Mil millas Nilo abajo Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Sus ojos vagaron por las ruinas. Dos de las pirámides habían logrado mantener su forma; las aristas algo ligeramente romas por el paso del tiempo y los elementos. Del otro par apenas quedaba el corazón de la edificaci ón; el resto se había desmigajado y el desierto lo había devorado.

—Los egipcios no nacieron sabiendo construir pirámides —expliqué—.

Fue un proceso de ensayo y error. Esa —señalé a una pirámide con dos inclinaciones, de superficie arenosa— es la pirá mide inclinada de Snefru.

La que hemos visto antes, de Zoser, fue el intento más antiguo de hacer una construcción piramidal, pero buscaron formas de mejorar su técnica, de pulir su aspecto.

Snefru fue uno de los faraones más ambiciosos de su época, y este fue su experimento inicial.

La de allí, más rojiza, es la primera pirámide propiamente dicha que se construyó en Egipto, tambié n bajo su mandato.

Carmichael soltó un silbido de admiración.

—Un hombre de ideas fijas, qué duda cabe.

Ahora entiendo por qué los liberales consideran las obras públicas de la reina Victoria «faraónicas».

— Volvió el rostro hacia mí y me guiñó el ojo, esperando algún tipo de reacción por mi parte.

Al no obtener más que una ceja enarcada, me preguntó—: ¿En Irán tené is cosas así?

Entonces fue mi turno de sonreír con picardía.

—Mi querido suegro, la civilización nació en Irán. ¿No lo sabías?

Nos acercamos a la pirámide roja y me senté sobre una de las rocas de la base.

Era extraño sentirla tan sólida debajo de mí, robusta, como si no hubieran pasado tres milenios desde que un artesano egipcio le dio forma con sus manos.

De cerca perdía algo de color, pero teníamos una visión perfecta de las dem ás pirámides.

—He visto a gente llegar a las manos sobre si la historia nació en Egipto o en Mesopotamia —comenté al viento. Carmichael se quedó de pie junto a mí, oteando el paisaje.

—¿En serio?

—Los académicos se toman muy en serio sus disciplinas.

—¿También tené is pirámides por allí?

—Se llaman zigurats. —Estuve en Chogha Zanbil de niña, y lo recordaba vagamente.

Me impresionaron su tamaño y su decadencia.

Fue como ver el cadáver de una ballena varada pudriéndose hasta que tan solo quedara el esqueleto—.

Se parecen mucho a la pirámide escalonada de Zoser, pero est án hechos de adobe; así que ahora tienen el aspecto de montañas de barro. Nada tan impresionante como esto.

—Me encantaría verlos algún día —repuso con una sonrisa—. Conozco muy poco de Irán.

—Las cosas ahora son… complicadas. Nos espera un cambio de siglo difícil —suspiré—. Quizá por eso me gusta tanto la historia antigua. Ayuda a evadirse del presente.

—No te culpo. Especialmente al ver estas maravillas. Ahora entiendo por qué a Ambrose lo fascinó este país.

No contesté. No sabía cómo decirle que su hijo jamás había tenido el más mí nimo interés en Egipto, que coincidimos en la charla de Amelia porque perdió una apuesta con un amigo y solo acudió para humillarse ante otro alumno de la facultad.

Que no era capaz de leer un solo jeroglífico. Que era un fraude.

No podía hacerle algo así a Carmichael. Había visto su rostro iluminarse al hablar de su hijo, y cómo se hinchaba de orgullo al pensar en él y en la reputaci ón que se estaba labrando.

No me atrevía a arrebatarle eso, por mucho que me revolviera las tripas ocultarle la verdad. No quería hacerle daño.

Así que me mordí la lengua y miré al frente, a los restos del reinado de Snefru.

—Se nos hace tarde —musité, y era cierto. El sol comenzaba a ponerse—. Será mejor volver antes de que nos quedemos sin luz.

—Por supuesto —respondió , y me tendió el brazo.

Dudé. Un escalofrío me recorrió. Todavía recordaba las miradas lascivas en Teherán, las manos que aprovechaban el menor descuido para salirse con la suya en un mercado abarrotado.

Había aprendido a temer ese contacto físico, a sentirme repugnada por los hombres.

La mera idea de que me tocaran me ponía el estó mago del revés. Ni siquiera Ambrose.

Tardé demasiado en reaccionar y Carmichael se dio cuenta de mi incomodidad.

—Ah. —Apartó la vista—. Perdona. ¿Vamos?

¡No!, quise gritar. No eres tú. No es culpa tuya.

Pero no pude. Las palabras se me atascaron en la lengua y me limité a observarlo alejarse hacia el coche, con un nudo en la garganta y una extrañ a sensación de decepción en el corazón.

***

—Disculpa si te he incomodado antes.

—¿Eh?

Carmichael se rascó la nuca, con la vista fija en el techo.

Nos habíamos sentado en una taberna local con alfombras en el suelo y enormes hornos donde se cocían pitas.

Tras pasar el día deambulando por el desierto, me moría de hambre, y acepté lo primero que me ofrecieron, que resultó ser una cazuela de barro con tomate, comino y garbanzos.

Mi acompañante no había tocado su comida.

