Mil millas Nilo abajo Capítulo 28
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Capítulo 28

Farzaneh

«Yo inventé los contratos matrimoniales».

La siguiente hora pasó como un sueño febril. Recordaba el beso de Alec, el abrazo en el que nos fundimos, y luego el frío que se apoderó de mí cuando me dejó.

Estaba aturdida, insensibilizada, como si me hubieran dado una paliza.

Me costaba pensar, enfocar la vista, hasta respirar.

Me tendí en la cama y sollocé, o eso me pareci ó después al mirarme en el espejo y ver todo mi maquillaje descompuesto y sentir la garganta al rojo vivo.

Era un mal sueño. Una pesadilla. Tenía que serlo. La alternativa era demasiado dolorosa.

Me quité todos los adornos del pelo y del cuello con rabia y los lancé al suelo. Me tiré del pelo, grité, pataleé. Cuando no pude más, me desplom é sobre la silla del tocador.

Pensar en la cena me revolvía el estómago.

Sería incapaz de meterme nada en la boca, mucho menos de compartir una velada con los Carmichael.

No me encontraba bien, pero no se debía al clima ni a la comida.

Me senté sobre la cama, intentando respirar, pero tenía la garganta atenazada por un nudo imposible de deshacer.

—¿Y ahora qué, Amelia? —pregunté al aire con un hilo de voz—. ¿ Y ahora qué?

Nadie me respondió. Ya no había nadie para hacerlo.

Estaba sola. Estaría sola en Londres y en Irán, si alguna vez volvía a pisarlo. Allá donde fuera en este ancho y populoso mundo, solo hallaría soledad.

Miré el reloj de pared. El tictac de sus manillas hab ía continuado, impenitente, mientras yo lloraba. Hacía rato que había pasado la hora a la que Ambrose nos había citado. Que se jodiera. Por una vez en su maldita vida, estaría bien que no todo el mundo se plegara a sus deseos.

Bajé hasta la terraza, donde una banda de música con trompetas y trombones tocaba una melodía estridente y totalmente fuera de lugar. Ni un oud, ni una lira ni un mísero tambor daf, no fuera que los prístinos huéspedes del Shepheard’s recordaran dónde se encontraban.

No me molesté en buscar a Ambrose en el restaurante.

Si estaba solo me daba igual, y si Alec lo había acompañado, no quería verlos.

Tomé la direcció n contraria y me encaminé al bar, que se encontraba al fondo de la planta baja, entre plantas frondosas y con una iluminación tenue para que quienes ahogaban ahí sus penas no tuvieran que preocuparse por si alguien los reconocía.

Me senté en un taburete alto y me apoyé en la barra de caoba pulida. Un camarero no tardó en acercarse. Me observó de arriba abajo con una ceja enarcada.

—¿Puedo ayudarla, sayedah? —me pregunt ó en árabe.

—Ponme lo más fuerte que tengas.

Casi tuve que reírme. Sonaba como una mala novela inglesa, de las que vendían los muchachos en Tottenham Court Road sobre maltratadores cuarentones que se bebían hasta el agua de los floreros para olvidar sus vidas.

Salvo por aquel desliz en el ferri a Luxor, nunca en mi vida me había emborrachado.

El alcohol estaba terminantemente prohibido en mi casa, como buena familia musulmana, aunque me constaba que mi padre no tenía reparos en poner su fe a un lado cuando recibíamos visitas europeas.

Pero ya me daba todo igual. Rota una regla, ¿qué importaban unas cuantas más? Quería beber, que la cabeza me estallase, que se me soltara la lengua para decirles a los Carmichael lo que pensaba de ellos.

—¿Está segura, sayedah?

—Cárgalo a la cuenta de los Carmichael —espeté, y el joven se encogió de hombros y se alej ó hacia el estante de las bebidas espirituosas.

Me puso delante algo translúcido que olía a aguarrás, pero con una rodajita de limón parecía mucho más refinado. No pregunté qué era y lo vacié de un trago.

El líquido me abrasó el paladar y tuve que contenerme para no vomitar. Astaghfirullah, era repugnante. ¿Cómo podía la gente envenenarse con esto día sí, día tambi én? Me dejó un regusto metálico en la boca, pegajoso, casi como azucarado.

