Mil millas Nilo abajo Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Ahogué un gemido cuando comenzó a acariciarme por encima de la ropa interior y me apreté contra él, en busca de más. Pero esta vez no sería como en el ferri, me prometí a mí misma. Quizás Alec tenía más experiencia que yo, pero no pensaba limitarme a recibir.

Esta vez, quería tomar las riendas.

Alargu é una mano hasta su entrepierna y él gruñó de nuevo. Estaba duro como una piedra , tenso por el deseo. Me humedecí de nuevo.

—Farza —musitó, con un hilo de voz—. No tienes que…

—Pero quiero —repliqué—. Yo también quiero oírte gemir y hacerte disfrutar. ¿Puedo?

Asintió , casi imperceptiblemente, y tiré de la camisa de la túnica para quitársela. La luz de la antorcha titiló y las llamas me revelaron su torso definido, cubierto de un vello rubio, que se perdía en la cintura de los pantalones. Un ansia frenética se apoderó de mí .

Estaba hipnotizada. Le acaricié el pecho con la yema de los dedos y Alec se quedó muy quieto. Tenía la piel de gallina y los músculos en tensión. Inspiré y bajé la mano hacia su cintura, aprendiéndome de memoria ese recorrido que solo me había atrevido a imaginar en sue ños.

—¿Te gusta lo que ves? —me susurró al fin, tomándome de la barbilla y obligándome a mirarlo.

—Mucho —respondí, y lo besé.

—¿Aunque no sea el cuerpo de un joven de tu edad?

—Eres perfecto, Alec —le susurré al oído, y colé la mano por debajo de sus pantalones.

Esta vez fue su turno de arquear las caderas y de jadear contra mi cuello. La adrenalina y la excitaci ón me circulaban por las venas a una velocidad de vértigo y tragué saliva cuando lo encontré, duro, cálido y palpitante, y comencé a acariciarlo.

—Dios, Farza… —Tenía la voz rasposa y entrecortada—. Joder, joder…

—Dime lo que te gusta. —Mi determinación me sorprendió— . Dime lo que quieres que te haga.

Alec se inclinó sobre mí, rozándome los labios mientras gemía, y ahogué un grito de sorpresa cuando deslizó un dedo en mi interior.

Lo besé, mordiéndole los labios, mientras lo acariciaba, aumentando la velocidad, y Alec se apretó contra mi pecho desnudo, con una mano encarg ándose de mi interior mientras me lamía los pezones.

Por un momento, los jadeos y las frases inconexas llenaron el espacio de aquella tumba abandonada mientras nos explorábamos piel contra piel, boca contra boca; ni siquiera sentíamos el frío del desierto.

Alec introdujo otro dedo más en mi interior, y luego otro, y gemí su nombre.

En mi mano lo notaba cada vez más enhiesto y algo caliente comenzó a empaparme la palma, pero no querí a soltarlo, no quería dejar de darle este placer que lo hacía restregarse contra mí, perder los papeles y jadear mi nombre.

Esta versión de él, desatada, hambrienta y erótica, era lo más maravilloso que había visto nunca.

—Farza. —Me llenó el cuello de besos y bajó por mi pecho hasta el pezón izquierdo, mordisqueándolo suavemente, sin dejar de empujar su erección contra mí. Cada vez que la tela de sus pantalones me rozaba, creía que perdería la cabeza—. Farza, no puedo, me voy a…

Me sobraba tela. Me sobraba el espacio entre nosotros.

Una repentina claridad invadió mi mente.

Esta era quizá una de las pocas decisiones que podrí a tomar en mi vida: cuando y a quién entregarme por primera vez, y quería que fuera Alec.

Tenía que ser él. Lo deseaba, por poco apropiado e imposible que fuera. Lo deseaba y era mi elección.

Lo atraje hacia mí, lo besé y, con una fuerza que no sabí a que tenía, lo empujé al suelo, cambiando nuestras posiciones. Alec me miró boquiabierto, con un gesto de confusión mezclado con deseo sin atemperar, y antes de que pudiera protestar, me deshice del resto de la ropa que lo cubría.

Di gracias al cielo por la oscuridad de la tumba que ocultó mis mejillas encendidas. Jamás había visto a un hombre desnudo.

—Dime lo que quieres que te haga —le repet í, quitándome lentamente los pantalones de mi traje y lanzándolos a un lado. Alec ahogó un gemido cuando me incliné y le mordí el pecho. Arqueó las caderas, pegándose a mí, y me coloqué a horcajadas sobre él.

—¿Qué quiero? —Me agarró de los glúteos y me pegó a su erección; gemí al notar lo duro que estaba, el contraste con la humedad que me invadía a mí y lo bien que se acoplaban nuestros cuerpos—.

Joder, Farza, quiero hundirme dentro de ti.

Quiero llenarte entera y sentirte y que te corras mientras estoy en tu interior.

Quiero confundir d ónde acabo yo y dónde empiezas tú.

El corazón se me aceleró y comencé a moverme, a deslizarme arriba y abajo, y cada roce de su piel contra mi clítoris me hacía ver estrellas.

—Yo también quiero, Alec —logré decir mientras entrelazaba sus dedos con los m íos—. Yo también te quiero dentro de mí.

