Capítulo 17
Farzaneh
«Yo soy la señora de los ríos y los vientos y el mar».
Lo último que recordaba con claridad eran unas manos sobre mi boca y un pa ñuelo maloliente.
Después, todo se emborronaba. Tenía el vago recuerdo de Alistair gritando mi nombre, de ruido a mi alrededor y, luego, de él recortado contra el cielo, encaramado a una ventana abierta, pidiéndome que confiara en él.
Parte de mí quería convencerse de que fue mi instinto de supervivencia el que me hizo tomarle de la mano.
La otra sabía que, independientemente de la situació n, no habría dudado.
Por otro lado, recuperar mis facultades físicas y mentales mientras caíamos de un tercer piso sobre el tejado de un cobertizo contiguo tampoco entraba en mis planes para aquel día.
Chillé al impactar; el techo se rompió bajo nuestro peso y las vigas de madera me golpearon en los brazos y la espalda. Había paja por todas partes, suficiente para asfixiarnos a los dos. Boqueé, pero solo conseguí llenarme la boca de forraje arenoso que me provoc ó arcadas.
Me incorporé demasiado rápido y caí redonda de nuevo.
Los segundos que permanecí tumbada, de cara al cielo, se alargaron una eternidad.
El sol se estaba escondiendo y las primeras estrellas comenzaban a asomar.
Al menos, esperaba que fueran estrellas y no mis retinas desprendiéndose.
El cuerpo me dolía de forma tan exagerada que todo era posible. Tenía ganas de vomitar.
Oí un gru ñido y el frufrú de la paja moviéndose. Girar el cuello era una tarea imposible, así que supuse que o bien Alistair había sobrevivido o bien aquella sombra maldita me había dado alcance.
—Estoy demasiado viejo para esto —fue el susurro entre dientes que surgió de entre las briznas de paja, y reprimí una sonrisa.
—Aquí —dije débilmente, y pronto apareci ó ante mí el rostro de mi acompañante.
Tenía una pinta espantosa: estaba sucio, polvoriento, con manchas por toda la ropa, de la que colgaban jirones de tela; tenía el labio partido y un reguero de sangre le recorría la sien derecha. Su piel había palidecido hasta adquirir una tonalidad cenicienta, o quizá era la luz.
Entorné los ojos y alargu é una mano hasta posarla en su mejilla. Alistair se quedó petrificado.
Tenía la piel caliente y sonrojada, y su barba era suave al tacto, casi aterciopelada.
Recordé de golpe el abrazo, la forma en la que me había apretado contra su pecho y cómo, en contra de todo lo que habría esperado y aprendido, me había sentido como en casa.
El momento perfecto, la cercanía perfecta.
Por mucho que me lo negara , no me importaría que volviera a ocurrir.
Aparté la mano y gruñí. Por Alá, me dolía todo.
—Tenemos que irnos —susurró tras mirar a los lados de reojo y llevarse un dedo a los labios—. No podemos quedarnos quietos.
Tragué saliva y asentí.
—¿Nos han seguido?
—Deben de estar viniendo a por nosotros. —Se ñaló hacia la puerta del cobertizo—. Podemos perderlos por las calles.
Traté de ponerme en pie y el mundo se puso patas arriba. Tenía la cabeza embotada y los sentidos ofuscados. Perdí el equilibrio y agité los brazos en un grito silencioso hasta que di con algo sólido.
Al volverme, ese algo resultó ser Alistair.
Me habr ía esperado una ceja levantada con escepticismo, un comentario mordaz o algo por el estilo. En cambio, me sostuvo, tomándome de los hombros, hasta que mi sangre volvió al lugar indicado y pude tenerme en pie.
—Estás hecho polvo —murmuré, pero él se limitó a sacudir la cabeza.
—¿Esto? No es nada, solo un rasguño.
Había demasiada sangre como para tratarse de un rasgu ño, pero no teníamos tiempo para discutir.
Salimos del cobertizo lo más silenciosamente que pudimos y corrimos hacia el barrio de casas de Mit Rahina.
A cada sombra que se cruzaba en nuestro camino y cada transeúnte que pasaba a nuestro lado, yo saltaba, aterrorizada.
Tenía la sensación de que en cualquier momento aquellas manos me agarrarían de nuevo, que aparecerían de la nada para volver a drogarme, y que la próxima vez no tendría tanta suerte.
Me pareci ó ver una túnica negra al doblar una esquina y perder de vista al museo y mi corazón se desbocó.
—¡Por aquí! —grité, y empujé a Alistair a un espacio raquítico entre casas.
La oscuridad se nos tragó y nos quedamos quietos, congelados, mientras un rumor de voces en la calle principal se acercaba cada vez m ás a nuestro escondite. Confié en que no nos hubieran visto y apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas de las manos.
Contuvimos la respiración cuando una sombra se detuvo en la boca del callejón.
No había forma de saberlo, pero algo me decí a que era la misma que nos había atacado en el museo.
La precedía algo, una especie de presencia ominosa.
El pulso se me aceleró. La sombra se mantuvo inmóvil.
¿Nos había visto? Alá, protégenos. Si entraba a por nosotros no podríamos defendernos. Si…
Alistair me tomó de la mano y alcé la vista hacia él.
No me había dado cuenta de lo cerca que estábamos.
