Capítulo 25
Farzaneh
«Yo entregué al tramposo a aquellos a quienes había puesto la trampa».
Había ido a Egipto a buscar a Ambrose.
Y lo había encontrado.
Por alguna razón tenía claro que, tarde o temprano, ocurrirí a. Que estaría vivo, sano y salvo. Que la idea de que hubiera acabado muerto a manos de sus secuestradores no era más que un espejismo de mi retorcida imaginación.
Entonces, ¿de dónde venía el abismo de consternación al que me había precipitado?
Era él, no hab ía duda. Por mucho que buscara a un extraño en sus facciones sucias y desaliñadas, era Ambrose.
En cuanto me asomé al pozo, abrió tanto los ojos que pensé que se le saldrían de las órbitas.
El corazón se me detuvo. Estaba delgado, demacrado, ojeroso y con rasguñ os por toda la cara.
Lo habían atado de pies y manos y amordazado con una tela oscura.
Observé a aquella criatura que se retorcía y contorsionaba.
Volvió a gemir, tratando de decir algo a través de la mordaza, pero no consiguió más que sonidos ahogados.
Por un instante pensé en dar media vuelta y fingir que no había visto nada.
—¿ Ambrose?
Alec se detuvo en seco detrás de mí y cerré los ojos. Tuve que morderme los labios hasta hacerme daño para no desmoronarme allí mismo. No era que la burbuja se hubiera pinchado; es que acababan de reventarla con unas crueles garras afiladas.
—¡Ambrose, hijo! ¿Eres tú?
—¡Hmmmmmm!
Mi prometido gruñó y se retorció todavía más, tratando de librarse de las correas que lo atenazaban, pero fue en vano.
Incluso con la poca luz que había en el hipogeo, vi claramente marcas rojas en torno a sus muñecas.
Eché un vistazo a la entrada. Estábamos solos, pero ¿ por cuánto tiempo?
¿Y si el ifrit venía a cerciorarse de que su cautivo seguía en su sitio?
—¡Hmmmmm! —gimió de nuevo.
—Tenemos que sacarlo de ahí —le dije a Alec. Cada palabra era un golpe de cincel más en mi corazón, atravesá ndolo de lado a lado—. No podemos perder tiempo.
Alec asintió y miró a los lados, pero no había nada más que roca y arena. Se me ocurrió una idea.
—Ten. —Me quité la shayla, desenrollándola. No era muy larga, pero serviría—. Voy a bajar al pozo a soltar las cuerdas y luego nos ayudas a subir con esto, ¿de acuerdo?
—Pero… —protest ó.
—Tú no cabes allí abajo y yo no tengo fuerza para subiros a ambos —zanjé. Me apetecía estar en un espacio estrecho con Ambrose tanto como llevarme una coz de un camello, pero no nos quedaba otra.
Alec sostuvo la shayla con fuerza por un extremo y yo comencé a descender lentamente por el pozo.
No tendría más de tres o cuatro metros de profundidad, pero se me hizo eterno.
Ambrose me observaba con expresi ón consternada, hasta que aterricé al fondo, a pocos centímetros de él.
Debía de continuar sin creerse que era yo.
—Ya está, Ambrose —susurré desatando las cuerdas. Las habían anudado a conciencia y me costó m ás de lo que me hubiera gustado—. Te vamos a sacar de aquí.
—¿Farzaneh? —musitó cuando le retiré la mordaza, lo último de todo—. Eres… ¿Eres tú de verdad?
—¿Tú qué crees? —espeté con una acritud que no supe controlar. Me mordí la lengua. Quizá no era mi persona favorita del mundo, pero llevaba más de un mes maniatado en un agujero. No podía cargarle con mi rabia. Al menos, no con esta.
—Cómo… ¿Cómo me habéis encontrado? ¿Y por qué habéis tardado tanto? —Frunció el ce ño e hizo un mohín—. ¿Sabéis el tiempo que llevo aquí abajo?
Conté hasta diez para no estrangularlo allí mismo. Niñato malcriado.
—Luego. No hay tiempo. —Señalé a la shayla y a la cabeza de Alec, que se asomaba por el borde del agujero con preocupación—. Ven, te ayudaré.
Sacar a Ambrose del pozo no fue tarea fácil.
Estaba hecho polvo, y si ya antes del secuestro no es que fuera muy atlético, ahora era un fardo inútil.
Tuve que tirar de él para levantarlo, atarle la shayla a la cintura y empujar para que consiguiera comenzar el ascenso.
Al otro lado, Alec jadeaba del esfuerzo, y por un momento temí que el pañuelo cediera y nos quedáramos atrapados al fondo de aquel hipogeo, pero al fin, el cuerpo de mi prometido desapareció de mi vista y suspiré con alivio.
Me apoyé contra el muro del pozo mientras Alec desataba la shayla para lanzármela. Me llevé una mano al pecho. El corazón me latía a toda velocidad. Ambrose estaba vivo. Mi prometido estaba vivo. Eso era todo lo que importaba. Eso era todo lo que importaría de ahora en adelante.
Apreté los puños hasta clavarme las uñas. Era injusto. No solo injusto; era cruel. ¿Y si no quería que todo volviera a ser como antes? ¿Y si no quería resignarme? Estaba harta de resignarme. Estaba harta de bajar la cabeza. Y si él…
—¡Farza!
Alcé la vista y me encontré con los ojos de Alec. Un segundo que se alargó una eternidad, hasta que la shayla cayó ante mí.
