Capítulo 26
Farzaneh
«Yo constru í las murallas de las ciudades».
—… por la noche. ¡Ni siquiera los oí llegar!
Se escabulleron como ratas, debieron de entrar por las ventanas, no sé.
—Ambrose se terminó su whisky de un trago e indicó al camarero que le sirviera otro.
El chico, que no debía de tener más de quince a ños, me miró con un gesto nervioso.
Aparté la vista—. Eh, tú, rellena. Ah, estos nativos, a veces parecen imbéciles.
¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Estaba en mi despacho, trabajando en los últimos informes de la excavación y en mis papers , cuando, de repente, oí un ruido en la entrada.
Me pareció raro, porque los obreros se habían marchado hacía horas y tampoco los dejo entrar, claro, a ver si me lo van a poner todo perdido de barro y polvo. Fui hacia el ruido y entonces…
Viajar en un ferri europeo de primera categoría me resultaba tan ajeno que me entraron ganas de arrancarme la piel a tiras.
No pintaba nada allí. Volvía a estar en Londres o en el Shepheard’s, rodeada de miradas inquisitivas que me recordaban que no pertenec ía a aquel mundo.
Eché la vista al agua. A nuestro lado, la ribera del Nilo era de un profundo color azabache, y solo las luces de los poblados junto al río recordaban que no estábamos navegando sobre una nada infinita.
Ambrose había tardado muy poco en recuperar su habitual y deliciosa disposición de insufrible perdonavidas.
En Luxor habíamos contactado con la policía y el consulado británico, que tras una ronda de preguntas que se había alargado durante horas, hab ía organizado nuestro traslado de vuelta a El Cairo.
Tras una ducha y un copioso desayuno en el ferri, parecía encontrarse de nuevo en su salsa, y las alharacas del cónsul británico no habían ayudado a bajarlo de la torre de marfil en la que se había asentado.
El reputado arqueólogo, víctima y mártir, volvía a casa entre aplausos. Me daban ganas de vomitar.
Alec y yo nos adecentamos como pudimos, pues nuestras pertenencias seguían en El Cairo.
No habíamos vuelto a cruzar una sola palabra.
Ahora, en la cubierta del barco, donde chicos marrones servían copas que valían el doble de su sueldo a clientes blancos que no los miraban a los ojos, se había colocado en el extremo más alejado de la mesa respecto a mí.
No sabía qu é me dolía más, si los desplantes de Ambrose o que Alec me tratara como a una desconocida.
—¡Y cuando me desperté estaba atado! ¡Atado!
¿Os lo podéis creer? Les dije que ni se les ocurriera tocar a un británico, que no sabían con quié n estaban tratando, pero creo que no me entendieron.
Salvajes. —Alec y Ambrose dieron un trago a la vez a sus vasos.
Ojalá le hubieran pegado un tiro en la nuca.
Habría sido una bendición para todos. Mi prometido se pasó una mano por los cabellos, de un rubio cobrizo que había heredado de su padre—.
Me preguntaron todo tipo de cosas, o eso creo, porque no entendí nada.
¿Cómo puede ser que no hablen inglés? Y estuvieron rebuscando en mis papeles.
¡Ah! —Dio un golpe con el vaso sobre la mesa, sobresaltándome—. ¡Mis papeles! ¿Dónde están?
—En el Valle —repliqué, cortante. No le había mencionado las cuartillas que me habí a llevado ni pensaba hacerlo.
Me recosté sobre la barandilla. No soportaba estar sentada en la misma mesa que él—.
La policía y el consulado ya lo saben; al parecer habían sobornado a uno de los capataces de Mariette para que les dejara usar una de las tumbas como escondrijo. Los recuperarán.
«Y no son tuyos. Nunca lo han sido». Me mordí la lengua.
—¿¡Los habé is dejado allí!? —Abrió la boca para decir algo pero volvió a cerrarla. Arqueé una ceja—. ¿Los encontrasteis y no os los llevasteis?
—Bastante teníamos con cargar contigo, Ambrose. No fue fácil sacarte del pozo.
El joven se terminó el vaso y se puso en pie, no sin indicarle al camarero que le sirviera otro.
¿Cuántos llevaba ya? ¿Cinco? ¿Seis? Más de los que debería.
Se acercó a mí con una sonrisa ladina en los labios.
Alec frunció el ceño, pero no dijo nada.
Llevaba toda la velada en silencio, con gesto adusto y una sombra en los ojos que no le hab ía conocido antes.
—Vamos, vamos, Farza, no te pongas así. —Ambrose se apoyó en la barandilla, con una mano a cada lado de mi cintura, y se inclinó sobre mí. Su aliento apestaba a alcohol—. Con lo que yo te quiero.
Cuando sus labios rozaron mi cuello, reaccioné por puro instinto y me zafé de su abrazo. Eran húmedos y carnosos, como una babosa. Repulsivo. Me miró con sorpresa y luego solt ó una carcajada. Volvió a beber.
—La fierecilla indomable de siempre, ¿eh, Farza? Ven aquí, nena, que no te voy a morder.
Di un paso atrás. Me negaba a sufrir la encerrona por la que ya había pasado en Londres.
Le daba igual que estuviéramos a plena luz del día y rodeados de gente.
Si yo hubiera sido blanca las cosas serían diferentes, pero sabía a lo que me expon ía si gritaba o si me enfadaba.
«Histérica». «Maleducada». «Salvaje». No podía ganar, y Ambrose lo sabía.
Me tom ó de las muñecas y me atrajo hacia sí. Cerré los ojos, aguantando la repugnancia. Pero el beso nunca llegó.
—Ambrose.
