Capítulo 18
Alis t ai r
«Yo soy aquella que se alza en Sirio».
Esto era una pesadilla.
Quizá Ambrose tenía razón y mis pecados estaban má s allá del perdón, y por eso el Señor me ponía ahora a prueba.
Me pasé la mano una vez más por el cabello y volví a mirar la cama. Para mi desgracia, aquel camastro raquítico ni se había agrandado ni se habí a duplicado. Y aunque cabían dos personas, el tamaño obligaba a dormir pegados para no caerse por un lado.
Tragué saliva. Una gota de sudor me cayó por la nuca hacia la espalda.
Dios, ¿qué había hecho yo para merecer esto? ¿Acaso no había obrado bien? ¿No fui un buen cristiano y apoyé a mi exmujer siempre que lo necesitó, no le di a mi hijo todo lo que quiso?
Inspiré hondo y me centré en recuperar la compostura. Debía tranquilizarme, no podía ser tan grave. Seguro que habí a maneras de evitar que la sangre llegara al río. Al río o a otras partes, que me preocupaban bastante más, para ser sinceros.
Un suave golpeteo sacudió la puerta del camarote y Farzaneh entró, mapa en mano. No sé qué pinta debía tener, pero algo me decí a que parecía un loco que acababa de escaparse del frenopático, porque no pudo reprimir una risilla.
—¿Reflexionando sobre el sentido de la vida? —me preguntó, dejándose caer sobre el camastro. Este no se movió un ápice, ni siquiera rebotó. Me apostaría la mano izquierda a que estaba hecho de madera. La silla en la que yo me hallaba sentado no ten ía mejor pinta.
—No tiene gracia.
—Un poco sí, la verdad. Reír por no llorar, ya sabes.
Suspiré e hice de tripas corazón. Mi espíritu de dandi se revolvía con furia, pero era un caballero; no me quedaba otra.
—Farzaneh, he pensado… —Me miró con curiosidad, ladeando la cabeza—. Qué date tú con la cama. Yo dormiré en el suelo.
—¿Durante tres días?
—¿¡Tres d…!? ¿Cómo?
Desplegó el mapa y señal ó con el dedo un punto rodeado de letras árabes que no me decían nada. Nunca pensé que fuera a echar de menos los Estados Unidos.
—Estamos aquí. Esto es Menfis, de donde salimos —dijo, moviendo el dedo, y luego lo bajó dramáticamente hacia la otra punta del papel—. Y esto es Luxor. Adonde se dirigía Ambrose la última vez que Petrie lo vio.
—Pero… ¿¡ Tres días!?
—Esto no es un vapor americano, Alec. —Si notó cómo se me encogió el estómago al oír mi nombre en sus labios, no dio señales de ello.
Era la prometida de mi hijo, por Dios, no debería sentirme así— .
Estamos a setecientos kilómetros de Luxor y este barco viaja a menos de dos kilómetros por hora, además de las paradas que tiene que hacer para dejar a los pasajeros por el camino.
Tres días. Bueno. Aguantaría. Había cosas peores en esta vida.
—Ya sé que no es el Shepheard’s —musitó. En su tono había un cierto cariz de disculpa—. Pero es lo que hay.
—No soy una princesa a la que tengas que llevar entre algodones, Farza —protest é—. He visto mundo. De joven viajé a la India con mis padres y cuando llegué a Estados Unidos no tenía un duro. ¿Tienes alguna idea de cómo son los albergues americanos? Esto es el Palace en comparación.
Farzaneh soltó una carcajada y mis labios se curvaron involuntariamente en una sonrisa. Tenía una risa clara y burbujeante que iluminaba sus rasgos de una forma maravillosa.
—Me alegra que así sea. Eh —me guiñó un ojo—, al menos podrás decir que has experimentado el verdadero Egipto.
—Con intentos de asesinato y todo. Un lujo. —Permanecí en silencio unos instantes—. ¿Puedo llamarte Farza?
—Claro —sonrió con picardía—. Siempre que aceptes dormir en la cama y no en el suelo. No puede ser bueno para la espalda de alguien de tu edad.
—¡Oye! —Me incliné hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—. No soy tan viejo.
—Apenas. Dime, ¿qué tal se vivía en la Prehistoria?
—Por lo menos, entonces los jovenzuelos respetaban a sus mayores —repliqué, devolviéndole la sonrisa, y los dos acabamos riéndonos entre dientes.
Hacía años que no hablaba así con alguien.
Desde que Josie y yo nos separamos, y yo me marché a Boston y ella a Edimburgo, estaba…
solo. Ambrose jamás nos perdonó que nos separásemos y había hecho su vida en Londres, aunque la verdad es nunca tuvimos una relación cercana.
Con Jacob jamás me habí a atrevido a abrirme.
Me envolví en un manto de silencio y desconfianza.
Con Farzaneh estaba… cómodo. Relajado. Me gustaba hablar con ella, aprender todo lo que tenía que enseñarme, y, que Dios me ayudara, quería gustarle.
Deseaba desesperadamente su aprobación, su respeto, que la forma en que me miraba y en que parecía confiar en mí no cambiaran nunca.
Pero era una esperanza vana. ¿Y si reaccionaba igual que Ambrose en cuanto descubriera la verdad sobre mí ? ¿Y si decidía que le repugnaba? Me daba pavor.
