Mil millas Nilo abajo Capítulo 21 #3
58%

Capítulo 21 #3

Estaba claro que Alec sabía lo que hacía, sus caricias tenían un objetivo calculado con precisió n milimétrica, porque era capaz de arrancarme un temblor y un gemido a cada roce.

Yo, en cambio, no sabía ni dónde poner las manos, pero quería más, quería tocarlo, saborearlo antes de que este sueño se acabase.

Con la mano izquierda aún hundida en su cabello para impedir que dejara de besarme, bajé la mano por su pecho, aprendi éndome de memoria cada curva, cada centímetro de él, y Alec se estremeció con un jadeo animal.

Cuando su mano se detuvo en uno de mis pechos, gemí, esta vez en voz alta.

—Joder, Farza. —Alec logró apartarse de mi boca el tiempo suficiente para respirar—. Mira lo que me haces. Me vuelves loco.

No supe cómo responder. Me costaba tomar aire, no digamos ya elaborar pensamientos coherentes. Nunca nadie me había hecho sentir así. Noté cómo la humedad se acumulaba entre mis piernas y la necesidad de que me tocara de nuevo era casi lacerante.

—No he dejado de pensar en esto desde la primera noche —confesó de golpe entre jadeos, apoyando la frente contra la mía—.

Desde que vi el camarote y pensé en todas las cosas que podría hacerte en esta cama tan diminuta.

Joder, he soñado tantas veces con hacerte el amor, tomándome mi tiempo, asegurándome de que te corres y gritas mi nombre…

—Alec… —murmuré.

—Dime que lo quieres— me suplicó, antes de besarme de nuevo, y yo le mordí los labios—. Dime que me deseas, Farza.

—Te deseo —repliqué—. Quiero que me hagas el amor, Alec, quiero estar contigo. Ahora.

—Joder —masculló, y todo su autocontrol se fue al garete con esa sola palabra.

Ahogué un chillido cuando me tomó en volandas y me subió a la enclenque mesa del camarote, colocándose entre mis piernas.

Incluso desde esa altura, me sacaba una buena cabeza y tuvo que agacharse para besarme.

Sus manos recorrieron mis curvas, deteniéndose en mis pechos y en mis caderas, y cuando me acarici ó el muslo, me derretí.

Gemí al notar lo duro que estaba. Su erección presionaba contra la tela de sus pantalones y me hizo ser dolorosamente consciente de lo húmeda que estaba yo.

—Si quieres que paremos, pararemos —me susurró al oído—. Si cualquier cosa te incomoda, no la haremos. ¿De acuerdo?

Asentí y los labios de Alec chocaron contra los míos. Quer ía devorarme, y yo me dejaría gustosa. Me encajonó contra la pared y me mordió los labios. Lo atrapé con las piernas, acercándolo todavía más a mí, y me restregué contra él. Los dos gemimos a la vez y Alec me clavó los dedos en los glúteos.

—Dime qué quieres que te haga —me susurró al oído. Todo el vello de mi cuerpo se eriz ó.

—Tócame —respondí, y me maldije por mi poca imaginación, pero solo sabía que quería sus dedos sobre mi piel, su cuerpo contra el mío.

—¿Dónde?

Una de sus manos se coló bajo el vestido de lino y jade é al notar sus manos acariciándome la piel, cada vez más arriba. Cuando llegó a mis pechos y trazó su contorno, se me escapó un gemido que él atrapó con los labios.

Lo tomé de las mejillas y lo devoré , perdiéndome en su boca mientras me masajeaba los pechos, pellizcándome los pezones y jugando con ellos.

Las piernas me temblaban y sentía una presión insoportable entre ellas.

Alec bajó los labios de mi boca a mi cuello; me mordisqueó la clavícula y comenzó a bajar hacia los hombros, pero la tela se interponía.

Levant ó la vista hacia mí, con los ojos nublados por el deseo, pero esperó un gesto mío para continuar.

Tragué saliva e intenté pensar con toda la sangre fría que me quedaba, que no era mucha.

Sabía que, sin mi consentimiento explícito, no seguirí a; por mucho esfuerzo que le costase, no haría nada que yo no quisiera.

La sola idea de que me viera desnuda me aterraba, pero también me encendía de una forma que no era capaz de comprender. Apreté las piernas, temblando de deseo.

—¿Dónde quieres que te toque? —repitió, y esta vez supe exactamente qué responder.

Tomé su mano y lo guié entre mis piernas.

Alec gruñó al descubrir lo empapada que estaba, incluso a través del vestido y de la ropa interior, y deslizó la mano entre las telas.

Cuando el primer dedo me rozó, acariciando mis pliegues, aguanté la respiración.

