Mil millas Nilo abajo Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Tú eres lo único bueno que me ha pasado en la última década.

—Levantó la vista con una sonrisa triste que me rompió el alma—.

Ambrose jamás nos perdonó a su madre y a mí que nos divorciásemos.

Que no guardáramos las apariencias ante la sociedad.

No acepta que Josie viva en Edimburgo con el amor de su vida y que yo…

Él y Jacob nunca congeniaron. Nos considera a todos unos degenerados.

Quizá no estemos muertos, como cre ías, pero para él es como si lo estuviéramos.

—Ambrose no es quién para juzgar la vida de nadie —repliqué cortante.

Y esta vez Alec me miró con cierta sorpresa.

Mi tono fue más seco de lo que me hubiera gustado, pero un arranque de ira me calentaba la sangre—.

Jamás ha sabido ponerse en la piel de nadie.

No es capaz de querer a nadie que no sea él, as í que no tiene el más mínimo derecho a juzgaros.

Ni él ni nadie. Todos… —Inspiré—. Todos deberíamos tener una oportunidad para ser felices. O al menos intentarlo.

—¿Ves? —Me ofreció una media sonrisa—. Por eso me fascinas. Porque eres distinta. ¿Quién m ás me habría respondido eso?

—No te estoy regalando oídos, Alec. —Me puse en pie, insegura de qué hacer a continuación. El mundo parecía haberse detenido a nuestro alrededor—. Créeme.

—¿Qué sentido tiene mi vida, Farza? —La voz se le quebró y agachó la cabeza—. He perdido a mi mujer, a mi amante, incluso a mi hijo, al que no sé si volveré a ver y, aunque lo haga, lleva años sin querer saber nada de mí. Cincuenta años de errores y decepciones.

—No eres un error ni una decepción —susurré, y di un paso hacia él—. Al menos, para mí. No es la manera en la que me hubiera gustado conocerte, pero doy gracias a Alá por haberlo hecho. Solo por eso, este viaje ya ha merecido la pena.

Una ola rompió contra el casco de la nave con un suave chapoteo. A través del ojo de buey, unas pocas estrellas iluminaban la estancia, y del pasillo llegaban voces animadas que iban de un lado a otro.

Dentro de nuestro camarote, de nuestro pequeño cosmos, en ese equilibrio de caos y armonía, solo existíamos nosotros dos.

—No digas eso, Farza —dijo con voz queda, casi en un susurro—. O acabaré haciéndome ilusiones.

Y si solo existíamos nosotros, qué más daban las voces, los dedos acusadores y los juicios ajenos.

Avancé hasta él en dos zancadas, le tomé la cara entre las manos y lo besé.

Era el segundo hombre al que besaba en mi vida, pero la sensación no ten ía parangón.

En cuanto mis labios se posaron sobre los suyos, una corriente eléctrica me recorrió de pies a cabeza.

El corazón me latía desbocado y podía oírlo en mis oídos, resonando en mi interior.

Hundí los dedos en su barba; era suave, tanto como había imaginado.

Fue un beso torpe, inseguro, y Alec no se movió.

Cuando hice ademán de apartarme, sus brazos se cerraron en torno a mi cintura y sus labios atraparon de nuevo los míos.

Fue como si un candado se hubiera abierto; como si el muro de contención tras el que se escondía el caballero de flema británica se hubiese resquebrajado.

Me atrajo hacia sí, pegándome a su cuerpo casi con desesperaci ón, y me besó como Ambrose jamás me había besado.

Su barba rascaba contra mis mejillas mientras me buscaba, y sus dedos se hundieron en mis caderas.

Por un segundo pensé que perdería la cabeza y me ahogaría en ese torrente, pero entonces gruñó y se apartó de mí con notable esfuerzo.

—No… —jade ó, y el corazón me dio un vuelco. Si había algo que me aterraba escuchar era esa palabra, esas dos letras que podían cambiarlo todo. Tragué saliva—. No me hagas esto, Farza.

—¿No quieres? —logré murmurar. Casi tuve que arrancar las palabras de mi boca—. Lo siento, no pretendía…

—¿Que si no quiero? —Rio y apoyó la frente contra mi rostro. Olía a sudor, pero también al frescor del agua del Nilo—. Lo deseo tanto que creo que acabar é volviéndome loco. Lo deseo más de lo que es razonable desear nada. Si me vuelves a besar, Farza, no sé si podré controlarme.

Tragué saliva. Siempre había pensado que esas palabras de boca de un hombre no me harían sentir más que pavor, pero con Alec era distinto.

Quiz ás porque yo también lo deseaba. Porque aunque sus labios decían una cosa, sus manos hacían otra.

Se quedó inmóvil, esperando una señal. Si yo le decía que se detuviera, lo haría y no volvería a tocarme. No ten ía ninguna duda.

¿Qué quería yo?

—Alec, yo…

—No tiene que pasar nada si tú no quieres, Farza —susurró—. Un beso no tiene que ser nada más que eso.

—Nunca he… —farfullé. Las palabras se me atascaban. La lengua me pesaba. Comencé a notar un aleteo sordo en las sienes—. No sé c ómo explicarlo.

—Tranquila. —Alec me tomó de las manos y me dio un pequeño apretón. Justo lo que necesitaba. Con tan poco, me transmitió toda la fortaleza del mundo—. Inténtalo.

