Capítulo 20 #2
—¿Ves el muro rectangular que encierra todo el complejo?
Delimita el espacio sagrado del templo, separándolo del desierto.
Un poco m ás allá está el río que, probablemente, cuando todo esto se construyó, llegaba justo hasta la entrada.
El cuadrado, o aquí rectángulo, perfecto es la personificación del orden, la ma’at.
El desierto, la del caos. La casa del dios existe en el equilibrio perfecto entre ambos.
Asentí, algo ensimismado. Aunque sonaba fantasioso, tambi én era lógico.
Fuera de aquellos muros, el mundo se difuminaba, desaparecía en la inmensidad del desierto; pero dentro había una atmósfera de paz, como si el tiempo se hubiera detenido.
Alcé la vista hacia el rostro de quien supuse que era Hathor.
Las facciones de varias efigies se habían borrado, erosionadas por el tiempo, pero los colores de su tocado permanecían vivos y en su sitio. Debió de ser un lugar espectacular.
—Ven, te ense ñaré el interior.
Farza se puso en pie y se adentró entre las columnas.
La seguí, pero al entrar me detuve en seco.
En el exterior, la arena y la piedra reflejaban con rabia la luz del sol, sin embargo, el interior del templo estaba en penumbra.
Agujeros en el techo, repartidos aquí y allá, dejaban pasar cierta luminosidad, pero las columnas eran tan robustas y numerosas que, de repente, me vi sumido en un mar de oscuridad.
—¿Alec?
—¿Dónde estás? —balbuce é. Me apoyé en la pared, arrebatado por un repentino sentimiento de impotencia—. No te veo.
—Aquí.
Unos dedos se entrelazaron con los míos en la oscuridad y el corazón me dio un vuelco. No la veía, pero era ella. Había algo clandestino en aquel roce en la penumbra, donde no éramos más que dos cuerpos, dos personas sin nombre ni rostro. Le apreté la mano, disfrutando del momento.
Entonces mis ojos se acostumbraron a la falta del luz y ambos apartamos la vista al mismo tiempo.
— Mira aquí. —Farza se puso en cuclillas junto a la base de una columna.
Acarició suavemente los relieves: plantas pintadas de verde y negro, cientos de ellas, unas junto a otras—.
Juncos. Es el Nilo, y lo negro es el limo fértil, la tierra de Egipto tras la crecida.
Y allí —señaló al techo— está el cielo. ¿Ves que está pintado de azul con estrellas?
Cada templo es un microcosmos, un universo en miniatura.
Los pies descansan sobre la tierra y por encima de las cabezas está el cielo. Es perfecto.
Y lo era. Pero yo no estaba mirando las paredes. Por muy fascinantes que fueran, no lo dudaba, era incapaz de apartar los ojos de ella. Incluso allí, entre las sombras, sus ojos brillaban con pasión. Había nacido para caminar entre los templos y las tumbas egipcias.
—Eres la mujer más fascinante que conozco —musité.
—No debes de conocer demasiadas entonces —replicó, ruborizándose.
—No, Farzaneh, lo digo en serio. Eres… Argh. —Al lado de su elocuencia, me sent ía como un payaso analfabeto—. Me alegro muchísimo de haberte conocido. Ojalá las circunstancias fueran distintas, pero aun así… Gracias.
—¿Por qué?
—Por dedicarme este tiempo. Por ofrecerme este trocito de tus conocimientos.
Agitó una mano frente a su rostro.
—Te ha debido de dar una insolación, Alec. Ni soy tan sabia ni tan fascinante.
—¿Por qué te empeñ as en negar lo evidente?
—Ladeé la cabeza y me crucé de brazos contra una de las columnas—.
Eres una experta. Te conoces este país al dedillo, hablas árabe y sabes leer jeroglíficos.
¡Yo apenas consigo dominar el inglés! Y nunca me he encontrado con nadie capaz de transmitir tanta pasión y tanto amor por su disciplina.
