Mil millas Nilo abajo Capítulo 23
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Capítulo 23

Farzaneh

«Yo establecí que es justo que se tenga por hermosa la verdad».

La primera vez que vi uno de mis artículos publicado en el Journal of Egyptian Archaeology, gestionado por la sociedad que había fundado Amelia, fue un momento tan dulce como amargo.

Sostuve la revista con los ojos abiertos de par en par.

¿Cómo era posible? ¿Acaso no lo habían rechazado hacía meses aduciendo falta de rigor científico?

¿Habían recapacitado? ¿Y por qu é no me habían avisado?

Entonces vi el nombre que encabezaba el texto y sentí ganas de vomitar.

Fui corriendo a buscar a Ambrose, encendida de furia y rabia. Quería explicaciones, quería disculpas. Quería venganza.

—Sí, ¿y?

Me quedé muda. Esa fue toda la respuesta que Ambrose me ofreció cuando le eché en cara que había robado mi trabajo. No lo negó ni se excusó. Se limitó a sorber su té con suma tranquilidad en su repulsiva salita de estar británica.

—Pero… —balbuceé , incapaz de creer lo que estaba pasando. Fue como si me hubieran tirado encima un cubo de agua fría—. Tú no has escrito nada de esto, Ambrose, hace un mes ni siquiera sabías quién era Cambises. No sabes de lo que hablas. ¡Es mi trabajo!

Me miró alzando una ceja. Apreté los dientes. Tenía una forma de observar a los demás que destilaba petulancia, y no soportaba que me tratara como a una niñ a pequeña.

—Insisto: ¿y? Farzaneh, querida —depositó la tacita sobre su plato con un tintineo—, ¡deberías estar agradecida! ¿Quién iba a leer tus artí culos sino?

«Deberías estar agradecida». Me lo repitió cuando salió el segundo artículo. El tercero. También cuando le asignaron un despacho en el University College y cuando mis padres me informaron de que habían aceptado su petici ón de matrimonio en mi nombre.

Ambrose me había robado mi vida y mi nombre, y ahora estaba a punto de robarme a la única persona que me había respetado.

—¿Qué es esto, Farzaneh? —repitió Alec, sacudiendo la cuartilla que llevaba mi firma.

Hice una mueca y di un paso atrás. Que no se dirigiera a mí como Farza, sino por mi nombre completo, fue un bofetó n. Había desesperación y decepción en su voz, y no pude soportarlo.

—Son mis notas —dije, mirándolo a los ojos. Al menos no perdería la dignidad—. Mi investigación.

—Son los artículos de Ambrose —insistió él, pero yo sacudí la cabeza.

—Ambrose jam ás ha escrito una palabra. Es mi trabajo.

Alec negó. Le temblaban las manos. Trastabilló, pero antes de que pudiera ayudarlo recuperó el equilibrio y comenzó a coger papeles de la mesa casi con ferocidad.

Había confiado en que estuvieran guardados en el baúl, que identifiqué rápidamente como el de mi prometido, pero la suerte no estaba de mi lado. Cerr é los ojos y me mordí el labio.

—¿Todo esto es tuyo? ¿Estas notas, estos borradores?

Farzaneh, son años de trabajo. No seré un experto, pero he intentado seguir la carrera de Ambrose y colecciono sus artículos, ¿sabes?

Al menos, reconozco los títulos y estos papeles tienen exactamente los mismos pero con tu firma.

Explícame qué está ocurriendo aquí, por el amor de Dios.

—¿De verdad creías que Ambrose era un egiptólogo de éxito?

—espeté, con más frialdad de la que me hubiera gustado, pero no podía contener el rencor.

Ahogu é una risa amarga—. Ni siquiera es capaz de leer un solo jeroglífico.

El mayor esfuerzo académico que ha hecho en su vida es borrar mi nombre de mis artículos y poner el suyo.

¿Quién iba a cuestionar la palabra de un hombre blanco de clase alta?

Ambrose solo se acercó a mí por interés.

Por mi dinero y por mi investigació n. En cuanto le echó un ojo a mi trabajo, supo que era la vía más fácil para llevar una vida acomodada en la universidad.

¿Para qué molestarte en hacer el trabajo cuando puedes robárselo a alguien que jamás podrá protestar?

—Pero… —balbuce ó Alec—. Te pidió matrimonio…

—Porque le gusta que las cosas sean solo suyas, ¿o es que no conoces a tu hijo?

Jamás me ha querido, ni siquiera creo que sepa.

Todo lo valora en función de si obtendrá o no beneficios.

¿Sabes qué me dijo en nuestra primera cita?

—Se me revolví a el estómago al recordarlo.

Me abracé y me apoyé contra una de las pilastras de la tumba.

De pronto, el aire de la sepultura se me antojaba helado—.

«Para ser una morenita, no estás del todo mal».

Jamás me ha mirado como a un igual. Soy una herramienta, y además una muy c ómoda de usar.

Aquella noche se empeñó en acompañarme a casa, pero antes de que pudiera entrar…

—Me estremecí. Los ojos de Alec estaban fijos en mí y el labio inferior le temblaba—.

Me acorraló contra la escalera de la entrada y me besó.

Me agarró con fuerza para que no pudiera moverme, e hizo lo que quiso conmigo.

