Mil millas Nilo abajo Capítulo 19
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Capítulo 19

Farzaneh

«Yo aplaco el mar y desencadeno la tormenta».

Que la primera vez que me emborrachara fuera en un país en el que no se consumía alcohol era sin duda un logro, aunque no uno del que estuviera especialmente orgullosa.

La mujer del rostro picado se había puesto a repartir bebida a mitad del baile; un líquido blanco espeso y espumoso que me supo a gloria.

Era fresco y dulce, un bálsamo en medio de la pegajosa humedad del Nilo.

Me tomé un vaso entero, me reí de Alec cuando la espuma se le quedó pegada al bigote, y luego debí de acabarme tres o cuatro más.

Para cuando comencé a darme cuenta de que no era el barco quien se balanceaba sino yo, ya era demasiado tarde.

Aun así, quizá no me habría venido mal seguir bebiendo.

Me lo estaba pasando bien. Demasiado bien.

Alec me había sacado a bailar, y yo… Lo había disfrutado.

No solo por la música, la diversión, la sensació n de libertad alejada de la mirada acechante de mis padres.

No. También por él. Me prestaba atención.

Me buscaba. Había visto cómo me miraba cuando bailaba, cómo me escudriñaba entre la música; no estaba ciega.

Era el padre de Ambrose, mi futuro suegro, pero me gustaba.

La adrenalina que corría por mis venas cada vez que nuestros ojos se encontraban, cada vez que sus dedos rozaban los mí os, que sentía su atención sobre mí era adictiva.

Me dejé caer sobre el camastro y me llevé la almohada a la cara. Habría querido gritar, pero puesto que Alec venía justo detrás de mí y no quería terminar de cimentar mi reputación de completa demente, me conformé con morder la tela con fuerza. Sabía a polvo.

Oí el clic de la puerta del camarote al cerrarse.

Quizá fuera por influencia de la bebida, pero se me puso la piel de gallina.

El espacio era tan pequeño que en dos zancadas se pondría a mi lado, y no sabía si ser ía capaz de soportarlo.

Aún estaba recuperándome del baile, del roce de nuestras manos y de su cercanía, y con el alcohol nublando mis sentidos no tenía claro si haría alguna tontería o si la tierra me tragaría por siquiera atreverme a pensar así en el padre de mi prometido.

Pero era la primera vez que alguien se interesaba por mí de forma genuina. Que me escuchaba. Que hablaba conmigo, y no a m í, como si yo fuera poco más que parte de la decoración. La primera vez que me sentía… deseada.

—¿Farzaneh?

Su voz sonaba cerca, pero no se sentó a mi lado. Me lo imaginé de pie, esperando a que me dignara a quitarme la almohada de la cara y a explicar por qué parecía un cadáver asfixiado sobre la cama. Maldita fuera su caballerosidad británica.

—¿Todo bien?

A regañadientes, puse a un lado el cojín y apreté los labios.

Así, inclinado sobre mí, estaba más atractivo que nunca.

Lo que le quedaba de corbata pendía de su cuello, y los dos primeros botones de su camisa, que hací a ya rato que habían perdido su blancura, estaban desabrochados, dejando intuir un torso definido y un vello grisáceo.

Tragué saliva con dificultad. Estaba despeinado, con mechones bailando aquí y allá, y tenía los ojos muy brillantes.

—No suelo beber —croé—. No sabía que era sobia, ¿ vale?

—¿Sobia? —Ladeó la cabeza.

—Una bebida de leche, arroz y coco —expliqué con dificultad. La boca me sabía pastosa—. Si la dejas fermentar el tiempo suficiente, se alcoholiza.

—Hecha la ley, hecha la trampa. Venga —sonrió, y el corazón me dio un vuelco—, a descansar. Suficientes emociones por hoy.

Me incorporé cuando vi que se alejaba y colocaba la triste tela de su corbata sobre la silla. Levanté una ceja.

—No pretenderás volver a tu estúpida idea de dormir en el suelo, ¿verdad?

—Farzaneh…

—No, no. —Levanté una mano y le corté en el acto. Estaba cavando mi propia tumba, pero parecía que le habí a cogido el gusto a lanzarme al abismo—. Me duele la cabeza y no vamos a discutir. Estaremos estrechos, pero cabemos los dos.

Suspiró con la fuerza de un camello y supe que había ganado la discusión. Comencé a quitarme la shayla, desenredándome el pelo hasta donde pude, mientras Alec murmuraba entre dientes algo de un neceser y del cuidado de su cutis cuando me di cuenta de un detalle que había pasado por alto.

¿Tendríamos que dormir en ropa interior?

Alec quizá podrí a quedarse como estaba, puesto que, al fin y al cabo, no llevaba más que una camisa y un pantalón, pero mi vestido tenía demasiadas capas. Sería imposible dormir con él, especialmente en una cama tan estrecha.

