Mil millas Nilo abajo Capítulo 14
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Capítulo 14

Alistair

«Yo hice que lo hermoso y lo vergonzoso se distinguieran por su naturaleza».

Petrie no podría recibirnos hasta pasada la hora de comer.

El mozo que me trajo el mensaje del museo de las excavaciones británicas me repitió las palabras del arqueólogo y extendió la mano.

De mala gana, rebusqu é en los bolsillos y le entregué un par de dirhams. Tan pronto como el metal le rozó la palma de la mano, salió corriendo y se perdió entre las casas.

No me traía buenas noticias, pero el pobre chico no tenía la culpa de mi mal humor.

Conocía muy bien el tipo de hombre que era Flinders Petrie; había trabajado con más de uno como él en Inglaterra y en América.

Tenían un ego inflado y un concepto de sí mismos que nos dejaba a los demás a la altura del betún.

Hacernos esperar para recibirnos ante su excelentísima presencia no era sino una estrategia más para demostrarnos quién tení a la sartén por el mango.

Y cada vez que mencionaba su nombre, Farzaneh se tensaba.

No conocía a aquel hombre, pero ya sabía que no me iba a caer bien.

La joven aguantó estoicamente una mañana más de preguntas, y agradecí que no me echara en cara mi incultura.

Era fascinante escucharla. Tenía una forma de dar vida al pasado que me embelesaba.

Me sentí muy decepcionado conmigo mismo cuando no se me ocurrieron má s temas de conversación y nos tuvimos que poner en marcha hacia las oficinas de Petrie.

Mis contactos en El Cairo lo habían llamado «museo», pero ahora que lo tenía ante mí, era una descripción un tanto grandilocuente para aquel barracón venido a más.

La entrada era espectacular, al menos eso habí a que reconocerlo: un camino de tierra, flanqueado por palmeras, que acababa en una monumental estatua de un faraón, tumbado bocarriba, con ojos ciegos que apuntaban al cielo y una sonrisa enigmática.

Farzaneh se acercó, emocionada, murmurando en lo que supuse que era persa, pero yo me mantuve a una distancia prudencial.

Por alguna razón, la estatua me ponía los pelos de punta.

A aquella hora, el sol estaba en su cénit.

Yo entré primero, ofreciéndole mi tarjeta a un secretario británico de aspecto demacrado.

Farzaneh caminaba un par de pasos por detrá s de mí.

No podía verla, pero sí sentir la tensión que emanaba de cada uno de sus músculos.

Suponía que poner un pie en un lugar así la llenaría de alborozo, ¿qu é diantres ocurría?

Nos condujeron por varios pasillos a rebosar de archivadores, papeles y estanterías con piezas de cerámica, estatuillas y cabezas de piedra que sonreían.

Finalmente, llegamos ante una puerta de madera y cristal templado tras la que se intuía una sombra.

El secretario llamó con los nudillos y una voz tonante salió del interior.

—¡Adelante!

Farzaneh apretó los pu ños hasta que palidecieron.

El despacho de Petrie era todavía más caótico que el resto del museo.

Había libros por doquier, grandes volúmenes encuadernados en cuero oscuro y papeles amarillentos.

Me pareció ver sobre la mesa un ejemplar de Descripción de Egipto de Napoleó n, con un grabado de la esfinge de Guiza semienterrada por la arena.

Sir William Matthews Flinders Petrie debía ser algo mayor que yo, con un porte británico y una barba prusiana que lo alejaban del común de los mortales, pero verlo sin chaqueta, arremangado sobre los papeles de su escritorio, era un contraste, cuando menos, curioso.

Poseía unos ojos agudos e inteligentes, que me repasaron de arriba abajo antes de hacer lo propio conFarzaneh. El arqueólogo frunció el ceño.

—El señ or Petrie, supongo —aventuré. Odiaba los silencios incómodos—. Soy Alistair Carmichael, el padre de Ambrose.

—Es un placer, señor Carmichael. Bienvenido a Egipto. Siento no poder recibirlo en un lugar más decente.

Dio la vuelta al escritorio en dos zancadas y me estrechó la mano con fuerza. Tenía los brazos fibrosos, producto de años de trabajar en un entorno tan exigente como el egipcio. A Farzaneh ni la miró.

—No se preocupe. —La había visto, ¿verdad? ¿Por qué me daba la sensación de que sus ojos la evitaban conscientemente?—. Le agradezco que haya encontrado tiempo para recibirnos.

—Faltaría más, Ambrose es uno de los arqueólogos más prometedores de Inglaterra ahora mismo. Un diamante en bruto, si me lo permite.

—Esto… —Sabí a reconocer un tono de falsa jovialidad—. Esta es la señorita Farzaneh Khatibi, la prometida de Ambrose.

—Ah, sí. Enhorabuena por su enlace —dijo mirando fijamente a la pared que había tras nosotros. Ella no respondió—. Y dígame, señor Carmichael, ¿en qué puedo ayudarlo?