El callejón no dejaba mucho espacio para maniobrar y nuestros torsos estaban prácticamente pegados, aunque me sacaba una cabeza.
No había dónde huir, d ónde dirigir la mirada que no fueran sus penetrantes ojos azules.
Se llevó un dedo a los labios para indicarme que me mantuviera en silencio y el latido de mi corazón le atronó los oídos.
Si él bajaba un poco más la cabeza, nuestras narices se rozarían.
Si se agachaba, aunque solo fueran unos centímetros, podrí a sentir su respiración sobre la piel.
Como si me leyera la mente, Alistair se inclinó y yo entreabrí la boca, presa de la conmoción y de, para mi sorpresa, el deseo.
—Creo que se ha marchado —murmuró.
Eso me sacó de mi ensoñación. Me volví hacia la entrada del callejó n y comprobé que estaba despejada. Ni rastro de la sombra. Alistair asintió y comenzó a moverse a lo largo de la pared hacia la calle.
Una punzada de decepción me aguijoneó el pecho. Había creído que iba a besarme, y yo… Yo había querido que me besara.
Abandonamos el callejón tras comprobar que no habí a peligro y que nadie sospechoso nos esperaba fuera.
Miraba con suspicacia a todo aquel que nos cruzábamos; me costaba creer que alguien que había intentado matarme dos veces fuera a dejarme ir a tan fácilmente.
Tenía los pelos de punta, aunque, a decir verdad, no sabía muy bien si mi hosquedad hacia el resto de viandantes no sería un reflejo de lo irritada que me sentía conmigo misma: se trataba del padre de Ambrose, que Alá me amparara! ¿ En qué estaba pensando?
«En esa boca y en esa mandíbula, en eso estabas pensando».
—¿Por qué van a por ti? —preguntó de pronto Alistair.
—¿A por mí? —Levanté una ceja—. ¿Qué te hace pensar que van a por mí?
—No sé, ¿todo? ¿No te has fijado que no han ido a matarte, sino a noquearte? Tanto ahora como en El Cairo. Te quieren viva, Farzaneh. Lo que no sé es por qué.
Me detuve en seco y un hombre con chilaba que venía tras nosotros se choc ó contra mí y se alejó gritando improperios. ¿Secuestrarme? ¿Para qué? ¿Qué tenía yo que pudiera interesar a unos secuestradores? ¿Qu é podía darles yo que Ambrose no pudiera?
Una idea, tan evidente como perturbadora, comenzó a tomar forma en mi mente.
Mi prometido no era más que la cara bonita detrás de unos artículos de investigación que había escrito yo, y si alguien se interesara por el secreto de Cambises…
Si alguien hubiera encontrado por casualidad esos artículos y quisiera hacerse con el preciado tesoro que escondían, lo primero que har ían sería buscar al egiptólogo que los firmaba.
Craso error.
—No tengo ni idea —mentí—. No tengo nada que pudiera interesarles más allá de mi conexión con Ambrose.
—¿Crees que buscan intimidarlo atacándote? ¿ Para hacerle hablar dondequiera que lo tengan?
—Buena suerte con eso —siseé entre dientes, pero Alistair me oyó. Maldije en persa—. Ambrose y yo tenemos una relación… académica. No creo que amenazarme a mí sea el mejor recurso para amedrentarlo.
Alistair gruñó y se frotó la cara con cansancio. Tenía ojeras y su desastrado aspecto lo hac ía todavía más lastimoso. Aun así, debía reconocer que el pelo despeinado no le quedaba nada mal.
—Esto es una locura. Ambrose va a tener mucho, mucho que explicar. Volvamos al hotel y mañana podremos pensar con la cabeza un poco más fresca.
—¿Al hotel? —Tiré con fuerza de la manga de su chaqueta, desestabilizándolo—. ¿Estás loco? ¡Es el primer sitio en el que buscarán! No, ni hablar. No podemos volver. Tenemos que ir a Luxor.
—Pero… —balbuceó Alistair. Me lanzó una mirada plañidera, luego bajó la vista hacia su otrora elegante traje, que hab ía pasado a mejor vida, y de vuelta a mí—. Pero tengo todas mis cosas allí. Mi ropa, mi dinero…
—Mala suerte. —Rebusqué en los bolsillos hasta que di con un metal tintineante—. Con lo que tengo nos dará para comprar un par de pasajes en uno de los barcos de vapor que van hacia el sur.
—¿Barcos? ¿Al sur? —Alistair se había puesto tan pálido que por un momento pensé que iba a perder el conocimiento. Después del coraje que había tenido al enfrentarse a nuestro sombrío atacante, era, cuando menos, curioso—. Pero mis cosas… Mi neceser…
Lo miré, incrédula.
—¿Tenemos a un grupo de lunáticos persiguiéndonos, probablemente los mismos que secuestraron a Ambrose y que han intentado matarnos, y lo que má s te preocupa es tu neceser?
—¿Tienes la más mínima idea de lo que cuesta mantener el cutis hidratado y el pelo sin encrespamiento en este país del demonio? —replicó y se atusó la barba—. No, no, ni hablar. Imposible.
—Oh, vamos, Carmichael, te consideraba un hombre de mundo.
—¡Y lo soy! ¡Pero no soy un salvaje!
—¿Y yo sí?