Mil millas Nilo abajo Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

La pregunta se me clavó como un cuchillo entre las costillas.

Tragué saliva. No la esperaba y no supe responder.

Agradecí la breve interrupción del dueño del restaurante, que se acercó para servirnos un par de platillos más.

Alistair no tenía por qué conocer a Amelia, por supuesto, pero mentiría si dijese que no sent í una punzada de decepción, y, al mismo tiempo, me fascinaba que hubiera retenido ese dato que yo había mencionado al aire durante nuestro primer encuentro.

—Fue una de las primeras egiptólogas de Gran Bretaña.

Viajera, novelista, filántropa… Lo tenía todo.

Lo era todo. —Fijé los ojos en la comida, incapaz de sostenerle la mirada, pero mis labios se curvaron en una suave sonrisa—.

Hizo lo que quiso, cuando quiso y como quiso.

Jam ás se dejó doblegar por el qué dirán o por las expectativas.

Recorrió Egipto de arriba abajo y también Oriente, durante años, tomando notas, estudiando, aprendiendo.

Pintó las Dolomitas. Ilustró sus viajes por el Nilo.

Creó el Fondo para la Exploración de Egipto y fundó la primera cátedra de Egiptología de todo Reino Unido.

—Una mujer singular para su tiempo, desde luego. —Alistair soltó un silbido de admiración. Amelia hubiera estallado en carcajadas; siempre le divertía que los hombres le lanzaran piropos, como los monos hacen alaracas en el zoológico—. ¿Quién era su marido?

—Nadie —sonreí—. Amelia nunca se casó. Cuando la conocí, llevaba ya muchos años… viajando con Ellen. Una amiga de toda la vida.

Alistair se tensó de golpe y se le crispó el rostro. Tomó un pan de pita, pero má s para tener algo que ocupara sus manos que por hambre.

Esperé durante unos segundos. Sabía muy bien las reacciones que suscitaba la mención del estilo de vida de Amelia.

Mi padre la había llamado de todo. Muchas puertas londinenses se le cerraron, y las que permanecieron abiertas no dudaban en triturarla a sus espaldas.

Ambrose se había referido a ella como «invertida» en má s de una ocasión.

¿Qué tipo de persona sería su padre? ¿A qué grupo pertenecería?

La expectación me retorci ó las tripas.

—Una amiga —musitó—. Comprendo. Y eso no… ¿no te resultaba raro?

—¿Raro? No, en absoluto. Ellen era una delicia.

—Eres una mujer muy liberal.

Esta vez fue mi turno de soltar una carcajada.

—Dicen que he salido a mi abuela. A ella también la consideraban, como tú dices, «liberal». Aunque en su momento se lo hicieron saber de formas bastante menos educadas. Pero creo que eso es lo que la atrajo de Amelia. Por eso se hicieron amigas.

—¿Amelia Edwards era amiga de tu familia?

—La conocí cuando tenía cinco añ os, en la casa de mis abuelos en Teherán.

Mi abuelo era un hombre de letras, ¿sabes?

Tenía un estudio lleno de libros polvorientos, estatuas, pergaminos y escaleras móviles de caracol que llegaban hasta el techo.

De niña, aquel lugar era una suerte de paraíso prohibido.

Me fascinaba, y que me vetaran la entrada solo hacía el premio más goloso.

Por supuesto, toda vigilancia era inútil —dije, encogi éndome de hombros—, y me colaba allí cuando quería. Solo que, un día, había alguien dentro.

Alistair reprimió una sonrisa divertida. Cada vez que hacía eso, el gesto jugaba con sus rasgos de una forma indescriptible, acentuando sus pómulos y el brillo de sus ojos. Maldito fuera su atractivo.

—Debió de ser una sorpresa.

—Eso serí a quedarse corto. Estaba aterrada —admití—. Una cosa era que mi familia sospechara que frecuentaba el estudio. Otra muy distinta que me pillaran allí con las manos en la masa. Pero Amelia no me delató.