Nos señ aló un par de sillas de un mimbre carcomido que había en una esquina, pero no hice ademán de moverme.

—Estamos buscando a mi hijo. Como bien sabe, ha desaparecido.

Petrie sacudió la cabeza con pesar.

—Una desgracia, sin duda. Pero supongo que la policía estará trabajando en ello, ¿no es así?

—Eso es algo debatible. Por eso estamos aquí la señorita Khatibi y yo.

—Entiendo.

No era normal que Farzaneh estuviera tan callada. La miré de soslayo y en sus ojos hallé un odio tan profundo que el corazón me dio un vuelco. La había conocido desconfiada e incluso irritada, como cuando vino a buscarme al Shepheard’s, pero esto… Este era un sentimiento visceral.

—No creo que pueda decirles mucho más de lo que ya les he dicho a las autoridades. Ambrose era un hombre reservado —comenzó Petrie—. No excavábamos juntos y no solí a pedirme consejo. Pero su trabajo era brillante.

Farzaneh soltó un gruñido sordo y cambió el peso de pie. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

—Investigaba aquí, en Menfis, ¿verdad?

—Así es. Había avanzado mucho en los ú ltimos meses, o eso me dijo la última vez que hablé con él.

—Se cruzó de brazos, con el ceño fruncido—.

Hará algo más de tres meses, si no recuerdo mal.

Me dijo que estaba a punto de hacer un descubrimiento que lo haría famoso, pero que tenía que viajar a Luxor para confirmar cierta informaci ón con una de sus fuentes.

—¿Sus fuentes? —Fue mi turno de hacer una mueca—. Discúlpeme, pero juraría que sus fuentes o están muertas o escritas en piedra. ¿Qué podría necesitar de alguien en Luxor?

—Un chivatazo.

Petrie y yo nos volvimos hacia Farzaneh. Tenía los labios apretados en dos finas lí neas y se había cruzado de brazos. Era una imagen verdaderamente pavorosa.

—Los egiptólogos no son nada sin los rumores locales —continuó—. Un beduino ve algo en el desierto, un campesino encuentra una estatua en su huerto… El olfato europeo se guía por las lenguas egipcias.

—Tenemos que usar todos los recursos a nuestro alcance —replicó Petrie secamente—. Es parte del trabajo, señorita Khatibi.

—A mí no tiene que explicarme en qué consiste su trabajo —respondió ella. Un poco más y habría empezado a rezumar veneno—. Pero quizá el Departamento de Antigüedades sí que tendría algo que explicarle a usted. Dígame, ¿qué hay en las bolsas de ese aparador?

El rostro del arqueólogo se transformó. Palideció, y su flema británica fue sustituida por un rictus de irritación.

Ladeé la cabeza para observar el aparador que Farzaneh había mencionado; estaba al fondo de la habitación, semiescondido por sillas enterradas en libros, y le habría pasado desapercibido a cualquiera que no fuera ella.

Varios sacos de mimbre descansaban en su interior, aunque era imposible saber qué escondían.

—Nada de su incumbencia —escupió Petrie—. Eso es asunto del museo.

—¿Ah, sí? ¿Opinaría lo mismo el Departamento? —Rebuscó con furia en sus bolsillos hasta que sacó de nuevo el pequeño escarabajo grabado que me hab ía enseñado en El Cairo—. ¿Sabe dónde encontré esto? En Khan al-Khalili. En un puesto ambulante. Y no era el único. ¿Qué tiene que decir a eso?

—No tolero que me insulte. —Apretó los dientes y se volvió hacia mí—. Si no tiene nada más que decirme, señor Carmichael, le deseo un buen día.

—¿Qué hay en esas bolsas, señor Petrie? —insistí.

No quería creerlo, pero las palabras de Farzaneh hab ían prendido la duda en mi mente.

Ambrose había mencionado lo difícil que era conseguir financiación para sus excavaciones, de ahí su interés en emparentarse con los Khatibi, pero esto…

Comenzaba a pensar que el patronazgo de un mecenas inglés no era la única fuente de financiación de mi hijo.

—Eso no es asunto suyo —replicó Petrie entre dientes—. Buen día.

Nos cerró la puerta en las narices.

Parpadeé. Iba a necesitar un par de minutos para digerir la reunión.

Petrie estaba claramente predispuesto contra nosotros desde el momento en que habíamos puesto un pie en Menfis, pero ¿por qué ?

¿Temía que descubriéramos los negocios turbios que hacía bajo mano a espaldas de las autoridades?

¿Tendría algo que ver con la desaparición de mi hijo?

¿O había una explicació n más sencilla que era incapaz de ver?

Farzaneh jadeó, inspiró profundamente y puso la mano en el pomo del despacho.

—Si me das un momento —me dijo—, tengo un asunto pendiente con él.

Y antes de que yo pudiera reaccionar, entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí.