Mil millas Nilo abajo Capítulo 24
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Capítulo 24

Alis t ai r

«Yo soy a la que llaman diosa entre las mujeres».

—Los colchones un poco duros, pero el servicio es inmejorable —sonreí , besándole el hombro desnudo—. Le doy cinco estrellas.

Farza soltó una carcajada.

—No quiero ni imaginarme cómo deben de ser los hoteles ingleses.

Podría perderme en esa sonrisa. Debía parecer un niño pequeño, embobado cada vez que la miraba, pero ahora comenzaba a comprender a todos aquellos empalagosos poetas que hablaban de la luz en el rostro de sus amadas.

Si había un sol en torno al que girara el universo, no me cabí a duda de que era ella.

Hablando del sol, observé los rayos que ahora se colaban por la abertura de la tumba.

La arena volvía a brillar y, lentamente, noté cómo la temperatura subía.

En cuestión de minutos estaría sudando como un desgraciado, no me cabía duda, aunque poco menos de una hora antes hubiéramos estado abrazados, tapá ndonos como podíamos con nuestras chaquetas, para refugiarnos del frío.

Me estremecí. No tenía especial interés en volver a pasar otra noche en el desierto.

Me incorporé despacio mientras Farza recogía su ropa y comenzaba el laborioso proceso de colocarse cada capa en su sitio.

Todavía no lograba creer lo que había pasado.

¿ Lo había soñado? ¿De verdad no había sido una fantasía calenturienta?

El tacto de su piel en mis dedos, de su cuerpo contra el mío moviéndose rítmicamente, aún me parec ía un sueño.

Me temblaban las manos de solo pensarlo y del ansia que me provocaba su ausencia: sin ella, sin su abrazo y su contacto, me faltaba algo.

Me volví hacia el corredor principal, tratando de concentrarme. Una tenue luz entraba por la puerta de la tumba. Los obreros volverían pronto. No había tiempo que perder.

Aun así, me costaba no mirar a Farza y querer hacerla mía una vez más.

—¿Todo bien? —me preguntó. Se estaba colocando la shayla de nuevo, recogiendo tras la tela varios mechones de pelo rebeldes.

El recuerdo de su melena negra azabache cayendo sobre su espalda la noche anterior volvió a mi mente con la fuerza de mil demonios y me masajeé el puente de la nariz para recuperar algo parecido a la cordura.

—Necesito un minuto. —Sonreí, confiando en no parecer demasiado patético—. No estoy ya para estos trotes.

Me devolvió una sonrisa lobuna.

—Pues anoche no lo parecías en absoluto…

Solté una risotada y me acerqué a besarla. No fue má s que un roce suave, pero me dio la fuerza que necesitaba para ponerme en pie y afrontar el día.

Salimos de la tumba lo más aseados y decentes que pudimos, que no era mucho, y tuve que protegerme los ojos de la luz del sol. Donde hacía horas tan solo habían deambulado sombras, una pátina dorada cubría los caminos. Parecía un lugar distinto, un mundo diferente.

—Amelia siempre me decía que Egipto no es uno —comentó Farza, apareciendo a mi espalda—, sino mil.

—Y tenía razón.

Elevé una plegaria silenciosa a los dioses moradores de aquel lugar, si es que tras tres milenios de olvido quedaba alguno, y a los reyes muertos por acogernos en su residencia eterna, y nos pusimos en marcha.

Suspiré ante la idea de caminar hasta Luxor. Tardaríamos varias horas, con la dificultad añadida del calor y de las dunas. Apreté los dientes y estiré las lumbares. Definitivamente, no ten ía edad para estos trotes. El camello del demonio ya no me parecía tan mala opción.

Pero en cuanto comenzamos a andar, y el meñique de Farza rozó el mío, el corazón me dio un vuelco y mi mano buscó la suya. Cuando nuestros dedos se entrelazaron, tuve la sensació n de que podría llegar de rodillas a Alejandría si la tenía a ella a mi lado.

—No me has contado de qué hablaban nuestros simpáticos perseguidores en la tumba de Ramsés —dije mientras bajábamos por el estrecho sendero del valle. Farza se volvió hacia mí, mirando hacia abajo de vez en cuando para no desnucarse con la grava.

—¿Eh?

—La sombra. El ifrit. Estaba hablando en árabe con los otros dos, ¿no?

—Ah, es verdad. —Se llevó una mano a la barbilla—. No los oí demasiado bien; iban embozados y sus voces se perdían, pero mencionaron a Ambrose.

El corazón me dio un vuelco. ¿Estaría aquí ? ¿Estaría vivo?

—Algo de impedir que les siguiéramos la pista y de tener cuidado con el escondite…

—¿Qué escondite? ¿El de la tumba?

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Hablaron del tesoro, o eso me pareció entender.

—¿Crees que lo han encontrado?

—No.

Su respuesta fue tajante. Me miró, nerviosa, como si se hubiera dado cuenta de lo cortante que había sonado.

—No, estoy bastante segura de que no lo han encontrado. No tendría sentido mantener a Ambrose cautivo si así fuera, ¿no crees?

—También es verdad…

La situación era un dolor de muelas. Caminábamos en cí rculos.

Por mucho que hubiéramos viajado Nilo arriba y Nilo abajo, no llegábamos a ninguna parte.

Quizá lo más sencillo sería hablar con las autoridades pertinentes de Luxor para que se encargaran del asunto.

Habíamos dado con la guarida de los bandidos, allí había pruebas de que estaban detrás de la desaparició n de Ambrose. ¿Qué más podíamos hacer?

Un rumor de voces llegó desde la lejanía y sentí un escalofrío.

¿Y si se trataba del ifrit y sus secuaces?

No tení amos dónde escondernos. Y si no eran ellos, ¿cómo explicaríamos nuestra presencia aquí?

Las palmas de las manos me sudaban y a duras penas logré mantener la compostura cuando, al cabo de un rato, nos encontramos con los obreros de Mariette que regresaban a la excavación.

Suspiré de alivio al cerciorarme de que no eran m ás que trabajadores.

Ninguna capa negra, ningún rostro embozado.

Era ridículamente temprano, pero mantenían el mismo buen humor y la charla dicharachera con la que se habían despedido la tarde anterior. Nos lanzaron una mirada curiosa, pero Farza los saludó con desparpajo.

— Salam alaikum —dijo, con una inclinación de cabeza.

— Salam, salam —respondieron unos cuantos; otros gritaron un tosco good morning dirigido a mí, y continuaron su camino, riendo y cuchicheando.

— Monsieur!

Corriendo tras el grupo, vimos que se acercaba un personaje espigado, con un diminuto bigote apenas sujeto al labio superior y un bombín que no podría haber estado más fuera de lugar. Farza y yo nos detuvimos en seco, un tanto confusos.

—Monsieur! —Se detuvo a tomar aire, doblándose sobre sí mismo. Tras un jadeo sostenido, nos mir ó con cara de pocos amigos—. ¿Vienen ustedes del Valle?

Hablaba inglés con un espesísimo acento galo, y solo a duras penas logré entenderle.

—Sí, bueno, estábamos…

—¡Es una zona de excavación francesa, monsieur! —Me señal ó con un dedo acusador—. Los ingleses no tienen licencia aquí. Dígale a Petrie que mande a sus espías a otra parte.

—Un respeto, caballero —respondió Farza en un perfecto francés. El hombre se quedó mirándola con la mandíbula desencajada—. No tenemos nada que ver con sir Flinders. Estábamos de visita, eso es todo.

— Bon, bon… —Se rascó el bigotillo, donde comenzaba a acumularse una cantidad preocupante de sudor—. Dommage, dommage. Por esta vez lo dejaré pasar, ¡pero que no se repita! Y usted, monsieur —yo ya empezaba a cansarme del dedo de marras—, haría bien en controlar a su esposa. ¡Hm!

Aquella ú ltima observación me dejó tan anonadado que no fui capaz de reaccionar antes de que se marchara con cajas destempladas.

Farza y yo nos miramos y soltamos una carcajada.

—Pobre hombre —murmuró la joven, secándose una lagrimilla del rabillo del ojo—. Debe de estar convencido de que Petrie viene a robarles la exclusiva.

—Por menos se han luchado guerras.

—Tampoco es que a los ingleses y a los franceses os falten excusas para lanzaros al cuello del otro, ¿eh, Alec?

— Touché, querida. — Le guiñé un ojo—. Touché.

Farza se tapó la boca con la mano mientras soltaba una risilla, divertida, y el corazón se me aceleró.

Dios mío, era encantadora. No me perdonaría perderme un solo segundo a su lado, un o solo de sus gestos, el más mínimo reflejo del sol sobre su cabello o la forma en la que los hoyuelos nacían en sus mejillas cuando sonreía.

Abrí y cerré los puños una, dos, tres veces. Necesitaba abrazarla tanto como respirar.

—Tu esposa —siguió ella, andando colina abajo.

Habí amos llegado al otro lado del farallón rocoso que escondía el valle, y la roca desnuda brillaba hasta deslumbrar.

Con la luz del amanecer, los tonos rojizos parecían casi dorados.

La piedra había sido tallada en terrazas, y al pie había restos semiexcavados, entradas oscuras y muros polvorientos.

