Capítulo 31
Alis t ai r
«Yo di las leyes a los hombres y establecí lo que era justo».
Abrí los ojos con gran esfuerzo y ahogué un gru ñido. La luz del sol me abrasó las retinas y los volví a cerrar perjurando en voz baja. Me di la vuelta y la habitación comenzó a girar a mi alrededor.
¿Dónde estaba? ¿Qué día era?
Tanteé a ciegas y di con un cojín. Traté de incorporarme, pero una oleada de náuseas me derribó.
Inspiré profundamente, apreté el cojín y me levanté de nuevo.
La luz del sol entraba a raudales por la ventana, cuyas cortinas no me hab ía molestado en cerrar la noche anterior.
Desde la calle se elevaba una cacofonía de voces y cláxones que pusieron a prueba mis nervios.
Sentí la tentación de volver a tumbarme, enterrar la cabeza entre las sábanas y fingir que no existía.
Desde luego, el martilleo que me taladraba las sienes no me iba a ayudar a enfrentarme al mundo exterior.
¿Cuánto bebí anoche? M ás de lo que mi cuerpo podía soportar, eso estaba claro. ¿Había sido anoche? ¿Cuánto tiempo había pasado? Las náuseas regresaron y me tendí bocarriba. Cerré los ojos. Estaba en el Shepheard’s. La calidad de las s ábanas no dejaba lugar a dudas. Estaba allí por Ambrose y…
Ah.
Farzaneh.
Fruncí el ceño. Quizá no había bebido lo suficiente, después de todo, si todavía recordaba la manera en la que le había roto el corazón, y el m ío también, ya de paso.
Ni siquiera tuve las agallas de bajar a la cena más tarde. Me debía odiar, y con razón, aunque dudaba que lo hiciera más de lo que yo me odiaba a mí mismo. Tener que soportarme sería un buen castigo para el resto de mis d ías.
Gruñí de nuevo apreté los dientes y me senté.
Apoyé las plantas de los pies en el suelo, sintiendo el fresco de las baldosas contra mi piel, mientras me masajeaba las sienes.
El suelo estaba cubierto de botellas vacías que había pedido al servicio de habitaciones.
Varias manchas informes decoraban las carísimas alfombras. La cabeza me iba a estallar.
Me arrastré hasta el ba ño como pude y ahogué las penas bajo un chorro de agua fría.
Me aclaró los pensamientos, pero también me recordó, de forma dolorosamente nítida cómo me había mirado Farza después de besarla y el silencio de su habitaci ón al marcharme.
Me apoyé contra la bañera de gres, dejando que el agua bajara por mi espalda y mi rostro.
Quizá así me convencería de que no estaba llorando.
Cuando me sequé y me miré en el espejo, encontr é a un hombre cambiado. No solo por el alcohol y la mala noche, que me había dibujado unas pesadas bolsas bajo los ojos, sino porque había perdido algo. Sentía una sombra, un agujero que antes no había.
Un fantasma que me había acompañado durante años y que habí a regresado.
Bajé a desayunar, aunque los mozos me indicaron que ya estaban preparando las mesas para servir la cena.
Mientras me trajeran algo con lo que llenar el estómago, tanto me daba.
Me dejé caer sobre una de las sillas de mimbre de la terraza y observé el tráfico de la plaza Ismailia.
Algunos coches y carros tirados por animales que no parecían tener prisa por llegar a su destino pasaron ante mí.
Tras la tranquilidad del Nilo, de Dendera y de Luxor, regresar a la civilización de El Cairo me resultaba casi alienígena.
Como si la semana anterior no hubiera sido m ás que un sueño.
Recordé mi primer encuentro en El Cairo con Farza, junto al Nilo, cómo el sol de la tarde caía sobre su rostro.
En aquel momento no la conocía, pero incluso entonces algo me atrajo hacia ella de forma irresistible, como dos imanes que acaban chocando.
Dos trenes quizás fuera una metáfora más adecuada.
Apreté los puños para no hundirme de nuevo.
Me sirvieron un plato británico, soso e indeterminado, que no me molesté ni en paladear.
Lo engullí con la esperanza de disipar la resaca y la niebla que se aferraba a mi cabeza.
Todavía tenía que masajearme las sienes, cuando la vista se me desenfocaba, y diría que me bebí dos litros de agua por lo menos.
Los mozos no hicieron comentario alguno; deb ían de estar más que acostumbrados a tratar con huéspedes que habían empinado demasiado el codo.
No había ni rastro de Ambrose ni de Farzaneh. A saber qué estaría haciendo mi hijo, pero no tenía ni ganas ni fuerzas para descubrirlo. Lo habíamos encontrado, ¿no? Aquí terminaba mi papel. Bastante me había costado venir a buscarlo. Estaba metido en este lío por su culpa.
Y en cuanto a Farzaneh…
Enterré el rostro entre las manos. Noté las miradas inquisitivas de otros huéspedes que habían bajado a cenar, pero me dieron igual.
Solo podía pensar en ella. Demonios, desde que había abierto los ojos, Farza era lo ú nico que ocupaba mis pensamientos.
Su ausencia me quemaba, y lo peor era que yo era el único culpable de nuestra separación.
— Said, ¿se encuentra bien?
Uno de los mozos se acercó a la mesa con otra botella de agua y un gesto de preocupación. Prefería no pensar en la imagen que estaba proyectando.