A pesar de la pasión salvaje con la que me había besado, ahora me tocaba con delicadeza, disfrutando de cada roce y hundiéndose lentamente en mí .

Gemí y Alec jadeó; sus dedos bailaban al son de una melodía que yo estaba descubriendo ahora, dibujando líneas invisibles arriba y abajo y provocándome.

Siempre un poco más cerca, aproximándose a ese punto de placer y de tensión que me tenía en vilo, pero sin llegar a é l en ningún momento.

Arqueé la espalda, intentando acercarme más, que no quedara ni un centímetro de distancia entre nosotros.

Alec sonrió, me lamió la clavícula y me penetró con un dedo. Me tensé, encajando esa nueva presió n en mi interior, pero él no se quedó ahí. Se deleitó en el tacto, en la humedad y en la forma en la que me retorcía, y luego añadió otro dedo al tiempo que presionaba con el pulgar sobre mi clítoris.

Eché la cabeza hacia atr ás con un gemido.

Fuegos artificiales estallaron tras mis párpados y alcé las caderas para volver a sentir ese placer.

Alec abandonó mi cuello y me besó de nuevo.

Lo agarré de la cabeza, enterrando los dedos en su cabello, y gemí contra su boca.

Sus dedos seguían trabajando, moviéndose sin parar, buscando ese equilibrio perfecto entre la presió n en mi interior y las caricias en mi punto más sensible.

Noté el orgasmo en mi bajo vientre, acumulándose poco a poco, y cada vez que Alec retiraba los dedos protestaba. Lo necesitaba, lo quería ahora.

Me mordió un pezón a través de la tela y esta vez, cuando sus dedos atraparon mi clítoris, estallé en mil pedazos y me deshice. El placer me arrastr ó en oleadas. Me sacudí, dejándome llevar, y me desplomé sobre la mesa, cubierta de sudor.

Alec depositó un suave beso sobre mis labios y traté de corresponderle, pero mi cuerpo todavía se estaba recuperando de la euforia del orgasmo y los brazos apenas me sostenían.

—No sabes lo increíble que eres —me dijo, sonriendo—. Las cosas que me haces sentir.

—Ha sido… —Intenté articular algo coherente, pero al final me contenté con sonreír—. Nunca había sentido nada parecido.

—Ni yo. —Me besó la frente—. Contigo tengo la sensación de volver a vivirlo todo por primera vez, y es… fantástico.

Abrió y cerró la boca, como si quisiera decir algo m ás pero se lo hubiera pensado mejor, y le tomé de la barbilla con el pulgar y el índice. Tenía la piel al rojo vivo y podía sentir su pulso incluso ahí.

—¿Qué? —lo insté—. ¿En qu é piensas?

—En que… —dudó, pero una mirada mía bastó para acallar sus dudas—. Quiero más. Quiero mostrarte más y hacerte disfrutar. —El estómago se me encogió y un escalofrío de placer me recorrió la espalda—. Quiero descubrir a qué sabes.

Era una pregunta y una súplica, y solo pude asentir.

Jadeé cuando comenzó a besarme el estómago, bajando lentamente hacia el ombligo al tiempo que sus dedos tiraban de la tela de mi ropa interior, deslizándola hasta el suelo y deshaciéndose de ella.

Una vez más, noté un nudo de excitaci ón y anticipación entre las piernas; cada roce de los dedos de Alec contra mi piel en llamas era una promesa y un detonante de algo que estaba a punto de explotar.

Sin dejar de mirarme, se arrodilló ante mí, depositando besos a lo largo de mis muslos y de mis piernas desnudas.

Apoyé los antebrazos en la mesa en un intento algo infructuoso de no desplomarme, y Alec sonrió.

Con dolorosa lentitud, me subió el vestido casi hasta la cintura mientras sus labios acariciaban cada recoveco de mi piel.

Un temblor me recorrió de pies a cabeza; nunca me había sentido tan vulnerable con nadie.

La adrenalina de estar semidesnuda, sin nada tras lo que poder ocultarme, me aceleró el pulso, pero Alec solo me mir ó con adoración y se relamió.

—Me vuelves loco, Farza —susurró, trazando un camino de besos por mis muslos. Sus manos se aferraron a mis glúteos y cada roce era una tortura—. Llevo tanto tiempo queriendo hacer esto…

Eché la cabeza hacia atrás cuando su lengua acarició mis pliegues y Alec comenzó a devorarme.

Si pensaba que lo que podí a hacer con los dedos era magistral, me faltaban palabras para describir lo que estaba sintiendo.

Gemí y balbuceé palabras inconexas en persa.

Me costaba respirar, mientras la lengua de Alec jugaba entre mis piernas, lamiendo y dibujando formas que me arrancaban gritos de placer.

