Capítulo 22 #3
Su tono no dejaba lugar a discusiones, y una vez logramos ahuyentar al animal, nos escondimos tras una piedra rodeada de helechos.
Apenas esperamos un par de minutos antes de que una dicharachera algarabía llegara hasta nuestros oídos, y un nutrido grupo de obreros pasara a nuestro lado, en dirección a Luxor.
Iban cubiertos de pies a cabeza, dejando tan solo sus rostros al descubierto, y a pesar del sudor y del polvo que manchaba su piel, me sorprendió verlos sonreír de oreja a oreja.
No ten ía la más remota idea de qué decían, pero parecían contentos.
—Perfecto —murmuró Farza cuando estuvieron lo bastante lejos—. Tendremos el valle para nosotros. Así podremos investigar sin que los excavadores nos interrumpan.
—Te veo muy entusiasmada ante la idea de pasar la noche en un sitio repleto de muertos.
—No son los muertos los que me preocupan.
Tenía razón y, aun así , no pude evitar que se me pusieran los pelos de punta al avanzar por el camino de arena.
La senda era sinuosa, y a medida que caía la tarde, se hacía más complicado ver por dónde íbamos.
El sol comenzó a esconderse tras el majestuoso pico que coronaba el valle y la luz anaranjada se volvió rosada y luego casi azul.
Me pregunté si los antiguos egipcios se habrí an sentido tan fascinados como yo ante aquel juego de colores.
Excavadas en las laderas, a ambos lados de la vereda, había entradas sostenidas por jambas de piedra que llevaban tres milenios aguantando el empuje del desierto.
Me atreví a asomarme a una, pero estaba negro como la boca del lobo.
Daba a un pasillo, al menos eso estaba claro, pero era imposible distinguir el final.
Allá donde alcanzaba la vista se abrían tumbas. Bocas en la montaña, fauces abiertas al desierto que guardaban el descanso eterno de los antiguos soberanos de Egipto. Farza tenía razón. Est ábamos en la tierra de los muertos.
—¿Y ahora qué? —murmuré. Levantar la voz en aquel lugar me parecía inapropiado—. ¿Por dónde empezamos?
—No estoy segura —admitió—. Petrie nos dijo que Ambrose se encontraría aquí con su contacto. Quiz á si localizamos el cuartel de operaciones del capataz…
El vello de la nuca se me erizó.
El sonido amortiguado de unos pasos repiqueteó a nuestra espalda.
Apenas tuve tiempo de empujar a Farza a la tumba más cercana antes de que la sombra apareciera en el valle.
Contuvimos la respiración en medio de la oscuridad. El corazón me latía con tal fuerza que pensé que se me saldría por la boca, pero entonces Farza me apretó la mano y comprend í que ella estaba todavía más asustada que yo. Tragué saliva.
Se tomó su tiempo, pero cuando por fin lo vimos pasar por delante de nuestro escondrijo, una gota de sudor frío me recorrió la espalda.
Era todavía más grande de lo que lo recordaba en Mit Rahina.
La túnica negra con la que se cubr ía le oscurecía el rostro y se agitaba suavemente con la brisa que el anochecer había traído consigo.
La grava crujió bajo sus sandalias y la figura se detuvo.
Me mordí la lengua y abracé a Farza. No podía vernos. No había luz en aquel tú nel y el sol se había puesto. Ni siquiera miraba en nuestra dirección. Y, sin embargo, mi instinto me decía que no le habíamos pasado desapercibidos.
Si no fuera porque casi me partió la mandíbula en el museo, habría creído que se trataba de un verdadero demonio de sombra y muerte.
Tras una pausa interminable, la figura se puso de nuevo en marcha y solo entonces nos permitimos respirar de nuevo.
Los pulmones me quemaban, pero Farza no me dio tiempo a recuperarme de la impresión.
—¡ Deprisa! —siseó entre dientes, tirando de mí. Las manos todavía le temblaban, muchacha impulsiva—. ¡Tenemos que ir tras él!
—¿Estás loca? —repliqu é, todo lo alto que me atreví—. ¿Quieres que nos mate?
—¡Es nuestra única oportunidad de saber qué trama! —Se volvió hacia mí—. ¿O es que no quieres encontrar a tu hijo?
La pregunta me golpeó con una fuerza inusitada y no logré responder inmediatamente. Quería encontrar a Ambrose, por supuesto que sí, ¿para qué había ido hasta allí sino?
Entonces ¿por qué sentía este abismo abriéndose bajo mis pies?