—Esto… —Alec levantó la cabeza hacia mí. Se estaba desatando los zapatos y suspiré aliviada al ver que no parecía dispuesto a deshacerse de m ás prendas—. Tengo que, eh… quitarme esto. Necesitaría un poco de…

Mis palabras flotaron en el aire unos segundos hasta que Alec captó el mensaje y se ruborizó hasta las orejas.

—Sí, claro, por supuesto. —Giró sobre sí mismo, sentándose en la silla de cara a la esquina del camarote. Parecía un ni ño pequeño castigado por su profesor y no pude reprimir una sonrisilla, aunque cierta parte de mí se sintió decepcionada por lo rápido que había cedido.

Con dedos algo temblorosos, comencé a quitarme capas: primero la shayla, luego la chaquetilla de lino rojo que me llegaba hasta los codos y ya, finalmente, el cinturón y la chaqueta larga.

Todavía llevaba un vestido de largo que cubrí a todas las zonas que el recato precisaba cubrir, pero aun así, me sentía casi desnuda.

Dejé la ropa a un lado y me tumbé sobre el camastro, mirando hacia la pared.

Lo último que necesitaba era encontrarme cara a cara con Alec, en un espacio en el que el más mínimo movimiento significaría un roce.

Pero ¿estaba siendo sincera conmigo misma?

No querí a tocarlo, pero deseaba que él me tocara a mí.

Ansiaba que me mirara, que se acercara a mí como lo había hecho antes en la cubierta.

¿Qué diantres quería de él? Jamás me habí a sentido atraída por ningún hombre —ni tampoco por ninguna mujer—, y de hecho todavía me repelía la idea de algo más físico, como lo que Ambrose me había propuesto una y otra vez.

Sin embargo, con Alec era diferente. Me gustaba estar a su lado.

Me gustaba gustarle. Su presencia me hacía sentir bien.

—Maldita sea —murmuré entre dientes.

—Puedo dormir en el suelo, si has cambiado de idea —dijo malinterpretándome.

—Alec, astaghfirullah, échate en la cama y déjame dormir.

No sabía cuándo habíamos comenzado a usar nuestros nombres con tanta familiaridad, pero no se quejó.

La cama crujió bajo su peso y de pronto una presencia enorme y cálida rellenó el espacio vacío que había junto a mí en el colchón.

El latido de mi corazón se aceleró y lo escuché en mis oí dos como un redoble de tambores capaz de ahogar incluso el rumor del Nilo que repiqueteaba contra el casco del barco.

Dios mío, ¿cómo podía un ser humano tener tal envergadura?

Casi no cabía en la cama. Podría abarcarme entera con los brazos y aún sobraría espacio.

De pronto, la idea de sus brazos a mi alrededor hizo que la sangre me hirviera.

—¿Estás c ómoda?

Sin la música y las voces de los demás pasajeros, el silencio era casi absoluto, y la voz de Alec sonaba más grave de lo normal.

—Eres enorme. —Apreté los dientes y me maldije en silencio por mi pobre elección de palabras. ¿«Eres enorme»? ¿Pero a quié n se le ocurría? Gracias, Alá, por no tener que enfrentarme cara a cara a él—. No te quejes si te tiro al suelo de una patada.

Una risilla sorda me llegó del otro lado del colchón y su sonrisa se me contagió.

—No lo haré. Pero te agradecería que mantuvieras la violencia al mí nimo, al menos esta noche.

El barco siguió su rumbo, rodeado de la oscuridad más absoluta.

Incluso tras las dos semanas de navegación desde Southampton, todavía no me acostumbraba a que el suelo se moviera bajo los pies, pero el sonido del agua y el tamborileo rítmico de los motores pronto se convirtió en un arrullo que comenzó a cerrarme los ojos.

Estaba agotada. No podía creerme que seis días atrá s estuviera en Alejandría con mi tío, todavía bajo la protección de mi padre y en un hotel de postín.

Me habían atacado y estrangulado, intentado secuestrar y perseguido por las calles de dos ciudades.

Me había enfrentado a Petrie, había saltado por una ventana y había bailado con un hombre que tení a la sonrisa más bonita que había visto nunca.

No está mal para una aspirante a egiptóloga sobreprotegida, ¿eh, Amelia?

El crujido del colchón me despertó. Alec se estaba girando sobre sí mismo con un gru ñido. Cerré los ojos de nuevo hasta que, cinco minutos más tarde, se volteó de nuevo. Otro gruñido. Su espalda me empujó contra la pared.

—¿Va todo bien? —susurré. Me costó vocalizar, arrastrando los sonidos entre el sueño y el alcohol, que por fin empezaba a disiparse.