Me observó con un expresi ón indescifrable y luego bajó la vista. Permaneció un rato en silencio hasta que echó a caminar y tuve que salir corriendo tras ella para no perderla entre las columnas.
—¿Farza?
—¡Pues sí! —gritó de pronto, deteniéndose en seco—. ¡Es verdad! Sé mucho, me he matado a estudiar y adoro este pa ís. ¡Sí, soy una experta y, sobre todo, soy egiptóloga!
Sus palabras resonaron por toda la sala, rebotando de columna en columna, hasta que solo se oyó un eco a lo lejos y el sonido de su respiración entrecortada. Al principio pensé que había dicho algo mal, que la había ofendido, pero entonces me di cuenta de que no me gritaba a m í, sino a sí misma.
—¿Sabes qué pasa? —Giró en redondo sobre sus talones y se volvió hacia mí.
Los ojos le ardían como teas—. Que una mujer no debería estudiar egiptologí a.
Que una mujer no debería estudiar. Que una mujer no debería ser vista.
No debería ser oída. No debería tener opiniones.
No debería salir a la calle sola. No debería atreverse a existir si no es a la sombra de un hombre que decida por ella. ¡Argh! ¡Estoy harta! ¡ Harta!
Pensé en abrir la boca, pero me hubiera arrastrado aquel oleaje de palabras, así que opté por el silencio. Las mejillas de Farza se habían tornado rojas y sus hombros se movían espasmódicamente, al ritmo de su respiración.
—No hagas esto, no hagas aquello, no leas, siéntate recta, no hables, que no te vean, que no te oigan.
¡ Harta! Amelia me enseñó que se puede vivir de otra forma, me puso la miel en los labios, ¿y para qué?
Ella era blanca y rica. Y la quiero como nunca querré a nadie, pero ni siquiera ella comprendía mi situación.
¿De qué me sirve tener dinero si en Irán jamá s me permitirán vivir mi propia vida y en Inglaterra nunca dejaré de ser nada más que el color de mi piel?
Yo solo quiero… —Se detuvo para tomar aire.
Inspiró profundamente, como instándose a calmarse.
Tenía los ojos húmedos y las manos le temblaban—.
Quiero estudiar. Quiero excavar. Quiero tener una carrera y vivir por y para lo que amo.
No puedo… —La voz se le quebró—. No puedo fingir ser quien no soy.
Sus palabras se me clavaron en el corazón.
Allí estaba ella, una mujer con la mitad de mi edad y el coraje suficiente para enfrentarse al mundo.
Había desafiado a su padre, a su tío y a todas las fuerzas de la sociedad que conspiraban para obligarla a amoldarse a unas etiquetas que no la definían.
A su lado, ¿qué era yo sino un cobarde que había aceptado el statu quo sin luchar, sin atreverse siquiera a protestar?
Por eso me dejó Josie. Por eso me dejó Jacob.
Pero quizá pudiera aprender algo de Farza.
Quizá todavía estaba a tiempo…
—Farzaneh. —Susurré su nombre al acercarme a ella y ponerle una mano en el hombro, y algo parecido a una corriente eléctrica pasó entre ambos.
Se volvió hacia mí, con las lágrimas pegadas a las pestañas, y por un instante pens é en besarla—.
Eres un ejemplo a seguir y no sé… No sé qué opinará Ambrose de todo esto.
No sé qué ocurrirá cuando estéis casados o qué camino seguir á tu vida, pero quiero que sepas que siempre me tendrás a tu lado para apoyarte, ¿me oyes?
La joven asintió y ahogó un sollozo. Noté que mis ojos se humedecían también y la abracé como aquel día en el museo, que tan lejano parec ía ya, pero mucho más suave.
Sentí que su cuerpo se ablandaba, se amoldaba al mío, y por primera vez en muchos años, el nudo que me atenazaba el pecho comenzó a desatarse.
—No es tan fácil —musitó .