—No era mi intención ofenderte ni hacerte sentir incómoda. He notado que no eres muy… física, por así decirlo. Y quiero respetar tus límites. Lo lamento si alguna vez no lo he hecho.

Le di un sorbo al té de hierbabuena que me hab ían servido. La primera vez que acudí a mis padres llorando porque alguien me había tocado sin mi consentimiento, me mandaron callar. Cuando le pedí a Ambrose que no me abrazara, se rio y me besó a la fuerza.

Asentí.

—Muchas gracias.

Carmichael sonrió con cautela, como si temiera volver a pasarse de la raya, y probó un bocado de otro de los platillos.

Los ingleses no estaban acostumbrados a tanto comino y me hizo gracia su mohín, pero no parecía disgustado.

Abr í la boca para disipar el silencio que había causado su disculpa cuando un chaval de no más de quince años se nos acercó.

—¡Said, sayedah!

Sonreía abiertamente y yo enarqué una ceja. Iba cargado con un saco lleno de papeles y tenía las puntas de los dedos tiznadas de negro. Se limpi ó el sudor de la frente y dejó dos enormes surcos azabaches sobre su piel.

— Said, ¿postal de recuerdo? ¿Quiere?

—¿Una postal? ¿Quieres pintarnos? —preguntó Carmichael, anonadado. Había visto los carboncillos que se vendían en las calles de El Cairo con el rostro de la esfinge y la silueta de las pirámides, pero era la primera vez que me ofrecían un retrato en tiempo real—. De repente me siento famoso.

—De alguna forma tienen que sacarles dinero a los turistas —suspiré, y me volví hacia el chico en egipcio—. ¿Cuánto?

Por un instante, el rapaz se quedó conmocionado porque yo hablara su lengua, pero luego frunció el ceño. Buena suerte tratando de timarme a mí.

—Cinco piastras.

—Te doy dos.

—Tres.

—Tened —dijo Carmichael sacando diez monedas de su bolsillo, y hasta el tendero que nos servía la comida se sorprendió. Los ojos del muchacho relucieron. Quizá era la primera vez que veía tanto dinero junto—. Me hace ilusión tener un recuerdo, ¿por qué no? Quién sabe si volveré a Egipto.

Puse los ojos en blanco y solté un gruñido. Carmichael se volvió hacia mí.

—¿Qué?

—No sé para qué regateo.

—¿Por qué? —Comenzaba a darse cuenta de que había cometido un error, pero era tarde. Las monedas habían volado y el muchacho estaba sacando sus bártulos y acomodándose sobre la arena frente a nosotros—. ¿Cuánto pedía?

—Da igual. Venga, colócate.

Nos colocamos a ambos lados de la mesilla, y Carmichael sonrió.

Dudé. Nunca me había gustado que me hicieran retratos, y en los que adornaban el salón de nuestra casa en Londres solía parecer un convidado de piedra.

Mi padre me había dicho que una mujer respetable no exteriorizaba sus sentimientos, no dejaba que otros leyeran sus pensamientos.

Las sonrisas eran para las frescas y las vulgares.

Quizá fuera mi rebeldía, quizá la magia del momento, pero sonreí , y fue la primera sonrisa genuina que mi rostro había visto en mucho tiempo.

Durante unos segundos, todo lo que se oyó fue el rasgueo del carboncillo contra el papel.

La cercanía de Carmichael era algo extraño que me quemaba y me relajaba al mismo tiempo.

No, Carmichael no. Alistair. Alec. Así era como me había pedido que lo llamara, ¿cierto?

Se me hací a extraño tener esta confianza con alguien con quien hacía una semana escasa ni siquiera me había cruzado.

Me sentía vulnerable, pero al mismo tiempo encajaba.

Como si hiciera tiempo que nos conocíamos.

Alec. Sonaba bien. Una gota de sudor corrió por mi sien y el chico levantó el pulgar con una sonrisa.

Tomé aire, encantada de poder volver a moverme, y mi acompañante se acercó a recoger el dibujo, que el rapaz le entregó encantado, y se despidió con un movimiento de la mano.

—Qué chico tan curioso —musité mientras lo veía desaparecer con la improvisada mochila al hombro como una tortuga con su casa a cuestas—. ¿Qué tal ha quedado?

Alistair se quedó mirando el dibujo y luego se sentó a mi lado. Dudaba que fuera m ás que un garabato para ganarse unas cuantas piastras, pero, aun así, tenía curiosidad.

—No está mal para ser un amateur . —Se cruzó de piernas y se guardó el papel en el bolsillo—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

Hice amago de protestar, pero no merecía la pena.

Ladeé la cabeza, con tanta curiosidad por su petición como por sus modales.

Me intrigaba su actitud, tan comedida. En comparación con la rigidez de mi educación familiar y de mi vida en Londres, era un soplo de aire fresco.

Me gustaba que me consultase antes de hacer las cosas.

De pronto, mi opinión contaba, y me sentía poderosa.

Tampoco iba a negar que su enorme atractivo, con el pelo revuelto por el viento y la arena, la corbata a medio deshacer y esos poderosos antebrazos descubiertos por la camisa arremangada, ayudaba a mi satisfacción general.

—Claro.

—¿Quién era Amelia Edwards? La has mencionado antes y parece importante para ti.