Capítulo 18 #2
La joven echó la cabeza atrás y soltó una sonora carcajada.
El velo se le movió, descubriendo un cabello azabache que brillaba a la luz de las antorchas del barco, y por un instante mi irritación se esfumó.
Sus hombros se agitaban con la risa y la forma en la que las sombras danzaban por sus pómulos resultaba hipnótica.
La fascinació n me duró más o menos hasta que me di cuenta de que me había embadurnado la barba con el maldito mulujiya .
—Pero serás…
Farzaneh siguió riéndose sin piedad y yo suspiré, dispuesto a sacrificar la poca decencia que le quedaba a mi ropa para salvaguardar mi dignidad. Pero entonces ella se inclinó hacia m í con un pañuelo en la mano y lo posó sobre mi rostro.
Por un instante, el tiempo se detuvo. La proximidad de su rostro, su mano contra mi mejilla, las puntas de sus dedos rozándome los labios, incluso a través de la tela…
De pronto fui consciente de cada sensación.
Un calor insoportable estalló en mi pecho y se propagó por mi cuerpo.
No era más que un gesto amable, una forma de disculparse por re írse de mí en un momento francamente humillante, y no debía leer en ello más que la buena educación que había recibido.
Pero yo no podía pensar en otra cosa que no fuera el tacto de aquellos dedos sobre mi boca y cómo sería entrelazarlos con los míos, sentirlos en el resto de mi cuerpo y tomar su rostro entre las manos.
—Ya está —dijo ella, echándose hacia atrás. Fue como un jarro de agua fría, y la sonrisa que me dedicó aún entre risas se me clavó en el pecho—. Una lástima, el verde te quedaba bien.
Inspiré hasta que los pulmones me quemaron y me serené. El viaje y el calor me estaban afectando. Tenía que alejar aquellos pensamientos de mi mente, y tenía que hacerlo ya.
—Ni una palabra, ¿eh?
Al final, para pensar en otra cosa, mojé la pita en la salsa y cuando me la metí en la boca, gruñí de gusto.
Maldita sea, estaba rica. Es más, deliciosa.
No me había dado cuenta del hambre que ten ía hasta que mi estómago se desperezó y comencé a engullir una pita tras otra.
¿Cuándo fue la última vez que comimos algo?
¿En el desayuno de Mit Rahina? Con el día de emociones y peligros que hab íamos vivido, no me extrañaba estar famélico.
Farza me observaba por el rabillo del ojo. En su mirada encontré un brillo extraño y tuve que detenerme a tomar aire.
Había poca luz, pero aun así, pude apreciar cada vaivén de su rostro, cada lunar, cada marca de la piel.
La primera vez que posé los ojos en ella, en aquel barco rumbo a Alejandrí a, ya me pareció una mujer singular, de una belleza fuera de los cánones, pero para mí era perfecta.
Sus ojos decían mucho con muy poco, y cuando me detuve en sus labios, finos y brillantes, volví a sentir aquel calor que me abrasaba por dentro.
Era inútil fingir que no me atraía.
—No eres como imaginaba —dijo al fin.
—Eso ya me lo dijiste —sonreí , tomando un bocado de pita—. Pero espero haber mejorado respecto al señor Carmichael que habías construido en tu mente.
—¿Por qué tienes una relación tan difícil con Ambrose? Si no te importa que te lo pregunte. ¿Tiene algo que ver su…? —Se lo pensó dos veces, mascando entre medias—. ¿Su madre?
Lo preguntó con delicadeza, como si tuviera miedo de herirme. Tuve que esforzarme para que mi voz no delatara mi tirantez. Había dado justo en el blanco.
—¿Por qué dices eso?
—Ambrose te mencionó, aunque fuera por encima, cuando estábamos juntos. Pero ella… Ni siquiera sé cómo se llama. Si te soy sincera, llegué a pensar que había muerto.
—No —dije con una risa amarga—, Josephine est á vivita y coleando. Mejor que yo, me atrevería a decir.
