Mil millas Nilo abajo Capítulo 22
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Capítulo 22

Alis t ai r

«Yo hice que nada fuera más terrible que un juramento».

Cuando el ferri por fin echó ancla en el puerto de Luxor, tuve la fortísima tentación de besar el suelo.

Luego me lo pensé mejor y me contenté con sentir de nuevo la solidez de tierra firme bajo mis pies y deleitarme en la sensación de que el mundo no oscilaba de un lado a otro. Jamás pensé que la echaría tanto de menos.

Farza bajó detrás de mí, intercambiando unas palabras de despedida con la mujer que había repartido la comida la noche de la improvisada fiesta en cubierta, y se detuvo a mi lado mientras se frotaba las manos con fruición.

— Ya ilahi… —musitó. Había abierto mucho los ojos y miraba a su alrededor con fascinaci ón—. Hemos llegado. No puedo creerlo…

En momentos como este me sentía tan ignorante…

Pero incluso a pesar de no ser capaz de poner nombre a lo que veía, compartía la fascinación de Farza.

Luxor era sobrecogedor. No tenía nada que ver con el resto de pueblos por los que habíamos pasado, donde los minaretes y las casas de adobe se mezclaban con alguna columna suelta.

Aquí el tiempo se había detenido y lo había devorado todo a su paso.

Obeliscos torcidos y esqueletos de templos anta ño gloriosos bordeaban la ribera.

Los labios me temblaron. Era al mismo tiempo un testimonio de la grandeza de lo que había sido el antiguo Egipto y un recordatorio de la decadencia a la que condena el olvido. La piel se me erizó y giré el rostro.

Al otro lado... el desierto.

En las márgenes del río crecían varios metros de exuberante vegetación: palmeras, lotos, campos de cultivo, y, de pronto, la nada. La arena blanca del desierto cortaba el paisaje como un cuchillo, formando una frontera impenetrable entre la tierra civilizada y el inhabitable mundo de los beduinos.

—¿Por qué no hay casas en esa orilla? —Se ñalé al otro lado del Nilo. Mientras que a nuestra espalda Luxor tenía el bullicio típico de una pequeña ciudad, en el extremo opuesto reinaba un silencio atronador.

—Los egipcios nunca construyeron en la orilla oeste del río —explicó ella como si se tratara de algo obvio. La observé con curiosidad, animándola a seguir—. El sol se pone por el oeste tras su viaje por el firmamento. Pasa al má s allá. El oeste es la tierra de los muertos.

—Ah. Qué bien. Me dejas mucho más tranquilo.

—Es una creencia popular, no le des más vueltas. —Se encogió de hombros y se ciñó la shayla—. ¿Para qué te irí as allí si el comercio y el trabajo están al otro lado?

—También es verdad.

Teníamos todo el día por delante y debíamos aprovecharlo para buscar pistas sobre el paradero de Ambrose, pero ninguno de los dos nos movimos.

Nos quedamos en el embarcadero, observando cómo el ferri partía y dejaba ondulaciones en el agua que distorsionaban el reflejo de las palmeras.

Hacía calor, pero me sorprendi ó descubrir que ya me había acostumbrado.

Observé a Farza de soslayo. No habíamos hablado de lo que había ocurrido la noche anterior.

Tampoco habría sabido cómo abordarlo. Jamás olvidaría c ómo se aferró a mi espalda y cómo hundió las uñas en mi pelo mientras la devoraba, mientras me fundía con ella impulsado por un ansia que nunca había sentido.

Si me concentraba, todavía podía sentir su sabor en los labios y sus muslos apretando mis mejillas.

El simple recuerdo me encend ía la sangre.

Necesité mirar fijamente al punto más interesante del techo del camarote durante casi una hora para calmar mi lujuria antes de poder dormir.

¿Qué me había ocurrido? Jamás me habría creído capaz de dar ese paso, de tocarla como lo habí a hecho y de arrodillarme entre sus piernas con hambre salvaje, pero anoche me sentí valiente.

Como si la mereciera. Como si todo fuera posible.

Despertarme y encontrarla semidesnuda en mis brazos, hecha un ovillo contra mi pecho, me había hecho sentir cosas que no creí posibles desde que Jacob se marchó.

La habría besado, la habría empujado contra el colchón, arrancado la ropa con los dientes y hecho el amor durante horas.

Quería tomarla, devorarla, hacerla mí a, con una intensidad que me asustaba.

En su lugar, deposité un beso en su frente y esperé a que se despertara, arrullada por el vaivén del ferri. En cuanto abrió los ojos y me vio, sonrió. El corazón casi se me salió por la boca. Por el amor de Dios, Alistair, pareces un quinceañero. Haz el favor de controlarte.

Al fin y al cabo, seguía siendo mi futura nuera. Pero de eso tampoco habí amos hablado.

Puede que fueran sus lecciones sobre historia egipcia, que finalmente estaban haciendo mella en mí; o la antigüedad de Luxor, pero algo diferente flotaba en el ambiente y me hacía sentir valiente, osado.

Sin dejar de mirar al desierto, deslicé suavemente la mano por la espalda de Farza, hasta detenerla en torno a sus caderas.

Temí haberla violentado, pero enseguida se acercó todavía más a m í y apoyó la cabeza sobre mi hombro. Su aroma me volvía loco.

