luchar por lo que quería desde el principio.
Quizá así no habría perdido a Jacob ni a Farza, pero aún estaba a tiempo de arreglar este último error.
—Gracias, Josie —dije, y me salió del corazón. Me enjugu é las lágrimas—. De verdad.
—Para eso estamos, querido mío. ¡Ah! Y tráetela a comer algún día cuando volváis. Me encantaría conocerla.
—Por supuesto —reí .
—¡Y dale una colleja a Ambrose de mi parte!
Me faltó tiempo para colgar el aparato y correr escaleras arriba hacia la habitación de Farza. Tenía que hablar con ella, decirle que la quería. Que la amaba con locura. Que no podía dejar que se casara con Ambrose. Si aún estaba a tiempo, si me dejaba, la haría la mujer más feliz del mundo.
Me planté ante la puerta y, de golpe, el miedo me paralizó . ¿Y si se negaba a verme? ¿Podría soportar su rechazo?
Tenía que intentarlo.
Di cuatro golpes suaves. Nadie respondió. Volví a llamar, esta vez con más intensidad.
—¿Farza? ¿Farzaneh? — Pegué la oreja a la puerta, pero en el interior no se oía el más mínimo movimiento.
Diez minutos después, y sin respuesta alguna, tuve que reconocer que lo más probable era que no estuviera. Bajé a recepción de nuevo, donde ya debían de estar hartas de mi cara.
—¿Podrí an darle un mensaje de mi parte a la señorita Khatibi? Habitación 522. —Suspiré—. Para cuando vuelva.
Dos de las muchachas que trabajaban en ese turno intercambiaron una mirada de preocupación y el vello de la nuca se me erizó. Algo no iba bien.
—Disculpe, said —dijo una, casi con miedo—, pero pensábamos que la señorita Khatibi ya no se alojaba en el hotel. Hace un par de días que no la vemos.
—¿C ómo? —No daba crédito. Palpé el retrato de Mit Rahina—. Pero mi hijo sigue aquí, ¿verdad?
—¡Sí, sí! —se apresuró a decir su compa ñera—. De hecho, lo hemos visto subir a su habitación hace unos minutos, said . Justo antes de que usted llegara.
Corrí escaleras arriba con un nudo en la garganta y el corazón martilleándome las sienes. Algo no iba bien. Algo no iba nada bien.
Ambrose no se había molestado en echar el pestillo, por lo que abrí la puerta sin miramientos y me lo encontré haciendo la maleta a toda prisa.
Pero no fue el respingo que pegó al oírme entrar, ni la ropa metida de cualquier manera en el equipaje, ni la palidez de su rostro lo que me hizo detenerme en seco.
Fue el baúl repleto de papeles que había frente a él.
El baúl que el ifrit había escondido en el Valle de los Reyes.
Los apuntes de Farza.
Los apuntes que le había robado a Farza.
—Pap á, puedo explicarlo —comenzó a balbucear mi hijo, pero una sola mirada mía lo silenció.
—¿Dónde está Farza, Ambrose?
No me pudo sostener la mirada. El alma se me cayó a los pies.
—¿Dónde está?