Mil millas Nilo abajo Capítulo 15
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Capítulo 15

Farzaneh

«Conmigo, la justicia prevalece».

Petrie me recibió con toda la ceremonia que esperaba de él.

Al oír la puerta de nuevo, se volvió y chascó la lengua con hartazgo. Odiaba cómo me miraba. Respetaba más a los perros que a la gente con la piel del mismo color que yo y no se molestaba en ocultarlo.

—¿Es que no te rendir ás nunca?

—Eres un desgraciado y un ladrón —le espeté.

—Y luego los de tu calaña pretendéis ser iguales que nosotros. Vigila tu lengua.

Di un golpe en la mesa. Las figurillas y la pluma repiquetearon contra la madera.

—Tengo ojos en la cara, Petrie. Eso son antigüedades con las que pretendes traficar para llenarte los bolsillos. ¿Crees que el Museo Británico hará la vista gorda?

—¿Y a quié n van a creer? —Alzó la barbilla con orgullo. Su mirada rebosaba desdén—. ¿A su nuevo catedrático de Egiptología o a una perra extranjera?

—Mancillas el legado de Amelia con tan solo asociarte a su nombre. —Me costaba respirar. Estar en su presencia ya era bastante duro, pero pensar en cómo estaba arrastrando por el lodo los ideales de mi mentora me daba náuseas—. Tengo derecho a una plaza en la universidad ¡y lo sabes!

—El dinero y la iniciativa de la señ ora Edwards sí que quedaría mancillado si dejamos que la ralea como tú acceda a nuestras instituciones.

No me opongo a que las mujeres estudien, señorita Khatibi, siempre y cuando sean blancas.

¿Para qué íbamos a malgastar nuestros preciados recursos en un cerebro inferior?

La opresión de mi estómago comenzó a desperezarse y sentí los acres tentáculos de la rabia subir por mi pecho y mi garganta. Quería gritar, romper cosas; despedazar con las uñas aquel bonito ejemplar de la Descripción de Egipto que descansaba sobre su mesa. Respiré hondo, tratando de calmarme.

—Ni se te ocurra pronunciar su nombre, rata inmunda —siseé—. Amelia quería que todas las mujeres pudi éramos estudiar, que tuviéramos las mismas oportunidades que vosotros. Ella me enseñó todo lo que sé, ¿qué derecho tienes a privarme de ello?

—¡Tengo todo el derecho!

—¡No! —Apreté los puños. Maldecí a el momento en que la cátedra de Egiptología había caído en sus manos.

No llegué a tiempo para estar con Amelia en sus últimos momentos, no pude despedirme de ella, y cuando recibí la carta de rechazo del University College…

Cuando vi aquella firma al final del papel…

Jamás me habí a sentido tan descorazonada.

Luché contra las lágrimas—. No lo tienes.

No tienes el más mínimo derecho, Petrie.

Lo perdiste el día que decidiste participar en la farsa de Ambrose.

Los ojos del arqueólogo, de un gris claro y penetrante, se clavaron en mí, pero le sostuve la mirada. Era como ver a un toro cargar.

—Porque sabes perfectamente quién ha escrito los artículos que firma Ambrose. Su «brillante trabajo», ¿no es así? —terminé.

No lo vi venir. Me agarró la shayla con una mano y con la otra del cuello, y me empujó contra la pared. Jadeé, tratando de tomar aire, pero no pude. El rostro de Petrie estaba a centímetros del m ío, crispado en una mueca de ira y desprecio.

—Escúchame, sucia mora —escupió. Gotas de su saliva acabaron en mi mejilla y su aliento me rozaba la piel—.

No eres digna siquiera de estar en mi presencia.

Deberías estar agradecida de que tu prometido quiera tocarte y de que tus artículos no se vayan a pudrir en un cajón.

Cállate la boca y aprende de una vez cuál es tu lugar.

Me soltó, despacio, como si quisiera saborear el miedo que emanaba de cada uno de mis poros.

Toda mi rabia se hab ía esfumado. Temblaba sin parar y tenía la sensación de que el corazón me iba a estallar.

Petrie se separó y yo me quedé apoyada contra la pared, pálida y con la derrota amarga en los labios.

Me dedicó una última sonrisa maquiavélica.

—Nunca llegarás a nada, muchachita. Acepta tu inferioridad y serás mucho más feliz.

No podía ganar. Ni física ni socialmente.

Solo el tono de piel se interponía entre mis sueños y yo; y sin embargo, era un abismo infranqueable.

Estaba en Egipto y, aun así, Petrie había ganado.

Ambrose, incluso ausente, tambi én ganaba.

Al arqueólogo no le hizo falta insistir.

Salí corriendo del despacho con las lágrimas corriendo por mis mejillas, sin mirar atrás.