Capítulo 21
Farzaneh
«Yo hice que las mujeres fueran amadas por los hombres».
El barco se mecía con suavidad sobre las aguas del Nilo.
La noche era tranquila; incluso los motores parecían más sosegados que de costumbre.
El chapoteo rítmico del casco era agradable, y permanecí un rato sentada en el borde de la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad que se veía a trav és del ojo de buey.
Alec se había marchado hacía un rato, directo a negociar con el capitán el uso de lo más parecido a una ducha que pudiera haber en el barco.
Supuse que, como mucho, le conseguirían una palangana con agua del río, pero me hacía gracia que, incluso a pesar de las inclemencias, él no perdiera sus formas de caballero ingl és. Sonreí.
Tras tantos días en su compañía, se me hacía raro estar sola, en silencio. El canto de los grillos y las chicharras era atronador, pero aun así, se respiraba una curiosa calma. Solo me quedaba disfrutarla y confiar en que después no llegaría la tempestad.
Claro que, en realidad, la tempestad ya había pasado, y se había llevado algo de m í consigo.
No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido en Dendera.
La presa tras la que llevaba años conteniendo mis sentimientos se había roto, e incluso al ver la parte más desagradable, airada y altanera de mí, la que mis padres insistieron tanto en que debía reprimir, Alec no retrocedió.
No se amilaó. Había sido… Ni siquiera sabía cómo describirlo.
No estaba acostumbrada a confiar en alguien de esta manera.
Y, de acuerdo, quizá había metido la pata.
Hasta el fondo y de forma irremediable. ¿Hathor la diosa del amor?
¿A qué había venido eso? Todav ía me quería tirar de los pelos cada vez que pensaba en ello.
Pero Alec me miró con una intensidad que desmoronó cualquier miedo o duda.
No hallé vergüenza ni sonrojo en sus rasgos, no. Lo que vi fue… deseo. Necesidad.
No me lo estaba imaginando.
Qué diantres, ni siquiera mi primer encuentro con Ambrose fue así.
Él jamás me había mirado con esa fuerza: no lo hizo cuando bailamos por primera vez en Gower Square, ni la primera vez que me besó, junto al Támesis, ni siquiera cuando me pidió matrimonio.
Lo único que yo percibí en esas ocasiones fue interé s.
Un trámite para conseguir lo que quería.
No le parecía repulsiva, pero dudaba que Ambrose hubiera sentido en su vida el deseo capaz de derrumbar edificios que vibraba en el aire cada vez que Alec y yo nos mirábamos.
¿Era una depravada? ¿Estaba enferma? Se trataba del padre de mi prometido y tenía un buen puñ ado de años más que yo, pero…
Me masajeé las sienes. No sabía qué hacer ni qué pensar.
Nunca me había sentido así por nadie. Había visto a las hijas de los amigos de mis padres encapricharse de este o aquel joven, casarse y hablar de amor y de sexo entre risas y cuchicheos, mientras que yo…
Siempre pensé que había nacido defectuosa.
Que algo no iba bien si no era capaz de sentir ese cosquilleo, ese calor y esa excitación.
Por supuesto que soñaba con encontrar a alguien con quien ser feliz, a alguien con quien pasar el resto de mi vida, pero en cuanto imaginaba siquiera el sexo, mi cerebro me sacaba de la ecuación.
Me resigné a ser la rara, la que sonreía de forma impersonal cuando se mencionaba el matrimonio y, secretamente, temía el momento de irme a la cama con un hombre por el que no sentía nada.
Incluso con Ambrose traté de convencerme de que podría enamorarme de él, aprender a desearlo y a buscarlo… Pero solo me engañaba a mí misma.
Ahora, sin embargo… Tragué saliva. Un cosquilleo me recorría el cuerpo, un ansia que nunca había sentido, y tenía muy claro quié n era el causante.
La puerta del camarote se abrió con un clic y Alec hizo acto de presencia.
Parecía que había tenido éxito en su empresa: su cabello rubio ceniza estaba brillante y húmedo, y algunas gotas de agua todavía le resbalaban por las sienes y el cuello.
Se acomodó un mechón rebelde mientras cerraba la puerta.
Quizá fuera impresió n mía, pero juraría que rehuía mi mirada.
Llevaba en la mano su camisa, que había adquirido un color amarillento sospechosamente parecido al del polvo del Sáhara, y le habían prestado una túnica de lino que se anudaba a la cintura con un cinturón de cuero, aunque dejaba gran parte de su pecho al descubierto.
Constaté lo que ya habí a intuido antes: tenía los pectorales cubiertos de un vello grisáceo, canoso, que descendía por el estómago hasta perderse bajo el cinturón.
Intenté no pensar en el final de ese camino, en el aspecto que tendría sin la túnica o en la forma en la que cada curva de su cuerpo se adaptaría a las yemas de mis dedos.
—Enhorabuena —dije con una media sonrisa—. Al final te has salido con la tuya.
