Capítulo 17 #2
—No era lo que quer ía decir y lo sabes. Y llámame Alistair, por favor. Ya no sé cómo decírtelo. Hace rato que hemos dejado atrás las formalidades, especialmente si me vas a ver sin asear. Que el Señor se apiade de mí, mis aceites esenciales…
Suspiré y me masajeé las sienes. No podíamos quedarnos mucho más tiempo en medio de la calle o seríamos presa fácil; varios vendedores ambulantes ya nos miraban con curiosidad.
—No podemos volver a El Cairo, Alistair. Petrie no nos va a ayudar, y si no hicieron nada por Ambrose, ¿qué crees que va a hacer la policía con nuestra historia de sombras que nos atacan en la oscuridad?
Su expresión cambió del miedo a la resignaci ón. Yo tenía razón. A ninguno nos gustaba tener que convertirnos en prófugos, pero hasta que no tuviéramos pruebas sólidas de lo que le había ocurrido a Ambrose, nadie nos haría caso.
—Dentro de dos días voy a parecer un espantajo —suspir ó. Solté una risilla y eché a andar. A decir verdad, no me importaría demasiado ver la versión sucia y desarrapada de Alistair Carmichael. Es más, lo estaba deseando. Algo me decía que no sería tan terrible como él lo pintaba.
—Hay cosas peores en esta vida —dije sonriendo, y nos pusimos en marcha hacia el río.
***
El pequeño puerto de Mit Rahina, si es que se podía llamar así, estaba a poco más de media hora andando, junto a una mezquita que llamaba a la oración cuando llegamos.
Hice una nota mental de elevar una plegaria especial cuando mi vida volviera a la normalidad; seguro que Alá comprendía que las circunstancias no habían sido las ideales para acudir al adhan.
Tuvimos la suerte de que un pequeñ o barco de vapor estuviera fondeado allí, casi a punto de zarpar.
Alcanzamos la escala de acceso justo cuando el capitán daba voces a los rezagados.
Era un navío pequeño, local; nada que ver con los monstruos de gigantescos motores que trasladaban a los británicos, alemanes y franceses de un lado a otro del Nilo.
Quizá no contaríamos con todas la comodidades de un barco moderno, y era cierto que el contrachapado del casco estaba oxidado y se caía a trozos, pero cuando mir é hacia los pasajeros que ya esperaban en cubierta, encontré rostros similares al mío. Suspiré aliviada.
—Dos billetes, por favor —pedí en egipcio al mozo que franqueaba la entrada—. ¿Les quedan cabinas?
El chico me miró de arriba abajo y luego sus ojos pasaron a Alistair, que nos observaba con los labios torcidos, y luego de vuelta a mí.
—Es mi marido —mentí, tan escuetamente como pude, confiando en que no se notara—. No habla á rabe.
El mozo no parecía convencido, pero lo más probable era que no le pagaran lo suficiente como para pararse a comprobar todo lo que los pasajeros le decían. Si yo tenía dinero para pagar el pasaje y decía que el europeo que me acompañaba era mi marido, así debía ser.
—Una piastra por persona, dos si quieren cabina —replicó , con tono aburrido—. Solo nos queda una.
—Te doy cinco si no haces preguntas —dije. El metal repiqueteó sobre el mostrador en el que el joven se reclinaba y un fugaz brillo avaricioso relució en sus ojos.
—Bajando ese pasillo a la izquierda —señaló tras guardarse la moneda extra en el bolsillo. Acto seguido sacó una llave roñosa y oxidada de debajo del mostrador—. Camarote 5.
—Shukran.
Hice una pequeña reverencia y Alistair me siguió tras lanzarle una mirada circunspecta al mozo.
—¿Qué le has dicho?
—He negociado el precio del camarote y de su silencio —repliqué.
No necesitaba saber más; no me gustaba mentirle, pero nos habrían puesto muchas más pegas de haber sabido que era una mujer sola viajando con un hombre con el que no tenía relación de sangre—.
Tendremos cabina propia hasta Luxor, no tendrás que dormir al raso.
—Pobre consuelo —refunfuñó , y entonces se dio cuenta de lo que mis palabras implicaban—. Espera, ¿camarote? ¿En singular?
—Era el último que les quedaba.
—¡Pero Farzaneh! —Frenó en seco y se echó las manos a la cabeza—. ¡No puedo compartir camarote contigo! ¿Y tu reputación?
Puse los ojos en blanco y ahogué un suspiro. Lo último que quería era armar un escándalo en el pasillo de aquel ferri destartalado.
— Astaghfirullah, estamos en un barco perdido en medio del Nilo, ¿de verdad crees que existe el más mínimo riesgo de que esto llegue a oídos de alguien de nuestro círculo?
—Pero…
Agit é la mano para zanjar el tema.
—¿O es que acaso piensas abalanzarte sobre mí en medio de la noche?
El agua chapoteó contra el casco del barco en un silencio que se alargó más de la cuenta. Para cuando Alistair reaccionó, ambos teníamos las orejas al rojo vivo y yo comencé a sentir que hacía demasiado calor, y no precisamente por el clima.
—¡No, por supuesto que no! ¡Por el amor de Dios!
—¡Era una broma! —protest é—. ¡Una broma!
Metí la llave en la cerradura del camarote, ansiosa por huir de la camisa de once varas en la que me había metido yo solita, y al abrir la puerta, se me cayó el corazón a los pies.
Cierto, la cabina carecía de los lujos del barco que me trajo a Egipto o del Shepheard’s, pero no esperaba otra cosa. A ojo, no debía de tener más de cuatro metros cuadrados, con el espacio justo para una mesita, una silla y una cama.
Una cama.
Una sola cama.
El silencio consternado de Alistair a mi espalda me dijo todo lo que ten ía que saber.
La expresión «de perdidos al río» nunca había tenido tanto sentido como ahora.
Un millón de pensamientos se sucedieron a toda velocidad en mi mente, pero al final, sobre todo ese ruido ensordecedor, solo quedó uno: iba a pasar varios días durmiendo en la misma cama que el padre de mi prometido.
Un escalofrío que no supe ni quise interpretar me recorri ó la espalda.
—Bueno —dije al fin, volviéndome hacia él con una media sonrisa nerviosa—, bienvenido a tu primer crucero por el Nilo.