—Compartiremos la cama, dormiremos, y cuando lleguemos a Luxor, nada de lo que haya ocurrido en este barco saldrá de este barco. Y ya está —siguió, ajena a mis pensamientos—. Ni mi padre ni nadie de tu familia tienen por qué enterarse.
—Supongo que tu padre ya tendrá bastante de qué preocuparse cuando descubra que su hija se ha fugado con un europeo desconocido —bromeé, pero las palmas de las manos me sudaban.
—Dudo que lo sepa jamá s. —Se encogió de hombros—.
Envié a mi tío un telegrama desde el Shepheard’s diciéndole que estábamos en El Cairo, para que al menos supiera que sigo viva.
Pero te garantizo que no se lo dirá a mi padre.
Si hay algo que Rayan teme más que a la policía o a la justicia divina, es a su hermano.
Además —me dio un golpecito en el brazo—, tú no eres un desconocido. Eres prácticamente familia.
—¿Ah, sí? —La sonrisa que ella me devolvió me desarmó.
—Por supuesto.
Aparté la vista. Una extraña opresió n se me asentó en el pecho, una mezcla de felicidad y aprensión que no sabía cómo gestionar. Lo que sí podía hacer era aprovechar los momentos juntos y disfrutar de ellos antes de que se acabaran.
Me golpeé las rodillas con una energía de la que carecía y me puse en pie tras inspirar hondo.
—Me muero de hambre, ¿ tú? ¿Por qué no vamos a ver qué se puede comer en este cascarón de nuez?
***
Tardamos una buena media hora en prepararnos para salir, debo reconocer que por mi culpa, porque me empeñé en registrar los cuatro metros cuadrados de camarote para asegurarme de que no había trampillas o artefactos sospechosos («¿Qué esperas encontrar, Alec?
¿ Asesinos escondidos bajo el colchón?».
«Te ha intentado secuestrar una sombra, Farzaneh, yo ya no me fío de nada»).
Una vez satisfecho, dejé a regañadientes mi chaqueta, o lo que quedaba de ella, sobre la silla, me arremangué la camisa y salí al exterior.
El r ío ayudaba a refrescar el ambiente, que no era tan agobiante como en el desierto, pero la humedad era mucho peor, y en cuanto asomé la cabeza por la puerta me atacó un enjambre de mosquitos.
—Me cago en… —murmuré entre dientes, agitando las manos con fuerza para ahuyentarlos. Farza sonrió. Ni un solo insecto se había posado sobre su velo.
—Debes de tener la sangre dulce.
—Es el cumplido más retorcido que me han hecho nunca.
El barco era más grande de lo que a primera vista me habí a parecido, y en la cubierta, una plataforma de madera revestida por una techumbre de paja, se reunían unas quince personas más.
Dos hombres con turbante, de largas túnicas blancas y rostros oscuros, habían sacado un laúd y un tambor, y amenizaban la velada acompañados por el incesante runrún de los motores de vapor del navío.
—¡Ah! —exclam ó Farza. Los ojos le brillaban—. ¡Un barbat ! ¡No veía uno desde que dejamos Teherán! Qué recuerdos…
—¿Un qué?
—El instrumento. —Señaló a los dos músicos—. En persa se llama barbat . Los egipcios lo llaman oud .
—Ya veo…
—Seguro que tocan algo que conozco. ¡Vamos!
Varios rostros se volvieron hacia nosotros, sonriendo con dientes sucios o amarillentos, y nos saludaron en árabe.
Farza devolvió el saludo con una ligera inclinación de cabeza y se sentó en el suelo, junto a una de las paredes de metal desconchado.
La miré con horror. No pretender ía que me sentara en el suelo de aquel barco infecto, ¿verdad?
¿Se podía uno contagiar de algo a través del contacto con una madera sucia?
Me hubiera gustado preservar la poca dignidad que le quedaba a mi pobre traje, pero la joven tiró de mí hacia abajo y no pudo ser.
Me senté, cruzado de brazos y piernas con un mohín en los labios.
Una mujer con el rostro picado por el sol se nos acercó.
Llevaba el cabello cubierto por un pesado manto color tierra del que colgaban adornos dorados y bronc íneos, aunque perdía algo de sobriedad gracias a la túnica de flores rojiblancas que llevaba bajo el velo.
Alargó una mano callosa y desgastada hacia Farza, que le respondió en árabe y ambas asintieron.
Antes de que pudiera abrir la boca para preguntar qué estaba ocurriendo, nos ofreció dos platillos con unos panes de pita aplanados y unos cuencos con un mejunje verdoso y espeso.
Lo miré con desconfianza. Debí a reconocer que no olía mal, pero las virutas verdes que flotaban en la superficie me hacían desconfiar.
—¿Demasiado refinado para tu paladar gourmet de fish and chips y hamburguesa? —Farza me miró de reojo al tiempo que se metía uno de los panes en la boca con expresión sibilina. Hice una mueca.
—¿Qué demonios es esto?
— Mulujiya . La salsa es una mezcla de ajo, yute y caldo de gallina. Prueba, ¡ está buenísimo!
Mojó una de las pitas en la viscosa salsa verde y me lo acercó a la cara.
Me eché hacia atrás instintivamente, pero no fui lo bastante rápido.
Una gota, gorda, amenazante, que se había concentrado en el extremo del pan, cayó a c ámara lenta, mientras yo la miraba impotente, hasta aterrizar con medida elegancia en el centro de mi traje.
—¡Farzaneh!