Me manoseó. Me metió la lengua en la boca.

Se rio cuando le ped í que parara, y antes de despedirse, me guiñó un ojo.

Aquella noche me pasé una hora en el baño, pero aun así, no logré que la sensación de sus manos por todo mi cuerpo desapareciera.

—Tus padres… ¿tus padres lo saben?

Ah, mi querido e ingenuo Alec.

—Mi madre me habría llamado puta y mi padre estúpida. Los conozco lo bastante bien como para saber cuándo callarme.

Alec se dejó caer sobre uno de los taburetes.

Los papeles crujieron al caer sobre el suelo, y él enterró el rostro entre las manos.

Durante un buen rato, ninguno dijimos palabra alguna.

Levanté la vista hacia el cielo estrellado que Ramsés había elegido como paisaje para el resto de su existencia ultraterrena, tratando de encontrar algo que me diera fuerzas.

—¿Por qué has venido a buscarlo? —preguntó al fin con voz descompuesta. Hice un mohín.

—La versi ón oficial ya la conoces: Mi prometido había sido secuestrado y mi familia no podía quedarse de brazos cruzados.

La verdad… —suspiré— es que Ambrose se trajo a Egipto todos mis cuadernos.

Toda mi investigación. El trabajo de una vida.

Estaba empeñado en publicar algo sobre el ejército perdido de Cambises y su tesoro, y cuando le surgió la oportunidad de excavar aquí, de meter las manos de lleno en las antig üedades egipcias, le faltó tiempo para aceptar.

Imagino que todo se torció cuando se encontró con gente que quería hacerse con el tesoro para lucrarse.

Una buena dosis de su propia medicina . —Sonreí con amargura—.

No podía dejar que mi trabajo se perdiera así.

Tenía que recuperarlo. Y, mira por dó nde, lo he conseguido.

Observé las cuartillas desparramadas por la cámara sepulcral.

Años con la nariz metida entre libros, descifrando inscripciones, comparando fuentes, para que cuatro aficionados imaginasen que encontrarían en ellas un mapa del tesoro.

Tampoco esperaba otra cosa de Ambrose ni de sus captores.

Hacía tiempo que había comprendido dónde estaba el tesoro del ejército perdido de Cambises, pero ninguno de aquellos asnos sería capaz de apreciarlo.

—¿La vida de Ambrose durante estos últimos años ha sido una mentira?

—Lo siento —fue lo único que logré decir. Alec se tensó, alzó la vista hacia mí una ú ltima vez y salió de la cámara.

Me quedé paralizada. ¿Debía ir tras él? Le acababa de decir a la cara que su hijo era un mentiroso y un ladrón, ¿por qué querrí a hablar conmigo?

La idea de separarme de él, de perder la amistad que teníamos, la forma en que me miraba o en que me había tocado, hacía tan solo una noche, se me clavaba en el pecho y amenazaba con herirme de muerte.

No, no podía dejarlo ir.

Tras guardarme a toda prisa varios fajos de documentos en la chaqueta, tomé una de las antorchas y corrí pasillo arriba tras el hombre al que amaba.

—¡Alec! —grité, sin pararme a pensar que el ifrit y sus hombres podrí an estar muy cerca—. ¡Alec, por favor, para!

Alargué la mano para agarrarlo de la camisa, pero se zafó de mí con un movimiento violento.

—¡No me toques!

Retrocedí como si me hubiera abofeteado y él también se detuvo, jadeando. Me costaba ver su expresión en la oscuridad del valle, pero vi que temblaba. Apreté con m ás fuerza la antorcha.

—Lo siento, no quería…

—¡Deja de disculparte! —Se volvió hacia mí.

Tenía los ojos desorbitados y el cabello desmelenado—.

Por el amor de Dios, deja de decir que lo sientes.

Soy yo el que lo siente, Farza, y lo siento tantísimo…

—Soltó un grito de impotencia y dio una patada a una piedra.

Una polvareda blanca se elevó sobre nuestras cabezas, iluminada por la luna—.

Sabía que Ambrose era una persona conflictiva, pero esto…

Que te tratara as í… Dios santo. Mi propio hijo.

¿Cómo has sido capaz de mirarme a la cara?

¿De hablar conmigo con normalidad como si mi propia sangre no te hubiera hecho la vida imposible?

¿Cómo voy a mirarte yo a ti a los ojos ahora?

Y ayer en el barco… Señor… Te besé, te abracé, te… Dios… No soy mejor que él, soy…

—¡ Basta! —grité tomándole de las manos—. No te compares con él. Ni se te ocurra compararte con él, Alec.

Se resistió, forcejeó durante unos segundos, pero entonces sus ojos se encontraron con los míos y vi en ellos una esperanza tan descarnada que me partió el corazó n.

—Solo tú me ves . —Me costaba retener las lágrimas—. El único que me habla, que quiere conocerme, que me respeta. Cuando perdí a Amelia pensé que jamás podría volver a confiar en otra persona, pero entonces te conocí y ahora te…

No pude seguir. ¿Qué derecho tenía a decirle que lo amaba? ¿Que me había enamorado de él? ¿Cómo podía hacerle eso a un hombre que ten ía una vida hecha y que no necesitaba a una ingenua joven que bebía los vientos por él?

—No quiero perderte. Por favor.