Mil millas Nilo abajo Capítulo 16
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Capítulo 16

Alis t ai r

«Yo soy la señora de la guerra».

La propia Farzaneh me habí a dicho que el mundo académico era muy pequeño y las rivalidades profundas, y era evidente que ella y Petrie tenían una historia en común.

No era de mi incumbencia, así que me entretuve junto a las estanterías ojeando las figurillas y la curiosa escritura de los antiguos egipcios.

Quizá, si entornaba los ojos, averiguaría algo de lo que ponía.

¿Qué me había contado Farzaneh? El pato significaba…

La puerta se abrió de par en par con un estruendo y Farzaneh emergió, jadeando y sollozando, y se dio de bruces conmigo.

La conmoción me pudo y no supe reaccionar. Hipaba y temblaba como una hoja, y tenía las mejillas encendidas y brillantes. Jamás la había visto tan alterada.

—¡Farzaneh! ¿Qu é ha pasado?

—¡Vámonos! —chilló, y me asió de la muñeca.

Tiró de mí con una fuerza descomunal y me dejé llevar, turbado.

Nos perdimos por el laberinto de pasillos y de estantes del museo hasta llegar a una zona más recogida.

Frenamos junto a una ventana, escondidos tras dos librerí as polvorientas.

El resto de la estancia estaba en penumbra, puesto que el sol comenzaba a esconderse en el horizonte y una tenue luz anaranjada entraba a través del cristal.

Aparté varios libros de una escalera que alguien había olvidado recoger para hacerle sitio, pero ella sacudió la cabeza.

—Estoy bien —musitó con la voz rota, y se sorbió la nariz con fuerza. Una mentira muy poco convincente.

—Farzaneh, ¿qué demonios ha ocurrido ahí dentro? —Una idea terrible pasó por mi mente—. ¿Te ha hecho algo?

Negó con la cabeza de nuevo y abrió la boca, pero no logró articular palabra. Pareció desmoronarse y escondió el rostro tras las manos. Sus hombros se sacudían con espasmos. Verla en aquel estado me rompió el corazón. Así que actúe sin pararme a pensar y la abracé.

Una parte de mi conciencia me chillaba que estaba cometiendo un gravísimo error, que estaba cruzando una línea prohibida, que perdería todo el respeto que había logrado ganarme a sus ojos.

Otra, en cambio, dej ó de pensar en cuanto ella me agarró de la chaqueta y se acurrucó contra mi pecho.

Sus lágrimas me empaparon la camisa, pero me tendrían que haber cortado los dedos para obligarme a separarla de mí. De pronto parecía pequeña y frágil en mis brazos, asfixiada por una pena y una ansiedad sobrehumana.

No sabí a qué le había dicho o hecho el desgraciado de Petrie, pero iba a necesitar todo mi autocontrol para no estrangularlo.

—Ya está —susurré estrechando el abrazo—. Ya está.

¿La habría abrazado así Ambrose antes? ¿La habrí a tomado en sus brazos, amoldado los dedos a sus caderas y acercado los labios a los suyos? ¿Había estado allí para ella cuando lo necesitaba?

—Lo siento —musitó al fin, sin alzar la vista. Su voz hizo eco entre las polvorientas librerías. A estas alturas me daba igual si había alguien escuchando—. No debería haber…

—No te disculpes —la urgí, sonriendo dé bilmente—. ¿Estás bien?

De repente, algo frío y duro impactó contra mi cabeza.

El museo entero dio una vuelta de campana a mi alrededor y una supernova estalló tras mis párpados.

Perdí el sentido, obnubilado por un dolor más agudo y penetrante que cualquier otro que hubiese sentido antes.

Volví en m í, quizá solo segundos después, con el sabor del polvo del suelo en la boca y un cálido y pegajoso líquido bajándome por la sien. Traté de moverme y aullé de dolor.

Farzaneh gritó.

Alcé la vista y me incorporé, tambaleándome.

Los rumores eran ciertos. Había una sombra, maliciosa y amenazante, de contornos inciertos, que bloqueaba la luz del exterior.

Farzaneh estaba de pie ante ella, con los ojos desencajados.

Una de las manos de la sombra se cernía sobre ella, tapándole el rostro.

La joven pataleó, pero la criatura la aferró del rostro con manos envueltas en una negrura purísima.

Temblé y trastabill é. ¿Qué demonios era eso? ¿En qué me había metido?

La mirada de Farzaneh se enturbió y perdió pie, desplomándose contra la sombra como una muñeca de trapo.

Sin pensármelo dos veces, salté hacia la criatura y su presa.

Los tres nos precipitamos contra las estanterías llenas de libros.

Los papeles saltaron por los aires y las estructuras de madera cayeron unas contra otras en un exagerado efecto dominó.

Mi cuerpo aullaba y la bilis me subió por la garganta, pero no me detuve y tomé a Farzaneh de la mano.

