Mil millas Nilo abajo Capítulo 20
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Capítulo 20

Alis t ai r

«Yo consagré los precintos de los dioses».

— Almahatat altaaliat, Qina! Baed nisf saeat nasil ’iilaa Qina!

Me volví hacia Farza, escudando mis ojos del inmisericorde sol con la mano.

Ella había sido más lista que yo y se había cubierto el rostro de forma estratégica con el velo.

Mucho me temí a que regresaría a Inglaterra con un rabioso color rosa digno de mis compatriotas que veraneaban en el norte del Mediterráneo.

—¿Qué ha dicho?

—Que en media hora llegamos a Quena —tradujo—. El próximo puerto en el que atracaremos.

—Es la primera vez en mi vida que oigo hablar de esa ciudad. ¿Seguro que no te la acabas de inventar?

—Dice el que apenas conocía las pirámides —se burló—. Es una ciudad relativamente grande, as í que supongo que tardaremos un buen rato en volver a zarpar.

—Ay, Dios mío. —Me llevé las manos a la cabeza, desesperado—. ¿Es que no vamos a llegar nunca a Luxor? ¿Cuánto más puede durar este viaje?

—Ya sabías que iba a ser largo —repuso ella, apoyándose en la barandilla.

A nuestro alrededor, una marabunta de gente se afanaba de un lado a otro, acarreando maletas, hatillos y jaulas con animales que chillaban.

En una me pareció ver un hurón—. Pero es la mejor manera de viajar sin llamar la atención. A nadie se le ocurriría buscarnos aquí.

—Ya lo creo que no —suspiré.

Si un mes atrás me hubieran dicho que me encontraría en un barco a vapor en medio del Nilo, rodeado de personas cuyo idioma era incapaz de descifrar y en compañía de la prometida de mi hijo, sobre la que tenía pensamientos bastante poco cristianos, no me lo habrí a creído.

Habíamos sobrevivido a la noche, al menos, y con eso, de momento, me bastaba.

Tumbarme al lado de Farza, incluso de espaldas, había sido una tortura.

Saber que estaba justo ahí, tan cerca de mí, que compartíamos la misma cama, que con solo moverme un centímetro podía tocarla…

La mera idea casi me había vuelto loco. Yo era un caballero ingl és y, como tal, creía que sabía controlar mis pasiones, pero tenía la sensación de que Dios me estaba poniendo a prueba.

No me había sentido tan cohibido ni cómplice de tal intimidad con alguien desde Jacob. Y todos sabíamos cómo termin ó eso.

Gracias a Dios, en cuanto cerré los ojos, el cansancio se apoderó de mí y dormí como un tronco hasta que Farza me despertó cuando el sol ya había salido.

Ella ya se había vestido y parecía lista para marcharse a explorar.

Me dio un par de golpes en el hombro hasta que me desperecé y me avisó de que me esperaría fuera mientras buscaba desayuno, pero había un no sé qué en su tono y en la forma en que me miraba.

Cierta naturalidad impostada. Incluso ahora, en cubierta y con un dulce de miel y comino en la mano, sentía que algo había cambiado entre nosotros.

Todo mi ser me suplicaba que alargara la mano y tomara la suya, pero aferré la barandilla en su lugar. Había l ímites que me negaba a cruzar.

—Podríamos bajar a echar un vistazo —sugirió de pronto.

—¿Bajar a qué? —Fruncí el ceño—. ¿A ver mezquitas?

Me dio un manotazo en el hombro. Merecido. El calor era sofocante y nos movimos a la sombra para dejar paso a los pasajeros que se disponían a desembarcar.

—¡Dendera! El templo de Hathor. Una de las maravillas mejor conservadas del Antiguo Egipto. —Se volvi ó hacia mí con ojos enormes y brillantes—. ¿Por favor?

—Es imposible negarme a nada si pones esa cara. —Chasqueé la lengua con irritación fingida—. ¿Pero es seguro? ¿Es…? No sé, ¿es apropiado hacer turismo mientras Ambrose sigue desaparecido?

— A Ambrose no lo va a ayudar que nos quedemos con mala cara en el barco. Además, es una oportunidad única. Quizá no volvamos a Quena jamás.

—El templo no se va a mover de donde está, Farza —bromeé—. Te vas a casar con un egiptólogo, estoy seguro de que Ambrose estará encantado de volver aquí contigo cuando quieras.

Ella no respondió; se limitó a devolverme una mirada circunspecta y a alejarse para asomarse de nuevo al río.

Me mordí la lengua. ¿Había dicho algo malo?

Quizá después de anoche, mencionar su matrimonio con Ambrose era poco oportuno, pero debía hacerlo.

Me sentí a arder tan solo con pensar en ello, pero no podía perder de vista la realidad.

Ambrose era su futuro marido; Ambrose y nadie más.

El Nilo brillaba, como si su superficie estuviese cubierta de diamantes, y el barco comenzó a reducir la velocidad a medida que nos acercábamos a nuestro destino. Me incliné sobre la barandilla, entrecerrando los ojos, y dejé que el calor del desierto me engullera.

***

Dendera se encontraba en la orilla opuesta del río a Quena, en una aldea llamada Dandarah que se había construido poco a poco, a lo largo de los siglos, en torno al templo.

