Capítulo 27
Alis t ai r
«Yo separé la tierra del cielo».
Cuando la puerta se abrió y vi a Farza, me sentí como si alguien me hubiera golpeado en el estómago y el aire hubiera huido de mis pulmones.
Por el amor de Dios, no tenía derecho a ser tan hermosa.
Como un niñ o pequeño, me fallaron las palabras.
En aquel instante, me prometí aprenderme el nombre de cada una de las prendas que ahora abrazaban sus curvas.
Se había puesto una suerte de pantalones bombachos semitransparentes, cubiertos por una falda corta y una chaqueta, ambas de tonos azul claro y perla y bordadas con hilo dorado.
De sus orejas colgaban pendientes de lapislázuli y se había recogido el cabello en un moño alto con mechones sueltos que le caían sobre la nuca y los hombros con una elegancia cautivadora.
Quise decirle que jamá s la había visto tan radiante, pero en cuanto nuestros ojos se encontraron, una punzada de dolor me atravesó el pecho.
La había herido. Cuando me habló del comportamiento de Ambrose, había despreciado a mi hijo, y ahora era yo quien provocaba ese dolor en su mirada. Quise abofetearme.
—Farzaneh —balbuceé, y ella hizo una mueca al escucharme pronunciar su nombre entero—. Estás… —Tragué saliva—. Está s preciosa.
—Estamos en el Shepheard’s. —Se encogió de hombros—. No puedo ir vestida como una pordiosera.
Miró por encima del hombro hacia el interior de su habitación y luego a mí y suspiró. Abrió un poco más la puerta.
—¿Qué quieres, Alec?
—¿Puedo pasar?
—No ser ía apropiado.
Me merecía ese golpe. Me lo merecía. Eso no hacía que doliera menos.
—Farza, por favor.
Ojeé el pasillo. No había nadie. No le habíamos dicho abiertamente a nadie que habíamos pasado más de una semana juntos y a solas, pero cualquiera que escuchara nuestro relato podr ía sumar dos y dos.
—Por favor —imploré, y me dejó pasar.
Cerró la puerta a mi espalda y corrió el pestillo para que estuviéramos a resguardo de visitas indiscretas.
Me volví hacia ella, pero dio un paso atrás.
Otro bofetó n. Había tardado tanto en lograr acortar esa distancia, que confiara en mí, y ahora volvía a erigir un muro entre nosotros.
Mantenía las distancias como una presa ante su depredador.
—¿Qué quieres, Alec? —repitió.
—Farza, yo… —Me armé de valor. Me costaba ordenar mis pensamientos—. Tenía que hablar contigo.
—Creo que ya has sido bastante elocuente estos días.
En su voz hab ía una pátina de rencor que me costaría olvidar. Me quedé de pie mientras ella rodeaba la estancia y caminaba hasta el tocador. Se apoyó con las manos sobre la mesita.
—Me he comportado como un imbécil —dije acariciándome los cabellos—. No he estado a la altura de las circunstancias, Farza, lo sé, pero… Cuando vi a Ambrose… Es mi hijo, y tú eres su prometida. Lo que hemos hecho…
—¿Te crees que no lo sé ? —Alcé la vista hacia ella.
Casi había gritado. Su pecho se movía arriba y abajo y había desesperación en sus ojos.
Sus manos se crisparon en torno al tocador—.
¿Te crees que no sabía todo eso cuando te besé en el ferri?
¿ Cuando dejé que me hicieras el amor? ¿Tan ingenua crees que soy?
Tomé una decisión, Alec, y no me arrepiento de ella.
De lo único que me arrepiento es de haber creído que tú tampoco lo harías.
—Farza… —Me masajeé el puente de la nariz—. No es tan sencillo…
—¡Sí, sí que lo es! —chilló, separándose el tocador—.
¿Te acuerdas de aquella conversación que tuvimos, cuando casi no nos conocíamos?
Me preguntaste qué podías hacer tú para cambiar las cosas, y yo te dije que el gesto más pequeño puede cambiar la vida de alguien.
¡Este es tu gesto! ¡Lucha, Alec, joder, lucha!
Decide qué es lo que quieres y si vas a pelear por ello.
Pero luego no te lamentes. —Había lágrimas brillando en sus pestañas y reprimí las ganas de estrecharla entre mis brazos—. Tú no eres la víctima aquí.
—¡Es mi hijo, Farza! ¿Qué clase de degenerado sería si se entera de que he intentado robarle a su novia?
—¡La novia tiene voz y voto, no es un jarrón que podáis pasaros de una mano a otra!
—¡Te vas a casar con é l!
—¡Pero no quiero!
Farza jadeó y yo me quedé clavado al suelo. ¿Había oído bien?
—¿Cómo?
—¡No me quiero casar con Ambrose! Por Alá, Alec, ¿de verdad crees que serí a feliz con alguien como él?
¿Con una persona que roba mi trabajo, busca mi dinero y no me ve más que como a un trozo de carne de segunda categoría?
Jamás he querido casarme con él y ahora…
—Sus ojos me buscaron y sentí que se me clavaban en el alma y me retorcían las entrañ as—. Ahora menos que nunca.
Ya no pude reprimirme más.
Avancé y la estreché entre mis brazos. Farza se derritió, plegándose a mi cuerpo, y enterró el rostro en mi pecho. Encajábamos a la perfección, como siempre. Así deb ían ser las cosas, con ella a mi lado. Apoyé la mejilla en su cabeza mientras le acariciaba la espalda. Olía a casa.
—Farza, lo siento tanto…
—No quiero casarme con Ambrose —sollozó.
Me partía el corazón verla así, cuando lo único que podía hacer era sostenerla.
Y no podr ía hacerlo durante mucho más tiempo—.
No quiero estar con él, Alec. Te quiero a ti.
Te quiero. —Alzó la vista hacia mí y el corazón me dio un vuelco—.
Nadie me ha hecho sentir como tú. No he sido tan feliz con nadie como contigo.
La voz se le quebró.
—Por favor.
El destino se burlaba de mí . Nunca lo había visto tan claro. Llevaba días ansiando escuchar esas palabras, y ahora que por fin las pronunciaba, ahora que tenía a Farza tan cerca… Sabía lo que tenía que hacer.
Lo que tendría que haber hecho desde el principio.
Me incliné lentamente, hasta que nuestros labios se encontraron.
Era un iluso si creía que podría vivir sin ella, sin su olor, su sabor, el sonido de su risa, su inteligencia. M ás me valdría arrancarme el corazón de cuajo para no volver a sentir.
Me separé de ella con un esfuerzo titánico, hundiendo los dedos en sus brazos. Farza me miró y en sus ojos leí una súplica tan pura y descarnada que no fui capaz de sostenerle la mirada.
—Lo siento —susurré con la cabeza gacha.
No miré atr ás al salir de la habitación y cerrar la puerta. Farza no me pidió que lo hiciera. No me detuvo.
Jacob tenía razón. Era un cobarde. Siempre lo había sido y siempre lo sería.