—Cárguelo a mi cuenta —dije secamente, me levanté y abandoné el restaurante.
Me acerqué al mostrador de recepción. Una de las jóvenes que lo atendía, cubierta por un pañuelo negro azabache, dejó de garabatear en un papel para mirarme.
—¿Est á mi hijo arriba? —pregunté. ¿Eran imaginaciones mías o estaba arrastrando las palabras?
—¿Qué número de habitación, said?
—No lo sé —mascull é—. Carmichael. Ambrose Carmichael.
La joven rebuscó entre sus papeles unos segundos y asintió.
—Sí, said. El said Carmichael sigue alojado con nosotros. —Y luego añadió, azorada—: Si quiere puedo preguntar a mis compañeros si lo han visto salir hoy.
Sacud í la cabeza. Hasta ese mínimo gesto suponía un esfuerzo.
—No, da igual. Y…
Pensé en Farza. En la puerta cerrándose a mi espalda. En lo salado que me supo aquel beso de despedida.
—Da igual. Gracias.
No tenía fuerzas para enfrentarme a ella. Al menos, hoy no.
Regresé a mi habitación cuando el sol comenzaba a esconderse en el horizonte y me desplom é sobre la cama, confiando en que Morfeo cumpliera su trabajo con diligencia y encontrara la calma que me negaba la vigilia.
***
Al día siguiente me desperté con el canto del gallo, algo que consideré una pequeña victoria.
Frente al espejo, comprobé que por fin volvía a tener el aspecto de ser humano, aunque tenía margen de mejora.
Llevaba dos semanas sin recortarme la barba, que comenzaba a estar algo fuera de control, pero no era mi prioridad. ¿ Quién iba a juzgarme ahora?
Me vestí con mi camisa y mi confiable chaqueta, que había sobrevivido a un intento de asesinato en Mit Rahina y a un ajetreado viaje en ferri por el Nilo, y bajé, esta vez sí, a desayunar.
Me sorprendió volver a encontrarme solo.
Mientras sorbía el café, observé las mesas a mi alrededor.
Hab ía pocos huéspedes madrugadores. Una lástima.
Farza me había explicado que el mejor momento del día para visitar los monumentos de El Cairo era antes de la segunda llamada a la oración, cuando el sol estaba en su cénit, puesto que así se evitaban las horas de más calor.
Una punzada de dolor me atravesó el pecho al pensar en ella.
Quiz á seguía dormida. Quizá Ambrose también; Dios sabía que mi hijo jamás había sido hombre de hábitos constantes. Salvo en el de robar trabajos e ideas ajenas. En eso sí parecí a haberse empleado a base de bien.
Apoyé la taza sobre el platillo con tanta fuerza que la cerámica tintineó. ¿Y si habían dormido juntos? Tragué con esfuerzo. Estaban prometidos, todo era posible, pero… Farza no…
No quería imaginármelo. No podía.
—Salam —saludé a una de las muchachas de la recepción, que se sobresaltó al oírme hablar en árabe. Me apoyé sobre el mostrador con mi mejor sonrisa—. ¿Podría confirmarme que mi hijo sigue en su habitación? Ambrose Carmichael. Hace dos d ías que no lo veo.
—Sí, said . Sigue allí, igual que ayer.
—Ya… —Suspiré, pero entonces la muchacha me tendió un papelito.
—Pero ha llegado esto para usted. Alistair Carmichael, ¿verdad?
No me hizo falta preguntar quién lo remitía. Tan escueta y pragmá tica como siempre.
Llámame o te mato. STOP. Besitos. STOP.
Suspiré y me giré hacia la recepcionista.
—¿Tienen cabinas de teléfono?
—Sí, said —asintió, señalando detr ás de mí—. Al final de ese pasillo.
Confié en que la conexión de Egipto a Escocia fuera lo bastante buena mientras me apostaba contra el aparato, con el auricular entre el hombro y la oreja, y marqué la extensión del consulado británico. A los pocos segundos me atendió una cantarina voz con acento de Essex.
—¿En qué puedo ayudarlo?
—Buenos días, señorita, necesito conexión con Edimburgo.
—Por supuesto, ¿con quién le pongo?
—Josephine Carmichael. Morton Hall, Edimburgo.
La llamada tardó casi un minuto en establecerse, durante el que me mentalicé para la conversació n que se me venía encima. En cuanto el auricular hizo clic, la voz de mi exmujer me inundó los oídos.
—¡Alec, so desgraciado! ¿Has encontrado a Ambrose y ni siquiera te dignas a mandarme un triste telegrama? Te voy a arrancar los pelos de la barba a bocados, soplagaitas, ¡que eres un soplagaitas!
—Yo también me alegro de volver a hablar contigo, Josie.
Al otro lado del auricular oí un resoplido y un murmullo sordo. Me pareció intuir una segunda voz femenina, pero la lí nea iba y venía.
—¡Me he tenido que enterar por la embajada! Hace dos días que estáis en El Cairo, Alec, pedazo de mendrugo. Ya te vale.
—He estado… ocupado. —No supe qué otra palabra usar. Josie se detuvo un instante. La conocía tan bien que podía imaginármela frunciendo el ceño y apart ándose los rizos cobrizos de la frente.
—¿Estás borracho?
—No. —Reculé. Josie cazaba las mentiras al vuelo—. Ya no. Pero aún sufro las secuelas de la resaca.