—¡Sujétate!
Para cuando aparecí en la superficie, Ambrose estaba sentado sobre una roca, masajeándose las muñecas. Las tenía doloridas, quizá hasta le quedarí an cicatrices, pero nada que un buen médico de Mayfair no pudiera arreglar. Me volví hacia Alec, pero él apartó la vista.
Otro golpe, más intenso.
—Ya estamos todos —musitó. Me rehuía. Era tan obvio que dolía. Se dirigió hacia la entrada y le dio una palmada en el hombro a su hijo—. Ser á mejor que nos pongamos en marcha.
—¡Ah, Farza! —Ambrose se puso en pie. Ni siquiera tras un mes de brutal cautiverio había perdido su acento de colegio privado inglés. Se acercó a mí con los brazos abiertos—. ¡Jamás me he alegrado tanto de verte! ¡Mi salvadora!
Antes de que pudiera reaccionar, me tomó por la cintura y me besó. Me qued é congelada. Una sensación fría, de repugnancia, me atenazó. A su espalda, un rictus de consternación cruzó las facciones de Alec. Pero no hizo nada.
Después de todo lo que le había contado, de la forma en que me había abierto a é l, de los secretos inconfesables que habíamos compartido, no hizo nada.
Dejó que Ambrose me besara, que paseara su lengua por mi boca y sus manos por mi cuerpo, como si quisiera dejar claro que yo era de su propiedad. Como un perro marcando su territorio.
Jamás me había sentido más sucia.
Cuando por fin se separó de mí con una sonrisa torcida, no fui capaz de replicar. Los brazos me colgaban a los lados del cuerpo, laxos. Tampoco yo pude mirar a Alec a los ojos. Hacerlo habría sido una sentencia de muerte.
—¡ Pensé que me moriría ahí dentro! —canturreó mi prometido y me tomó de la cintura. Me estremecí del asco—. Eres mi ángel de la guardia, mi querida Farza. ¡Mi á ngel! Aunque, la verdad, podríais haberos dado más prisa. Ya empezaba a pensar que…
—¿Tanto te cuesta dar las gracias? —mascullé mientras lo apartaba—. Es una sola palabra, Ambrose, no te va a costar un penique.
—¿Debería? —Mi prometido parecía genuinamente sorprendido—. Era vuestro deber encontrarme, ¿o teníais intención de dejar que me pudriera ahí? ¿ Acaso no soy tu prometido? —Se volvió hacia Alec—. ¿Y tu hijo?
—Yo también me alegro de verte, Ambrose —replicó este con voz tirante—. Estaba… preocupado.
—¡Por supuesto que lo estabas! —El joven se estiró y los huesos le crujieron—.
¡Podría haber muerto ahí! Si supierais lo que he pasado…
Ah, ha sido terrible. Una verdadera odisea.
No puedo esperar a contárselo a los periodistas londinenses.
¿Ya se han enterado? Se van a pelear por que hable con ellos.
—Ambrose, por favor. —Suspiré y me masajeé el puente de la nariz.
Me costaba creer que alguien que había pasado por semejante calvario pudiera seguir siendo así de narcisista, pero Ambrose siempre lograba sorprenderme—.
Estábamos preocupados de verdad. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
¿ Te han hecho daño? ¿Nadie te oyó pedir ayuda?
Mi prometido hizo un mohín.
—No estoy seguro, es difícil saber cuánto tiempo transcurre cuando estás metido en un agujero sin luz, Farza.
—¿Tienes hambre? ¿Sed?
—Mataría por un buen Sunday roast.
No debía de haber sido más de un día, pensé, o estaría verdaderamente famélico. Eso significaba que intuían que nos dirigíamos hacia Luxor y trataron de esconder a Ambrose. ¿Nos habí an seguido? ¿Y por qué trasladarlo tan cerca de su base de operaciones?
Gruñí. Me dolía la cabeza con tantas preguntas. Algo no encajaba, pero no conseguía dar con ello. La cercanía de Ambrose y, sobre todo, de Alec, tampoco ayudaba a pensar con claridad.
—Vámonos, Ambrose —dije tirando de él—. Hablaremos con más calma en Luxor.
Quiz á Alec había tenido razón después de todo y la orilla oeste de Luxor fuera el hogar de los muertos.
Al salir del hipogeo, sentí que liderábamos una comitiva fúnebre.
El silencio flotaba en el aire, denso y asfixiante.
Tan solo los gruñidos de Ambrose, al que le costaba avanzar por la arena del desierto, lo rompían de vez en cuando.
Me negué a mirar a otro sitio que no fueran mis zapatos o el r ío en la distancia.
Pensé en los faraones muertos que nos vigilaban desde sus tumbas.
Pensé en el agua del Nilo, que daba la vida y también la muerte.
Pensé en el trabajo de toda una vida y en los sueños rotos.
Pensé en cualquier cosa que me hiciera abstraerme de los dedos que se cerraban en torno a mis caderas y del silencio atronador de la traición.
El tiempo parecía haberse detenido, como si parte de mí se hubiera quedado en el Valle, y la mujer que caminaba junto a Ambrose fuera una desconocida.
Quizá si no hubiera estado tan ocupada recogiendo los fragmentos de mi corazón, habría visto a la figura embozada en negro que nos acechó durante todo el camino, y que, cuando nos vio alcanzar las primeras casas en la ribera del Nilo, se retiró con gesto satisfecho para perderse entre las montañas de los muertos.