—Claro que sí —mascullé—. Pero no quiero arriesgarme a que me corten el cuello por actuar sin pensar.
—Yo no tengo tantos remilgos —respondió, y echó a andar tras la sombra.
—¡Farza!
La seguí a toda prisa, mirando por encima del hombro cada pocos segundos. Esperaba encontrarme con un grupo de encapuchados abalanzándose sobre nosotros en cualquier momento y el miedo me ascendía por la garganta con su sabor acre.
Farza se internó por la entrada de una tumba que hab ía tras una suerte de plazoleta central, y yo la seguí, murmurando entre dientes.
A los pocos metros, la oscuridad era total y no tuve otra opción que seguir a tientas la pared.
Notaba la rugosidad del yeso bajo los dedos, y perdía el equilibrio cada dos por tres, hasta que la pared desapareció en lo que supuse que sería la entrada a una estancia contigua.
Oía los pasos de Farza a lo lejos, en un pasillo que parecía no tener fin.
Me imaginé la monta ña sobre nosotros, las toneladas de piedra que se mantenían a raya gracias al ingenio egipcio, y el pulso se me aceleró.
Entonces, al final del pasillo, vi una luz.
Me detuve en seco. ¿Era mi imaginación? ¿Una ilusión óptica que generaba mi mente desesperada por tener algo a lo que aferrarse?
La luz titiló y me di cuenta de que era una antorcha.
Abr í la boca, asombrado, y una mano surgió de la oscuridad para tirar de mí.
—¡Shhh!
Mi compañera me tapó la boca antes de que pudiera gritar del susto, y di gracias al cielo por su sangre fría. Al fondo se oía un rumor de voces. Todas masculinas, aunque una destacaba encima de las demás por su rudeza.
Agucé el oído, pero fue inútil. Debían de estar hablando en árabe, porque no entendí una palabra, pero el tono del que parecía el jefe no dejaba lugar a dudas de que no estaba demasiado contento.
Tras unos minutos de acalorada discusión, dos pares de pies se apresuraron pasillo arriba y, poco despué s, la sombra los siguió.
Permanecimos quietos, en silencio, varios minutos más, hasta que nos cercioramos de que no iban a volver, y entonces Farza se asomó hacia la fuente de la luz.
Habían dejado dos antorchas encendidas en una enorme sala, flanqueada por pilares y una pequeña escalera, y observé boquiabierto el espectáculo que nos rodeaba.
El techo estaba pintado de un azul vivísimo, con una procesión de cientos de figuras resplandecientes a pie o en barca por el cielo nocturno.
Miles de jeroglí ficos cubrían cada rincón de las paredes, acompañados de escenas magníficas con los dioses acompañando al faraón en su último viaje.
—Por el amor de Dios…
—Es la tumba de Ramsés III —dijo Farza acercándose a la pared y pasando la yema del dedo índice sobre los jeroglíficos—. El Libro de las Puertas y el Libro de la Tierra, para que tuviera una guía del más allá.
—Es increíble.
En el centro de la estancia, donde debería estar el sarcófago del profanado Ramsés, hab ía varias mesas cubiertas de papeles, así como taburetes y un baúl cerrado.
Me acerqué y revolví los manuscritos a la luz de las antorchas.
Me sorprendió descubrir que varios estaban en inglés.
Me acerqué un poco más y entrecerré los ojos.
Era complicado saberlo a ciencia cierta con la oscuridad y sin mis gafas, pero estaba bastante seguro de que aquella no era la caligraf ía de Ambrose.
Fruncí el ceño. Mezcladas con las cuartillas inglesas, había varias en árabe con una caligrafía cuidada y elegante, femenina.
Volví a las que podía leer. Hablaban de Cambises, de una roca llamada Behistún y de un oasis en el desierto.
No sabía qu é esperar de aquel hombre embozado en telas negras, pero interés por la historia seguro que no.
Seguí leyendo en diagonal. Era un borrador, sí, pero no había duda de que quien lo había escrito sabía de lo que hablaba.
Varias frases me recordaban a lo que había leído de pasada en los artí culos de Ambrose, pero no era su letra. Seguro que no.
Entonces llegué al final de la cuartilla y vi el nombre al pie.
El alma se me cayó a los pies.
—Farzaneh. —La joven, que llevaba un rato tratando de abrir el baúl, se volvió hacia mí. Con un dedo tembloroso, señalé la firma, «F. Khatibi »—. ¿Qué significa esto?