Le tiré del pelo, presionándolo entre mis muslos; quería más, más.

—Alec —jadeé, con los ojos cerrados. Me moriría de la vergüenza si los abriera, pero imaginármelo de rodillas, con el rostro enterrado en mí, era lo más erótico que me había pasado jamás—. Alec, no puedo… Ah…

Mi cuerpo todaví a estaba recuperándose del orgasmo anterior y la línea entre el placer y el dolor era finísima, pero aun así caminé por ella como una equilibrista sobre el abismo.

La electricidad me recorría de arriba abajo y me estremecí.

Curvé los dedos de los pies y apreté los muslos, pero solo sirvió para que la lengua de Alec cogiera velocidad.

Sabía exactamente qué hacer y dónde, cómo acariciarme y cuándo retirarse para dejarme con ganas de más.

Era todo aquello con lo que nunca me había atrevido a soñar y más, cada sensaci ón más fuerte que la anterior, cada sentimiento una puñalada que me abría en canal y me dejaba al descubierto.

Noté su barba rascando contra mis muslos cada vez que se movía y su nariz rozando las zonas más sensibles de mi cuerpo.

Su aliento era una mezcla entre una caricia y un terremoto, y solo imaginármelo me acercaba un poco más al clímax.

Un gruñido sordo me hizo abrir los ojos.

Entre mis piernas, con la frente perlada de sudor, el flequillo totalmente desmadejado y un brillo animal en la mirada, Alec hizo su último embiste, penetrándome con la lengua y acertando de lleno en la diana de nervios, deseo y placer que me mantenía de una pieza.

Una nueva explosión estalló tras mis párpados y me corrí gritando su nombre y asiéndole del pelo.

Me dejé caer sobre el escritorio, jadeando como si me faltara el aire.

Por un momento, tuve la sensación de que se me había olvidado cómo se respiraba.

Mi cuerpo parecía de gelatina; era incapaz de mover un solo músculo.

De hecho, si me hubieran preguntado cómo me llamaba, no habría sabido responder.

El silencio regresó al camarote, solo roto por el chapoteo del agua en el exterior, alguna pisada perdida en cubierta y nuestras respiraciones agitadas, que trataban de acompasarse la una a la otra.

Todavía me costaba creer lo que habí a ocurrido, las sensaciones que me habían arrastrado y que todavía me hacían temblar; dudaba que pudiera ponerme de pie.

Pero cuando Alec se irguió y vi su rostro, arrebolado y brillante, supe a ciencia cierta que no lo había soñado y que esto, lo que fuera que hubiera ocurrido entre nosotros, era algo que nadie podría arrebatarme jamás.

—¿Está s bien? —musitó, inclinándose sobre mí para depositar un suave beso en mis labios—. Te ha… ¿Te ha gustado?

Sonreí. Quizás fuera la adrenalina del momento, o el orgasmo que todavía nublaba mi mente, pero me sentí más audaz de lo normal.

—No estoy segura —repliqu é, dejando que me tomara en brazos para incorporarme—. A lo mejor, solo para comprobarlo, deberíamos volver a probar.

Alec arqueó una ceja, divertido, mientras me ofrecía su brazo.

—¿Solo para comprobarlo?

—Ya sabes, por una cuestión empírica. Soy científica, al fin y al cabo.

—Ya. La ciencia. Cuéntame un poco más, a ver…

Solt é una carcajada y le eché los brazos al cuello, besándolo, hasta que los dos aterrizamos en el camastro. Me dolía la cara de tanto sonreír, pero era incapaz de dejar de hacerlo.

—Gracias —musité, acurrucándome contra su pecho. Las piernas aún me temblaban y notaba el latido de mi corazón en los oídos, adem ás de una sensación pegajosa entre los muslos, pero jamás me había sentido tan en paz.

—¿Por qué? —Me besó la frente y se amoldó a mi cuerpo. Estaba duro, todavía podía notar lo a través de sus pantalones, pero no hizo ningún comentario al respecto y yo, en parte, me sentí aliviada. Quería hacerlo y quería que fuera con él, pero necesitaba un poco más de tiempo.

—Por enseñarme que las cosas pueden ser de otra forma.

Y tan solo por esa noche fugaz en la que el mundo dejó de existir, mereci ó la pena haber dejado Teherán. Conocer y soportar a Ambrose. Viajar al otro extremo del mundo, entre arena y palmeras.

Cuando me dormí entre sus brazos, arrullada por el bamboleo del ferri, con la frente apoyada en su pecho, supe que daría lo que fuera por estar así siempre.

A veces, un beso no era más que un beso, pero, esta vez, un beso había cambiado mi vida para siempre.