Farza me lanzó una mirada curiosa y tomé aire. ¿Hasta dónde le podía contar? ¿Cuánto podrí a asumir antes de considerarnos unos degenerados? Pero con ella, mentir o desviar la cuestión sería mucho más insensato que con cualquier otra persona. No tenía sentido ocultarle la verdad.
—Josephine y yo somos amigos de toda la vida —comencé con cautela.
Fijé los ojos en la sala del mulujiya, incapaz de mirarla a la cara—.
Éramos vecinos, recibimos una educación similar…
Supongo que fue algo natural que nuestros padres pactaran nuestro compromiso cuando todaví a ni siquiera sabíamos lo que era un beso.
»Necesito que entiendas que yo vengo de una familia de nuevos ricos, mientras que Josie es de rancio abolengo. Mis padres hubieran dado lo que fuera por emparentarse con los suyos. Muchos me consideraron un trepa y sé que todavía me insultan a mis espaldas, pero ahora ya no me importa.
»Fuimos obedientes: consentimos, nos casamos, tuvimos un hijo y…
fue un desastre. —Tomé aire—. No me malinterpretes, adoro a Josie.
Me parece la mujer más amable y divertida que conozco, pero…
No éramos compatibles. Tan sencillo como eso.
No había chispa, no hab ía amor. Tuvimos a Ambrose presionados por nuestras familias, y casi nos destruye.
Habríamos acabado odiándonos y detestando nuestra vida, así que nos divorciamos.
—Es una decisión valiente, pero ¿eso no es…? —Observé a Farza haciendo piruetas mentales para encajar todas las piezas del puzle y no pude reprimir una sonrisa. Me recordaba a mí mismo un par de décadas atrás.
—¿Ilegal? ¿Muy complicado? ¿Carísimo? Así es.
Pero nada es imposible cuando estás podrido de dinero.
Pedimos una dispensa especial al Parlamento, que se debatió en ambas c ámaras; pasamos casi un año luchando contra el arzobispo de Canterbury, y hace justo quince años, dos meses y veinticinco días me convertí en uno de los pocos hombres divorciados de Reino Unido.
Hice una pausa con ánimo de que fuera dramática, pero Farza no dijo nada. El repiqueteo de los instrumentos y de las voces ahogaron el silencio entre nosotros.
—Suena mucho más… burocrático de lo que hab ía imaginado.
—Créeme, lo fue.
—Jamás había oído nada parecido. —Se cruzó de brazos. Un mechón de pelo, liso y brillante, le cayó junto a la mejilla, enmarcando sus facciones. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano por no apart árselo—. Debió de ser un escándalo. ¿Por eso Ambrose se lo tomó tan mal?
Suspiré. El corazón me latía con la fuerza suficiente como para ensordecer el ruido de los motores.
—En parte sí , pero… —Tomé aire—. Son las razones de nuestro divorcio lo que no es capaz de perdonarnos. Y lo que tanto su madre como yo elegimos después.
Deseé con todas mis fuerzas que comprendiera el significado de mis crípticas palabras. Que con eso bastara, que no preguntara más. Deseé, más que nada, que, si lo hacía, no me despreciara, porque sabí a que sería incapaz de mentirle.
—Dime solo una cosa —dijo al fin, y el corazón me dio un vuelco. Se volvió hacia mí y clavó unos ojos oscuros y tan profundos como el Nilo nocturno en mí—. ¿Sois felices ahora?
—Sí —repliqué , y me di cuenta de que era una verdad a medias—. Josephine lo es.
—¿Y tú?
—Yo… —Yo estaba solo, víctima de mi propia cobardía, y había perdido a mi hijo, quizás para siempre—. No lo sé. Pero no me arrepiento de nada. Tomé la decisión que deb ía tomar y volvería a hacerlo.
—Pues ya está. —Me ofreció una sonrisa conciliatoria.
Las sombras del barco danzaron en sus mejillas—.