—Nunca me ha atraí do ningún hombre —dije al fin, con voz entrecortada—.

Ni ninguna mujer. Nadie. No entiendo nada sobre la forma en que todo el mundo a mi alrededor habla de las relaciones con el sexo opuesto.

Nunca he sentido… nada. Quiero decir, por supuesto que hay gente que me parece atractiva, tengo ojos en la cara, pero nada más.

Nunca he querido acariciar a nadie, besar a nadie, ni que nadie me tocara. Hasta que te conocí.

Busqué su mirada, aterrorizada por lo que pudiera ver en ella, y cuando la encontré, las lágrimas se me agolparon en los ojos. Era una necia. Se trataba de Alec, ¿qué iba a hallar en é l sino comprensión y apoyo? ¿Acaso me había demostrado otra cosa desde que lo conocía?

Por una vez, era bonito querer llorar de felicidad.

—No entiendo qué quiere mi cuerpo —hipé—, y me da un poco de miedo intentar comprenderlo. Sé que quiero… Quiero besarte y tocarte, pero… Tengo miedo, Alec.

—Está bien —dijo él, alzando mi barbilla con sus dedos índice y pulgar—. Está bien.

—¿Y si no te puedo dar lo que quieres? ¿Y si te arrepientes…?

—Eso no va a pasar. Lo único que quiero es lo que tú estés dispuesta a darme.

Asentí lentamente. Si exist ían palabras para expresar el alivio y la tranquilidad que me invadían, yo no las conocía.

Apenas podía creer que lo que estaba pasando fuera real.

Pero lo era. Los brazos de Alec me envolvieron y aspiré su aroma, que tan familiar me era ya.

Apoyé la frente en su pecho y escuché su respiración agitada.

De pronto noté c ómo su cuerpo se acomodaba al mío.

Ninguno de los dos mencionamos a Ambrose. Nuestro elefante en la habitación, nuestro talón de Aquiles. La aguja que pincharía nuestra burbuja tarde o temprano.

—¿Puedo tocarte? —preguntó Alec con voz queda. Su susurro descendió hasta mi oído, solo para mí , y el vello de la nuca se me erizó.

Despacio, sin apartar la cabeza de su pecho, asentí.

Me atrajo hacia sí, pegándome a él con fuerza, y sus labios descendieron hasta mi cuello.

Un gemido escapó de mis labios cuando su boca me rozó y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba, luchando con su autocontrol.

Comenzó a depositar besos desde detrás de mi oreja hasta mi clavícula.

Había algo en cada caricia, en cada beso, que encendía mi piel allá donde la tocaba.

Por primera vez en mi vida, sentí una tensión entre las piernas que me empujó a querer más, a desear esas caricias y esos labios por todas partes.

Empujé a Alec contra la mesa y gruñó. Bajo mis manos, todo él era tensión: sus músculos estaban tirantes, alerta. Mis manos le ponían la piel de gallina allá por donde lo rozaban. Cambió de postura y me colocó entre sus piernas, atrapándome, y su boca se apoder ó de la mía.

Podía sentir que se estaba controlando, que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por ser delicado e ir despacio, aunque por dentro ardiera en deseos de devorarme. Lo besé de vuelta, asiéndolo de la nuca para acercarlo más a mí, y un gruñido gutural se le escapó de la garganta.

Fue entonces cuando noté el bulto en sus pantalones y me bloqueé.

Un pavor puro y cegador congeló todos mis músculos. No podía moverme. Porque moverme implicaría unas consecuencias, unas necesidades a las que no sabí a si estaba lista para enfrentarme aún.

—Eh, Farza. —La voz de Alec sonó lejana, como a través de una cortina de agua—. Farza.

Tenía la vista desenfocada y tuve que obligarme a centrarme en sus rasgos, en esos ojos azules que se me clavaban en el alma mientras sostenía mi rostro entre las manos.

—Farza, no tienes ninguna obligación de continuar. Esto —lanzó una mirada furtiva hacia abajo— es solo responsabilidad mía. ¿De acuerdo?

—Lo siento —musit é, pero él sacudió la cabeza.

—No te disculpes. ¿Estás segura de querer seguir?

—Sí —susurré, y luego con más fuerza—. S í, estoy segura.

—Bien.

El siguiente beso me supo a gloria, a libertad y a una felicidad tan dulce con la que ni toda la miel del mundo habría podido competir. Besar a Alec y sentir la necesidad con la que él me besaba fue como volver a casa; como si de repente pudiera llenar un vacío que ni siquiera sabía que tenía.

El beso fue lento al principio, pero entonces sus manos se cerraron en torno a mi cintura y me atrajo con un jadeo. Todo se aceleró. Nuestras lenguas se mezclaron y un escalofrío me recorrió entera. Me abracé a él, tomándolo de la nuca, y Alec gruñó en mi boca.

Sin dejar mis labios, sus manos bajaron por mis caderas, trazando con un cuidado exquisito cada una de mis curvas.

El vestido que llevaba, con el que había dormido aquella primera noche, era tan fino que me sentía casi desnuda, como si sus dedos estuvieran ya tocando mi cuerpo, y una llama se encendió bajo mi piel.