—El lenguaje de signos es universal —replic ó él, curvando tan solo un poco las comisuras de sus labios hacia arriba—. Aunque me gustaría aprender árabe solo para saber qué me han llamado. Ha debido de ser de todo menos «bonito».
Dejó la camisa sobre la silla y se apoyó en la mesita, cabizbajo.
Algo se retorció en mi interior. Un sentimiento desconocido y excitante.
El corazón me lat ía con tal fuerza que pensé que se me saldría por la boca, y un hormigueo comenzó a recorrerme las piernas hasta el bajo vientre.
Quizá nunca volvería a sentir algo así por nadie.
Quizá esto era un error, pero estaba harta de elegir siempre la opción fácil y correcta. Esta vez, saltar ía al vacío.
—¿En qué piensas?
Alec me miró por el rabillo del ojo. Tras la ducha, la túnica se le pegaba a la espalda, revelando unos músculos poderosos, y sus pupilas centellearon.
—¿Por qué lo dices?
—Estás muy callado desde que volvimos de Dendera. Abstra ído. Como si… —Tragué saliva—. Como si algo te pesara.
Soltó una risa gutural y se dio la vuelta. Había algo distinto en él, algo triste, casi nostálgico. No me gustaba verlo así. Me hice a un lado en la cama y le dejé sitio para sentarse, pero sacudió la cabeza.
—Con los a ños me he vuelto un experto en poner cara de póker. Siempre bien, siempre de cara a la galería, siempre rindiendo pleitesía al qué dirán… —Alzó la vista—. Pero tú, en apenas una semana, has aprendido a ver más all á de esas caretas. ¿Cómo lo has hecho?
—Cuando no te dejan hacer nada más que existir, aprendes a mirar. A observar —repuse—. Se me da bien. Sobre todo cuando… Cuando lo que observo me importa.
Enterró los dedos en sus cabellos, peinándose hacia atrás. Puede que fuera la forma en la que los m úsculos de sus brazos se flexionaron, o el efecto de su rostro despejado, pero el corazón me dio un vuelco.
—Antes me hablaste del caos y del orden según lo entendían los egipcios, ¿no?
De cómo veían el mundo como un cosmos en miniatura en el que todos debían aprender a mantener el equilibrio entre ambas fuerzas.
—Asentí—. Yo nunca he sabido mantener ese equilibrio.
Quizá sea yo ese elemento de caos que lo desbarata todo.
A lo mejor debo mantenerme alejado de todo y de todos para no destruir las vidas de los que me rodean.
Y no quiero que eso me pase contigo. No quiero seguir minti éndote.
—Alec… —susurré, e hice amago de levantarme, pero él me detuvo con un gesto de la mano. Inspiró profundamente, como si necesitara arrancar esas palabras de su boca para poder respirar.
—Me gustan las mujeres y los hombres —confesó, y permaneció en silencio unos segundos.
No respondí. No lo conocía lo suficiente como para sorprenderme, pero al mismo tiempo, me pareció natural.
Hab ía algo en él distinto a todo el mundo que conocía, algo que lo hacía vulnerable pero también…
humano. Y yo no era quién para juzgar. Alec me buscó con la mirada, con timidez, y asentí—.
A Josephine también, y por eso pensamos que nuestro matrimonio podría funcionar.
Por eso decidimos intentarlo, pero… No supe hacerla feliz.
Viv ía con miedo a que alguien descubriera ese otro lado de mí, y eso nos destruyó.
En algún momento había dejado de respirar. Tomé aire, evitando romper el tenso silencio que se había apoderado del camarote. Alec se había apoyado contra la mesita, y sus manos aferraban con tanta fuerza la madera que los nudillos estaban blancos.
—Conocí a Jacob un a ño después del divorcio —continuó—.
Fue amor a primera vista. Estábamos los dos de copas en un bar de Shoreditch, un antro de mala muerte, y cuando lo miré a los ojos…
Simplemente lo supe. Fue como si las piezas encajaran.
Imagínate que enciendes una cerilla: el fósforo estalla en una explosión cegadora que apenas dura un segundo, y luego solo queda una varilla de madera que se va consumiendo lentamente hasta que, al final, se extingue sin remedio.
Así fuimos Jacob y yo, y el tiempo que pasamos juntos…
—Se pas ó de nuevo la mano por el rostro con una risa amarga.
El barco se bamboleó un poco y me tuve que agarrar al colchón—.
Dios mío, le quise tanto. Tantísimo. Pero ni así fui capaz de luchar por él.
No pude aceptarme a mí mismo ni siquiera por el hombre que me había robado el corazón.
Al final se cans ó del secretismo, de la clandestinidad y de las mentiras, y lo perdí para siempre.
—Lo siento —susurré, y me sentí estúpida. Pero ¿qué otra cosa podía responder? ¿Qué podía decirle que aliviara el dolor que llevaba a rastras? Nada. Porque Alec no me estaba hablando a mí. Quizá necesitaba escucharse a sí mismo, a ese yo del pasado que tantos errores había cometido.