—Creo en ti y sé que tienes el coraje suficiente como para convertirte en la mejor egiptóloga que ha visto el mundo, ¿de acuerdo? No cambies. No dudes de ti. Yo estaré contigo en cada paso del camino, si me dejas. Aunque sea un ignorante.
—Tal para cual —rio entre lágrimas, y los dos soltamos una carcajada, abrazados entre las columnas de Dendera.
Fuera, el viento ululaba. Sonaba como una canción, un arrullo solo para nuestros oídos.
—Menudos dos —dije al fin, separándome de ella.
Se enjugó las l ágrimas que le habían brotado por el rabillo del ojo, el velo totalmente corrido, y nos reímos de nuevo—.
¿No se suponía que dentro del templo solo podía haber orden y concierto?
No creo que a una diosa tan recta como Hathor le guste que traigamos el caos a su morada.
—Bueno —repuso Farza con una sonrisilla—, Hathor también es la diosa del amor.
Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que había dicho, de la implicación de sus palabras, y el aire se me atasc ó en los pulmones. Para entonces, ella ya se había ruborizado y abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua.
—Del amor y de la alegría, quiero decir. No me refería a… Es una diosa que puede ser muy despreocupada, eso era, o sea, que no se enfadaría si traemos el caos a su… ¡Que no vamos a hacerlo! ¡No pretendía insinuar que…! ¡Argh! Ya ilahi!
Una sensación extraña me invadió. De pronto, fui extremadamente consciente de que estábamos solos, lejos de cualquier reducto de civilización, y de que Farza estaba hablando de amor. Conmigo. En la penumbra.
Los recuerdos regresaron en tromba. No era la primera vez que alguien me hablaba de amor entre las sombras, aunque los callejones de Manchester fueron un escenario bastante menos elegante que el templo de Dendera.
No era la primera vez que me encontraba tan cerca de unos labios que me moría por besar, aunque sabía que no debía.
Jacob se había hartado, y no le culpaba. Jamás había sido capaz de aceptarme a mí mismo, de dejar de vivir con miedo. Cuando llegué a casa y descubrí nuestro dormitorio vacío y todas sus cosas desaparecidas, no me sorprendió.
Pero no por ello dolió menos.
« No puedo fingir ser quien no soy».
Tragué saliva. Las palmas de las manos me sudaban, y no por el calor. Me obligué a centrarme en el rostro de Farza, cuyos ojos buscaban desesperadamente los míos para tranquilizarse, convencerse de que no había hecho el ridículo más espantoso.
Estábamos cerca. Demasiado. Tenía las manos muy cerca de mi pecho, buscá ndome, y si me inclinaba un poco, podía rozar sus labios. Sería tan fácil tomarla entre mis brazos, atraerla hacia mí en un abrazo que jamás querría deshacer. Nuestras miradas se encontraron y la respiración se le entrecortó.
Era perfecta. Quizá la mujer má s bella que había conocido nunca, y la más inteligente, perspicaz y generosa. La deseaba tanto como había deseado a Jacob en su momento, y la mera idea de perderla me aterraba.
Pero no podía perderla porque no era mía. Jamás lo sería.
Así que hice lo que mejor se me daba.
Huir.
—Será mejor que volvamos. —Me di la vuelta, escud ándome en las sombras que arrojaban los pilares para no mirarla a los ojos—. No podemos perder el barco.
Si me hubiera dado la vuelta, habría visto su brazo alargándose hacia mí, dudando y quedándose un segundo suspendido en el aire antes de bajarlo. Algo se había roto, una burbuja había explotado, y me dolía en el alma lo denso que se había vuelto el aire.
—¿Alec? — Trató de ponerse a mi altura, pero no aminoré el paso—. ¿Va todo bien?
Me mordí el labio. El sol se estaba poniendo y el cielo se había teñido de un naranja tan intenso que, por un instante, me pareció una herida abierta y sanguinolenta.
—No lo sé, Farza —suspiré, en una voz demasiado baja como para que me oyera—. No lo sé .