Créeme, no os voy a juzgar. Alá sabe que yo tampoco he escogido el camino más fácil, pero no podría vivir de otra manera.
Serí a incapaz de mentirme a mí misma y fingir ser otra persona.
Nunca se me ha dado bien. Y escúchame—Farzaneh se inclinó hacia delante con complicidad—, cualquier persona en su sano juicio tendría que sentirse agradecida y orgullosa de que fueras su padre.
Si Ambrose no sabe apreciarlo, peor para él.
El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a estallar en el pecho. Parpadeé. Tení a los ojos húmedos.
El músico rasgó las cuerdas del oud y ambos levantamos la vista al mismo tiempo.
Un nuevo ritmo inundó la cubierta y varias parejas se levantaron a bailar.
El tambor marcaba el ritmo, y las risas y las túnicas volaron sobre la improvisada pista de baile.
La débil luz eléctrica se reflejaba en los adornos de los velos de las mujeres, arrancándoles brillos que iluminaban el barco.
Me volv í hacia Farza, que miraba con ensoñación a los danzantes. Sonreía.
—Además, Ambrose nunca ha tenido buen criterio.
Mi cuerpo reaccionó antes de que me diera cuenta. La tomé de la mano y tiré de ella.
—Bailemos.
Podrí a haberme rechazado. Podría haber retirado la mano, como hizo en el barco, y yo no habría insistido. Pero, tras unos fugaces segundos de duda, cerró sus dedos en torno a los míos y nos unimos a las parejas que bailaban.
El ritmo del tambor era contagioso; costaba creer que nadie pudiera mover las manos a tal velocidad y con semejante coordinación.
Sin embargo, allí estábamos, dejando que nuestros pies se movieran al compás.
Vi a los dem ás pasajeros bailar con los brazos en alto y movimientos sinuosos, casi saltando de un lado a otro con agilidad felina.
Yo debía de parecerles un muñeco de madera.
Pero a Farza le daba igual. No bailaba, volaba sobre la cubierta.
Sus movimientos eran distintos a los de los egipcios, con una magia propia.
Agitaba la cabeza, retorcía los brazos al ritmo de las caderas, trazando espirales en el aire de las que fui incapaz de apartar la mirada.
Jamás la había visto moverse así ni sonreír de una manera tan genuina.
Me hizo un gesto con las manos, invitándome a unirme a ella, pero de pronto me sentí cohibido. Verla bailar era un espectáculo, con el pelo al viento liberado del velo y el fuego en los ojos. ¿Cómo iba a estar a la altura?
—¡Vamos! —gritó para hacerse oír por encima del oud y del tambor.
—¡No sé! —repliqué. Una burda excusa, pero sentí a pánico—. ¡No bailo tan bien como tú!
—¿Y qué más da eso? —Esta vez fue ella quien me tomó de la mano y sentí que bajo mi piel estallaban un millón de fuegos artificiales—. ¡ Lo importante es pasárselo bien! ¡Disfruta, Alec! ¡Disfruta!
Desmelenarse y dejarse llevar no era algo que yo hubiera experimentado en Europa.
En Inglaterra, mis padres me educaron para ser el caballero perfecto y encajar en una sociedad que me miraba por encima del hombro por haber comprado mi pedigrí con dinero; en Estados Unidos, el desenfreno era para olvidar, para fingir por un instante que las normas religiosas por las que se regían no los estaban asfixiando.
Salvo Josephine, nadie me había dicho antes que me limitara a disfrutar. A ser feliz.
Hasta Farzaneh, por supuesto.
Y eso hice. Mandé al diablo mi vergüenza y mi inseguridad y bailé.
Me uní al corro que se había formado, a las palmas, a las risas…
Me dejé llevar por el incesante sonido del oud como si estuviésemos en otro mundo, en una realidad en la que podía ser quien yo quisiera.
En una en la que Farzaneh me sonreía y bailaba a mi lado.
En una realidad en la que, aunque solo fuera por esa noche, era muy feliz.