Mil millas Nilo abajo Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Siempre queda la opción de llamar a mi tío —dijo al fin, haciendo un mohín—. Haría cualquier cosa para que mi padre no nos fusilara a los dos.

El camello se había sentado sobre el suelo, con las patas delanteras y traseras dobladas bajo su cuerpo en un ángulo imposible.

Era monstruoso. Un verdadero leviatán del desierto.

¿Cómo funcionaban sus articulaciones? ¿Qué aberración de la naturaleza era esa?

¿Por qué soltaba tanta baba? ¿Y yo me tenía que subir ahí ?

—Te veo muy lanzada —le dije a Farza, que, ni corta ni perezosa, había comenzado a hacerle carantoñas al bicho del infierno y parecía lista para subirse—.

Eres consciente de que mi experiencia montando a animales vivos es absolutamente nula, ¿verdad?

A mí me gustan los coches y los trenes, ya sabes, estructuras metálicas que no me miran como si quisieran matarme.

—Oh, vamos, Alec, no seas gallina. —Me sonrió con picardía y alcé una ceja. ¿Me estaba retando? —. Es un camellito, ¿qué va a hacerte?

Volví a mirar al susodicho, que nos observaba con una expresión de bendita placidez y continuaba mascando con toda la tranquilidad del mundo.

—Cualquier perversidad.

—Arriba, venga.

Con un gruñido de resignación, asentí y pasé la pierna por el lomo del animal.

Con la depresió n que había entre sus dos jorobas, era bastante más complejo que montar a caballo, pero solo necesité unos pequeños reajustes, bastante poco dignos, hasta sentirme medianamente seguro en la silla.

Farza me miraba, con los brazos en jarras, y cuando le indiqué con el pulgar hacia arriba que todo iba bien, hizo lo propio.

La joroba era estrecha y el sitio de la silla estaba diseñado solo para uno, así que, cuando la joven se subió, tuvo que pegarse a mí.

Mucho. M ás de lo que la decencia permitía, pero teniendo en cuenta cómo la había besado, tocado y saboreado la noche anterior, a quién le importaba la decencia.

Un agradable cosquilleo descendió por mi bajo vientre hasta mi entrepierna mientras ella se acomodaba y me maldije a mí mismo por mi falta de control.

Gracias al cielo que yo iba delante y no se daría cuenta.

Rodeó con los brazos mi cintura y se apoyó en mi espalda, y el coraz ón se me partió en dos.

¿Por qué había llegado Ambrose antes que yo a su vida? ¿Cómo iba a soportar verla durante el resto de mi existencia en brazos de mi hijo?

Aferré las riendas con tanta fuerza que mis nudillos palidecieron y me obligué a pensar en otra cosa.

—¿Y ahora qué?

—Dale dos palmadas en el lomo para que se levante, y luego es muy parecido a un caballo. —Su voz sonaba amortiguada y lejana, pero era un agradable arrullo a mi espalda—. Dirígelo con las riendas, suavemente, para que no se asuste.

—¿Además de egiptóloga también eres experta en camellos? —pregunté con una sonrisa ladeada. Ella rio.

—Mi abuelo tenía un camello bactriano en su finca de campo.

—Ah, sí, se me olvidaba que está is podridos de dinero.

—Ambrose suele decirme que es mi mayor atractivo.

Las palabras se me atragantaron en la garganta. No sabía si era una broma o una verdad desgarradora, pero me daba miedo preguntar. No dudaba que Ambrose fuera capaz de decir algo así, pero ¿a bocajarro? ¿A la cara de su futura esposa? Apreté los dientes.

—Acabemos con esto —mascullé, y le di dos palmadas al animal.

Como si me hubiera oído insultarlo antes, el camello se puso en pie con una violencia descomunal.

Primero levantó las patas traseras, envi ándonos a Farza y a mí volando hacia delante.

Por los pelos conseguí aferrarme a la silla y no partirme el cuello contra el suelo, pero grité como un chiquillo asustado.

Una gota de sudor frío me recorrió la nuca.

Entonces la criatura estiró las patas delanteras y el mundo se sacudió hacia atrás. Por un instante pensé que Farza se escurriría del lomo y se mataría, pero se aferró a mí mientras yo soltaba otro aullido.

Y luego, con toda la parsimonia del mundo, el camello echó a andar.

—¿Qué hostias ha sido eso? —pregunté con un hilo de voz. La garganta me quemaba de tanto grito y todavía no había logrado detener el temblor de mis manos, que as ían las riendas.

—Ah, la elocuencia británica, ¿esa frase es de Shakespeare? —se burló mi compañera.

—Podías haberme avisado de que haría eso, joder. —Le lancé una mirada asesina por el rabillo del ojo, y ella ahogó una risa —. Casi me da un ataque al corazón.

—Es lo que tiene la edad.

—Te odio.

Tras la demostración de poderío del camello, había quedado claro quién era el macho alfa allí, con lo que no me atreví a azuzarlo lo más mínimo.