La voz de Alec interrumpió a su hijo, que trastabilló y se volvió hacia su padre.
Incluso yo me giré. Jam ás le había oído emplear ese tono.
Era frío, helado, la voz de un padre que no admite réplica.
No conocía a ese hombre, que nada tenía que ver con el Alec cálido y amable que me había acompa ñado durante el viaje.
Nos miró, primero a Ambrose, que tragó saliva, y luego a mí. Aparté la vista rápidamente. Era humillante por tantos motivos que no me veía con fuerzas de enumerarlos.
—Déjala en paz. Es evidente que se siente incómoda. No te he educado para que te emborraches y montes una escena en público.
Ambrose hizo una mueca de disgusto, dejando caer la máscara de perfecto caballero que solía mostrar. En el fondo, no era más que un niñato resentido.
—Claro, debería tenerte a ti como modelo de comportamiento y decoro, ¿no? —escupió, pero me soltó y volvió a la mesa—. Además, es mi prometida. ¿A ti qué más te da lo que haga con ella?
—No es un objeto. —Si las miradas mataran, hacía rato que Ambrose habría dejado de hablar. Traté de reconciliar a este Alec con el que conocía, con el que había llorado en mis brazos en el ferri y el que me habí a besado en el Valle, y no pude—. Y no hables de ella como si no estuviera presente.
—Bah. —Ambrose se dejó caer con pesadez sobre la silla y el mozo corrió a rellenarle la copa—. Cuando estemos casados, le enseñaré a Farza lo que es un hombre de verdad. Me preocupa que haya pasado demasiado tiempo con alguien… como tú.
Alec gruñó, pero no protestó más. Tragué saliva y me volví hacia el Nilo. Aquella noche, cerré con pestillo la puerta de mi camarote.
***
Volver al Shepheard’s era un premio de consolación tan amargo como la hiel.
Apoyé las manos sobre el tocador de la habitación que el consulado me había reservado y cerré los ojos.
Me estaba mareando. Era todo tan irreal…
Había estado cenando allí mismo hacía menos de dos semanas, y parec ía que hubiera sucedido en otra vida. A otra Farzaneh.
Levanté la vista y me enfrenté a mi reflejo.
¿Quién era esa al otro lado del espejo? ¿Quién me devolvía la mirada?
No la reconocía. Desde luego, no era la misma persona que habí a zarpado de Southampton.
Pero tampoco la misma que había huido de la autoridad de su tío hacia el sur, lista para hacer las cosas a su manera.
Aquella Farzaneh había sido audaz, valiente; tenía un propósito.
La Farzaneh que ahora me miraba estaba rota.
Ni todas las florituras del servicio al recibir a Alec y a Ambrose ni todas las sábanas de seda de la habitación me harían olvidar que yo no debería estar all í. Que si habían aceptado mi presencia en aquel oasis de la Pérfida Albión era solo gracias a mis acompañantes. Yo siempre sería el adorno.
Ambrose había insistido en que bajáramos a cenar para celebrar su regreso a la civilización.
Al día siguiente nos reunir íamos con el cónsul, le contaríamos todo lo que había sucedido, zanjaríamos el asunto y volveríamos a Inglaterra.
Yo tendría que aguantar la reprimenda de mi tío, al que había mandado un telegrama al poco de llegar, y la cólera de mi padre cuando se enterara de todo.
Ambrose ser ía recibido como un héroe, una leyenda viva de la arqueología británica.
Nos casaríamos.
Y Alec y yo jamás podríamos volver a mirarnos a la cara.
Me dejé caer sobre la cama. El colchón era tan mullido y esponjoso que me enfurec í. ¡Malditos fueran los ingleses y sus ridículas comodidades! ¡Argh! Manoteé hasta cansarme y dejé que los primeros sollozos se abrieran paso. ¿Para qué contenerlos más? ¿A qui én quería engañar?
Odiar a Alec sería tan tan fácil. Deseaba hacerlo con todas mis fuerzas.
Pero la culpa era mía.
Sabía lo que estaba haciendo. Sabía perfectamente en qué me metía. Era un salto al vacío, y tomé impulso con ganas. ¿De verdad creía que Ambrose desaparecería de mi vida tan fácilmente, o que Alec me escogería a mí por encima de su hijo? ¿Cómo podía haber sido tan ingenua?
Me costaba respirar. Un peso me oprimía el pecho; en el mismo lugar tenía el rostro del hombre que me había hecho sentir tan especial aquella noche en el ferri. Quizá fue todo una ilusión, la fantasía de una mente necesitada de cariño.
Pero los sentimientos que ahora me abrasaban eran reales.
Me puse en pie. No les daría la satisfacción de verme descompuesta. Hasta ahora siempre había guardado mis emociones bajo llave y podría volver a hacerlo. Dolería más de lo que me había dolido nunca, pero lo haría.
Me acerqué al espejo, me sequ é los ojos y me retoqué el kohl. Jamás podría decirse que una Khatibi no era capaz de encarar su destino.
Estaba eligiendo unos pendientes a juego con el colgante de lapislázuli que me había puesto cuando alguien llamó a la puerta.
Fueron cuatro golpes suaves, pero di un respingo.
¿Ambrose? Dudaba que se molestara en venir a buscarme a mi habitación.
No era su estilo. Pensé en el misterioso encapuchado que había tratado de secuestrarme en varias ocasiones.
No dudaba de que estaría muy enfadado porque nos hubiéramos llevado a su presa, pero si había vuelto a por mí, no tendría la decencia de llamar a la puerta. ¿El servicio de habitaciones, quizá?
Me equivocaba.
Cuando abrí, a quien encontr é al otro lado del umbral fue a Alistair Carmichael.