Mil millas Nilo abajo Capítulo 30
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Capítulo 30

Farzaneh

«Yo libero a los que est án encadenados».

El traqueteo del vehículo me despertó y, esta vez, no tuve ninguna duda. Sabía dónde estaba.

Sobre mi cabeza se abría el cielo azul de Egipto, sin una sola nube. Una extensión infinita de color celeste, que variaba imperceptiblemente con cada segundo.

A mi alrededor, el desierto.

Traté de incorporarme, pero el carro en el que viajá bamos saltó una duna y el impulso me lanzó de bruces al suelo de nuevo. Gemí. Seguía maniatada y la sien donde el ifrit me había golpeado me dolía como si me estuvieran practicado una lobotomía.

—¡Eh! —gritó una voz profunda a mi espalda—. ¡Quieta!

Una mano del tamaño de mi cabeza me asió del vestido y tiró de mí hacia atrás.

No pude ver sus rostros, puesto que iban todos tapados a la manera beduina, pero conté seis hombres armados.

En el pescante, junto al conductor, se encontraba el ifrit.

Era el más corpulento de todos y se limitó a echar una mirada hacia atr ás cuando oyó que me había despertado.

Le enseñé los dientes y gruñí.

—Vigilad a nuestra invitada —dijo—. La necesitamos viva.

«Vigilar» incluía unas comodidades muy limitadas, como no tardé en descubrir. Los hombres asintieron sin mediar palabra y me devolvieron al suelo de un empujó n. Los fusiles que cargaban al hombro me disuadieron de hacerme la dura.

Apoyé la mejilla contra las traviesas de madera y aguanté las lágrimas.

Iba a morir. No sabía a dónde huir. Estábamos cruzando el Sáhara, en tierra de nadie.

Si me mataban, no encontrarían mi cuerpo antes de que lo devoraran los chacales.

¿Y quié n iba a buscarme? Ambrose me había vendido. Mi tío era un cobarde. Y Alec…

Apreté los dientes. Por Alá, lo echaba tanto de menos… Me dolía el pecho de solo pensarlo. Era una esperanza vana, un clavo ardiendo al que me empeñaba en agarrarme, pero temía que acabaría quemándome.

No supe cuántas horas pasamos subiendo y bajando dunas, desierto y más desierto en kilómetros a la redonda. A través de las maderas del carro, el paisaje parecía siempre el mismo. Era imposible saber dónde estábamos. Y me rendí a la desesperación.

El sol era inclemente y pronto el hambre y la sed comenzaron a atravesarme el est ómago. De vez en cuando, mis captores se pasaban un odre de agua, pero a mí nadie me ofreció. El sudor me corría por la frente y los labios se me secaron. La boca me sabía a sangre y cada movimiento era una agonía.

Quizá, después de todo, la muerte fuera una misericordia.

Cerr é los ojos, arrullada por el vaivén del carro, y deseé que todo acabara.

—¿Tan pronto tiras la toalla, Farzaneh Khatibi?

Abrí los ojos de golpe.

Una suave brisa me acarició el rostro. Traía consigo algo de frescor del exterior. A lo lejos, la fuente burbujeaba y el viento mecía los cipreses. La habitación estaba a oscuras. Siempre lo estaba.

Bajé la vista hacia el libro que tenía en el regazo y aspiré su aroma. Olía a papel viejo, a cuero y a ideas frescas. En sus páginas se sucedían cientos de pequeñas cuñas negras, dispuestas de un millón de formas distintas.

—Siempre fuiste una mente inquieta.

Conoc ía esa voz y, al mismo tiempo, era la primera vez que la escuchaba.

Me volví hacia la figura recortada contra la luz de la puerta.

La luminosidad jugaba con mi mente, o quizá era al revés.

Sus bordes eran difusos, cambiantes. Tan pronto parecía un hombre como una mujer, pero no me asusté.

No me inmuté. Sabía que estaba a salvo. Ahí, en el estudio de mi abuelo, siempre había estado a salvo.

—¿Amelia?

La figura sonrió y sacudió la cabeza. Clavó sus ojos en mí; eran como el mar, a veces tan claros como el agua en la costa, pero de pronto se volvieron oscuros y turbulentos. Tenía los labios finos y el cabello largo y ensortijado, y, sobre él, una corona.

—¿No me reconoces, niña?

Me abracé al libro como si me fuera la vida en ello.

Sabía que era un sueño. Lo sabía perfectamente, porque nunca volvería a pisar Teherán ni la casa de mis abuelos, nunca volvería a ser la niña que descubría, una tarde tras otra, un mundo lejano enterrado en los libros.

Lo sabía porque, por muchas veces que hubiera soñ ado con este momento, jamás podría hablar con la persona que le había dado sentido a mi existencia.

Sin embargo, me dejé llevar por la ilusión. No todos los días tiene una la oportunidad de conversar con un rey del pasado.

—El desierto es un cruel anfitrión.

La figura soltó una risa.

—Bien lo sé yo. Pero menos árido de lo que esperabas, ¿no es así?

Miré por encima del hombro a la ventana que se abría.

Cipreses verdes, parterres de flores, la corriente fresca del Jajrud y de las montañas.

Sería tan bonito quedarme aquí para siempre.

Olvidarme del desierto, del sabor a sangre en mi boca debido a los golpes, del dolor en las mu ñecas y en el corazón.

—A veces no sabes lo que buscas hasta que lo encuentras —respondí.

—Te repito la pregunta, Farzaneh Khatibi, ¿tan pronto tiras la toalla?

Me volví hacia el Rey de Reyes, hasta que el libro que sostenía comenzó a convertirse en arena y deshacerse entre mis dedos. Un fuego renovado ardía dentro de mí.

—Nunca.

—¿Has encontrado el tesoro que buscabas?

Sopesé su pregunta. El tesoro. El maldito tesoro. El tesoro me había traído hasta Egipto, me había enseñado sus mil caras, las más oscuras pero también las más hermosas. Porque, al fin y al cabo, eso era Egipto, ¿no? La eterna lucha entre el orden y el caos. El oro que no reluce.

—No todos los tesoros brillan, Shahanshah.

La figura esbozó una sonrisa de satisfacción. Los pájaros cantaron una última vez y la fuente enmudeció.

—Eres una digna hija de Persia, Farzaneh Khatibi.

Y entonces, tumbada contra el duro suelo del carro, con las tablas de madera clavándoseme en la mejilla y el calor del sol arreciando sobre nosotros, supe que dondequiera que el destino me llevara sería exactamente donde debía estar.

Amagu é una sonrisa y perdí la consciencia de nuevo.