—Tenías raz ón —murmuró de vuelta—. La cama es muy estrecha.

—No me obligues a mandarte al suelo, insisto.

—Vaya, vaya, cómo han cambiado las tornas.

—¿Eh?

—Es una expresión.

—Ah.

—Sí.

—¿No consigues dormir?

—Es que… —Soltó un suspiro—. No puedo dejar de pensar en lo rara que es mi vida ahora mismo. Es como si le estuviera pasando a otra persona.

Era extraño hablar con alguien sin mirarle a la cara, espalda contra espalda, pero aun así not é el cansancio en su voz.

—Lo siento —murmuré.

—¿Por qué?

—Parte de esto es culpa mía. Me buscan a mí, ¿no?

—La culpa de todo esto es de Ambrose, Farza, y de nadie más. No digas esas cosas. Y si te buscan a ti, razón de más para quedarme a tu lado. —Hizo una pausa. El agua chapoteó en el exterior—. No voy a permitir que te hagan daño.

Apreté los puños hasta clavarme las uñas en la carne. Quizá era egoísta, pero me hacía muy feliz que dijera esas cosas. Yo era má s que capaz de protegerme a mí misma, pero era bueno saber que no tendría que hacerlo sola.

—Gracias —musité—. Por todo.

—No tienes que darlas.

Otra pausa, pero esta vez fui yo quien rompió el silencio.

—Los antiguos egipcios consideraban al dios Seth la encarnación del caos, de las fuerzas tumultuosas que no se pueden contener. Era el opuesto a Horus, el garante del orden. Quizá sea Seth quien te ha cogido ojeriza.

—¿Cómo consigues siempre tener un dato curioso y relevante a mano?

—Considéralo un regalo de buenas noches. Cuenta chacales, a ver si así te duermes.

—Estrangular chacales, eso es lo que voy a hacer. —Nos reímos en silencio un rato, con nuestras espaldas chocando en un curioso baile que, a pesar de la cercanía y de la intimidad, cada vez me era menos incómodo. ¿Sería capaz de volver a dormir en una cama vacía?—. Buenas noches, Farza.

—Buenas noches, Alec.

***

En un camarote sin cortinas, dentro de un barco que renqueaba Nilo abajo, era imposible dormir más allá de la salida del sol.

Rezongu é y me removí sobre el colchón en cuanto los primeros rayos me acariciaron el rostro.

Había dormido como una muerta, sin sueños ni sobresaltos, probablemente gracias a los cuatro o cinco vasos de sobia .

Ahora me dolía todo: estaba pagando el precio de los desmanes del día anterior, de la carrera por el museo y por Mit Rahina y del desenfreno bailando en cubierta.

Con un quejido entre dientes, intenté darme la vuelta, pero algo pesado me impedía moverme. Abr í un poco los ojos, lo justo para que el sol no me deslumbrara, y todo el sopor se me esfumó de golpe.

En algún momento de la noche, Alec se había dado la vuelta, se había acurrucado contra mí y tenía su brazo sobre la cintura.

Ahora estábamos abrazados, mi espalda contra su pecho y su rostro pegado a mi pelo. Si me quedaba quieta, podía notar su respiraci ón, suave y pausada, acariciándome la nuca.

Permanecí inmóvil. Sus manos descansaban peligrosamente cerca de mi piel.

Noté la calidez de las yemas de sus dedos rozándome la tripa a través de la fina tela de mi vestido, el peso de su antebrazo sobre la cintura y la solidez de su torso contra mi espalda.

Incluso a través del sudor y del polvo de Mit Rahina, olía a perfume, un aroma acogedor que le iba como anillo al dedo.

La piel se me puso de gallina y un escalofrí o me recorrió de pies a cabeza.

El corazón se me detuvo o latió desaforado, no lo sé.

Estaba demasiado ocupada recuperándome de la conmoción de aquel brazo aferrado a mí para prestarle atención.

¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer? Cualquiera que nos viera así llegaría a conclusiones erróneas.

Mi honor, que tanto le había preocupado, quedaría mancillado y en entredicho para siempre.

Pero ¿quién iba a descubrirnos? ¿Quién sabría jamás lo que estaba ocurriendo en un barco perdido del Nilo?

Estaba cansada de vivir constreñida por lo que mis padres querían y decidían en mi nombre, de tratar de encajar en una sociedad en la que no podía ganar, hiciera lo que hiciera.

Fuera de aquel camarote me esperaba una vida ins ípida y un matrimonio deprimente.

Si esto era una burbuja, la disfrutaría todo el tiempo que pudiera.

Cerré de nuevo los ojos y me pegué a Alec, hecha un ovillo. Irradiaba calidez y seguridad, y me dormí de nuevo sintiendo su respiración y el peso de su brazo agarrándome como si no quisiera soltarme jamás.