Farza se volvió hacia mí—. ¿Te imaginas?

Con esa pregunta, mi autocontrol se fue al garete.

Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, la arrinconé contra la pared de la ruina má s cercana y bajé el rostro hacia ella.

—Sí —logré decir con voz ronca—. Me lo imagino perfectamente. —Y la besé.

La noche anterior la había besado tantas veces que uno podría haber pensado que ya conocería sus labios de memoria, pero cada beso con Farza era una experiencia nueva. Un mundo distinto. Jamás me cansaría de ellos. Imposible.

Enredé los dedos en su cabello, colándolos por debajo de la shayla, y la apreté contra mí. Farza rio, y su sonrisa contra mi boca me provocó una sacudida. Luego me besó ella a mí, con fuerza y hambre, y durante unos segundos el mundo dejó de importar.

—¿Así es como trataría usted a su esposa, se ñor Carmichael? —dijo Farza al fin, separándose de mí, no sin esfuerzo, y sonriendo con picardía—. ¿Seduciéndola contra una tumba en medio del desierto?

—Si fueras mi esposa, Farza —no pude contener el deseo en mi voz—, seducirte sería lo más caballeroso que haría.

Farza rio y la bes é de nuevo.

—Si fueras mi esposa —continué, jadeando—, tendrías todas las bibliotecas de Estados Unidos e Inglaterra a tu disposición. Todas las librerías que desearas, te las compraría. Si tú me lo pidieras, te bajaría la luna y pondrí a el mundo a tus pies.

Era una fantasía, pero era nuestra. Al menos aquel día era mía. Mi esposa. Podía besarla, reírme con ella, tomarla de la mano y hacerle cualquier promesa. Al menos, aquel día, podía soñar.

Pero cuanto m ás dulce el sueño, más amargo el despertar.

Un gruñido gutural rompió el silencio y Farza y yo nos apartamos del muro de un salto. Miramos a nuestro alrededor, pero estábamos solos.

—¿Qué ha sido eso? —me preguntó. Sacudí la cabeza.

—¿Hay animales salvajes por ah í?

—Eso no parecía un animal salvaje. —Se rascó la barbilla—. Creo que venía de dentro.

Observé la entrada al edificio en ruinas. Estaba oscura, aunque con los rayos del sol se podía vislumbrar un pasillo semiderruido tras ella.

—¿De dentro? —Enarqué una ceja—. ¿Qué puede haber ahí que produzca ese ruido?

—Es un hipogeo. Una tumba excavada en la roca —explicó ante mi expresión de confusión—. Muy comunes en épocas más tardías. Solía haber pozos donde se enterraba al muerto y al ajuar para evitar los robos. ¿Y si alguien se ha caí do dentro?

—¿Quién demonios querría entrar aquí? —pregunté, cuando otro gruñido resonó por toda la tumba.

Instintivamente, di un paso atrás, pero Farza no se amilanó y se adentró en el pasillo, retirando telarañas a su paso. ¿Por qué tenía esa manía de meterse alegremente en mausoleos carcomidos por el tiempo? ¿Es que no le habían enseñado nada en su casa?

—¡Farza, espera!

—¡Cuidado!

La joven me dio un empellón que me lanzó contra la pared, justo a tiempo de evitar un enorme agujero en el suelo. Jadeé hasta que recuperé el ritmo de mi respiración y me asomé. Había estado a punto de caer a un pozo, y bastante profundo.

—Jesucristo —murmuré en voz baja—. Casi me mato.

—Te acabo de decir que podí amos encontrarnos pozos de enterramiento.

—¡Pero no que estarían en la entrada!

Otro gruñido, esta vez más urgente y desesperado. El vello de la nuca se me erizó. No se trataba de un animal, de eso estaba seguro. Allí había una persona que además, a juzgar por la angustia de su voz, necesitaba ayuda.

—Joder —mascullé mientras Farza seguía adelante.

Tras el primer pozo, la altura del techo nos obligó a agacharnos y accedimos a una estancia oscura y agobiante. Los gemidos eran cada vez más frecuentes.

—¡Aguanta! —dije al aire, aunque no sabía si la persona que se encontraba allí me entendería—. ¡Casi estamos!

Seguí a Farza a tientas hasta llegar a un segundo pozo, y casi me choqué con ella. Se había detenido en seco al llegar al borde y tení a los ojos fijos en el fondo. Los gruñidos eran ahora casi un grito desesperado. La observé. Le temblaba el labio y seguí la dirección de su mirada.

El suelo se abrió bajo mis pies y una parte de mí murió en ese mismo instante.

—¿Ambrose?