Fuera lo que fuera lo que la sombra había intentado, no había hecho efecto del todo y fue capaz de mirarme con expresión ida.

—¡Vamos! —chillé, al tiempo que la sombra se erguía de nuevo.

Eché a correr, sorteando estanterías y mesas volcadas.

Me tropecé, caí y me incorporé de nuevo.

A mi espalda, la sombra avanzaba implacable.

Farzaneh se resbaló con uno de los libros que hab ía aterrizado en el suelo y le pasé la mano por la cintura.

Tenía los ojos vidriosos y la respiración entrecortada.

—¡Vamos, joder!

Dos manos me asieron del cuello y tiraron de mí hacia atrás, lanzándome contra la pared.

Las sienes me martillearon por el impacto. Apreté los dientes hasta no sentir más que una vibración por todo el cuerpo. Aquello no era un fantasma ni una sombra espectral. Era tangible, de carne y hueso, y si podía tocarme a mí, yo también podía tocarlo a él.

Tomé impulso y le lancé un golpe de derecha.

En cuanto mi pu ño conectó con su cabeza, sentí un crujido contra mis nudillos y un gemido ahogado. Nuestro atacante se desplomó, más afectado por la confusión que por el dolor, y yo volví a tomar a Farzaneh de la mano.

Corrimos como almas que lleva el diablo. Atravesamos corredores, más estanterías, cabezas cercenadas de piedra que nos observaban con una sonrisa enigmática. El aire no me llegaba a los pulmones; hac ía años que no corría así, y jamás había temido por mi vida.

A nuestra espalda, las pisadas de nuestro perseguidor resonaban por el museo vacío.

Cuando llegamos a una intersección de pasillos, dos cuerpos inertes captaron mi atención.

Uno era el del mozo que nos había atendido al llegar al museo.

Era imposible saber si estaba vivo o muerto.

Tenía los ojos cerrados y estaba tendido en el suelo en una postura antinatural, igual que el otro.

Quien estuviera tras aquella presencia fantasmagórica también los había alcanzado a ellos.

¿Y Petrie? ¿Estaría sano y salvo o…? Una gota de sudor me recorrió la espalda.

¿ O era él quien le había dicho a nuestro atacante dónde encontrarnos?

Nadie iba a venir a ayudarnos.

—¡Socorro! —grité, presa del pánico—. ¡Ayuda!

El eco fue la única respuesta a mi súplica. Un portazo un poco m ás abajo me alertó de que la sombra estaba cerca, y volví a correr, esta vez escaleras arriba, arrastrando a Farzaneh, cada vez más débil.

—¿Qué demonios ocurre aquí? —se oyó una voz en los niveles inferiores, quizás de nuestro anfitri ón, y luego un portazo.

No podía detenerme ni confiar en la ayuda de Petrie. Al doblar la siguiente esquina, el alma se me cayó a los pies. Ahogué un gemido de angustia.

Era una habitación sin salida.

Maldije mi suerte. Pensaba que, quizás, encontraría má s pasillos por los que huir hasta regresar a la entrada, pero nos había condenado a los dos.

Frenético, miré de lado a lado, pero ninguna puerta, más allá de la que estaba a nuestra espalda, se materializó en las paredes.

Localicé una ventana que daba al exterior.

Se veía el río a lo lejos y el cielo que comenzaba a oscurecer.

La sombra se detuvo en el umbral de la puerta, cubrié ndolo todo, y me interpuse entre ella y Farzaneh.

—¿Alec…? —susurró.

La tomé de la mano. Estaba fría, más de lo que debería con el calor que hacía, y temblaba. La apreté, tratando de insuflarle valor.

—Todo va a ir bien. —Quería que no fuese una mentira. Quer ía protegerla, pero incluso yo estaba muerto de miedo. Era imposible distinguir el rostro de la sombra—. Todo va a ir bien, Farza.

Entonces, se abalanzó sobre nosotros, pero yo la estaba esperando y lancé un puñetazo con todas mis fuerzas.

Ella se revolvió y encajó mi golpe; me agarró de la chaqueta y tiró de mí para separarme de Farzaneh.

Yo sudaba a mares. Chillé y le di un codazo, y cuando se dobló sobre sí misma, le asesté una patada.

Ahora o nunca.

Salté hacia la ventana y le tendí la mano a Farzaneh.

La joven alzó la vista hacia mí. Tragué saliva. Aunque todaví a estaban perdidos en la neblina de la conmoción por el ataque, pude ver una chispa en aquellos ojos oscuros.

—Confía en mí —le supliqué. La sombra se puso de pie. Teníamos que saltar o nos alcanzaría. Era la única forma de escapar—. Conf ía en mí, Farzaneh. Por favor.

Por un instante pensé que no lo haría. Que daría un paso atrás y la perdería en la oscuridad.

Pero entonces me tomó de la mano, aferrándose con fuerza a mí , y me miró.

—Confío en ti.

Y saltamos.