Mil millas Nilo abajo Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Alec hizo una mueca y se cubrió el rostro con las manos.

Hasta que los sollozos comenzaron a sacudir sus hombros no me di cuenta de lo que estaba ocurriendo, y lo abracé.

Él estuvo ahí cuando no fui capaz de lidiar con Petrie, y esta era mi oportunidad para devolverle el favor.

Hundió la cara en la curva de mi cuello y permanecimos así, en un silencio roto por sus lá grimas y por el ulular del viento, hasta que logró calmarse.

—Farza, yo… —trató de decir, pero un escalofrío lo interrumpió. Los dientes le castañeteaban.

Yo también estaba congelada y ni siquiera lo había notado. Sin el calor del sol, la temperatura había caído en picado.

—Tenemos que resguardarnos —dije, buscando cobijo a nuestro alrededor con muy poco é xito. No había más que desierto y tumbas abiertas.

—¿Volvemos a Luxor? —sugirió él mientras se enjugaba los ojos. Sacudí la cabeza.

—Demasiado lejos. Nos moriríamos de frío por el camino. Será mejor que nos refugiemos aquí mismo. Pero en otra tumba. No queremos que nos sorprenda el grupo del ifrit mientras dormimos.

—¿Aqu í? —Alec puso los brazos en jarras—. ¿En el desierto?

—¿Tienes alguna opción mejor?

—¿Tú sabes lo que este clima tan seco le hace a mi pelo?

—Créeme, Alistair Carmichael —respondí con una sonrisa que me nació del fondo del corazón—, que verte reci én levantado y con el pelo cardado es lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Eres una desgraciada —me replicó, pero sus dedos permanecieron firmemente entrelazados con los míos.

No se quejó cuando deshice el camino y lo conduje a otra tumba.

Sabía, por lo que había leído, que cerca de la entrada había una de proporciones modestas que había sido usada como capilla en la é poca copta, por lo que allí estaríamos algo más cómodos y no correríamos peligro de perdernos en sus laberínticos pasillos.

Al contrario que la fastuosa exuberancia de las pinturas de Ramsés, aquella tumba era humilde, incluso pobre.

Si las paredes habían tenido frescos alguna vez, hacía mucho que los hab ían perdido.

Descendimos un breve tramo de escaleras hasta el corredor principal, pero no me molesté en recorrerlo entero.

En cuanto encontré la abertura de la primera sala lateral, le indiqué a Alec que nos refugiáramos allí.

El viento helado del desierto no llegaría con tanta fuerza y tendríamos al menos alguna posibilidad de no morir de frío.

—Los alojamientos a los que me arrastras se van superando —murmur ó Alec, frotándose los brazos. La túnica que le habían dado en el barco ya estaba manchada de polvo y no lo aislaría demasiado de las bajas temperaturas—. No quiero ni imaginarme el siguiente.

—No me pongas a prueba —sonreí, pero los dientes comenzaron a castañetearme. Por Alá, si hacía unas horas est ábamos tostándonos a fuego lento, ¿de dónde había salido este maldito frío?

Me senté contra una de las esquinas de la sala tras tantear el suelo para asegurarme de que no hubiera piedras afiladas o trozos de madera puntiagudos.

Aunque llevaba varias capas de ropa, los tejidos eran ligeros y estaba congelada.

Apoyé la antorcha sobre un canto rodado y me abracé las rodillas intentando retener el mayor calor corporal posible.

No funcion ó. Mis dientes entrechocaban cada vez con más fuerza y comenzaba a notar un dolor punzante en la nariz y las orejas.

Sería bastante patético morir congelada ahí, después de todo por lo que había pasado.

Seguro que Amelia había soportado noches al raso con mucho más éxito que yo.

¿Qué me diría si me viera ahora? ¿Qué haría Amelia… ?

Para cuando me quise dar cuenta, Alec se había sentado a mi lado.

Me rodeó con el brazo y me quedé paralizada durante unos segundos.

No lo vi venir, y aunque mi instinto me sugirió apartarlo, mi mano permaneció agarrada a su antebrazo.

Respiraba pausadamente, aunque noté que el corazón le latía más rápido de lo normal.

No me miraba; su rostro estaba envuelto en sombras, y los reflejos dorados de la antorcha danzaban sobre su mandíbula cubierta de barba.

Apoyé la cabeza en su hombro y me recosté. Podía abarcarme con un solo brazo, y eso me reconfortaba. Me sentía protegida, y desprendía un calor al que podría acostumbrarme.

—Eres como un oso —murmuré entrecerrando los ojos.

—Haces unos cumplidos rarísimos —replicó , pero pude notar la sonrisa en su voz.

—Me alegro de que estés aquí. —Alec se quedó quieto. Dejé que el silencio se asentara antes de volver a hablar. Fuera no se oía un alma—. A pesar de todo, me alegro de que estés aquí.

—No querría estar en ningún otro sitio.

Dej é que el significado de sus palabras me invadiera. ¿Cuánta gente me había dicho algo así? ¿Cuántos me habrían elegido por encima de cualquier otra cosa? ¿Y cuánto tiempo m ás duraría esta farsa antes de tener que volver al mundo real?

