Capítulo 29
Farzaneh
«Yo fijé las lenguas de griegos y bárbaros».
Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que pensé era que estaba muerta.
Por un lado, estaba el dolor lacerante que me apuntalaba el cr áneo entre las cejas.
Por otro, la oscuridad total.
Traté de incorporarme, pero solo conseguí resbalar y darme de bruces contra el suelo. No, no estaba muerta; ese pavimento era demasiado sólido para tratarse del más allá. Eso o me habían engañado sin vergüenza alguna en la madrasa.
Me habí an atado de pies y manos con fuertes correas.
Me revolví sobre mí misma, ignorando el martilleo en las sienes, y me revolví con furia, pero las ataduras resistieron.
Parecían de cuerda de cáñamo, gorda y sólida.
Lo único que conseguí fue que las fibras que sobresalían me rozaran la piel hasta hacerme sangre.
—¡Ayuda! —grit é, aunque tenía la garganta seca y dolorida—. ¡Ayuda!
Nada. Ni el más mínimo movimiento ni ruido del exterior. No se oían coches ni gente ni animales.
El miedo empezó a apoderarse de mí y grité más fuerte, de pura desesperaci ón.
—¡Ayuda! —El corazón me latía a toda velocidad—. ¡Ayuda, por favor!
«Diría que no es nada personal, pero no me gusta mentir».
Ambrose. Desgraciado. Me había drogado, me había… La rabia se mezcló en mi interior con el terror. ¿Dónde estaba? ¿A dónde me había llevado?
No tendría que haber bebido. Maldita sea, ni siquiera tendría que haberle dado conversación.
Me retorcí hasta que las cuerdas me mordieron la carne y me arrancaron un gruñido de dolor.
Traté de incorporarme de nuevo, tanteando a ciegas en la oscuridad, hasta que hallé una pared y pude apoyarme.
Los dientes me castañeteaban con fuerza, y aunque mi mente funcionaba a toda velocidad, no se me ocurría ninguna forma de salir de allí.
De pronto, una puerta se abrió y un torrente de luz entró procedente del exterior. Cerré los ojos, y cuando volví a abrirlos, había una figura frente a mí.
Recortada contra la claridad, se encontraba una silueta embozada que hubiera reconocido en cualquier parte.
El ifrit había venido a por mí.
—Hijo de perra —musité entre dientes.
Se puso de cuclillas frente a mí, apoyando una rodilla en el suelo, y me tomó de la barbilla con dos dedos. Traté de zafarme, pero solo logr é que me asiera con más fuerza. Me obligó a mirarlo a los ojos. Nunca habíamos estado tan cerca. Eran tan oscuros como los había imaginado.
Gruñí y la sombra se bajó la tela que cubría su rostro.
Después de tanto misterio y tantos encontronazos, descubrir que, en efecto, no era má s que un hombre fue una decepción.
No había nada en sus facciones que lo distinguiera de otros egipcios que nos habíamos cruzado por Luxor: nariz recia, labios finos y poblada barba rizada.
Era alto, quizás incluso un poco más que Alec, y de hombros fornidos, tal y como me pareció ver ya en el museo, pero por lo demás, era un hombre normal y corriente.
No era monstruoso, no era un ser sobrenatural ni deforme como los que poblaban mis pesadillas.
Podríamos habernos cruzado con él por la calle y no lo habríamos reconocido.
Me estremecí al pensar que quizá lo habíamos hecho.
En realidad, no había nada más aterrador que eso: saber que la gente normal también era capaz de secuestrar y matar por satisfacer su ambición.
—Déjame ir —le dije, y aunque pretendía retarlo, m ás bien sonó como una súplica. El ifrit no pestañeó.
—El tesoro —espetó—. ¿Dónde está el tesoro?
El coraz ón me dio un vuelco. Estaba en lo cierto. Todo esto había sido causado por mi artículo sobre el tesoro de Cambises. Era un triste consuelo, desde luego, ahora que me encontraba aquí encerrada.
—No sé de qué me hablas —mentí, y el ifrit me agarró del pelo y tiró hacia atrá s. Grité de dolor, pero mi captor no parecía preocupado.
—¿Dónde está el tesoro? —repitió—. Si no lo sabes, no nos eres útil.
Y si no les era útil… No hací a falta que acabara la frase. Dos embozados más entraron tras el ifrit y se quedaron cruzados de brazos, a ambos lados de la puerta. El contraste entre la oscuridad de la habitación y el exterior era tal que no lograba ver dónde estaba. Tragué saliva.
—Yo no sé nada. Es mi prometido el que investiga. Yo no…
El ifrit me cruzó la cara de una bofetada y caí al suelo a plomo. La boca me sabía a sangre y todo me daba vueltas, pero no me dejaron descansar. Mi captor me levantó de nuevo por el cuello y me oblig ó a mirarlo.
—Ambrose Carmichael nos contó que tú eras el cerebro detrás de todo, sayedah. Sé distinguir a un ignorante cuando lo tengo delante, y tú, aunque seas una necia, no eres una ignorante. Ahora, habla.
—Ambrose… —No podí a creerlo. ¿Ambrose había hecho un pacto con estos salvajes? Aunque, en realidad, la situación tenía toda la pinta de llevar su firma—. ¿Ambrose os dijo eso?
—Su libertad por tu información. —Sus dedos se hundieron un poco más en mi cuello—. Ahora, habla.
Ahogué una risa. Por eso había sido tan fá cil encontrarlo. Por eso nadie nos había detenido al sacarlo del hipogeo. Maldita sea. Nos habían tendido una trampa, y Alec y yo habíamos caído en ella de cabeza.
Alec.
Su recuerdo me dolió más que cualquier golpe del ifrit.
Una parte de mí se aferró a la esperanza de que viniera a salvarme, pero ¿por qué iba a hacerlo?
Me habí a dejado muy claro que no quería saber nada de mí.
Que lo nuestro había sido un error. Hasta donde yo sabía, a estas horas podía estar en un barco rumbo a Estados Unidos.
Me encontraba sola, una vez más.
Alcé la vista hacia el ifrit, retándolo con la mirada. No iba a morir. Me negaba. Hab ía sobrevivido hasta ahora y volvería a hacerlo.
No era tan fácil acabar con una Khatibi.
—Siwa —murmuré a duras penas—. El oasis de Siwa.
El ifrit intercambió una mirada con sus hombres, que asintieron, y me noqueó con un golpe seco en la sien.