Los minaretes llamaban a la oraci ón cuando bajamos del barco y esperé a que Farza terminara de rezar mientras buscaba una faluca para cruzar al otro lado.

Estaba claro que los jedives otomanos no se preocupaban más que por la cara visible de Egipto: Alejandría y El Cairo bien podrían pasar por metrópolis europeas, modernas y al gusto occidental, pero cuanto más nos alejábamos del norte más se notaba a dónde iba el dinero de las potencias y de la Sublime Puerta.

Quena era una ciudad —si es que se pod ía llamar así— de unas cincuenta mil almas, bastante grande para los estándares de la zona, pero que parecía estancada en el siglo pasado.

Exceptuando los minaretes, todo eran casas de adobe, corrales y lugareños que me miraban con extrañeza al pasar a mi lado. Me calé el sombrero, algo incómodo.

—¿Todo en orden? —inquirió Farza al acercarse a m í y al barquero con el que estaba negociando a grito pelado.

Era un hombre entrado en años, con un bigote poblado y más astucia en los ojos con la que lidiar era imposible en un idioma que no conocía.

Llevaba los últimos diez minutos gesticulando como un salvaje y rezando a Dios para que me entendiera.

—Creo que sí. —Me enjugué el sudor de la frente. Ya tenía la camisa pegada al cuerpo; me sentía repugnante —. Aunque podría haberme llamado asno estúpido y yo habría sonreído igual, si te digo la verdad.

—No negaré que es una posibilidad —sonrió ella, e intercambió unas palabras con el hombre. Luego rebuscó en el bolsillo y depositó un par de monedas en su palma. El hombre se frot ó las manos, satisfecho, y nos indicó que subiéramos.

El velo de Farza era ligero; debajo se intuían sus labios y su mandíbula. Tan solo los ojos quedaban al descubierto, dos joyas oscuras engarzadas en medio de un rostro perfecto. El efecto era tan exótico como hipnotizante, y tuve que concentrarme para no mirarla embobado.

—Cuéntame. —Me recosté sobre el borde de la barca, justo debajo de la vela, para evitar que me diera en la cabeza, y met í la mano en el agua. Las aguas corrían revueltas y de color casi ocre, pero el frescor era más que bienvenido—. ¿Qué voy a ver aquí?

—Nada, solamente uno de los complejos templarios más grandes del Antiguo Egipto. —Me dedicó una sonrisa ladina—. Cuarenta mil metros cuadrados.

—¿Cuánto es eso para aquellos que tenemos la desgracia de habernos criado en el sistema imperial?

Ech ó cuentas rápidamente.

—Un poco menos que Buckingham Palace.

Casi me atraganté.

—La virgen.

—Casi —rio ella. Ya estábamos casi llegando y el barquero le dijo algo en egipcio.

Farza asintió—. El cristianismo inventó algunas cosas, pero la Virgen que os ha llegado a vosotros ha tomado prestado mucho de Isis.

Este templo está dedicado a Hathor. La esposa de Horus y equivalente femenino a Ra.

Una de las diosas má s importantes del panteón antiguo.

Solté un silbido de admiración.

—Suena importante, desde luego.

La arena estaba caliente cuando desembarcamos, y tuvimos que andar un buen rato entre casas enyesadas y caminos de polvo antes de llegar al templo.

Si había más europeos visitando el lugar, como con las pirámides de Guiza, yo no los vi.

Estábamos solos. Iba a hacer algún comentario al respecto, cuando Farza alzó los brazos con teatralidad y señaló frente a nosotros.

Las palabras se me quedaron congeladas en la lengua.

Las pirámides eran magníficas, moles de roca de milenios de antigüedad, pero de alguna manera había estado preparado; todo el mundo las había visto, aunque fuera a través de postales.

Dendera, sin embargo, me pill ó desprevenido.

Como un espejismo en medio del desierto, un camino de losas pétreas surgía de la arena y avanzaba recto e imparable entre restos de columnas semienterradas y devoradas por las plantas, hasta una fachada digna de los dioses.

Seis pilares hercúleos flanqueaban la entrada a un templo de dimensiones inimaginables. En cada uno de ellos, un rostro femenino de orejas curiosas y mirada penetrante observaba al visitante. Por un instante, me dio la sensación de que tenían acceso a cada rincón de mi alma.

Quizá fuera el silencio a nuestro alrededor, quizá la monumentalidad de aquel edificio del que nos separaban casi tres milenios, pero habí a algo mágico en el aire. Algo intangible, pero que se respiraba y se sentía.

—Lo notas, ¿verdad?

Farza me lanzó una mirada curiosa por encima del velo. Bajé los ojos hacia ella. A mi lado parecía todavía más pequeña.

—Es… —Las palabras me fallaban— . Especial.

—Los egipcios también lo pensaban. —Avanzamos hasta la entrada.

Enormes relieves de faraones antiguos, a los que no les llegaba más que a la rodilla, decoraban las paredes bajo la efigie de la diosa con orejas de vaca.

Farza se sentó en un poyete a la sombra—.

Para ellos, los templos eran un cosmos en miniatura, una pequeña representación del mundo.

—¿A qué te refieres?