Recordaba aquel día como si fuese ayer. Yo era diminuta, apenas un simulacro de persona, de piernas raquíticas y rostro huraño, y de pronto me encontré frente a una mujer blanca, la primera que veía en mi vida, tan alta como una torre, con pantalones, un bombín, un chal de seda y una expresi ón de confundida curiosidad en el rostro.

Nos miramos durante unos segundos que me parecieron horas, hasta que sus ojos se posaron en mis manos y en el ejemplar de la Historia de Heródoto que abrazaba como si me fuera la vida en ello.

«¿Lees griego?», me dijo en un persa perfecto. No supe responder. No era la pregunta que esperaba. Eso era algo que ella y Alistair tenían en común. Al final asentí, temblando de miedo. «¿Quién te ha ense ñado?».

Cuando le expliqué que había aprendido por mi cuenta, durante las horas muertas del caluroso verano de Teherán, se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Me miró como si hubiera descubierto un diamante en bruto y yo me estremecí. Nunca nadie me había contemplado así.

«Tú y yo nos vamos a llevar bien».

—Amelia estaba de paso por Irán, invitada por mi abuela, y nos entendimos enseguida.

Se convirtió en mi profesora, incluso desde la distancia.

Recuerdo que cada sábado corría hacia la puerta en cuanto oía que el mayordomo recibía el correo.

Nunca faltó a una sola de nuestras citas.

Y cuando nos mudamos a Inglaterra, hace cinco años, Amelia nos dio la bienvenida con los brazos abiertos.

Es… Fue una de las personas más importantes de mi vida.

—¿Falleció?

Miré a Alistair por debajo de mis pestañas.

Ni siquiera a mis padres les había hablado tanto de Amelia, pero tampoco habían preguntado nunca.

Ni ellos ni mi abuelo vieron con buenos ojos nuestra relación.

Que acabara siendo una solterona que vest ía como un hombre era la peor de sus pesadillas, pero a Amelia esas opiniones le resbalaban.

Iba por el mundo libre, transformándolo, pero al mismo tiempo ajena a él.

—Hace tres años. —Más de mil días, y todavía dolía como el primero—. Una gripe que no pudo curar a tiempo.

—Lo lamento.

Hab ía perdido la tensión de hacía unos instantes, pero aun así parecía… inquieto. Tirante. De pronto me di cuenta de que se estaba reprimiendo. La gente solía dar un abrazo o estrechar la mano cuando daba el pésame. Pero él se estaba conteniendo para darme mi espacio. Igual que en Dashur.

—Gracias —respond í, y ambos supimos que no me refería solamente a sus condolencias.

—Es una historia fascinante —repuso, tras unos instantes de silencio en los que seguimos comiendo—.

Ahora entiendo de dónde viene tu sapiencia.

De tal palo, tal astilla. Y por eso sé que estás preparada para resolver una duda que me carcome.

—Se apoyó sobre el codo y me sonrió—. Cuéntame, ¿por qué pollos y se ñores?

¿Qué llevó a los egipcios a escoger dibujitos como forma de escritura?

Solté una carcajada y me tapé el rostro con la shayla. Necesité unos segundos para recuperar el aliento. Cuando volví a mirar a Alistair, estaba sonriendo, con una placidez en el rostro que me derritió. Carraspe é.

—No son dibujitos, muy señor mío. Al menos, no más que vuestras letras, que son garabatos con forma de gusano.

—Conozco a gente con una caligrafía de la que se podría decir que…

—No, no, no me lleves la contraria —reí, y comencé a dibujar en la arena—. Verás, los primeros jeroglí ficos surgieron en…

Para cuando me quise dar cuenta, la noche había caído y las estrellas brillaban en el firmamento, y pensé que hacía muchos años que no me lo pasaba tan bien ni estaba tan cómoda con otro ser humano.

Cuando decidimos volver al hotel, me armé de valor y le ofrecí mi brazo. Alistair se me quedó mirando unos instantes y despué s aceptó con una sonrisa. Regresamos caminando en silencio, del brazo, y aquella noche me fui a dormir con una sonrisa bobalicona en los labios.