Alguien se sentó en el taburete contiguo y al volverme me encontré el rostro sonriente de mi prometido.

—Piérdete, Ambrose.

—No has bajado a cenar —replicó él, impertérrito. Quien lo viera ahora, bien peinado, perfumado y con las mejillas rosadas, jamás habr ía podido adivinar que había sido víctima de un largo cautiverio.

—No tenía hambre.

Le pasé el vaso de nuevo al camarero para que me lo rellenara. Si tenía que aguantar a mi prometido cinco minutos más, iba a necesitar mucho alcohol.

—No te culpo, supongo que estas semanas tienen que haber sido bastante … extenuantes. Mi padre no es la persona más fácil del mundo.

Me giré hacia él, como accionada por un resorte, y un nudo de rabia en la garganta. Quizá vio la ira en mis ojos, ese sentimiento visceral que ya me conocía, porque se achantó. A pesar de todo lo que habí a pasado, que hablara así de Alec me enfurecía.

—Lávate la boca antes de mencionar a tu padre —escupí—. No eres ni la mitad de hombre que él y no le llegas ni a la suela del zapato.

—¿Desde cuándo os habéis hecho tan amiguitos?

—preguntó, frunciendo el ceño con suspicacia, pero enseguida cambi ó de tema con un movimiento de la mano—.

Da igual. Escucha, Farza, quería preguntarte sobre…

sobre lo de los apuntes y los cuadernos.

—Si las miradas mataran…—. Sé que no hice bien en llevármelos sin decirte nada, pero habría sido raro llegar a Egipto con las manos vacías, ¿entiendes? No estás enfadada, ¿verdad?

—¿Enfadada? —Lo observ é con los ojos muy abiertos.

¿Era así de inocente o simplemente gilipollas?

El camarero me devolvió el vaso y cerré los dedos en torno a él—.

No, Ambrose, «enfadada» ni se acerca a lo que siento.

Estoy harta, harta de que te pasees por el mundo blandiendo mi trabajo como si fuera m érito tuyo.

Explotas a tus trabajadores y traficas con antigüedades como si este país te perteneciera.

¡No me mires así! ¿Te creías que no me iba a enterar?

¿Cuánto dinero estáis haciendo Petrie y t ú a espaldas del Departamento de Antigüedades?

Mi prometido palideció y no pude reprimir una sonrisa de satisfacción. Le di otro trago al licor, a cuyo repugnante sabor ya me estaba acostumbrando. La cabeza empezaba a darme vueltas. Posiblemente fuera el alcohol que me envalentonaba, pero no me contuve.

—Esto no va a quedar así, Ambrose. Voy a hablar. Voy a contarle a todo el mundo lo que estás haciendo aquí, en tu yacimiento y en tu despacho.

—¿Y quién te va a creer? —espetó él—. Petrie domina la egiptologí a en Londres.

—Quizá a los ingleses les da igual, pero estoy segura de que Mariette y el resto de la misión francesa estarán muy interesados, por no hablar del Departamento de Antigüedades.

—No serías capaz…

—Ponme a prueba —lo reté.

Ambrose enterró el rostro entre las manos. Quise decir algo hiriente para hundirlo todaví a más en el fango del que nunca debería salir, pero mi lengua no obedeció. Me dolía la cabeza, mucho más que antes, y comenzaba a ver motitas negras por todas partes.

Traté de levantarme, pero los pies me fallaron y trastabillé. Me agarré como pude a la barra del bar y alcé la vista. Mis ojos se encontraron con los del camarero, que apart ó la vista, y en ese instante supe que algo iba mal.

—Farza, Farza… —Ambrose se puso en pie y me tomó por la cintura. El contacto de sus dedos contra mi piel me repugnaba tanto como siempre, pero mi cuerpo se negaba a moverse—. ¿Por qué tienes que ponérmelo todo siempre tan difícil?

—Qué…

Las palabras se arrastraban por mi lengua, lentas, y las sienes me martilleaban. El hotel daba vueltas a mi alrededor, en un borrón de luces y sonidos. Lo ú ltimo que atiné a escuchar antes de que la oscuridad se lo tragara todo fue la voz de Ambrose.

—Te diría que no es nada personal, pero no me gusta mentir.