Me apreté contra su pecho e inspiré. Si alguien me hubiera dicho un mes atrás que acabaría perdidamente enamorada de un británico, me habría reído, pero aqu í estaba.

Deseando vivir para siempre en esta fantasía.

Cada noche que pasábamos juntos podía ser la última, y me aterraba pensar lo que ocurriría cuando los primeros rayos de sol asomaran por el horizonte.

—Farza. —Alcé la vista hacia él. Tenía la voz ronca—. ¿ Puedo besarte?

Sonreí.

—Pensé que nunca me lo pedirías.

Qué más daba el mundo real. Qué más daba el qué dirá n. Cuando Alec me besaba, yo no era una iraní, una inmigrante, una egiptóloga frustrada, una hija decepcionante. Era yo, ni más ni menos, y él tomaba todo lo que le ofrecía.

Nuestros labios se buscaron, al principio tímidos, tentativos, y luego con hambre.

Me aferré a él, sujetándolo de la nuca y lo acerqué más a mí.

Cualquier distancia era demasiada; lo quería junto a mí, conmigo, dentro de mí.

Alec supo leer mi necesidad y gruñó mientras sus dedos se clavaban en mis caderas y subían por mi cintura, mientras se colaban dentro de la tela y acariciaban una piel que estaba a punto de estallar.

Gemí de placer en cuanto me roz ó la curva de los pechos; un sonido que yo había descubierto hacía apenas un día, y él gruñó de nuevo al morderme los labios.

Acabamos en el suelo de la cámara; un lío de brazos y piernas, de hambre y necesidad.

Me fascinaba que, aunque todos y cada uno de sus m úsculos estaban tensos de anticipación, me tratara con suma delicadeza, como si temiera romperme.

—Farza —jadeó, rompiendo el beso. Tenía los ojos nublados por el deseo y el flequillo totalmente despeinado sobre la frente, pero aun así trataba de controlarse—. ¿Estás segura de esto? ¿Es lo que quieres?

—Sí —asent í. Nunca había estado tan segura de nada—. Sí, quiero.

Alec atrapó mis labios con un gruñido gutural y se sentó a horcajadas sobre mí, agarrándome de la nuca con firmeza. Me dejé llevar, con el corazón lati éndome desbocado en la garganta. Que Alá me compadeciera, lo quería tanto que iba a explotar.

Así, sobre mí, recortado contra la luz danzante de la antorcha, Alec parecía más grande de lo normal.

Su boca bajó por mi cuello, depositando besos allá donde pasaba, en un recordatorio de lo que habíamos comenzado en el ferri, pero esta vez no se detuvo donde comenzaba mi ropa.

Lentamente, sus dedos trazaron el contorno de mis pechos y de mis pezones, que estaban duros como piedras y no solo por el fr ío del desierto.

Gemí y arqueé la espalda, y Alec aprovechó para besarme de nuevo, mordiéndome los labios.

Sus dedos alcanzaron la base de mi camisa.

—¿Puedo?

Tragué saliva. Nadie me había visto desnuda antes, ni siquiera Ambrose, y me aterrorizaba la idea de decepcionarlo, pero al mismo tiempo no podía esperar.

La excitación me quemaba las entrañas y, adem ás, confiaba en él.

Asentí, temblorosa, y me quitó la camisa con un solo movimiento.

Se quedó en silencio durante unos instantes, admirándome desde la altura.

De pronto fui terriblemente consciente del frío del Valle, de mi desnudez y de mis imperfecciones, y deseé que me tragara la tierra.

Me eché a un lado, tratando de taparme el rostro para esconder la vergüenza que me teñía las mejillas, pero Alec me detuvo.

—No —susurró—. Déjame verte. Dios, Farza. Eres preciosa.

—¿De verdad? —La voz me tembló—. Te… ¿Te gusto?

Alec soltó algo a medio camino entre una carcajada ahogada y un jadeo animal.

—¿Gustarme? No, Farza, es mucho más que eso: me vuelves loco, te adueñas de mis sentidos y mi razón; ocupas todos y cada uno de mis pensamientos, y ya da igual si es Egipto, Londres o Chicago, porque sé que no habrá distancia capaz de conseguir que deje de desearte.

—Me acarició la mejilla con el pulgar, deteniéndose durante un breve instante en mis labios.

Me costaba respirar—. Ya no sé vivir sin ti y tampoco sé cómo vivir contigo, porque no te merezco, pero lo único que quiero es gritarle al mundo que eres mí a, y ahora que te tengo así…

—Gruñó, un ruido gutural que salía del fondo de su garganta—. No sé si podré controlarme.

—No lo hagas —susurré, tomándolo de las mejillas para acercarlo a mí. Sus manos bajaron hasta mi pechos desnudos y comenzaron a acariciarme los pezones, a un ritmo lento y suave. Toda la piel se me erizó—. No te controles.

Por toda respuesta, Alec me puso un dedo en los labios, acallándome, y me besó.

—Me tengo que controlar, Farza, mi Farza… porque quiero tomarme mi tiempo contigo. Quiero que esto dure y que acabes la noche gritando mi nombre.

—Me gusta cómo suena eso —fue lo último que acerté a decir antes de que Alec colara la mano por mis pantalones y encontrara el punto entre mis piernas en el que había acabado la última noche del ferri.