—Dios —gruñó contra mi boca, y coloqué la punta de su erección en mi entrada. Estaba tan húmeda que, de un solo golpe, podría hundirse en mí, y la primera caricia contra mi clí toris me arrancó un gemido. Alec temblaba de excitación—. ¿Estás segura?

—Nunca he estado más segura de nada —respondí, y empujé hacia abajo.

De pronto, una extraña presió n me llenó; dolía más de lo que había creído y no pude evitar sisear. Alec frunció el ceño y se retiró.

—¿Estás bien? ¿Te duele?

—No. —Sacudí la cabeza. Dolía, sí, pero no quería parar. Quería hacerlo—. Estoy bien.

—No quiero hacerte daño.

Tomó mi rostro entre las manos y me bes ó con una dulzura que yo sabía que le estaba costando todo su autocontrol. El corazón se me encogió y apoyé la frente contra la suya.

—No lo harás.

La siguiente embestida fue más cuidadosa y, aunque todavía me dolía, lo acogí mejor.

Comencé a acostumbrarme, a sentir la adrenalina.

La respiración de Alec era entrecortada y rápida, y cuando en la tercera embestida se hundió en mi interior hasta el fondo, soltó un gemido de placer y se incorporó, agarrándome de la espalda y acunándome en su regazo.

—Dios, Farza… —jadeó— . Si sigo así… me voy a correr… muy rápido…

—Alec… —Busqué su rostro a tientas y lo besé—. Mi Alec…

No supe si fue el beso, las caricias o mis palabras, pero de repente el poco autocontrol que le quedaba se hizo añicos y su boca se estrelló contra la mía.

Me besó con fruició n mientras comenzaba a mover las caderas de nuevo, un poco más rápido.

Entraba y salía de mí, deslizándose de tal manera que cada vez que su erección rozaba mi clítoris, oleadas de placer me sacudían de pies a cabeza.

Gemimos y jadeamos los dos a la vez. Nuestras respiraciones se entremezclaban, nos besá bamos, nos mordíamos.

Me agarré a su espalda, hundí las uñas en ella para sentirme una con él como si ya nada nos pudiera separar.

Lo agarré de las nalgas, empujándolo hacia mi interior, y Alec aulló algo que no fui capaz de entender.

Me embistió una última vez y el orgasmo explotó.

Los espasmos nos recorrieron a la vez y Alec me mordió el cuello antes de correrse él también.

Me estremecí; me sentía ligera, ingrávida.

Jadeamos, tratando de recuperar la respiración, apoyados el uno en el otro. Abrazados. Desnudos.

Jamá s había sentido nada así. Y no se trataba solo del sexo y del placer, que todavía me aceleraba el pulso.

Era la intimidad, la cercanía; no hacía falta hablar.

Alec me acarició la espalda con dedos temblorosos y me dejé envolver por sus brazos.

Cuando pasó un rato, cinco minutos o media hora, Alec alarg ó el brazo para recoger nuestra ropa y componer un improvisado colchón.

Me dejé hacer. Aunque quisiera, dudaba de si sería capaz de tenerme en pie.

Nos tumbamos y Alec nos cubrió con su túnica. Me abracé a él; estaba sudoroso y caliente. Había algo en el contacto de piel con piel, en el hecho de estar los dos desnudos, sin nada má s que esconder, que me hacía sentirme más protegida de lo que había estado nunca.

—¿Crees que, si descubren lo que hemos hecho aquí, nos vedarán el paso al Valle? —me preguntó Alec al fin, acunándome entre sus brazos mientras me besaba la coronilla. Ahogué una risa.

—Si Mariette se entera de esto, no solo nos vedará n la entrada al Valle, sino a Egipto entero.

—Ah, bueno. Me parece un riesgo más que razonable.

—Yo preferiría que no me cerraran las puertas del lugar donde quiero trabajar, señor Carmichael —repuse, incorporándome sobre un codo—. Ni siquiera a cambio de una sesión de sexo.

Alec arqueó las cejas.

—¿Y a cambio una de muy buen sexo?

—Tentador —sonreí, y me incliné sobre él para besarlo—. Pero si conseguimos volver a Luxor, negaré que esto haya pasado.

Hizo un gesto teatral de dolor.

—¿Ves? —replicó—. Ahí es donde diferimos. Si conseguimos volver a Luxor y yo dejo de oler a camello, tengo la firme intención de alquilar la mejor habitación del hotel más caro de la ciudad.

—¿Ah, sí? —Me apoyé sobre su pecho, curiosa, y Alec sonrió.

—Te llevaré a cenar, a bailar y luego me pasaré la noche haciéndote el amor sobre la cama más mullida que hayas probado jamás, como Dios manda.

Esta vez no logré contener la risa, pero no supe decir si era por sus palabras o por el cúmulo de felicidad y excitació n que bullía en mi pecho.

—Te agradezco el detalle, Alec, pero te aseguro que no cambiaría esta noche por nada del mundo.

Cuando al final nos dormimos, abrazados y sudorosos, pero con una sonrisa en los labios, me di cuenta de que ya no temía al amanecer. Sería el despertar más dulce que había tenido nunca.