—¿Por dónde empezamos? —logré decir al fin, tras lo que pareció una eternidad—. ¿Preguntamos por el pueblo? ¿Aquel templo?

—Por mucho que me gustaría hacer turismo por Karnak —dijo ella, apartá ndose; sentí su falta como una puñalada en el corazón—, Petrie mencionó que Ambrose iba a encontrarse con su contacto en la necrópolis tebana.

—¿Y eso qué significa?

Farza señaló a las monta ñas que se elevaban en el desierto de la orilla oeste. Me masajeé el puente de la nariz con un suspiro.

—La tierra de los muertos. Por supuesto. Bien hecho, hijo mío.

—No seas tan dramático. —Me palmeó el hombro con ademán juguetón—. Hace mucho que nadie muere ahí.

—Esperemos no romper la buena racha, entonces.

—Ademá s, debe de estar lleno de obreros. Desde que los franceses comenzaron a desempolvar las tumbas del Valle, se ha convertido en un hervidero de arqueólogos. Creo que ahora está metido Mariette, para variar, aunque Wilkinson y Lepsius hicieron un trabajo fantástico.

Las comisuras de mis labios se curvaron en una sonrisa involuntaria mientras ella continuaba su perorata sobre arqueología, permisos y la guerra fría entre Francia e Inglaterra.

Me podría pasar horas observándola mientras hablaba, aunque no tuviera ni la más remota idea de qui énes eran esos caballeros.

Era fascinante el conocimiento que acumulaba y que sacaba a relucir sin apenas esfuerzo.

La pobre debía de estar aburrida de tener que escucharse a sí misma todo el rato.

Si al menos pudiera darle conversación a su nivel…

El pensamiento fue una patada en la boca del estómago. Ambrose sí que era capaz de replicarle, opinar, construir una respuesta inteligente. Su amor por Egipto los había unido, y estaba convencido de que Farza era una ayuda más que considerable en la carrera acadé mica de mi hijo.

Yo, por otro lado…

Me separé un par de pasos de ella, que continuaba absorta en el paisaje del otro lado de la ribera.

Dios mío, debía de parecerle patético. Un viejo ignorante.

Al lado de Ambrose, ¿qué podía ofrecerle yo?

¿Qué podía ofrecer a nadie, si ni siquiera había logrado conservar a Josie, a Jacob o a mi propio hijo a mi lado?

—¿Alec? —Farza ladeó la cabeza, buscando mis ojos—. ¿Estás bien?

Me obligué a sonreír y asentí. No parecí a convencida.

—Convendría que nos pusiéramos en marcha antes de que se ponga el sol. No nos apetece pasar la noche en el desierto, ¿verdad que no?

—Diría que no —repliqué, pero parte de mí no podía evitar pensar que si un chacal me devoraba, ser ía el menor de mis problemas.

Luxor era un lugar, cuando menos, extraño.

A excepción de los dos impresionantes pilonos que se elevaban en la distancia, parecía que el pueblo había sido devorado por el desierto.

En cuanto uno se alejaba de las casas de adobe y el par de hoteles encalados para turistas curiosos, el terreno se volvía irregular, una duna tras otra, y el paisaje adquiría tonalidades blancas, grises, amarillentas.

El desierto era el rey, y cualquiera podría olvidar fácilmente que a su espalda se extendí a un vergel.

Hallamos una faluca que se avino a cruzarnos a la otra orilla por una módica suma de dinero. Una vez al otro lado, mi intrépida compañera se encaminó sin dudarlo hacia un puesto con camellos. Yo me limité a observarla con horror.

—No pretenderás ir caminando —me dijo, incrédula—. Son varias horas a pie por el desierto, Alec.

—¿Pero tú has visto a esos bichos? —Como si me hubiera oí do, el camello se giró hacia mí, me clavó sus ojos de becerro y continuó paciendo pausadamente, demasiado para mi gusto. No me fiaba de él—. Jamás una montura me había amenazado con tanta violencia de una forma tan silenciosa y elegante.

—Có mo se puede ser tan dramático… —suspiró Farza y se cruzó de brazos—. Ir a pie no es una opción. Tienes quince minutos para mentalizarte, mientras discuto el precio.

Mentiría como un bellaco si no reconociera que hubo un momento de tensión. Yo miré al camello. El camello me miró a mí. Si Farza no hubiera regresado con cara de pocos amigos, no s é si habría resultado vencedor en aquella batalla de voluntades.

—¿Qué? —pregunté—. No pareces contenta.

Por toda respuesta, me enseñó el interior de su monedero, sacudiéndolo arriba y abajo.

—Ese era todo el dinero que me quedaba. Nos da para un solo camello.

—¿Cómo? —Los ojos pr ácticamente se me salieron de las cuencas—. ¿Y cómo vamos a volver a El Cairo?

—¡No lo sé! —Se mordió el labio—. Ya se me ocurrirá algo.

—Farzaneh, por el amor de Dios…

— Astaghfirullah, no me mentes a tu dios. No es que él haya puesto mucho de su parte, precisamente. Y si encontramos a Ambrose o alguna pista sobre su paradero, seguro que el consulado vendrá a por nosotros.

—Tienes demasiada fe en la burocracia… —suspiré.