Anduvimos tranquilamente hacia las mesetas arenosas que habí a en el banco oeste del Nilo, más allá de los campos de cultivo.

El sol caía sin piedad sobre nosotros y la camisa se me pegó a la piel, empapada en sudor.

Con el exiguo baño que me había dado en el ferri, debía de oler como un demonio, pero aun así, Farza no me soltó en ningú n momento.

A pesar del animal en el que montábamos, que no me cabía duda de que me odiaba con pasión, el calor, el olor y mil incomodidades más, el trayecto fue un momento de paz, con los brazos de Farza rodeando mi cintura.

Había bromeado antes con la idea de viajar a la tierra de los muertos, pero cuanto más nos adentrábamos en el valle, más me convencía de que, quiz á, no iba tan desencaminado.

Las plantas morían bajo nuestros pies, dando paso a unas dunas de arena finísima a medida que nos acercábamos a los farallones de roca.

Pasamos junto a otro templo, una estructura gigantesca con una fachada de ocho columnas acabadas en hojas de papiro semienterradas por el desierto.

El sol comenzaba ya su descenso hacia el horizonte, bañando el valle en una luz anaranjada que le daba una pátina de irrealidad.

—Es uno de los templos de millones de años —susurró Farza a mi espalda.

Me volví hacia ella; no esperaba que hablase—.

Los llamaron así porque esperaban que se mantuvieran en pie durante siglos y que su memoria perdurara.

Ese era el de Seti I. —Su voz estaba teñida de melancolía—. Las cosas no salieron como él quería.

—Todo lo contrario. —La joven alzó la vista hacia mí, sorprendida, y le ofrecí una tímida sonrisa—. Todavía recordamos su nombre, ¿no? ¿Acaso hay algo más parecido a la inmortalidad?

Me observó durante unos instantes y ya no volvió a hablar.

—Por ahí —señaló al fin, indicándome un recoveco escondido entre las sombras de los farallones, y al girar me di de bruces con el paisaje más espectacular que hab ía contemplado nunca.

El valle de los Reyes hacía honor a su nombre: dos laderas de piedra caliza caían suavemente sobre un camino semiexcavado en la roca, y flanqueada por ellas y bañada por la luz anaranjada del atardecer, se alzaba una cumbre altiva y majestuosa.

Era una pirámide perfecta, pero lo más fascinante era que no se trataba de una creación humana.

La naturaleza había cimentado aquel homenaje a la vida tras la muerte en el punto má s alto de la ribera de los muertos.

Era poético. Era mágico. Era todo lo que nunca había sabido que necesitaba ver para comprender lo maravilloso que puede ser nuestro mundo.

—Es increíble —musité. La quietud era absoluta; ni siquiera el viento se atrevía a soplar en un lugar que los vivos no debían hollar.

—Lo es —replicó Farza, y no me hizo falta darme la vuelta para saber que estaba llorando en silencio.

Le di dos palmadas en el cuello al camello y el animal deshizo el maquiavélico movimiento con el que se hab ía levantado.

Aunque estaba vez estaba preparado, no me pareció menos terrorífico, y así tuviera que volver andando a El Cairo, juré no subirme de nuevo a uno de esos animales en lo que me quedaba de vida.

Sin pensarlo, le ofrecí la mano a Farza para bajar y la joven se me quedó mirando durante unos segundos. Lentamente, alargó la mano, entrelazó sus dedos con los míos y baj ó de un salto.

Quizá fuera premeditado, quizá la famosa ma’at quisiera poner las cosas en su sitio o terminar de desbaratarlas, pero el impulso la hizo aterrizar junto a mí, casi pegada a mi pecho, y en cuanto alzó la mirada y nuestros ojos se encontraron, me costó recordar cómo se respiraba.

Nuestros dedos aún estaban entrelazados. Su piel era sedosa y cálida. No sabría vivir sin ese calor a partir de ahora, sin el peso de su mano en la mía. Ninguno de los dos apartamos la vista. Ni siquiera cuando bajé la cabeza y rocé sus labios.

Fue un beso delicado, robado, porque los dos éramos conscientes de que estábamos viviendo un tiempo que no nos pertenecía, pero quizá s, precisamente por eso, me supo tan dulce.

Cerré los ojos. Me acarició el dorso de la mano con el pulgar y el vello de la nuca se me erizó.

Alcé el brazo para tomarla de la cintura y atraerla hacia mí.

Un sonido metálico en la lejanía nos hizo separarnos de un brinco y Farza entornó los ojos con suspicacia.

—Los obreros de Mariette —maldijo entre dientes—. Deben de estar recogiendo. Suelta al camello y escondá monos, ¡deprisa!

—¿Escondernos? —Su repentina actitud frenética me dejó descolocado y me costó reaccionar—. ¿Por qué?

Me miró con una ceja alzada. No sabía si morirme de lo atractiva que era o temer por mi vida.

—Porque nos persigue una banda de psic ópatas que ha secuestrado a tu hijo y que probablemente intuya que hemos venido aquí. ¡Date prisa!